El evangelio del domingo: Ser perfectos como el Padre

El texto de este domingo forma un conjunto con lo anterior, pues Jesús expone seis antítesis. Ellas tienen esta estructura: “Ustedes han oído que se dijo tal cosa, en el Antiguo Testamento; pero yo ahora les digo tal y tal cosa”. Es decir, su observancia ha de formar los auténticos amigos de Cristo.

Cuatro de ellas hablan de no matar, ni llamar al otro de imbécil; de no cometer adulterio, ni en actos, ni tampoco en pensamientos; de no divorciarse; de no jurar, ni por el cielo ni por la tierra.

Hoy enseña dos cosas más: no reaccionar al estilo “ojo por ojo y diente por diente”, y también que hay que amar a los enemigos, rezar por los que nos persiguen y hacer el bien a los que nos hacen el mal.

Quizás la palabra “enemigo” suene demasiado grande, pues ¿quién de nosotros tiene enemigos literalmente? De repente, es más oportuno hablar de “brujas y pesados”, pues seguramente todos tenemos este grupo de gente alrededor y tenemos que relacionarnos con ellos.

Si queremos ser sinceros, no solamente hemos de considerar a los demás como “brujas y pesados“, pero analizarse para ver si uno mismo no es el primero a estar en esta clasificación. Además, hay que cuidarse con la tendencia tan común del ser humano, que es justificarse en todo y condenar fácilmente al otro.

Entonces, Jesús nos exhorta a que debemos hacer el bien a las “brujas”, a estas mujeres que son sobradoras y chismosas. Igualmente, a los varones que son “pesados”, verdaderos ogros, que no respetan sus límites y atropellan abusivamente a los demás.

No debemos tratarlos con la ley de talión, lo que exige de nosotros no querer hacer justicia con las propias manos, es más, a dominarse para no buscar la venganza, que agranda la espiral de violencia, la cual transforma la existencia humana en una tensión constante y destruye un montón de cosas lindas.

No es nada fácil bendecir a los que nos difaman y elogiar a los que nos desprecian, pues no es un acto de la naturaleza humana: es un acto de la naturaleza divina. Por eso que Jesús afirma: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”, pues Él hace el sol nacer para “brujas y princesas”, para “pesados y bien educados”.

En fin, no debemos hacer el bien a las “brujas y pesados” por la simpatía que ellos irradian, pues muy poco la irradian, sino porque Dios los ama y nos ordena que los amemos también.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

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5 pensamientos en “El evangelio del domingo: Ser perfectos como el Padre”

  1. FranciscoMarconi
    No puedo imaginar a muchas personas cumpliendo este mandamiento revolucionario sin alterar el orden civil. Por ejemplo, en nuestro orden los jueces no pueden juzgar a sus hermanos de sangre precisamente porque olvidarían la ley y serían pura misericordia. Igualmente si un hermano roba uno haría cualquier cosa antes de denunciarlo. No lo entiendo. “Tal vez si las cárceles no fueran el infierno que son” se me ocurre pensar, pero deben serlo en nuestros países pobres porque si no son peor que la miseria en la que viven, los pobres delincuentes rogarían por entrar…

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  2. “Justicia sí, venganza no”

    19 de feb de 2017
    En sus palabras pronunciadas antes de la oración dominical, el Santo Padre reflexionó sobre una las páginas que mejor expresa la “revolución” cristiana, donde Jesús muestra la vía de la verdadera justicia mediante la ley del amor, que supera la de la ley del talión, que predicaba: «ojo por ojo y diente por diente».
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    En el Evangelio de este domingo (Mt 5,38-48) – una de esas páginas que mejor expresa la “revolución” cristiana – Jesús muestra la vía de la verdadera justicia mediante la ley del amor que supera la del talión, es decir, «ojo por ojo y diente por diente». Esta antigua regla imponía aplicar a los transgresores penas equivalentes a los daños causados: la muerte a quién había asesinado, la amputación a quién había herido a alguien, y cosas así. Jesús no pide a sus discípulos de padecer el mal, al contrario, pide reaccionar, pero no con otro mal, sino con el bien. Sólo así se rompe la cadena del mal: un mal lleva a otro mal, y otro trae otro mal… Se rompe esta cadena de mal, y cambian verdaderamente las cosas. El mal de hecho es un “vacío”, un vacío de bien, y un vacío no se puede llenar con otro vacío, sino sólo con un “lleno”, es decir, con el bien. La represalia no lleva jamás a la solución de los conflictos. “Tú me lo has hecho, yo te lo haré”, esto jamás resuelve un conflicto, ni siquiera es cristiano.

    Para Jesús el rechazo de la violencia puede comportar también la renuncia a un legítimo derecho; y pone algunos ejemplos: poner la otra mejilla, dar la propia vestimenta o el propio dinero, aceptar otros sacrificios (Cfr. vv. 39-42). Pero esta renuncia no quiere decir que las exigencias de la justicia sean ignoradas o rebatidas; no, al contrario, el amor cristiano, que se manifiesta de modo especial en la misericordia, representa una realización superior de la justicia. Lo que Jesús nos quiere enseñar es la neta distinción que debemos hacer entre la justicia y la venganza. Distinguir entre justicia y venganza. La venganza no es jamás justa. Nos es consentido pedir justicia; es nuestro deber practicar la justicia. En cambio, nos es prohibido vengarnos o fomentar de cualquier modo la venganza, en cuanto es expresión del odio y de la violencia.

    Jesús no quiere proponer un nuevo orden civil, sino en cambio, el mandamiento del amor al prójimo, que comprende también el amor a los enemigos: «Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores» (v. 44). Y esto no es fácil. Esta palabra no se debe entender como aprobación del mal realizado por el enemigo, sino como invitación a una perspectiva superior, a una perspectiva magnánima, semejante a la del Padre celestial, quien – dice Jesús – «hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (v. 45). También el enemigo, de hecho, es una persona humana, creada como tal a imagen de Dios, aunque en el presente esta imagen se haya ofuscado por una conducta indigna.

    Cuando hablamos de “enemigos” no debemos pensar en quién sabe qué personas diversas y lejanas de nosotros; hablamos también de nosotros mismos, que podemos entrar en conflicto con nuestro prójimo, a veces con nuestros familiares. Cuántas enemistades en la familia, ¡cuántas! Pensemos en esto. Enemigos son también aquellos que hablan mal de nosotros, que nos calumnian y nos hacen daño. Y no es fácil digerir esto. A todos aquellos estamos llamados a responder con el bien, que también esto tiene sus estrategias, inspiradas en el amor.

    La Virgen María nos ayude a seguir a Jesús en este camino exigente, que de verdad exalta la dignidad humana y nos hace vivir como hijos de nuestro Padre que está en los cielos. Nos ayude a practicar la paciencia, el diálogo, el perdón, y así ser artesanos de comunión, artesanos de fraternidad en nuestra vida cotidiana, sobre todo en nuestra familia.

    fuente: Radio Vaticana

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  3. Tratar bien a todos

    Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 5, 38-48. La caridad nos lleva a vivir la amistad con un hondo sentido cristiano. También, si alguna vez nos sucede, debemos vivir la caridad con quienes nos hacen mal, con los que nos difaman y quitan la honra, con quienes buscan positivamente perjudicarnos. El Señor nos dio ejemplo en la Cruz, y el mismo camino del Maestro siguieron sus discípulos. Él nos enseñó a no tener enemigos personales –como han atestiguado con heroísmo los santos de todas las épocas– y a considerar el pecado como el único mal verdadero. La caridad adquirirá diversas manifestaciones que no están reñidas con la prudencia y la defensa justa, con la proclamación de la verdad ante la difamación, y con la firmeza en defensa del bien y los legítimos intereses propios o del prójimo, y de los derechos de la Iglesia.
    Pero el cristiano ha de tener un corazón grande para respetar a todos, incluso a los que se manifiestan como enemigos, «no porque son hermanos –señala San Agustín–, sino para que lo sean; para andar siempre con amor fraterno hacia el que ya es hermano y hacia el que se manifiesta como enemigo, para que sea hermano».

    El papa Francisco, a propósito del Evangelio de hoy, dijo: “¿Cómo podemos amar a nuestros enemigos? ¿Cómo se puede amar a aquellos que toman la decisión de bombardear y asesinar a tantas personas? ¿Cómo se puede amar a aquellos que por amor al dinero no dejan que las medicinas lleguen a los ancianos y los dejan morir? ¿O a los que solo buscan el propio interés, el propio poder y hacen tanto mal?

    Amar al enemigo parece una cosa difícil, pero Jesús nos pide. La liturgia de estos días nos propone esta actualización de las leyes que hace Jesús, desde la ley del Monte Sinaí a la Ley del Monte de las Bienaventuranzas. ¿Cómo amar a nuestros enemigos? Jesús dice que debemos hacer dos cosas:

    1.- Mirar al Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. Dios tiene amor para todos.

    2.- Ser perfectos como es perfecto el Padre Celestial, imitar al Padre con aquella perfección del amor. Jesús, agregó, perdona a sus enemigos, hace de todo para perdonarlos. Vengarse, en cambio, no es cristiano.

    ¿Cómo podemos llegar a amar a nuestros enemigos? Rezando. Les dejo solo esta pregunta y cada uno responda en su corazón: ¿Rezo por mis enemigos? ¿Rezo por aquellos que no me quieren? Si decimos: ¡Sí!, yo diré: “¡Adelante, reza cada vez más, aquel es un buen camino!”. Si la respuesta es: ¡no!, el Señor dice: “Pobrecito, ¡También tú eres enemigo de los otros!”. Rezar para que el Señor cambie el corazón de aquellos”.

    Se extractan frases del Papa en ocasión de la Audiencia General del pasado miércoles. En dicha ocasión dijo: “Desde que somos pequeños nos enseñan que presumir no es algo bonito… En este pasaje de la Carta a los Romanos, sin embargo, el apóstol Pablo nos sorprende, en cuanto que exhorta en dos ocasiones a presumir.

    ¿Entonces de qué es justo presumir? Porque si él exhorta a presumir, de algo es justo presumir. Y ¿cómo es posible hacer esto, sin ofender a los otros, sin excluir a nadie?

    En el primer caso, somos invitados a presumir de la abundancia, de la gracia de la que estamos impregnados en Jesucristo, por medio de la fe.

    Pablo exhorta a presumir en las tribulaciones. De hecho, la paz que nos ofrece y nos garantiza el Señor no va entendida como la ausencia de preocupaciones, de desilusiones, de necesidades, de motivos de sufrimiento…

    La paz que surge de la fe es sin embargo un don: es la gracia de experimentar que Dios nos ama y que está siempre a nuestro lado, no nos deja solo ni siquiera un momento de nuestra vida. Y esto, como afirma el apóstol, genera la paciencia, porque sabemos que, también en los momentos más duros e impactantes, la misericordia y la bondad del Señor son más grandes que cualquier cosa y nada nos separará de sus manos y de la comunión con Él…”.

    (Del libro Hablar con Dios, http://www.pildorasdefe.net y http://w2.vatican.val)

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  4. domingo 19 Febrero 2017

    Séptimo Domingo del tiempo ordinario

    Libro del Levítico 19,1-2.17-18.
    El Señor dijo a Moisés:
    Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel: Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo.
    No odiarás a tu hermano en tu corazón: deberás reprenderlo convenientemente, para no cargar con un pecado a causa de él.
    No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

    Carta I de San Pablo a los Corintios 3,16-23.
    Hermanos:
    ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?
    Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo.
    ¡Que nadie se engañe! Si alguno de ustedes se tiene por sabio en este mundo, que se haga insensato para ser realmente sabio.
    Porque la sabiduría de este mundo es locura delante de Dios. En efecto, dice la Escritura: El sorprende a los sabios en su propia astucia,
    y además: El Señor conoce los razonamientos de los sabios y sabe que son vanos.
    En consecuencia, que nadie se gloríe en los hombres, porque todo les pertenece a ustedes:
    Pablo, Apolo o Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes,
    pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios.

    Evangelio según San Mateo 5,38-48.
    Jesús, dijo a sus discípulos:
    Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.
    Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra.
    Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto;
    y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.
    Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.
    Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
    Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores;
    así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
    Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?
    Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
    Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Cipriano (c. 200-258), obispo de Cartago y mártir
    Los bienes de la paciencia, 15-16; SC 291

    «Yo os digo, no repliquéis al malvado»

    «Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz.»(Ef.4, 2) Con esto enseña que no puede conservarse ni la unidad ni la paz, si no se ayudan mutuamente los hermanos y no mantienen el vínculo de la unidad, con auxilio de la paciencia…

    Perdonar a tu hermano que te ha ofendido no sólo setenta veces siete, sino todas las ofensas; que debes amar a tus enemigos, que debes rogar por los adversarios y perseguidores (Mt 5,39.44; 18,22) ¿Podrías acaso sobrellevar todos estos preceptos si no fuera por la fortaleza de la paciencia? Esto lo cumplió, según sabemos, Esteban: siendo asesinado… no pedía venganza para sus asesinos, sino perdón con estas palabras: Señor, no les tengas en cuenta este pecado (Hech 7, 60). Tal convenía que fuese el primer mártir de Cristo… no sólo se hiciese el pregonero de la pasión del Señor, sino su imitador en la inmensa mansedumbre y paciencia.

    ¿Qué diré de la ira, de la discordia, de las enemistades, que no deben tener cabida en el cristiano? Haya paciencia en el corazón y estas pasiones no entrarán en él… El apóstol Pablo nos advierte de eso: “No entristezcais al Santo Espíritu de Dios… eliminad de vuestra vida todo lo que es amargura, ira, cólera, insultos” (Ef. 4,30-31). Si el cristiano escapa a los extravíos y a los asaltos de nuestra naturaleza caída, como de un mar en furia, si se establece en el puerto de Cristo, en la paz y la calma, no debe admitir en su corazón cólera ni discordia. No le está permitido devolver mal por mal (Rm 12,17), ni dar cabida al odio.

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  5. Amen a sus enemigos… Mt 5, 44

    ¡Cómo suena fuerte esta frase de Jesús!
    Nace en muchos de nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible amar al enemigo? Es muy natural que en todos nosotros aparezca el odio al enemigo, la rabia, los resentimientos… ¿Cómo es posible amar a quien no quiero, a quien no tengo un sentimiento de aprecio o de estima?
    Estas preguntas nos revelan que probablemente estamos en un plan diferente: lo que entendemos por amor tal vez no sea lo que Jesús entiende. ¿Qué quiere decir Jesús con este mandamiento: “Amen a sus enemigos”? Reflexionemos sobre esto:
    En primer lugar debemos notar que él no está pidiéndonos: “sean amigos de todos”. No es así. Es posible que aquel que es nuestro enemigo porque ha elegido un camino equivocado: el camino de la mentira, del fraude, de la envidia, de los celos, de la soberbia, de las trampas, de la calumnia, de la maldad… continuará siendo siempre nuestro enemigo mientras continúe en su mala actitud. Sin embargo, aun así el Señor nos pide que lo amemos. Aunque él esté en un camino feo, como cristianos estamos invitados a amarlo.
    Ciertamente, este amor del que habla el Señor no es aquel sentimiento natural de simpatía, de querer estar juntos, de abrazarnos, de compartir nuestras ideas, sentimientos y proyectos… el amor del que nos habla Jesús para con nuestros enemigos es la capacidad de estar a disposición para servirles, para ayudarles, para hacerles el bien, aunque ellos nos hayan lastimado mucho… es sólo así que podremos ser para ellos un testimonio de que Jesús transformó nuestras vidas y nos dio una capacidad de amar que va mucho más allá de una capacidad de amor natural. Es estando a disposición de nuestros enemigos como demostramos la vida nueva que en Jesús hemos empezado a vivir.
    Si continuamos odiando a nuestros enemigos, esto demuestra que aun somos hombres carnales y que el Espíritu del Señor aun no nos mueve.
    Insisto, amarlos no significa que tengo que invitarlos a cenar o mandarles mensajitos todos los días… estas cosas podrán hasta ser interpretadas como una provocación. Con ellos, debe quedar muy claro que no compartimos su modo de actuar y que nuestra disposición para servirles cuando tengan necesidad no significa que les apoyamos en sus maldades, sino que en Jesús somos capaces de hacer el bien a quien nos lastima, de servir a quien nos pisa, de rezar por quien nos persigue…
    Ciertamente, mi hermano, esto no es una algo sencillo y fácil pero en Cristo todos podemos. Su Espíritu puede darnos una nueva naturaleza.
    Si queremos ser verdaderos cristianos no podemos renunciar a este mandamiento. No podemos decir: “las otras cosas yo cumplo, pero esto no.”
    En verdad, debo decir que conseguir vivir este amor hasta por los enemigos, nos dona una gran libertad, una capacidad de ser nosotros mismos hasta delante de aquellos que nos hieren, sin dejar que sus actitudes determinen las nuestras.
    Pruébalo.

    El Señor te bendiga y te guarde.

    El Señor muestre su rostro y tenga misericordia de ti.

    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la paz.

    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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