El evangelio del domingo: Del Tabor al Calvario

Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 17, 1-9.

Una nube los envolvió enseguida. Recuerda a aquella otra que acompañaba a la presencia de Dios en el Antiguo Testamento: La nube envolvió el tabernáculo de la reunión y la gloria de Yahvé llenaba todo el lugar. Era la señal que garantizaba las intervenciones divinas: Yahvé dijo a Moisés: Yo vendré a ti en una nube densa, para que vea el pueblo que yo hablo contigo y tengan siempre fe en ti. Esa nube envuelve ahora en el Tabor a Cristo y de ella surge la voz poderosa de Dios Padre: Este es mi Hijo, el Amado, escuchadle a él.

Y Dios Padre habla a través de Jesucristo a todos los hombres de todos los tiempos. Su voz se oye en cada época, de modo singular a través de la enseñanza de la Iglesia, que “busca continuamente los caminos para acercar este misterio de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, naciones, generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en particular”.

Nunca debemos olvidar que aquel Jesús con el que estuvieron en el monte Tabor aquellos tres privilegiados es el mismo que está junto a nosotros cada día.

“Cuando Dios os concede la gracia de sentir su presencia y desea que le habléis como al amigo más querido, exponedle vuestros sentimientos con toda libertad y confianza. Se anticipa a darse a conocer a los que le anhelan (Sab 6, 14). Sin esperar a que os acerquéis a él, se anticipa cuando deseáis su amor, y se os presenta, concediéndoos las gracias y remedios que necesitáis. Solo espera de vosotros una palabra para demostraros que está a vuestro lado y dispuesto a escucharos y consolaros: Sus oídos están atentos a la oración (Sal 33, 16) (…).

“Los demás amigos, los del mundo, tienen horas que pasan conversando juntos y horas en que están separados; pero entre Dios y vosotros, si queréis, jamás habrá una hora de separación”.

¿No será nuestra vida distinta en esta Cuaresma, y siempre, si actualizáramos más frecuentemente esa presencia divina en lo habitual de cada día, si procuráramos decir más jaculatorias, más actos de amor y de desagravio, más comuniones espirituales? “Para tu examen diario: ¿he dejado pasar alguna hora, sin hablar con mi Padre Dios?… ¿He conversado con él, con amor de hijo? -¡Puedes!”.

A propósito del Evangelio de hoy el papa Francisco dijo: “Jesús toma la decisión de mostrar a Pedro, Santiago y Juan una anticipación de su gloria, aquella que tendrá después de la Resurrección, para confirmarlos en la fe y alentarlos a seguirlo en el camino de la cruz. Y así sobre un monte alto, en profunda oración, se transfigura delante de ellos.

Los tres discípulos se asustan, mientras una nube los envuelve y de lo alto resuena –como en el bautismo del Jordán– la voz del Padre: «Este es mi hijo, el amado: ¡escúchenlo!». Y Jesús es el hijo hecho servidor, enviado al mundo para realizar por medio de la cruz el plan de salvación. ¡Para salvarnos a todos nosotros! Su plena adhesión a la voluntad del Padre hace que su humanidad sea transparente a la gloria de Dios, que es el Amor.

Así Jesús se revela como el ícono perfecto del Padre, la irradiación de su gloria. Es el cumplimiento de la revelación; por ello junto a Él transfigurado aparecen Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas. El mensaje para los discípulos y para nosotros es: “¡Escuchémoslo!”. Es él el salvador: síganlo.

Escuchar a Cristo, de hecho, significa asumir la lógica de su misterio pascual, ponerse en camino con él para hacer de la propia existencia un don de amor para los demás.

Es necesario estar listos a perder la propia vida, donándola para que todos los hombres se salven y nos encontremos en la felicidad eterna… El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad. No lo olvidemos: ¡el camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad!

Habrá siempre en medio una cruz, las pruebas, pero al final siempre nos lleva a la felicidad. ¡Jesús no nos engaña! Nos ha prometido la felicidad y nos la dará, si nosotros seguimos su camino”.

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal)

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2 pensamientos en “El evangelio del domingo: Del Tabor al Calvario”

  1. Transfiguración es fortaleza

    Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

    Mt 17,1-9.- Contemplamos la transfiguración de Jesucristo, lo que pasa antes de anunciarles su pasión y muerte y, como este hecho iría llenarlos de confusión, trata de afianzarles en la fe.

    El acontecimiento está relatado en tres puntos: él llevó a algunos apóstoles al monte Tabor y se transfiguró delante de ellos; aparecen Moisés y Elías conversando con Él y, principalmente, aparece la voz del Padre, asegurando que Jesús es su Hijo muy querido.

    Finalmente, el Señor recomienda que los apóstoles no digan nada sobre lo ocurrido, hasta que él resucite de entre los muertos.

    Nosotros ya podemos quitar una enseñanza concreta: muchas veces, antes de que nos pasara algo doloroso o incomprensible, Dios ya nos habrá prevenido, fortalecido y enviado sus bendiciones.

    Personalmente, a mí me gusta entender la transfiguración como si Dios “abriera un agujerito” en el cielo y nos permitiera ver lo que hay allá. Así encontramos a Moisés y Elías, que representan a todas las personas que buscaron a Dios y trataron de hacer el bien; Jesús con el rostro resplandeciente, y brota la expresión extasiada: “¡Señor, qué hermoso es estar aquí!”.

    A veces, nos sentimos aplastados y sin ganas delante de las crueldades de nuestra sociedad, en la cual tenemos que vivir y salir adelante, pues, con frecuencia, nos sentimos impotentes ante la corrupción de algunas autoridades.

    Por ello, Dios viene en nuestro auxilio, robusteciendo nuestra confianza y dando una orientación precisa: “Éste es mi Hijo, escúchenlo”. Por tanto, si queremos transformar nuestro espíritu para hacer el bien y transfigurar la economía para haber más equidad, tenemos que escuchar al Hijo Predilecto.

    Escucharlo no es solamente conocer de manera superficial su vida, pero es realizar una adhesión personal a él, con todo el corazón, la mente y el bolsillo. Estas tres características son muy significativas: con el corazón, pues donde está nuestro corazón ahí está lo que consideramos como tesoro; con la mente, pues hay que usar la inteligencia y organización para que los criterios del Evangelio hagan nuestra realidad económica más justa; y con el bolsillo, para que las cosas no se queden solamente en buenas intenciones.

    Pensemos siempre que nuestra meta final es el cielo, lo que consolida nuestra esperanza, pero a la par, hemos de transformar nuestro espíritu apático en espíritu lleno de fortaleza y de valientes iniciativas.

    Y cuando el ser humano cambia honestamente en su interior, entonces lucha como un león para implementar transfiguraciones en el país, para que él sea, desde el presente, un “pequeño cielo” para todos.

    Paz y bien.

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  2. domingo 12 Marzo 2017

    Libro de Génesis 12,1-4a.
    El Señor dijo a Abrám: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré.
    Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición.
    Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te maldiga, y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra”.
    Abrám partió, como el Señor se lo había ordenado, y Lot se fue con él. Cuando salió de Jarán, Abrám tenía setenta y cinco años.

    Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,8b-10.
    Querido hijo:
    Comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios.
    El nos salvó y nos eligió con su santo llamado, no por nuestras obras, sino por su propia iniciativa y por la gracia: esa gracia que nos concedió en Cristo Jesús, desde toda la eternidad,
    y que ahora se ha revelado en la Manifestación de nuestro Salvador Jesucristo. Porque él destruyó la muerte e hizo brillar la vida incorruptible, mediante la Buena Noticia,

    Evangelio según San Mateo 17,1-9.
    Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
    Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
    De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
    Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
    Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”.
    Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
    Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”.
    Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
    Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Efrén (c. 306-373), diácono en Siria, doctor de la Iglesia
    Sermón sobre la transfiguración 1, 3-4

    “Este el mi Hijo amado en que me complazco.”

    Los llevó a la montaña para mostrarles la gloria de su divinidad y darles a conocer que él era el Salvador de Israel, como lo había anunciado por los profetas…Le vieron comer y beber, cansarse y tomar descanso, dormir, experimentar la angustia hasta sudar sangre; todo manifestaciones que no parecían estar en armonía con su naturaleza divina y no convenir más que a su humanidad. Por esto los llevó a la montaña para que el Padre le llamara Hijo y les mostrara que él era verdaderamente su Hijo, que era Dios.

    Los llevó a la montaña y les mostró su realeza antes de sufrir, su poder antes de morir, su gloria antes de ser ultrajado y su honor antes de sufrir la ignominia. Así, cuando fuera arrestado y crucificado, sus apóstoles comprendieran que no fue por debilidad sino por consentimiento y total voluntad de salvar al mundo.

    Los llevó a la montaña y les mostró, antes de su resurrección, la gloria de su divinidad. Así, cuando resucitaría de entre los muertos en la gloria de su divinidad, sus discípulos reconocerían que no recibía esta gloria en recompensa de su pena, como si tuviera necesidad de ello, sino que le pertenecía por naturaleza, desde antes de los siglos, igual que al Padre y juntamente con el Padre. Así lo dijo Jesús mismo la vigilia de su pasión: “Padre glorifícame con aquella gloria que ya compartía contigo antes de que el mundo existiera.” (Jn 17,5)

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