El evangelio del domingo: Ser sal y luz

Sabemos que la expresión “mandio’ýre” significa una comida sin sal, sin gusto, que hasta podría tener un aspecto agradable, pero a la hora de probar es insípida. Cosa lamentable es cuando pasa esto con una persona, es decir, cuando ella se va haciendo insípida, malhumorada y no se importa de tener valores auténticos. Este riesgo nos acecha frecuentemente y hay que despabilarse, pues no es razonable pasar la primera mitad de la vida criticando a nuestros padres y, la segunda mitad, criticando a la pareja o al jefe.

Asimismo, hay incontables definiciones filosóficas y psicológicas sobre quién es el ser humano. El Evangelio nos da la más hermosa y vibrante de todas: “Ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo”. No solo es una definición optimista, sino que pesa muchísimo quien la pronuncia: es el Señor Jesucristo, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue creado.

Él quiere que los cristianos se convenzan de que son la sal del mundo; sin embargo, no solamente como un tipo de condimento, pero como algo que purifica, da sabor y preserva de la descomposición. En otras palabras, como una fuerza transformadora.

Con esta afirmación Jesús nos invita a ser sus aliados en la misión de purificar tantas indecencias que existen alrededor de nosotros y a preservar la sociedad de la corrupción infernal que nos degrada a todos.

También nos elogia diciendo: “Ustedes son la luz del mundo”. En otro momento, Él afirmó: “En cuanto estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo”, por lo tanto, nos delega su misma esencia.

Cristo ordena que seamos sal de la tierra y luz del mundo, que hagamos buenas obras en todos los sentidos, que los otros se beneficien de ellas, pero que agradezcan a Dios en primer lugar y, no, a quien las ha realizado. Para ser realmente sal de la tierra y luz del mundo es esencial dar un testimonio visible para que los otros vean en las acciones de los cristianos la presencia del Dios invisible.

El profeta Isaías da orientaciones concretas de qué significa ser sal y luz, exhortando a partir el propio pan con los hambrientos, sea el pan de la comida, de la salud, del empleo o del afecto. Y algo muy necesario y desafiante, que es rechazar la opresión, no buscando beneficios ilegítimos a costa de la explotación ajena.

Con estas actitudes no seremos católicos mandio’ýre, pero seremos gente de vida coherente, que ilumina el camino de los demás.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

 

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3 pensamientos en “El evangelio del domingo: Ser sal y luz”

  1. La misión de los cristianos en la sociedad es dar «sabor» a la vida

    05 de feb de 2017
    En sus palabras antes del rezo dominical, el Santo Padre reflexionó sobre el llamado “Sermón de la montaña”, que la liturgia toma del Evangelio de San Mateo.
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    En estos domingos la liturgia nos propone el así llamado Discurso de la montaña, en el Evangelio de Mateo. Después de haber presentado, el domingo pasado, las Bienaventuranzas, hoy pone en evidencia las palabras de Jesús que describen la misión de sus discípulos en el mundo (cfr. Mt 5,13-16). Él utiliza las metáforas de la sal y de la luz, y sus palabras están dirigidas a los discípulos de todo tiempo, por lo tanto, también a nosotros.

    Jesús nos invita a ser un reflejo de su luz, a través del testimonio de las obras buenas. Y dice: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. (Mt 5,16). Estas palabras subrayan que nosotros somos reconocibles como verdaderos discípulos de Aquél que es Luz del mundo, no en las palabras, sino por nuestras obras. En efecto, es sobre todo nuestro comportamiento que – en el bien y en el mal – deja un signo en los demás. Por lo tanto, tenemos una tarea y una responsabilidad por el don recibido: la luz de la fe, que está en nosotros por medio de Cristo y de la acción del Espíritu Santo, no debemos retenerla como si fuera de nuestra propiedad. En cambio, estamos llamados a hacerla resplandecer en el mundo, a darla a los demás mediante las obras buenas. ¡Y cuánta necesidad tiene el mundo de la luz del Evangelio que transforma, cura y garantiza la salvación a quien lo recibe! Esta luz nosotros debemos llevarla con nuestras obras buenas.

    La luz de nuestra fe, dándose, no se apaga sino que se refuerza. En cambio puede debilitarse si no la alimentamos con el amor y con las obras de caridad. Así la imagen de la luz se encuentra con la de la sal. En efecto, la página evangélica nos dice que, como discípulos de Cristo somos también “sal de la tierra” (v. 13). La sal es un elemento que mientras da sabor, preserva el alimento de la alteración y de la corrupción – ¡en los tiempos de Jesús no había heladeras! Por lo tanto, la misión de los cristianos en la sociedad es dar “sabor” a la vida con la fe y el amor que Cristo nos ha dado y, al mismo tiempo, mantener lejos los gérmenes contaminantes del egoísmo, de la envidia, de la maledicencia, y demás. Estos gérmenes arruinan el tejido de nuestras comunidades, que deben en cambio resplandecer como lugares de acogida, de solidaridad y de reconciliación. Para cumplir esta misión es necesario que nosotros mismos, en primer lugar, seamos liberados de la degeneración corruptiva de los influjos mundanos, contrarios a Cristo y al Evangelio; y esta purificación no termina nunca, debe ser realizada continuamente, hay que hacerla todos los días.

    Cada uno de nosotros está llamado a ser luz y sal en el proprio ambiente de la vida cotidiana, perseverando en la tarea de regenerar la realidad humana en el espíritu del Evangelio y en la perspectiva de Reino de Dios. Que nos sea siempre de ayuda la protección de María Santísima, primera discípula de Jesús y modelo de los creyentes que viven cada día en la historia, su vocación y misión. Nuestra Madre, nos ayude a dejarnos siempre purificar e iluminar por el Señor, para transformarnos también en “sal de la tierra” y “luz del mundo”.

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  2. Ser luz con el ejemplo

    Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 5, 13-16. En el evangelio de la misa de este domingo, nos habla el Señor de nuestra responsabilidad ante el mundo: Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo. Y nos lo dice a cada uno, a quienes queremos ser sus discípulos.
    La sal da sabor a los alimentos, los hace agradables, preserva de la corrupción y era un símbolo de la sabiduría divina. Frente a esa marea de materialismo y de sensualidad que ahoga a los hombres, el Señor “quiere que de nuestras almas salga otra oleada –blanca y poderosa, como la diestra del Señor–, que anegue, con su pureza, la podredumbre de todo materialismo y neutralice la corrupción, que ha inundado el Orbe: A eso vienen –y a más– los hijos de Dios”, a llevar a Cristo a tantos que conviven con nosotros, a que Dios no sea un extraño en la sociedad.

    Nos han de conocer como hombres y mujeres leales, sencillos, veraces, alegres, trabajadores, optimistas; nos hemos de comportar como personas que cumplen con rectitud sus deberes y que saben actuar en todo momento como hijos de Dios, que no se dejan arrastrar por cualquier corriente.

    La vida del cristiano constituirá entonces una señal por la que conocerán el espíritu de Cristo. No perdamos nunca de vista esta realidad: Los demás han de ver a Cristo en nuestro sencillo y sereno comportamiento diario: En el trabajo, en el descanso, al recibir buenas o malas noticias, cuando hablamos o permanecemos en silencio… Y para esto es necesario seguir muy de cerca al Maestro.

    El papa Francisco a propósito del evangelio de hoy dijo: “¿Quiénes eran aquellos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla… Pero Jesús los mira con los ojos de Dios, y su afirmación se entiende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: Si seréis pobres de espíritu, si seréis mansos, si seréis puros de corazón, si seréis misericordiosos… ¡Ustedes serán la sal de la tierra y la luz del mundo!

    Para comprender mejor estas imágenes, tengamos en cuenta que la ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada oferta presentada a Dios, como un signo de alianza. La luz, entonces, para Israel era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos, el nuevo Israel, reciben, entonces, una misión para con todos los hombres: Con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda la humanidad.

    Todos los bautizados somos discípulos misioneros y estamos llamados a convertirnos en un evangelio vivo en el mundo: Con una vida santa daremos “sabor” a los diferentes ambientes y los defenderemos de la corrupción, como hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo a través del testimonio de una caridad genuina. Pero si los cristianos perdemos sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la efectividad”.

    Se extracta lo dicho por el papa Francisco, en ocasión de su habitual audiencia general del pasado miércoles cuando dijo: “Consideramos ahora la virtud de la esperanza a la luz del Nuevo Testamento. La persona de Jesús y su misterio pascual abre para nosotros una perspectiva extraordinaria, como nos lo sugiere la lectura bíblica que acabamos de escuchar. San Pablo escribe a la joven comunidad de Tesalónica, apenas fundada y temporalmente muy cercana al hecho de la Resurrección del Señor, y trata de hacerles comprender todos los efectos y las consecuencias que este evento único y decisivo comporta para la historia de cada uno.

    Como entonces, la dificultad no está en aceptar la Resurrección de Jesús, sino en creer en la resurrección de los muertos. Cada vez que nos enfrentamos a la muerte, ya sea la nuestra o la de un ser querido, sentimos que nuestra fe se tambalea, nos preguntamos si hay vida después de la muerte, o si volveremos a encontrarnos con los que ya nos han dejado. Pablo, ante las dudas de la comunidad, invita a mantener sólida la “esperanza de la salvación”.

    La esperanza cristiana es esperar en algo que ya se cumplió, pero que debe realizarse plenamente para cada uno de nosotros. Por esto, la esperanza nos exige tener un corazón pobre y humilde, que sepa confiar y esperar solo en Dios Nuestro Señor”.

    (Del libro hablar con Dios y http://es.catholic.net )

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  3. domingo 05 Febrero 2017
    Quinto Domingo del tiempo ordinario

    Libro de Isaías 58,7-10.
    Compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne.
    Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor.
    Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: “¡Aquí estoy!”.
    si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.

    Carta I de San Pablo a los Corintios 2,1-5.
    Hermanos, cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría.
    Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado.
    Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante.
    Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu,
    para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

    Evangelio según San Mateo 5,13-16.
    Jesús dijo a sus discípulos:
    Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.
    Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.
    Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
    Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.
    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :
    San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), presbítero, fundador
    Homilía del 4/5/57
    «Brilla para todos aquellos que están en la casa»

    Llenar el mundo de luz, ser sal y luz, es tal como el Señor ha descrito la misión de los discípulos. Llevar hasta los confines de la tierra la buena noticia del amor de Dios. Es eso a lo que todos los cristianos, de una u otra manera, deben consagrar su vida… La gracia de la fe no nos ha sido conferida para tenerla escondida, sino bien al contrario, para brillar delante de los hombres…

    Quizás algunos se preguntarán cómo pueden comunicar este conocimiento de Cristo a los demás. Yo os respondo: con naturalidad, con simplicidad, viviendo exactamente tal como lo hacéis en medio del mundo, dándoos cuenta que estáis en vuestro trabajo profesional o al cuidado de vuestra familia, participando de todas las nobles aspiraciones de los hombres, respetando la legítima libertad de cada uno… La vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, el Señor nos llama a santificar nuestras tareas habituales, porque también ahí reside la perfección cristiana.

    No olvidemos que la casi totalidad de los días que María ha pasado en esta tierra se han desarrollado de manera muy semejante a los días de millones de otras mujeres, consagradas, como ella, a su familia, a la educación de sus hijos, a los quehaceres del hogar. De todo esto Maria santifica hasta el más mínimo detalle, eso que muchos consideran, equivocadamente, como insignificante y sin valor… ¡Bendita vida ordinaria que puede, de tal manera, estar llena del amor de Dios! Porque he aquí cual es la explicación de la vida de María: su amor llevado hasta el olvido total de sí, contenta de encontrarse en el lugar en el cual Dios la quería. Por eso el más pequeño de sus gestos no ha sido nunca banal, sino al contrario, aparecía lleno de significado… Nos toca a nosotros intentar ser como ella en las circunstancias precisas en las que Dios ha querido que vivamos.

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