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El evangelio del domingo. Firmes en la fe

Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 5, 17-37. Nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa, que él no viene a destruir la Antigua Ley, sino a darle su plenitud; restaura, perfecciona y eleva a un orden más alto los preceptos del Antiguo Testamento. La doctrina de Jesús tiene un valor perenne para los hombres de todos los tiempos y es “fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta”.
La guarda fiel de las verdades de la fe es requisito para la salvación de los hombres.
Todo el mundo considera razonable, por ejemplo, en una cátedra de física o de biología, que se recomienden determinados textos, se desaconseje el estudio de otros y se declare inútil y aún perjudicial la lectura de una publicación concreta para quien de verdad está interesado en adquirir una seria formación científica. En cambio, no faltan quienes se asombran de que la Iglesia reafirme su doctrina sobre la necesidad de evitar lecturas que sean dañinas para la fe o la moral. La raíz de ese asombro infundado podría encontrarse en una cierta deformación del sentido de la verdad, que admitiría un magisterio solo en el campo científico, mientras que considera que en el ámbito de las verdades religiosas solo cabe dar opiniones más o menos fundadas.
El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “Integración: Jesús revoluciona y sacude fuertemente aquella mentalidad cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios. Él, sin embargo, no deroga la Ley de Moisés, sino que la lleva a plenitud, declarando, por ejemplo, la ineficacia contraproducente de la ley del talión; declarando que Dios no se complace en la observancia del sábado que desprecia al hombre y lo condena; o cuando ante la mujer pecadora, no la condena, sino que la salva de la intransigencia de aquellos que estaban ya preparados para lapidarla.
Jesús revoluciona también las conciencias en el Discurso de la montaña abriendo nuevos horizontes para la humanidad y revelando plenamente la lógica de Dios. La lógica del amor que no se basa en el miedo, sino en la libertad, en la caridad, en el sano celo y en el deseo salvífico de Dios, Nuestro Salvador, ‘que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’”.
Siguiendo las Audiencias Generales de cada miércoles del papa Francisco, extractamos parte de su alocución del pasado miércoles: “El miércoles pasado vimos que san Pablo en la primera Carta a los Tesalonicenses exhorta a permanecer radicados en la esperanza de la resurrección (cf. 5, 4-11), con esa bonita palabra ‘estaremos siempre con el Señor’ (4, 17). En el mismo contexto, el apóstol muestra que la esperanza cristiana no tiene solo una respiración personal, sino comunitaria, eclesial. Todos nosotros esperamos; todos nosotros tenemos esperanza, incluso comunitariamente.
Por esto, la mirada se extiende enseguida desde Pablo a todas las realidades que componen la comunidad cristiana, pidiéndolas que recen las unas por las otras y que se apoyen mutuamente. Ayudarnos mutuamente.
Queridos amigos, si —como hemos dicho— el hogar natural de la esperanza es un ‘cuerpo’ solidario, en el caso de la esperanza cristiana este cuerpo es la Iglesia, mientras el soplo vital, el alma de esta esperanza es el Espíritu Santo. Sin el Espíritu Santo no se puede tener esperanza. He aquí entonces por qué el apóstol Pablo nos invita al final a invocarle. Si no es fácil creer, mucho menos lo es esperar. Es más difícil esperar que creer, es más difícil. Pero cuando el Espíritu Santo vive en nuestros corazones, es Él quien nos hace entender que no debemos temer, que el Señor está cerca y cuida de nosotros”.
(Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.catholic.net)

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Acerca de jotaefeb

arquitecto jubilado, hoy "hurgador" de la filosofía de vida, de las cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “El evangelio del domingo. Firmes en la fe

  1. ser cristianos ¡no “de fachada”, sino de sustancia!

    12 de feb de 2017
    Palabras del Santo Padre Francisco en el Ángelus, en el que comentó el evangelio del día.
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    La liturgia del día nos presenta otra página del Sermón de la montaña, que encontramos en el Evangelio de Mateo (Cfr. 5, 17-37). En este pasaje, Jesús quiere ayudar a quienes lo escuchan a realizar una relectura de la ley mosaica. Lo que fue dicho en la Antigua Alianza, ¿era verdad? Sí, era verdad, pero no era todo: Jesús ha venido para dar cumplimento y para promulgar, de modo definitivo, la ley de Dios, hasta la última iota. Él manifiesta sus finalidades originarias y cumple los aspectos auténticos, y hace todo esto su predicación y más aún con el ofrecimiento de sí mismo en la cruz. Así Jesús enseña cómo cumplir plenamente la voluntad de Dios y usa esta parábola, ¡eh!; con una “justicia superior” con respecto a la de los escribas y de los fariseos (Cfr. v. 20). Una justicia animada por el amor, por la caridad, por la misericordia, y, por tanto, capaz de realizar la sustancia de los mandamientos, evitando el riesgo del formalismo. El formalismo: esto puedo, esto no puedo; hasta aquí, puedo, hasta acá no puedo… No: más, más, más.

    De manera especial, en el Evangelio de hoy Jesús examina tres aspectos, tres mandamientos: el homicidio, el adulterio y el juramento.

    Con respecto al mandamiento “no matar”, Él afirma que es violado no sólo por el homicidio efectivo, sino también por aquellos comportamientos que ofenden la dignidad de la persona humana, incluidas las palabras injuriosas (Cfr. v. 22). Ciertamente, estas palabras injuriosas no tienen la misma gravedad y culpabilidad del asesinato, pero se ponen en la misma línea, porque son sus premisas y revelan la misma malevolencia. Jesús nos invita a no establecer una jerarquía de las ofensas, sino a considerarlas todas dañinas, en cuanto movidas por la intención de hacer el mal al prójimo. Y Jesús da el ejemplo. Insultar: pero, nosotros estamos acostumbrados a insultar, es como decir “buenos días”. Y esto está en la misma línea del matar. Quien insulta al hermano, mata en su propio corazón al hermano. Por favor, ¡no insultar! No ganamos nada…

    Otro cumplimiento es aportado a la ley matrimonial. El adulterio era considerado una violación al derecho de propiedad del hombre sobre la mujer. En cambio Jesús va a la raíz del mal. Así como se llega al homicidio a través de las injurias, las ofensas y los insultos, del mismo modo se llega al adulterio a través de las intenciones de posesión con respecto a una mujer diversa de la propia esposa. El adulterio, como el robo, la corrupción y todos los demás pecados, son concebidos primero en nuestro ámbito íntimo y, una vez realizada en el corazón la elección equivocada, se ponen en práctica en el comportamiento concreto. Y Jesús dice: el que mira a una mujer que no es la propia con ánimo de posesión, es un adúltero en su corazón. Ha comenzado el camino del adulterio. Pensemos un poco sobre esto: los pensamientos malos que vienen en esta línea.

    Además, Jesús dice a sus discípulos que no juren, en cuanto el juramento es signo de la inseguridad y de la falsedad con que se desarrollan las relaciones humanas. Se instrumentaliza la autoridad de Dios para dar garantía de nuestras vicisitudes humanas. Más bien estamos llamados a instaurar entre nosotros, en nuestras familias, en nuestras comunidades, un clima de transparencia y de confianza recíproca, de modo que podamos ser considerados sinceros sin recurrir a intervenciones superiores para ser creídos. ¡La desconfianza y la descreencia recíproca siempre amenazan la serenidad!

    Que la Virgen María, mujer de la escucha dócil y de la obediencia feliz, nos ayude a acercarnos cada vez más al Evangelio, para ser cristianos ¡no “de fachada”, sino de sustancia! Y esto es posible con la gracia del Espíritu Santo, que nos permite hacer todo con amor, y así cumplir plenamente la voluntad de Dios.

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    Publicado por jotaefeb | 4 marzo, 2017, 12:31
  2. No ser infiel

    Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

    Mt 5,17 – 37.- Estamos dentro del Sermón de la Montaña, que es un resumen de la espiritualidad cristiana y de la práctica que debe acompañarla. Domingo pasado Jesús nos dio la misión de ser sal y luz del mundo, y hoy toca este asunto extremamente desafiante: el adulterio y la infidelidad.

    Él habla claramente: “No cometerás adulterio”. Y añade que aquel que mira a una mujer deseándola maliciosamente en su corazón, ya ha sido adúltero con ella.

    El adulterio designa la infidelidad conyugal, que es una traición a su pareja. Ser un traidor es un título que nadie quiere, pues no solo traiciona a su cónyuge, sino que falta a las promesas que libremente ha asumido en su matrimonio. Además, lesiona el signo de la Alianza del ser humano con Dios, expresado en el vínculo matrimonial.

    Así, es un ultraje lamentable que daña a uno mismo; al otro, a quien ha prometido sinceridad y manifiesta desprecio a la voluntad de Dios. Como es una siembra maligna, los frutos también serán diabólicos.

    El adulterio es una injusticia, que atenta contra la estabilidad del matrimonio, pues el miembro engañado, con frecuencia, vive un dolor acentuado y entra en un ansioso viacrucis para lograr el perdón, cuando lo logra.

    Restablecer la confianza en el otro es un camino espinoso y solo es posible cuando el infiel da muestras fehacientes de que ha abandonado sus aventuras. Es más, cuando reconoce su infidelidad y procura reconquistar a su pareja.

    Es causa importante de separaciones, lo que genera zozobra emocional entre los hijos, especialmente cuando niños. Además, la parte económica de la familia se ve afectada, con dificultades más grandes para el estudio, la salud y otros.

    “Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio“, sostiene el Catecismo de la Iglesia Católica, N° 2.380.

    ¿Lo qué lleva a una persona casada a cometer el adulterio? Serán muchas las respuestas, pero conviene distinguir entre motivos masculinos y motivos femeninos.

    Al varón, por una calentura descontrolada, para exaltarse delante de los amigos, para afirmarse como “machito” y otros.

    A la mujer, tal vez, por carencia afectiva, por no sentirse valorada por el marido, por la soledad y falta de diálogo.

    No hay que cometer adulterio, lo que implica huir de las ocasiones de pecado, mantener la relación matrimonial de modo alegre y, de modo especial, cuidar de la vida espiritual, dando más espacio para Dios, para la oración a dos y para la Misa dominical.

    Paz y bien

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    Publicado por jotaefeb | 12 febrero, 2017, 08:20
  3. “Ustedes escucharon que la antigua ley prescribía… pero, yo les digo…” Mt 5,21-22

    La Ley del Antiguo Testamento buscaba traducir lo que Moisés y el pueblo habían entendido sobre la voluntad de Dios. Aquella Ley no nació del capricho o de deseos personales de algunos sacerdotes, sino de una recta conciencia que buscaba colocar en práctica la revelación de Dios a través de los eventos históricos. Eran normas necesarias para la vida común del Pueblo de Dios. Allí estaban condensados los principios básicos que permitían a los judíos continuar en las sendas trazadas por Dios.

    Sin embargo, en la plenitud de los tiempos, Dios, en su infinita bondad, envió a su propio Hijo al mundo para completar plenamente la revelación. Jesús es el propio Dios que se hizo carne. Todas sus acciones, sus palabras, sus actitudes, sus gestos… revelaban en su máxima pureza la propia voluntad de Dios, de la cual la Ley antigua era sólo un reflejo. Es por eso, que él puede decir que no vino para abolir la Ley, sino para llevarla a la plenitud.

    De hecho, por ejemplo, después de Jesús el “no matarás” se tornó mucho más exigente. Él nos enseñó que matar al hermano no es sólo quitarle la vida con un arma o un veneno, sino también calumniarlo, despreciarlo, humillarlo o hasta mismo ignorarlo.

    En verdad, lo que Jesús desea realmente no es acrecentar con otras cláusulas, las muchas prescripciones de la Ley antigua. Jesús no vino para dictarnos más normas. Él vino para enseñarnos un nuevo modo de vivir basado en el amor.

    La voluntad de Dios no es sólo reprimir en mí la maldad para que yo no sea una amenaza a mi hermano, ni lo hiera o lo destruya. El sueño de Dios es que yo ame a mi hermano, pues así seré para él un custodio de su vida. Si yo amo a mi hermano, ciertamente no lo mataré, pero no sólo esto sino que estaré disponible para ayudarlo, para servirlo, para ser una presencia confortadora en su vida.

    Quizás podríamos afirmar que la Ley mosaica nos enseñaba a respetar a nuestros hermanos y esto ya es una gran cosa, pues muchas veces ni a esto estamos dispuestos. Sin embargo, Jesús no nos propone sólo un respeto a ellos, él nos desafía a amarlos y a servirlos.

    La propuesta de Jesús, sin duda alguna, no contradice lo que prescribe la Ley antigua, sino que la lleva a una radicalidad mucho mayor. Jesús no vino para revocarla. Esto quiere decir que quien la cumple, no hace una obra mala. Sin embargo, para los que quieren de verdad asumir en su vida la voluntad de Dios en su plenitud, no basta sólo cumplir lo que en ella estaba prescrito; es necesario ir más allá de su letra y descubrir el misterio del amor.

    Por otro lado, quien vive la propuesta de Jesús, aunque no esté fijado en la letra de la Ley antigua, la estará cumpliendo en su plenitud. Quien tiene un amor grande por su hermano, sin duda alguna no infringe para nada lo que prescribe la Ley.

    No nos olvidemos que el cristianismo no es sólo un conjunto de normas, como muchos lo piensan, sino que es el encuentro con una persona concreta que vivió hasta el extremo lo que proponía y fue un hombre pleno y feliz por eso. Por lo tanto, sin un encuentro personal y vivo con Jesucristo, que nos motive a vivir lo mismo, nuestra fe corre el riesgo de quedarse sólo en un cumplir ciertas reglas, un reprimir o controlar maldades pero sin conocer la belleza y la satisfacción de una vida consumida en el amor y en el servicio.

    El Señor te bendiga y te guarde.

    El Señor muestre su rostro y tenga misericordia de ti.

    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la paz.

    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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    Publicado por jotaefeb | 12 febrero, 2017, 08:19
  4. domingo 12 Febrero 2017

    Sexto Domingo del tiempo ordinario

    Libro de Eclesiástico 15,15-20.
    Si quieres, puedes observar los mandamientos y cumplir fielmente lo que le agrada.
    El puso ante ti el fuego y el agua: hacia lo que quieras, extenderás tu mano.
    Ante los hombres están la vida y la muerte: a cada uno se le dará lo que prefiera.
    Porque grande es la sabiduría del Señor, él es fuerte y poderoso, y ve todas las cosas.
    Sus ojos están fijos en aquellos que lo temen y él conoce todas las obras del hombre.
    A nadie le ordenó ser impío ni dio a nadie autorización para pecar.

    Carta I de San Pablo a los Corintios 2,6-10.
    Es verdad que anunciamos una sabiduría entre aquellos que son personas espiritualmente maduras, pero no la sabiduría de este mundo ni la que ostentan los dominadores de este mundo, condenados a la destrucción.
    Lo que anunciamos es una sabiduría de Dios, misteriosa y secreta, que él preparó para nuestra gloria antes que existiera el mundo;
    aquella que ninguno de los dominadores de este mundo alcanzó a conocer, porque si la hubieran conocido no habrían crucificado al Señor de la gloria.
    Nosotros anunciamos, como dice la Escritura, lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman.
    Dios nos reveló todo esto por medio del Espíritu, porque el Espíritu lo penetra todo, hasta lo más íntimo de Dios.

    Evangelio según San Mateo 5,17-37.
    Jesús dijo a sus discípulos:
    «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
    Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.
    El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»
    Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
    Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal.
    Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.
    Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti,
    deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
    Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso.
    Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
    Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio.
    Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
    Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.
    Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.
    También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio.
    Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.
    Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor.
    Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios,
    ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey.
    No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos.
    Cuando ustedes digan ‘sí’, que sea sí, y cuando digan ‘no’, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Ireneo de Lyon (c. 130-c. 208), obispo, teólogo y mártir
    Contra las herejías IV, 13,3

    La Ley enraizada en nuestros corazones

    En la Ley hay preceptos naturales que nos dan ya la santidad; incluso antes de dar Dios la Ley a Moisés, había hombres que observaban estos preceptos y quedaron justificados por su fe y fueron agradables a Dios. El Señor no abolió estos preceptos sino que los extendió y les dio plenitud. Eso es de lo que nos dan prueba sus palabras: “Se dijo a los antiguos: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.” Y también: “se dijo: no matarás. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano sin motivo tendrá que comparecer ante el tribunal” (Mt 5,21s)… Y así todo lo que sigue. Todos estos preceptos no implican ni la contradicción ni la abolición de los precedentes, sino su cumplimiento y extensión. Tal como el mismo Señor dice: “Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt, 5,20).

    ¿En qué consiste este ir más allá? Primeramente en creer no sólo en el Padre, sino también en el Hijo manifestado en lo sucesivo, porque él es quien conduce al hombre a la comunión y unión con Dios. Después, en no tan sólo decir, sino en hacer –porque “dicen pero no hacen” (Mt 23,3)- y guardarse, no sólo de cometer actos malos, sino también de desearlos. Con estas enseñanzas, él no contradecía a la Ley, sino que la llevaba a su cumplimiento, a su plenitud y ponía en nosotros la raíz de las prescripciones de la Ley… Prescribir, no sólo de abstenerse de los actos prohibidos por la Ley, sino incluso de su deseo, no es de alguien que contradice y adolece la Ley, sino el hecho de quien la cumple y extiende.

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    Publicado por jotaefeb | 12 febrero, 2017, 08:19

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