Trump no entiende lo que significa Estados Unidos para el mundo

¡Madre mía! El señor Donald Trump lleva dos semanas en la Casa Blanca y ya se ha peleado severamente con Enrique Peña Nieto, presidente de México, y ha reñido con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, por el asunto del TLC, y con el de Australia, Malcom Turnbull, debido al compromiso previamente firmado con Obama para trasladar a EE.UU. a varios cientos de refugiados sirios.
¿No sabe Donald Trump que los países directamente desovados por Inglaterra (USA, Canadá, Australia y Nueva Zelanda y, claro, la Madre Patria británica) tienen una valiosa alianza secreta de intercambio de inteligencia (UKUSA Agreement) que peligra con esas tensiones inútiles?

No ha quedado títere o aliado con cabeza. Muchos han reaccionado con incomodidad. La canciller alemana Ángela Merkel y el premier francés François Hollande; la mitad del Reino Unido que votó (y perdió) contra el brexit; y hasta la Unión Europea, que advirtió que le negaría el placet a Ted Malloch, embajador elegido por el presidente de Estados Unidos (aún sin confirmar), por su desprecio por la UE y su menosprecio por el euro.

Las consecuencias de estos desencuentros son múltiples y todas muy costosas. Las 27 naciones de la Unión Europea (UE) –ya descontado el autoexcluido Reino Unido– se separarán más de Estados Unidos en todos los terrenos, pese a las docenas de bases e instalaciones militares creadas por Washington en Europa, fundamentalmente en Alemania y, en menor grado, en Italia.

Para el presidente Trump, que viene del mundillo empresarial de los bienes raíces, donde todo se mide por el bottom line o pérdidas y beneficios, esos países han vivido de la protección americana sin aportar lo que les corresponde, acaso porque no entiende que EE.UU. estaba pagando por un escudo protector internacional para no tener que pelear en territorio americano, mientras multiplicaba y repartía los blancos potenciales a los que debía hacerle frente la URSS.

Esa era la estrategia de rodear al enemigo. Por una punta, se amenazaba al peligroso adversario, por la otra, se protegía a Estados Unidos.

Pasé los últimos 20 años de la Guerra Fría (1970-1990) en Madrid. Sabíamos que, si se desataba un conflicto bélico entre Moscú y Washington, la capital de España sería arrasada por los misiles soviéticos dirigidos contra la base aérea de Torrejón de Ardoz, de la misma manera que la base naval de Rota, en Cádiz, Andalucía; también sería pulverizada. En esos años, la URSS contaba con más de 5.000 ojivas nucleares. Muchos más que los blancos militares, de manera que numerosas ciudades europeas y norteamericanas hubieran sido borradas de los mapas.

El problema de fondo es que Trump cree que Estados Unidos es una nación como cualquier otra y, en tal condición, supone, debe velar por sus intereses económicos. No se da cuenta de que Estados Unidos es una entidad diferente, modelo y motor del resto de una buena parte del planeta, como en el pasado remoto lo fueron Persia, Grecia y Roma, hasta que se desplazó el eje fundamental de Occidente al Norte de Europa y, posteriormente, en el medievo tardío, a las puertas del Renacimiento, comenzó a gestarse el mundo actual con la aparición de naciones-estados.

A España le tocó ese papel rector en el siglo XVI, antes de la Ilustración, y luego fueron Francia e Inglaterra, hasta que Estados Unidos se convirtiera en la fuerza dominante y “cabeza del mundo libre” desde el fin de la Segunda Guerra mundial.

Es verdad que Estados Unidos carga con un peso desproporcionado de los costos de esa responsabilidad, pero eso fue lo que determinó Roosevelt en Bretton Woods y Truman cuando creó el Plan Marshall, la OTAN, la CIA, la OEA y el resto de los mecanismos de defensa frente al espasmo imperial soviético.

Fue ese análisis el que llevó al país a la Guerra de Corea o a “Ike” Einsehower a heredar a regañadientes el rol francés en Indochina con la desastrosa guerra vietnamita que luego afrontarían Kennedy y, sobre todo, Johnson.

Con sus luces y sombras, con marchas y contramarchas, Estados Unidos ha llevado razonablemente bien “el peso de la púrpura”, como les dicen los españoles a los costos tremendos de asumir el poder.

Lógicamente, ese papel de primus inter pares llegará un día al final y el país será sustituido por otra entidad líder, pero los síntomas vitales de Estados Unidos hoy siguen siendo los mejores del mundo en los terrenos militar, científico y financiero. Lo que está fallando, debido a Donald Trump, es la comprensión histórica del fenómeno del liderazgo de su país. Y eso es gravísimo.

Por Carlos Alberto Montaner

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13 comentarios en “Trump no entiende lo que significa Estados Unidos para el mundo”

  1. Trump vs. Cuba. ¿Y?

    Por Danilo Arbilla

    Como era de esperar y como sucede desde que asumió, Trump no conformó a nadie con “su política” para Cuba. Ni una cosa ni la otra, y más bien todo lo contrario.

    Es mucho más fácil hacer declaraciones “rimbombantes” desde la oposición para titular los diarios o abrir los informativos, que tomar decisiones “rimbombantes” cuando se está en el gobierno. Lo cómodo es prometer y denunciar durante la campaña electoral, lo difícil es cumplir o destapar los tarros cuando se está en el poder.

    Es notorio que el tema América Latina (AL) no ocupa un lugar prioritario en la agenda del nuevo presidente de los EE.UU. El “subcontinente” –el viejo, “patio trasero”– ya genera pocos títulos en los medios y escasas angustias o expectativas a la administración norteamericana. Tradicionalmente el Departamento de Estado se preocupa por Brasil –hasta hubo quien recomendó solo hablar el portugués en la sesión de AL.–, pero por el momento ese tema aconseja mantener prudencia: es casi imposible saber, por muy experto diplomático o agente de la CIA, el FBI o la DEA que se sea, en qué va a derivar y mucho menos cómo va a terminar, el “caso brasileño”. Respecto a Venezuela nada ha cambiado: alguna declaración de censura, pero EE.UU. sigue siendo el mayor comprador de petróleo venezolano.

    Con Cuba, en cambio, Trump estaba obligado. Le hizo promesas a los votantes de La Florida, a lo que se suman la presión y la presencia de legisladores cubano-americanos que están a su y de su lado.

    La cuestión era si cerraba o no la embajada en La Habana. Todo lo demás son detalles.

    Lo que hizo Obama fue adornar la agenda para sus futuras conferencias: reanudó relaciones e instaló la Embajada. Pero no mucho más; nada o casi nada en cuanto a presionar y avanzar en la apertura democrática y el retorno de las libertades en la isla. No consiguió ni “suavizar” el discurso del pope del régimen ni el de sus adláteres, amanuenses, testaferros o fanáticos locales y especialmente internacionales.

    Si Trump quería diferenciarse de Obama debió cerrar la embajada. No es que significara mucho, pero importaba por su carácter “emblemático”.

    Ahora, la cuestión es si hubiera servido de algo un “endurecimiento” respecto a Cuba. Quizás no sirviera de nada, como no sirvió la “apertura” de Obama quien, a lo sumo, abrió un poco el grifo para que fluyera algo de oxígeno al castrismo.

    Los duros dicen que esta vez sí el “embargo” hubiera tenido efecto, pues al régimen, que vivió primero de la Unión Soviética y luego se salvó gracias a los petrodólares del chavismo, ya no le quedan fuentes de recursos a que apelar.

    Quizás sí, quizás no. Todo muy teórico. Lo único cierto, lo que la experiencia confirma, es que el embargo no sirvió. Más de medio siglo lo certifica. Esto es: no sirvió para que cayeran los Castro ni para que la democracia se restaurara en Cuba. Por el contrario sí le fue muy útil al propio régimen cubano para justificar, ante el mundo y ante los propios cubanos, el fracaso del sistema aplicado a partir del momento en que Fidel se declaró marxista leninista e impuso el totalitarismo en la Isla. El “bloqueo”, como le llaman, justificó todos los males y fue el punto de apoyo para todas las críticas “al imperio”, el cual, pese al paso de los años y de los titulares en su presidencia, parece seguir sin darse cuenta.

    El embargo, visto lo que hay y lo ocurrido, ayudó al castrismo, pero en nada a los cubanos. Por otro lado implicó, a su vez, limitaciones para las libertades de los propios norteamericanos. No solo para comerciar o viajar a donde quieran, sino también para su derecho a informarse.

    En concreto, con relación a Cuba, Trump no aportó novedades. No hizo ningún “disparate”: ni reimplantó “el embargo” en todos sus extremos, ni puso fin a una situación inoperante y que solo beneficia a las supuestas víctimas.

    En fin, quizás sea una muestra más de lo mal que se maneja el Departamento de Estado, o quizás sea producto de la “ignorancia” de Trump en materia de política exterior, o simplemente, se trata de que no les interesa ni les preocupa América Latina ni los latinoamericanos. Incluidos los que viven en los EE.UU.

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  2. TRUMP O EL OLVIDO DE LA REPÚBLICA

    Una república, sí pueden conservarla, habría contestado, palabras más, palabras menos, Benjamin Franklin a una señora que al verlo salir de la sala de sesiones de la convención en Filadelfia, le había preguntado qué tipo de documento era la constitución que habían aprobado. La respuesta, lacónica y talvez irónica de Franklin ha representado, con el paso del tiempo, no solo un aspecto de la democracia americana, sino, me temo, su aspecto esencial. La de que el poder, democrático o no, tiene límites, y estos, no sólo son jurídicos sino, y sobre todo, morales y hasta de hábitos de decencia cívica. Una democracia republicana exige así, de sus políticos y protagonistas, una cierta forma de vida y formas de actuar, que supone cierto tipo de cualidades o virtudes cívicas.

    Al observar el desarrollo, dramático e inusual, de los primeros seis meses de la presidencia de Trump, ese déficit, la de un minimizado republicanismo, parecería aflorar. Existirían varias razones de esta tendencia que, al decir de más de un comentarista, se ha vuelto tóxica a la actual administración y, por ende, a la democracia, al punto que –lamentablemente– ha terminado en el atentado reciente a un miembro de la cámara de representantes. Dos aspectos, creo, podrían ayudar a entender lo que quiere decir. En primer lugar, la elección de Trump como un “outsider” a la clase política de Washington, no ha sido asimilada del todo. Las resistencias, reales o imaginarias, existen. Y las mismas, no solo vienen de sus adversarios políticos demócratas sino, también, de un sector de los republicanos. Trump no es uno que ha hecho carrera política y su presencia en Washington, con su estilo brusco y directo, ha generado la oposición del Estado burocrático.

    Se podría llamar a esto el rechazo del Establishment, pero, creo que es algo más simple: es la resistencia a un cambio de estilo político que se resiente ante un jefe que da órdenes, sin explicar mucho las razones de las mismas. Trump, un populista de actitudes cambiantes, pareciera entender la política, como una suerte de comportamiento mecánico donde la experiencia del otro no cuenta mucho y donde la categoría de amigo, lealtad, fidelidad, está por encima de todo… Al no adherirse a ningún tipo de ideología, sea esta conservadora o liberal, actúa conforme a lo que haría un empresario agresivo que quiere ganar mercados y lograr éxitos inmediatos: actuar en base al propio interés, mirar a lo económico como lo útil, dando los pasos que fortalece su figura y nada más, sin pensar mucho en las consecuencias posteriores.

    Fíjese lo que ocurre con la investigación de la presunta colaboración entre algunos miembros de su campaña política y hackers rusos, el conocido “rusiagate”. Hasta ahora no hay nada concreto y al parecer, no se podría establecer hasta qué punto -si fuera verdad- una colaboración así constituya un delito. Por lo que la invocación a un juicio político, no deja de ser una expresión de deseos, por el momento. Pero el punto es que Trump, a quien al parecer no se investiga personalmente sobre el affair, no ha dicho nada contra el intento real de los rusos de penetrar el sistema electoral americano. Y eso es grave. De esto no se preocupa, pues fiel a un estilo de hacer política, ha minimizado el hecho, cuando no le afecta personalmente, como lo resalta, recientemente, el New York Times en un editorial.

    Un segundo hecho que también muestra la falta de tacto o de educación política de Trump, es la actitud que se ha revelado en su interacción con el ex director del FBI, a quien el mismo Trump, lo despidiera. El relato del director Comey de ese hecho al Senado, ha mostrado la pretensión de Trump de que los miembros de la burocracia de un Estado, le presenten lealtad. Y al parecer, no al Estado de Derecho como tal. Esto hace indicar que, ante la dificultad de un “outsider” de poder controlar el poder del sistema, entonces, se aspira a hacerlo parte del poder político. ¿Configuraría esa actitud el delito de “obstrucción” de justicia? El mismo Comey no llegó a esa conclusión dejando la tipificación a la justicia. Es interesante, no obstante, la reacción, ante este hecho inusitado del Presidente del Congreso, Paul Ryan que dijera de esa tendencia de Trump a reunirse a solas con el director de FBI, y la de obviar las formas, era debido a que él, Trump, no está habituado a cómo se hacen las cosas en Washington.

    En ese punto, me parece, está gran parte de la incertidumbre que abraza en estos momentos a la democracia americana: la manera de administrar el poder sin entenderla como republicana, como cosa de todos y no solo de los que captan el poder. Es la regla de la ley, “rule of law”, la que gobierna una república y no la voluntad, aunque sea mayoritaria, de lo que administran un Estado. La democracia que surge de las bases, se autogestiona si es fundada en la persuasión, la deliberación que supone procedimientos, reglas preestablecidas así como valores sustantivos. En este caso puntual, en pleno siglo XXI, Trump, intencionalmente o no, degrada a la experiencia de la república, minimizando reglas y procedimientos, y sobre todo, valores de respecto, prefiriendo, al parecer no tener mucho en cuenta a los partidos políticos o la burocracia, que no es sino el abono para el brote de un populismo autoritario, como diría Madison.

    De ahí que la pregunta hecha a Franklin continúa siendo actual ¿Se podrá mantener la república? Yo estoy seguro que si: las instituciones de la república constitucional americana son sólidas, aunque, ciertamente, esa solidez que se van ganando por cada generación, se la puede también socavar. No debe sorprender entonces que al Franklin de mediados de siglo dieciocho le preocupara ese hecho. Pero, preocupación sobre un hecho, no entraña el fin de la historia, sino su autoconciencia.

    Por Mario Ramos-Reyes

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  3. El desdén de Trump por Latinoamérica

    Por Andrés Oppenheimer

    El plan de presupuesto del presidente Donald Trump para el año 2018 confirma lo que muchos temíamos: Trump tiene muy poco interés en América Latina, y una agenda negativa para la región.

    Trump dio a conocer su plan presupuestario el 23 de mayo, durante su viaje a Europa, después de visitar Arabia Saudita e Israel. Es el primer presidente en la memoria reciente de Estados Unidos que no hizo su viaje inaugural a México o a Canadá. Ese no es un dato menor.

    Los expresidentes Barack Obama, George W. Bush, Bill Clinton, George H.W. Bush y Ronald Reagan habían hecho su primer viaje al exterior a México o Canadá, siguiendo una tradición que comenzó cuando el presidente William Taft hizo su viaje inaugural a México en 1909.

    Para peor, la propuesta presupuestaria de Trump para el año fiscal 2018 es un fiel reflejo de sus posturas xenófobas durante la campaña electoral.

    Propone que los contribuyentes de Estados Unidos paguen US$ 1.600 millones para comenzar a construir un muro en la frontera con México, que el presidente había prometido a sus seguidores que sería pagado por México.

    El muro fronterizo será un desperdicio de dinero absurdo, porque el problema que pretende resolver ya no es tan crítico.

    En primer lugar, ha habido un dramático descenso en la población indocumentada de los EE.UU. desde 2008, según un informe del Centro de Estudios Migratorios. En segundo lugar, el muro será bastante inútil porque la mayoría de los inmigrantes indocumentados no cruzan la frontera en forma subrepticia, como Trump falsamente afirma.

    Por el contrario, llegan por avión o en carro con documentos legales, y luego se quedan más allá de lo permitido en sus visas. Según un nuevo estudio del Departamento de Seguridad Interna de EE.UU., el año pasado hubo más de 600.000 personas que llegaron a Estados Unidos con documentos legales de turistas o estudiantes, y se quedaron tras el vencimiento de sus visas.

    El presupuesto presentado por Trump –que seguramente será modificado por el Congreso, pero nadie sabe hasta qué punto– también propone un recorte del 32 por ciento del presupuesto del Departamento de Estado y de ayuda exterior, y un recorte del 36 por ciento en la ayuda externa a América Latina.

    La ayuda estadounidense a México se reducirá en un 45 por ciento, a US$ 88 millones, mientras que la ayuda a Guatemala se reducirá en un 38 por ciento, a Honduras en un 31 por ciento y a Haití en un 18 por ciento.

    Los recortes incluyen casi todo, desde la lucha contra las drogas hasta fondos para intercambios culturales y estudiantiles, y ayuda a grupos de la sociedad civil de Cuba y Venezuela.

    Otro dato interesante es que el gobierno de Trump, que todavía no se ha ocupado de designar un jefe del departamento del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, todavía no ha hecho una sola propuesta positiva para América Latina que sea digna de mención.

    Ni Trump ni el secretario de Estado Rex Tillerson han dicho una palabra, por ejemplo, sobre la continuación o el fortalecimiento de las iniciativas educativas interamericanas, como el programa Fuerza de 100.000 en las Américas, para aumentar a 100.000 el número de jóvenes latinoamericanos que estudian en universidades de los Estados Unidos, y viceversa.

    Todo el discurso del gobierno de Trump sobre América Latina parece ser defensivo y negativo: contra los “bad hombres” de México que vienen a Estados Unidos, y contra los tratos comerciales supuestamente “desastrosos” con Canadá y México, que de hecho han ayudado a las economías de los tres países en décadas recientes. Mi opinión: Cuando Trump inició su campaña alegando que la mayoría de los inmigrantes indocumentados de México son criminales y violadores, y atacando el libre comercio con los vecinos de Estados Unidos, muchos pensaron que estas posiciones eran posturas políticas electorales, las cuales seguramente cambiarían si ganaba la presidencia.

    Desafortunadamente, se equivocaron. Trump no ha cambiado mucho en los cuatro meses desde su toma de posesión. Sus decisiones como presidente, tal como se reflejaron en su primer viaje al extranjero y en su plan de presupuesto para el 2018, continúan mostrando una falta de interés total en América Latina.

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  4. Pongamos al día la Doctrina Truman

    Los resultados del viaje de Donald Trump al Oriente Medio y a Europa son bastante confusos. Afirmar en Arabia Saudita que Estados Unidos no se propone decirle a ningún país cómo debe comportarse, ni qué valores debe defender, se contradice con la Doctrina Truman que, precisamente, “hizo grande” a Estados Unidos durante 70 años y ha evitado la Tercera Guerra mundial.
    En Europa recibieron a Trump con grandes reticencias. Su risueña acogida al Brexit británico contrariaba el espíritu de unidad que afortunadamente todavía prevalece en el Viejo Mundo. Su declaración de que la OTAN era obsoleta, luego desmentida un tanto frívolamente por él mismo, había sido una mala señal.

    El presidente Harry Truman proclamó en marzo del 1947 el compromiso de su país con la libertad ante las dos cámaras del Congreso norteamericano. En ese momento estaban en juego la independencia de Grecia y Turquía. A Grecia la amenazaban la URSS y Yugoslavia, mientras los ingleses, devastados por la II Guerra, acababan de declarar que no tenían fuerzas materiales para continuar respaldando a la pequeña península del Mediterráneo, cuna directa de eso que llamamos Occidente.

    Estados Unidos asumió el lugar de Inglaterra. Desde 1943 se sabía que la batalla de Midway en el Pacífico (junio de 1942) había sido decisiva y que era cuestión de tiempo que las potencias del Eje tuvieran que rendirse. Objetivo que se logró, finalmente, tras la detonación de la segunda bomba nuclear en Nagasaki en 1945. Ni siquiera la hecatombe de Hiroshima, producida unos días antes, fue suficiente para doblegar a los japoneses.

    La coronación de Estados Unidos como primera potencia del planeta había comenzado en 1944, bajo la presidencia de F.D. Roosevelt, en Breton Woods, donde se delineó el destino financiero de la comunidad internacional en la posguerra. Muerto ese presidente norteamericano, a su vicepresidente Harry Truman le tocó forjar la estrategia para defender a Estados Unidos y a Occidente del espasmo imperial soviético.

    Básicamente, Washington creó, encabezó y financió una gran fuerza multilateral afincada en diversas regiones: Asia, Europa y América Latina. Donde pudo, buscó aliados. Cuando no los encontró, actuó por su cuenta estableciendo pactos bilaterales.

    Los instrumentos de la Guerra Fría, en el polo encabezado por Washington, comenzaban por definir los valores y principios en la Doctrina Truman, a lo que siguieron el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), el Plan Marshall, la creación de la CIA, la OTAN, la OEA, y la decisión de impedir, cuando se podía, el ímpetu arrollador del comunismo. En 1950 pudieron detener la invasión de Corea del Norte a Corea del Sur, pero un año antes, en 1949, nadie pudo evitar el triunfo de Mao en China continental, sin arriesgarse a una terrible guerra.

    Truman sabía que Estados Unidos cargaba con un peso desproporcionado de los costos comunes de la defensa de la libertad, pero también sabía que era el único centro de iniciativas democráticas capaz de hacerle frente a Moscú y, de paso, evitar conflictos aún más costosos.

    Cuando un periodista le preguntó si no le parecía un despropósito aportar doce mil millones de dólares al Plan Marshall (algo que los Trump de aquellos años calificaban del “peor negocio” que podía hacer una nación triunfadora con sus vencidos adversarios), el presidente americano le respondió con una frase lapidaria: esa cifra era una pequeñísima fracción de lo que le había costado al país la Segunda Guerra mundial.

    Era mucho más barato hacer ese aporte que precipitar a Estados Unidos a un nuevo conflicto. Algo había aprendido Truman de la Primera Guerra, en la que participó, por cierto, como oficial de artillería. Sabía que lo que le convenía a Estados Unidos y al mundo era una constelación de naciones prósperas respetuosas de los valores democráticos, aunque ello significara que su país tuviera que abonar mucho más que la media por el honor y la responsabilidad de liderar al grupo.

    Es cierto que Donald Trump no ha sido el primer presidente norteamericano en rechazar la Doctrina Truman. Antes que él, Barack Obama, en Panamá, admitió públicamente que su país cancelaba el objetivo de cambiar la dictadura comunista de los Castro y comenzó a hacerle inexplicables concesiones unilaterales a ese régimen, aunque luego, en La Habana, hiciera un valioso discurso sobre la libertad que dejó felices a los demócratas y confundidos a los comunistas.

    Es cierto que ya no existe el peligro soviético, pero eso no quiere decir que la democracia no esté amenazada por el terrorismo, los narcos, la corrupción rampante, el islamismo radical y los comunistas irredentos. Quizás es la hora de proclamar un corolario a la Doctrina Truman y procurarle al mundo otros 70 años de paz y fortaleza. Pero lo que carece de sentido es cancelar esa estrategia sin advertir que Estados Unidos ha sido grande gracias a ella.

    Por Carlos Alberto Montaner

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  5. El exilio de Heineken

    La cerveza Heineken está a un paso de ser prohibida en Hungría. ¿Por qué? Por comunista. ¿Por qué? Porque su etiqueta lleva una estrella roja. En todo caso, esto es lo que dice Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría.

    Yo concedo que la estrella roja fue el símbolo del antiguo partido comunista soviético, y que los húngaros tienen motivos para estar enojados con los rusos, pero no hay que exagerar: nadie toma cerveza por razones ideológicas.

    Para comprender la exageración, hay que tomar en cuenta que don Viktor es un populista, del tipo de populistas que han surgido por todas partes, sea ganando las elecciones como él, o perdiéndolas por poco como Geert Wilders en Holanda, o prescindiendo de las elecciones como Al Sisi en Egipto.

    Cuando Trump ganó las elecciones, Orbán quedó feliz, porque tienen mucho en común: uno y otro dijeron que los inmigrantes son “violadores”; con la diferencia de que Trump prometió construir un muro y su amigo húngaro ya lo ha construido.

    Orbán dijo que Hungría necesita la “homogeneidad étnica”, no creo que la consiga echando a los extranjeros.

    Con tanto tiempo transcurrido desde la unión de nuestros primeros padres, Adán y Eva, somos todos mestizos y no pura sangre (exceptuando los caballos de carrera).

    Por otra parte, y sin ánimo de ofender a nadie, me parece mejor que en ese país no haya pureza étnica, porque sus primeros pobladores fueron Atila y sus muchachos, los hunos, que no se caracterizaron por su cultura y sus buenas costumbres. Bueno, es mi modesta opinión, y no creo que pese, buena o mala: para un populista, cualquier argumento vale con tal de hacerse la víctima.

    ¿Quiénes son los victimarios?

    Para Trump son los mexicanos; para Orbán son los serbios; para Wilders son los musulmanes. Los musulmanes, junto con el multiculturalismo, son los chivos expiatorios favoritos, aunque no los únicos: valen también los periodistas y los ecologistas.

    En Hungría quieren cerrar una universidad financiada por George Soros, que es húngaro, porque su universidad es demasiado multicultural.

    Con la acusación de multiculturalismo, el partido Alternativa para Alemania le sacó a Angela Merkel una buena cantidad de votos y de bancas parlamentarias.

    También detestan el multiculturalismo el Frente Nacional de Francia, el brexit de Inglaterra y presuntas víctimas de una conspiración internacional donde están los chinos, porque son muchos y son muy malos.

    Los chinos, según Trump, inventaron esa historia del calentamiento global, para que la industria norteamericana dejara de trabajar a plena capacidad, y así pudiera aventajarla la industria china.

    En realidad, el chino del calentamiento global no era chino sino yanqui: el profesor James Hansen, científico de la NASA, fue el primero en dar la alarma sobre el calentamiento global. Después le ayudó el otro chino, Al Gore, con su película Una verdad incómoda.

    En cuanto a los periodistas, los populistas los tratan mal o peor.

    En algunos casos, son agarradas de palabra; en otras, de hecho y encima hecho de sangre, como sucede en Egipto con Al Sisi, o en las Filipinas con Rodrigo Duterte, con tantos o más agua’i que su colega. En fin, esperemos tiempos mejores.

    Guido Rodríguez Alcalá

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  6. ¿Vuelve el fascismo?

    Por Guido Rodríguez Alcalá

    En Netflix he visto la película documental Hitler, basada en un libro del historiador alemán Joachim Fest (1926-2006), y que ha dado pie a la polémica.

    Haciendo de lado la polémica, quiero decir que Fest no justifica a Hitler (su familia fue perseguida por no colaborar con el régimen) y que él es un historiador con un sólido conocimiento de los hechos, aunque su interpretación de los hechos pueda discutirse.

    De la película, quiero señalar una cosa: la importancia que tuvo la propaganda en la instauración del régimen nacional socialista.

    Hitler fue el primer político que utilizó en forma consistente los medios modernos de transporte y de comunicación.

    Con la radio, llegaba a toda Alemania; con el avión, participaba en varios actos políticos en un solo día. Además, tenía el cine para desinformar a su país y al resto del mundo sobre la verdadera naturaleza de su sistema. En esto le ayudó la cineasta Leni von Riefenstahl, dotada de un particular talento para mostrar lo que se quería mostrar. Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda, fue muy hábil con su manejo de las transmisiones de radio en cadena, un ejemplo seguido por Stroessner con sus notorias transmisiones en cadena.

    Tomando en cuenta la trágica experiencia histórica, los Gobiernos democráticos establecidos después de la caída del Tercer Reich regularon la prensa y la financiación de los partidos políticos. Debo agregar que, aunque anticapitalista de labios para afuera, la carrera de Hitler se financió por las grandes empresas; durante la ocupación y saqueo de varios países europeos por el ejército nazi, esas empresas participaron en una suerte de alianza público-privada. Esa regulación se efectuaba, no para restringir la libertad, sino para protegerla de la colusión de los políticos y los oligopolios.

    A partir de 1982, con la llegada al poder de Helmut Kohl, la regulación disminuyó, aunque sin desaparecer; no, en todo caso, como pareciera dispuesto a hacerla desaparecer Donald Trump, según señala un reciente artículo de The Guardian (“The real issue is his threat to the internet”). En los Estados Unidos existe la entidad estatal llamada FCC (Comité Federal de Comunicaciones), creada para garantizar la neutralidad de las comunicaciones; el nuevo director de la FCC no cree en la neutralidad, lo cual abre el camino a la manipulación de la información por oligopolios que dirigen la transmisión de las informaciones por internet, según el Guardian.

    Con lo anterior no quiero tachar de fascista a Trump, que no podría serlo porque Estados Unidos no es hoy la Alemania de 1933. Sin embargo, hay un resurgimiento de movimientos neofascistas en Europa y América; los hay entre quienes apoyan a Trump, y este es un problema alarmante. La historia nunca se repite literalmente, pero ciertos errores históricos no se corrigen.

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  7. Las opciones de Trump en Venezuela

    Por Andrés Oppenheimer

    Muchos opositores y exiliados venezolanos albergan la esperanza de que el presidente Donald Trump tome una línea dura contra Venezuela y ayude a restaurar la democracia en ese país. Pero soy escéptico de que eso ocurra, al menos por ahora, por motivos que no tienen nada que ver con Venezuela.

    Es cierto que Trump ha recibido en los últimos días a la esposa del líder opositor venezolano Leopoldo López, y que el gobierno de Trump anunció el 13 de febrero el congelamiento de fondos del vicepresidente venezolano Tareck El Aissami en Estados Unidos, acusándolo de ser un capo del narcotráfico.

    Y hay muchas otras cosas que Trump podría hacer unilateralmente –si quisiera– contra el gobernante venezolano Nicolás Maduro.

    Trump podría, por ejemplo, ordenar al Departamento de Justicia de Estados Unidos que dé a conocer los nombres de los altos funcionarios venezolanos que recibieron US$ 98 millones en sobornos de la constructora brasileña Odebrecht. Los pagos se hicieron entre 2006 y 2015 durante los gobiernos de Hugo Chávez y Maduro, según funcionarios estadounidenses que, junto con fiscales brasileños y suizos, participaron en la investigación.

    Trump también podría decidir reducir las importaciones de petróleo de Venezuela, aunque esto ha sido estudiado y rechazado por todas las administraciones estadounidenses en los últimos 17 años. Muchos dicen que eso sería técnicamente complicado, y podría elevar los precios del petróleo.

    Pero, según me dicen varios diplomáticos en Washington y América Latina, ninguna de estas medidas unilaterales haría mucho para restaurar la democracia en Venezuela. De hecho, salvo las invasiones militares de Estados Unidos a Granada (1983) y Panamá (1989), que nadie quiere repetir, ninguna acción unilateral estadounidense ha terminado con una dictadura latinoamericana en las últimas décadas, señalan.

    Estados Unidos solo ha podido lograr resultados contra regímenes autoritarios en América Latina en los últimos tiempos cuando lo hizo conjuntamente con otros países latinoamericanos.

    En el caso de Venezuela, si Washington toma medidas unilaterales que vayan más allá de sanciones a altos funcionarios, solo logrará darle más argumentos a Maduro para proclamarse una víctima del “imperialismo”.

    La mejor manera de forzar elecciones libres en Venezuela será a través de la amenaza de sanciones diplomáticas colectivas de los 34 países miembros de la Organización de Estados Americanos.

    La Carta Democrática de la OEA prevé tales sanciones diplomáticas si la mayoría de los países miembros las apoyan. Y el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, me dijo en una entrevista reciente que está a punto de lanzar un nuevo llamado para activar la Carta Democrática

    El problema es que la mayoría de los países latinoamericanos no van a votar junto al gobierno de Trump mientras el presidente de Estados Unidos siga atacando a México.

    Las medidas de Trump contra la inmigración, su postura contra el libre comercio y sus insultos contra México lo han hecho tan impopular en América Latina, que se ha convertido en políticamente radioactivo. Muchos presidentes latinoamericanos temen que un voto contra Venezuela sea visto como un voto pro Trump.

    Mi opinión: Trump tiene una oportunidad de oro para ayudar a lograr la democracia en Venezuela, porque la mayor parte de América Latina está tomando distancia del desastroso régimen venezolano.

    Durante los últimos 18 meses, los votantes de Argentina, Brasil, Perú, Bolivia, Ecuador y hasta la propia Venezuela se han manifestado de distintas formas contra líderes populistas aliados de Maduro.

    Si Trump dejara de atacar a México con sus insultos diarios y absurdas exigencias de que el gobierno mexicano pague por un muro de US$ 25.000 millones que no servirá de mucho –el 40 por ciento de los indocumentados llegan a Estados Unidos por avión y se quedan más allá de lo permitido, y la inmigración de México ha disminuido significativamente en los últimos años– tendría más apoyo de América Latina que cualquiera de sus últimos predecesores

    La única manera de ayudar a restablecer la democracia en Venezuela será a través de sanciones diplomáticas colectivas de la OEA, pero eso no ocurrirá mientras Trump siga insultando a México. Y, por ahora, Trump parece más dispuesto a complacer a los xenófobos antimexicanos entre sus seguidores que a ayudar a restituir la democracia en Venezuela.

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  8. Los muros a derribar

    Sin haber sido construido siquiera, el hasta ahora invisible muro anunciado por Donald Trump ya dio como fruto el primero de sus futuros cientos o tal vez miles de muertos. Hace unos días, el mexicano Guadalupe Olivas Valencia (44), minutos después de haber sido deportado de los Estados Unidos, desesperado, se suicidó lanzándose desde un puente que está a apenas 20 metros de la línea fronteriza. Su cadáver y sus sueños quedaron deshechos al lado de la bolsa de plástico en la que llevaba sus escasas pertenencias, en una ciudad en la que no conocía a nadie.

    Esta situación me recuerda una vieja novela en la que una reina –creo que era inglesa– llamaba a su habitación a su hijo, al príncipe heredero del trono, para aconsejarle sobre las pesadas responsabilidades que le esperaban. En tono maternal le decía que en unos años más él sería el rey y que como tal debía cuidar cada una de sus acciones. Le recordaba que tendría miles de súbditos a sus pies, pero que con cada paso que diera, se expondría a pisarlos… como si fueran hormigas. También le decía que sería como un dios, que en ese idioma es “God”, porque tendría tierras y privilegios que sus vasallos jamás podrían alcanzar, pero que él mismo debía imponerse un límite y no pasarse de la raya o sino se convertiría en “Dog”, un perro. La mujer lo preparaba para ser un buen gobernante, le enseñaba sobre la sutil diferencia entre ser un God y un Dog, sobre la importancia de la humildad, a no creerse todopoderoso, a no comportarse como un niño malcriado, a no pisar las hormigas como Trump.

    Pocas horas después de la muerte de Guadalupe, a miles de kilómetros, Miguel López conducía su camioneta. Era el miércoles 22 de febrero, a las 20:36. De pronto, en la oscura y lluviosa noche un fuerte ruido alertó a los transeúntes. Y como si fuera una exitosa obra teatral, la escena sin aplausos se repitió una vez más sobre la avenida Cacique Lambaré. Otro muro, esta vez el que divide ambos carriles, se introdujo debajo del vehículo de Miguel, causando costosos daños materiales.

    Millones de dólares en obras, esperanzas, esfuerzos, puestos laborales y el muro mal concebido que impide el acceso por ambos carriles.

    Una vez más, esa muy cuestionada estructura demuestra cuán peligrosa es y los automovilistas en vez de encontrar ventajas solo ven problemas en ella. Les vuelve angosta la arteria por la que diariamente circulan miles de rodados.

    Coincidentemente, ese miércoles también se inauguró la más reciente gran inversión de la ciudad, el Century Plaza, sobre la misma avenida. Una paradoja: millones de dólares en obras, esperanzas, esfuerzos, puestos laborales y el muro mal concebido que impide el acceso por ambos carriles.

    Existen muros visibles y otros invisibles. Los primeros, los de varillas y concreto, aunque resistidos, son fáciles de derribar. Son los otros los que cuestan. Esos como los de Trump que dejan muertos o los de las leyes que crean impunidad.

    La administración municipal actual mantiene ese peligroso muro de cemento, que sigue causando perjuicios. Y la administración que creó esa estructura se fue sin medir las consecuencias de sus actos. El muro visible debe ser derribado, así como el invisible que permite que los intendentes y concejales dejen sus cargos sin que la ciudadanía –que les paga el sueldo– tenga opción de reclamarles.

    Por Alex Noguera

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  9. Latinoamérica podría apoyar a México contra Trump

    Por Andrés Oppenheimer

    Hasta ahora, América Latina ha permanecido bastante silenciosa en cuanto a la confrontación del presidente Trump con México, pero eso podría cambiar muy pronto.

    Los países de la región están planeando varias reuniones ministeriales en los próximos meses donde podrían acordar un apoyo conjunto a México, condenar las políticas aislacionistas del presidente Trump y tal vez incrementar las relaciones con China.

    Chile, que actualmente preside la Alianza del Pacífico –integrada además por México, Colombia y Perú– anunció que será la sede de una reunión de países asiáticos y latinoamericanos del 14 al 15 de marzo para buscar nuevas formas de promover el comercio en la cuenca del Pacífico tras la decisión de Trump de retirarse del acuerdo de la Asociación Transpacífica (TPP).

    El TPP había sido firmado por Estados Unidos, Japón, Australia, Canadá, México y otros siete países asiáticos y latinoamericanos. No incluía a China, por lo que fue visto por muchos como un intento del expresidente Obama por contrarrestar la creciente influencia económica de China. Trump retiró a Estados Unidos del TPP, alegando que perjudicaría a los trabajadores estadounidenses.

    Posteriormente, en abril, se realizará también en Chile una reunión de ministros de Relaciones Exteriores de América Latina de los bloques comerciales de la Alianza del Pacífico y Mercosur. En esa reunión se buscarán maneras de aumentar el comercio entre los dos bloques comerciales regionales y se discutirán los desafíos que plantean las propuestas inmigratorias y de comercio de Trump, que afectan especialmente a México.

    La decisión de celebrar la conferencia de Ministros de Relaciones Exteriores de América Latina se produjo en una reciente cumbre entre la presidenta chilena Michelle Bachelet y el presidente argentino, Mauricio Macri.

    En julio, se celebrará en México la reunión anual de cancilleres de la Organización de los Estados Americanos, donde seguramente se debatirá la política de Trump hacia México y el resto de la región. Y en enero de 2018, se realizará la conferencia de cancilleres latinoamericanos con China, en el marco de las reuniones CELAC-China.

    Cuando le pregunté al canciller chileno Heraldo Muñoz en una entrevista si estas reuniones producirían una postura conjunta latinoamericana contra las políticas aislacionistas de Trump, me dijo que a la luz de la “incertidumbre y presiones proteccionistas y nacionalistas” en Estados Unidos y Europa, estas reuniones tratarán de generar “una señal política en la dirección de más comercio, más apertura, más integración regional”.

    Muñoz me dijo que China ha sido invitada a la reunión de países del TPP de marzo en Chile. El gobierno chino “probablemente enviará un representante de alto nivel”, me dijo.

    Al preguntársele si China podría aumentar su presencia en la región tras la retirada de Trump del acuerdo TPP, Muñoz dijo que “la historia demuestra que cuando hay vacíos de acción y de presencia política, esos vacíos son ocupados por otros factores”.

    Agregó que el presidente chino Xi Jinping hizo una “especial impresión” con su apoyo al libre comercio y la apertura económica en su reciente discurso en Davos, Suiza. “Evidentemente este es un escenario donde China puede jugar un papel mayor”, dijo.

    En cuanto a si la región hará un pronunciamiento categórico de apoyo a México en su disputa con Trump, Muñoz me dijo que “con México estamos absolutamente todos”, pero que “habrá que hacer lo que México estime conveniente. Si México deseara una expresión de apoyo que varios países han dado a nivel bilateral, se podrá contemplar”.

    Mi opinión: Hasta el momento no ha habido una condena conjunta regional a los planes de Trump de construir el muro fronterizo y obligar a México a pagarlo, porque el Gobierno mexicano no lo ha pedido. Al contrario, México ha pedido en privado a otros países latinoamericanos no tomar ninguna postura colectiva por el momento, y esperar para ver si Trump lleva a cabo sus propuestas.

    El Gobierno mexicano ve a Trump como un cabeza caliente que, si hubiera una posición estridente de Latinoamérica en apoyo a México, redoblaría sus posturas antimexicanas.

    Pero si pasan unas semanas y Trump sigue atacando a México, usándolo como un chivo expiatorio para mantener contentos a los xenófobos dentro de su base electoral, no me sorprendería ver una escalada de América Latina en apoyo a México, y contra Trump.

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  10. Trump: ¿populismo o pragmatismo?

    El tema del populismo y de la bondad o maldad de esa “forma” de gobierno, está puesto a debate. Y parece que el ojo de la tormenta es la presidencia del millonario Donald J. Trump. ¿Es el régimen trumpista un régimen populista? Y si lo es, ¿no estamos ante un Hitler en potencia como dicen algunos? Confieso que a mi me parece más que saludable este debate que, creo, nos debe llevar a algo incluso más profundo: qué es lo que ocurre en el mundo para que se recurra a populismos. Una crisis es después de todo, al decir de Hannah Arendt, una oportunidad para hacernos preguntas más hondas. Convengamos. Existen numerosas decisiones de políticas públicas del “trumpismo” que son más que discutibles. De eso no cabe duda. Pero sugerir a que el sistema se desliza hacia una supuesta república de Weimar indica un desconocimiento de qué es un régimen republicano.

    Lo que me preocupa es la simplificación de la calificación de “populista” a cualquier régimen –no a su líder que sería otra cosa– sin atender a su conformación institucional. Y eso supone no darse cuenta de lo que es la ciencia política –si, la política es una ciencia– pero no igual a la química y menos, digamos, a las matemáticas. La ciencia de la política es una forma de cómo debe organizarse una sociedad para lograr el bien común. Ese deber ser indica la necesidad de una forma de gobierno de llenar ciertos requisitos, aunque no siempre los cumpla. ¿Cuáles serían, entonces, los de un régimen al que se lo llama peyorativamente, populista?

    Se debe advertir que lo primero es afirmar que existen populismos –en plural– con algunas características comunes, y de ahí que el concepto suponga circunstancias y matices. Miremos a tres aspectos fundamentales –dejando de lado particularidades– que apuntan a lo que es un populismo.

    Lo primero: un régimen populista apela a la mayoría democrática no solo como fuente de legitimidad sino como razón de una constante modificación de normas constitucionales. Lo político-democrático es prioritario, lo constitucional-institucional, secundario. Democrático, insisto, como mayoría que “manda’, siendo el marco constitucional un apéndice del mismo.

    Segundo, un régimen populista da preferencia a los afectos. Es vital, y se alimenta de una visión cuasi-romántica del “pueblo”. Es altamente ideologizado, y peor, voluntarista y por eso tropieza con enormes dificultades al no poder “torcer” la voluntad de todos los ciudadanos. No es pragmático, ni mucho menos, sino rígido, inflexible. Apela al juicio casi “místico”, “gelatinoso”, laudatorio del pueblo hacia sus líderes. No busca arreglos ni negociaciones sino, por el contrario, hace que todos se “incorporen” a ese querer mesiánico del pueblo. Por último, los populismos rechazan la virtud cívica del autogobierno de la persona. Es el todo, Estado o pueblo quien protagoniza como voluntad única. No es de extrañar, entonces, que genere una “cultura” maniquea, de lo bueno o malo conforme a la voluntad popular.

    Yendo al nudo de la cuestión. ¿Es el actual régimen norteamericano populista conforme a lo expresado? La respuesta no puede ser sino negativa. El régimen norteamericano es una república, o si se me apura, un régimen de autogobierno de frenos y contrapesos. La democracia que surge de las bases, se autogestiona si es fundada en la persuasión, la deliberación que supone procedimientos, reglas preestablecidas, pero también valores sustantivos, los derechos humanos. Así, la ciudadanía deliberante con sus mayorías y minorías, está balanceada por la regla constitucional. El hecho de que, precisamente, Trump no obtuviera la mayoría del voto popular, y aun fuera elegido por el colegio electoral, muestra la naturaleza republicana, y no democrático-populista del régimen.

    Mirando al segundo aspecto: ¿es ideológico, vital o voluntarista el “trumpismo”? Me atrevo a sugerir que parece y pretende populista pero que no lo es. Creo que, irónicamente, es altamente pragmático, busca la utilidad, persigue los intereses de grupos minoritarios sin importar mucho lo que las mayorías digan. En cierto sentido, posee la marca del pragmatismo típicamente americano de alguien no precisamente conservador. Me refiero a John Dewey. No debe pasar desapercibido que Trump genera controversias para, luego de la confrontación, llegar al arreglo pragmático. No es un político pulido con “cintura” política ni un ideólogo con ideas refinadas: es un hombre de negocios que quiere, pragmáticamente, administrar un territorio que en cierta manera le es extraño.

    Y esto último se puede relacionar con la noción de virtud cívica. Me temo que Trump carece del temperamento y la paciencia propios para sostener y enriquecer las deliberaciones del contenido de una república. Su gabinete es más una junta de directores que un organismo político. De ahí que la impaciencia de Trump pareciera reflejar un populismo implícito. Para mí es más inexperiencia en su formación que una postura ideológica. Lo que le falta es, ciertamente, virtud cívica, que se nota en la intemperancia de sus tuits, declaraciones intempestivas, reacciones primarias, de las que a veces se retracta, otras veces no. Más que reveladores han sido, esta semana, las casi inadvertidas declaraciones de su propio candidato a la Suprema Corte que dijo se sentía “descorazonado” por la crítica de Trump a los jueces que rechazaron su orden migratoria.

    Así, para el juez nominado por el mismo Trump, el Estado de Derecho tiene prioridad a los intereses político de su presidente. Para concluir, no me parece exacto aquello de que el trumpismo sea una suerte de “hitlerización”. Eso no es más que una hipérbole ideológica interesada de sus adversarios políticos más que la realidad de las cosas. Hipérbole cuya realidad, de ser cierta, implicaría el absurdo de creer que el régimen constitucional de Madison esté a merced de los grupos de asalto tipo SS.

    Por Mario Ramos-Reyes

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  11. Política de choque

    La política de choque practicada por el presidente norteamericano está produciendo efectos inmediatos que deberían ser analizados con cuidado y según el caso. Sus resultados son claros y directos.
    Cada anuncio de Donald Trump enciende una intensa luz cenital sobre asuntos específicos. La idea de gravar con un 20% la importación de productos que podrían fabricarse en el país está generando ondas expansivas que llegan a prácticamente cualquier sector de la economía no sólo interna sino también de los socios comerciales de Estados Unidos.

    Uno de los ejemplos más didácticos lo expone la cadena de valor del algodón, que comienza en los campos de Alabama o las Carolinas en Estados Unidos y termina en el inmenso anillo industrial de Ciudad de México. Con los años, la sociedad ha ido perfeccionando este monstruoso clúster agroindustrial. Según datos del Departamento de Comercio y del de Agricultura de Estados Unidos, citado por The Wall Street Journal, “la industria del algodón empleó directamente a 126.553 personas en 2015, según el Consejo Nacional del Algodón. En un informe de 2016, la Administración de Comercio Internacional indicó que la industria textil y de ropa en México empleaba a 415.000 trabajadores”.

    Esta actividad complementaria ha derivado en el hecho de que cinco de cada diez jeans vendidos en EEUU sean confeccionados en México, en donde han aterrizado dos de las marcas más emblemáticas de esta ropa de difusión mundial. Para tener una idea, se trata de un negocio anual de más de US$ 14.000 millones.

    Una pieza “premium” de marca exclusiva no baja de los US$ 300 si se la confecciona en Estados Unidos costo que cae a la mitad cuando se lo fabrica en México. Aún con estas drásticas diferencias, las maquilas del jean compusieron en 2015 el 6% del Producto Interno Bruto mexicano.

    Esta dinámica integradora proviene de la puesta en marcha del Nafta, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que desde su implementación en 1994 no ha cesado de tener defensores y detractores. En México, pese a algunos logros sectoriales, el tratado ha hecho crecer la pobreza, generando en dos décadas la emigración de unos cinco millones de campesinos a las ciudades.

    En EEUU muchos enclaves industriales han desaparecido como generadores de empleo. Al anuncio de Trump de renegociar el tratado ha respondido el del presidente Enrique Peña Nieto quien anticipó que si México no se beneficia de tal renegociación, iniciará trámites para diversificar sus mercados y negociar otros pactos bilaterales.

    El estilo “de choque” de Donal Trump tiene la característica de sacar a la superficie las grandes diferencias y grietas que subyacen en toda relación bilateral o de bloque entre los países componentes de cualquier tratado o convenio. Quedan así expuestas realidades en cuyo examen la diplomacia y el tacto pasan a un segundo plano.

    ¿Esto es bueno o malo? El tiempo lo dirá.

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  12. Para recortar y guardar

    Por Jesús Ruiz Nestosa

    Es para recortar y guardar: el juez federal del estado de Washington, al justificar la suspensión de una orden de la Casa Blanca nos da una lección a todos los países que sufrimos un grave déficit de legalidad y democracia. Quizá sea repetitivo recordar que Donald Trump había emitido una orden ejecutiva de prohibir la entrada al país de ciudadanos de siete países (Libia, Sudán, Siria, Irak, Irán, Yemen y Somalía), todos ellos de mayoría musulmana. Pero un juez federal de Seattle (Washington), James Robart, anuló su vigencia. Su justificación es ejemplar, sobre todo para nosotros y un motivo de reflexión sobre la situación de nuestro país por lo que ella significa.

    Robart afirma que “el juzgado es una de las tres ramas del Gobierno, iguales en su autoridad” refiriéndose a los tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial y agrega: “No es trabajo de esta Corte hacer política ni juzgar lo acertado de ninguna política en particular promovida por las otras dos ramas. El trabajo del Poder Judicial, y de esta Corte, se limita a asegurarse de que las acciones de las otras dos ramas se ajustan a nuestras leyes y, más importante, a nuestra Constitución”. En la parte final el juez Robart añade que “es consciente del impacto que la decisión tiene en las partes implicadas en el conflicto y en la ciudadanía (…) pero las circunstancias presentadas hoy son tales que la Corte debe intervenir para cumplir su papel constitucional en nuestro Gobierno tripartito”.

    A quienes hayan leído estas declaraciones de manera distraída, les ruego que vuelvan a leerlas las veces que sean necesarias para entender hasta qué punto todas estas palabras, sin quitarle una sola coma ni agregarle absolutamente nada, son perfectamente aplicables a nuestro medio.

    También es repetitivo explicar para qué sirve la división de poderes en un sistema democrático: para que dos de ellos sirvan de contrapeso y control al tercero; para que si uno se extralimita en sus funciones, los otros dos lo frenen y lo regresen a sus cauces naturales. Vale decir, justamente lo que no sucede en nuestro medio. La ineficacia y la incompetencia de la justicia la comprobamos en estos días en los que los jueces no han reaccionado como debían hacerlo ante la falsificación de las firmas de la mascarada que fue la campaña “que la ciudadanía decida” y que fueron presentadas al Tribunal de Justicia Electoral como expresión “del clamor del pueblo”. Muertos, firmas repetidas varias veces, firmas que no coincidían con el número de documento, firmas que no coincidían con la firma real de personas que fueron agregadas incluso por orden alfabético, fueron algunos de los muchos engaños que se cometieron.

    Las denuncias que hicieron las personas cuyos nombres fueron agregados sin su consentimiento en dichas listas se recibieron muy tibiamente y llevó tiempo realizar las gestiones de rigor. Tampoco se tomó medida contra las autoridades del Partido Colorado responsables de dicha campaña mientras que los presidentes de seccionales coloradas que tomaron parte del embuste fueron citados por el juez y no se presentaron a los tribunales porque se había cometido “un error” en la citación. Tenemos así que en nuestro país se ha creado un quinto poder: el de las seccionales que yo diría que actúan en realidad como un segundo, después del Ejecutivo. Sus presidentes son inimputables de acuerdo se ve en la práctica.

    Payo Cubas ha estado preso un buen tiempo ya que ha dirigido su crítica al corazón mismo del sistema corrupto en el cual estamos viviendo: la Justicia. Sean discutibles o no los métodos que ha utilizado, lo cierto es que acertó de pleno en su disparo. Mientras no tengamos una justicia justa no podremos superar los intentos presentes y futuros por parte de quienes solo desean instaurar un régimen totalitario para aprovecharse de él: poder, fama y fortuna.

    En su número de la semana pasada, la revista alemana “Der Spiegel” en su portada incluye un dibujo en el que aparece Donald Trump con un cuchillo ensangrentado en la mano izquierda mientras con la derecha sostiene la cabeza cercenada de la estatua de la Libertad. Podemos estar seguros que el excéntrico y populista presidente estadounidense nunca logrará decapitar a la (estatua de la) Libertad porque atrás de él hay un sistema de justicia que funciona y no se deja amedrentar por las bravuconadas de un empresario que se quiere inventar político.

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  13. El muro y la solidaridad

    Por Susana Oviedo
    La firme decisión del presidente norteamericano Donald Trump de construir un muro fronterizo con México, además de producir indignación y un amplio rechazo, coloca en la discusión varios puntos. Uno de ellos lo planteó el ex presidente chileno Ricardo Lagos, en una entrevista que publica el diario español El País, al decir: “¿Cómo es posible que América Latina no haya dicho ‘todos somos mexicanos (…)’?, ante el anuncio de la construcción de un muro fronterizo y que encima se pretende que lo pague México”. Para Lagos, esto es una ofensa a todos los latinoamericanos.

    A estas alturas de la historia, ¿tiene algún peso las concepciones territoriales, geográficas, culturales y lingüísticas comunes que conforman la identidad del conjunto de países latinoamericanos, como para esperar hoy una posición única y definida, tal cual reclama el ex mandatario chileno a favor de México y en contra del nuevo mandatario norteamericano?

    La respuesta parecería obvia con tantos procesos y organizaciones de integración regional constituidos y ensayados en el continente. Pero en el día a día, la realidad es que ni las relaciones bilaterales transcurren fáciles entre los países vecinos que conforma Latinoamérica y, salvo algunas concesiones, siempre están primeros los intereses particulares. Esto hace que hasta las expresiones de solidaridad se vuelvan selectivas y circunstanciales.

    Así que mientras sigue sorprendiéndonos un mundo virtual sin fronteras, en el real, las fronteras son cada vez más difíciles de atravesar. Además, existen muchos Trump que creen que amurallándose a lo largo de la línea que separa a su país del vecino, vivirán más seguros y tranquilos.

    Que todo les irá mejor, porque evitarán el ingreso ilegal vía México, de ciudadanos de este país, hondureños, guatemaltecos o salvadoreños, como piensan los seguidores del pintoresco presidente estadounidense. Ellos creen erradamente que así acabarán con los serios problemas internos de desigualdad social, porque consideran que la condición de inmigrante es sinónimo de delincuente; que los foráneos son los culpables de todos sus males.

    Como efecto positivo, el tema muro de Trump obliga a correr el velo sobre la realidad latinoamericana.

    Particularmente sobre la consistencia e inconsistencia de las relaciones entre los países de la región; la situación social que obliga a miles de ciudadanos a huir de sus países por diversas causas, y pone a prueba los discursos políticos que pregonan la integración, el respeto a los derechos humanos, la solidaridad latinoamericana.

    Pero también los tremendos daños que provocaron y siguen ocasionando a su pueblo los aprendices de gobernantes en el continente.

    Así es ahora este mundo de incertezas, como define Lagos extrañado porque Latinoamérica no se pronuncia a favor de uno de sus integrantes.

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