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TRASCENDENTE

El evangelio del domingo.

Jn 1,29 – 34.- El mes de enero se caracteriza por el goce de vacaciones para mucha gente, aunque infelizmente, no todos tienen esta oportunidad. Tener vacaciones es un derecho de toda persona, pues hay que recuperar las fuerzas desgastadas a lo largo de un año de luchas. Es tiempo para cargar las pilas, pues hay que seguir peleando, es ocasión para cicatrizar algunas heridas, que duelen en el alma y, por ello, es tiempo oportuno para un crecimiento afectivo.


Es también un deber de toda persona, pues tenemos que cuidar de la salud para no enfermarnos fácilmente. Igualmente, un cuerpo y un espíritu descansado producen mucho más. Cuando el ser humano se siente renovado presenta más tolerancia, lo que hace nuestras relaciones más cordiales. Sin embargo, para esto el ciudadano tiene el derecho de encontrar rutas debidamente señalizadas, ríos y lagos sin contaminación, seguridad en las calles y ausencia de sonidos, cuyo volumen perjudica los tímpanos. Hay mucha desidia de las autoridades en este aspecto.

Es tiempo precioso para compartir con la familia en clima alegre, dejando de lado las viejas críticas y nerviosismos desubicados. Da gusto librarse de la tensión de los trabajos y de los estudios, del tránsito y de la convocatoria avasalladora de los celulares. Pero atención: no permitamos que los celulares nos roben los momentos de compartir y de charlar gustosamente.

Atención, de nuevo: los quehaceres domésticos deben ser compartidos por todos de la familia, pues esto genera más cercanía, aumenta el sentido de pertenencia y da oportunidad de manifestar aprecio hacia el otro.

A la par, vemos en el Evangelio que Juan Bautista hace una hermosa presentación de Jesús: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, lo que indica que durante las vacaciones debemos tratar de borrar nuestros pecados, con una confesión bien hecha. Hay que quitar los pecados del mundo, empezando por nuestro corazón, que seguramente tiene manchas de gula, lujuria, desorden hacia los bienes materiales y otras actitudes que desfiguran la imagen de Cristo en nosotros.

En este tiempo de descanso responsable el católico no está autorizado a dar descanso a su fe, de modo que debe santificar el día del Señor, participando de la Eucaristía todos los domingos. Asimismo, no podemos dar vacaciones a las buenas costumbres: no emborracharse, jamás manejar después de ingerir bebidas alcohólicas, no comer en exceso, no hablar al teléfono celular cuando conduce. También, no hacer gastos alocados, que generen falta de recursos para los útiles escolares, que luego hay que comprar. Felices Vacaciones.

Paz y Bien.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

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Acerca de jotaefeb

arquitecto jubilado, hoy "hurgador" de la filosofía de vida, de las cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

3 comentarios en “El evangelio del domingo.

  1. “Sólo Jesús es el Mesías”

    15 de ene de 2017
    Palabras del Papa en el Ángelus
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    En el centro del Evangelio de hoy (Jn 1, 29-34) se encuentra esta parábola de Juan Bautista: “¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (v. 29). Una palabra que acompaña con la mirada y el gesto de la mano que lo indican a Él, a Jesús.

    Imaginemos la escena. Estamos en la orilla del río Jordán. Juan está bautizando; hay tanta gente, hombres y mujeres de diversas edades, que fueron allí, al río, para recibir el bautismo de las manos de aquel hombre que a muchos recordaba a Elías, el gran profeta que nueve siglos antes había purificado a los israelitas de la idolatría, reconduciéndolos a la verdadera fe en el Dios de la alianza, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

    Juan predica que el Reino de los cielos está cerca, que el Mesías está a punto de manifestarse y que es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia; y bautiza en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia (Cfr. Mt 3, 1-6). Esta gente iba para arrepentirse de sus pecados, para hacer penitencia, para recomenzar la vida. Él sabe, Juan sabe, que el Mesías, el Consagrado del Señor ya está cerca, y el signo para reconocerlo será que sobre Él se posará el Espíritu Santo; en efecto, Él traerá el verdadero bautismo, el bautismo en el Espíritu Santo (Cfr. Jn 1, 33).

    Y he aquí que llega el momento: Jesús se presenta en la orilla del río, en medio de la gente, de los pecadores – como todos nosotros –. Es su primer acto público, la primera cosa que hace cuando deja la casa de Nazaret, a la edad de treinta años: baja a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por Juan. Sabemos qué sucede – lo hemos celebrado el domingo pasado –: sobre Jesús desciende el Espíritu Santo en forma como de paloma y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (Cfr. Mt 3, 16-17). Es el signo que Juan esperaba. ¡Es Él! Jesús es el Mesías. Juan está desconcertado, porque se ha manifestado de un modo impensable: en medio de los pecadores, bautizado como ellos, es más, por ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y le hace entender que así se cumple la justicia de Dios, se cumple su designio de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios, que toma sobre sí y quita el pecado del mundo.

    Así Juan lo indica a la gente y a sus discípulos. Porque Juan tenía un numeroso grupo de discípulos, que lo habían elegido como guía espiritual, y precisamente algunos de ellos se convertirán en los primeros discípulos de Jesús. Conocemos bien sus nombres: Simón, llamado después Pedro; su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan. Todos pescadores; todos galileos, como Jesús.

    Queridos hermanos y hermanas, ¿por qué nos hemos detenido ampliamente en esta escena? ¡Porque es decisiva! No es una anécdota. ¡Es un hecho histórico decisivo! Esta escena es decisiva para nuestra fe; y también es decisiva para la misión de la Iglesia. La Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan Bautista, indicar a Jesús a la gente diciendo: “¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. ¡Él es el único Salvador! Él es el Señor, humilde en medio de los pecadores; pero es Él, ¡eh! ¡Él! No hay otro poderoso que viene. ¡No, no! ¡Es Él!

    Y éstas son las palabras que nosotros, los sacerdotes, repetimos cada día, durante la Misa, cuando presentamos al pueblo el pan y el vino que se han convertido en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, que no se anuncia a sí misma. ¡Ay! ¡Ay! Cuando la Iglesia se anuncia a sí misma pierde la brújula: ¡no sabe adónde va! La Iglesia anuncia a Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a Cristo. Porque es Él y sólo Él quien salva a su pueblo del pecado, lo libera y lo guía a la tierra de la verdadera libertad.

    Que la Virgen María, Madre del Cordero de Dios, nos ayude a creer en Él y a seguirlo.

    fuente: Radio Vaticana

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    Publicado por jotaefeb | 17 enero, 2017, 17:03
  2. “Al día siguiente, Juan vio a Jesús que le venía al encuentro y exclamó: «Ahí viene el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.»” (Jn 1, 29)

    Juan, al principio, no quería bautizar a Jesús, pero después entendió que su ministerio era importante en la realización del proyecto de Dios. Seguramente este fue uno de los días más bonitos en la vida de Juan. Él vio la manifestación de Dios en Jesucristo con la bajada del Espíritu Santo. Fue un privilegio muy grande, él pudo contemplar la revelación de toda la Trinidad. Juan ya no tenía más dudas y decía: “¡Yo lo he visto! Por eso puedo decir que éste es el Elegido de Dios.” (Jn 1, 34)

    Intento imaginar el sentimiento de Juan cuando “al día siguiente vio que Jesús le venía al encuentro”. Aquel a quien el Padre eterno había dicho “éste es mi Hijo, el Amado, éste es mi Elegido”, ahora venía a encontrarlo. En la vida suceden encuentros que cambian el rumbo de nuestra existencia. Juan sabía que este era uno de esos. Es por eso que exclama: «Ahí viene el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.»

    Dentro de esta palabra “pecado”, Juan entendía todas las cosas negativas que nos perturban y descomponen nuestra vida, pues todo lo que es malo tiene su origen en el pecado. Jesús venia para quitar todas estas cosas. Él era la realización plena de la imagen del cordero expiatorio del Antiguo Testamento.

    Muy interesante es que Jesús después de su unción con el Espíritu Santo en el bautismo, se encontró en primer lugar con su precursor. Importante es que ahora Juan entregue a Jesús lo que ya había preparado y él lo hace dando este testimonio para que los que le seguían hasta aquel momento pasen a ser seguidores de Jesús. Juan era sólo un pasaje, nadie debería quedarse con él, era Jesús el Mesías, el salvador, el Cordero de Dios.

    Con todo, estas palabras: “Jesús le venía al encuentro” tienen un sentido que va más allá de este texto. Ellas indican el movimiento de Dios. En Jesús es Dios que viene al encuentro de todos los hombres que peregrinan en este mundo. Si el cielo estaba muy lejos para nosotros que somos tan limitados, ahora Dios está con nosotros. Él vino a nuestro encuentro. Basta no huir. Basta no cerrar la puerta. Basta ser capaz de acogerlo.

    Los judíos decían « ¿Qué pueblo es igual al nuestro, que tiene un Dios tan cercano, un Dios que participa de nuestras luchas?». Y hablaban así, cuando ni se les pasaba por la cabeza que Dios mismo se encarnaría, que él mismo vendría a habitar entre nosotros. Si los judíos hablaban en aquel modo, ¿cuál debería ser nuestra expresión hoy?

    Nuestro Dios es realmente increíble, pues aun sin dejar de ser un Dios trascendente -al cual nadie puede agarrar y manipular- es misteriosamente cercano, hasta mucho más de lo que podamos imaginar y nos invita al encuentro, pues está siempre presente.

    No importa donde estés, ni cuán lejos te encuentras, él igual quiere ir a tu encuentro. Él es como el buen pastor que sale a buscar la oveja perdida, y cuando la encuentra hace una fiesta. Dios quiera que todos nosotros podamos verlo (reconocerlo) como Juan y exclamar: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.”

    El Señor te bendiga y te guarde.

    El Señor muestre su rostro y tenga misericordia de ti.

    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la paz.

    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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    Publicado por jotaefeb | 15 enero, 2017, 08:28
  3. domingo 15 Enero 2017

    Segundo Domingo del tiempo ordinario

    Libro de Isaías 49,3.5-6.
    El me dijo: “Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré”.
    Y ahora, ha hablado el Señor, el que me formó desde el seno materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza.
    El dice: “Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra”.

    Carta I de San Pablo a los Corintios 1,1-3.
    Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes,
    saludan a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro.
    Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

    Evangelio según San Juan 1,29-34.
    Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
    A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.
    Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.
    Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.
    Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’.
    Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Juan Crisóstomo (c. 345-407), presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
    Homilía sobre el bautismo de Jesucristo y sobre la Epifanía

    “He visto y doy este testimonio: él es el Hijo de Dios”

    Cristo se manifestó a todos no en el momento de su nacimiento sino en el momento de su bautismo. Hasta este día, eran pocos los que le conocían; casi todos ignoraban que existiera y que estaba con ellos. Juan Bautista decía: “Hay entre vosotros uno que no conocéis” (Jn 1,26). El mismo Juan, hasta su bautismo ignoró quien era Cristo: “Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien verás descender y posar el Espíritu, éste es el que bautiza con Espíritu Santo’”…

    En efecto, ¿cuál es la razón que da Juan de este bautismo del Señor? Era, dice, para que fuera conocido de todos. San Pablo lo dice también: El bautismo de Juan era signo de conversión, diciendo al pueblo que creyera en aquél que había de venir después de él” (Hch 19,4). Es por eso que Jesús recibe el bautismo de Juan. Ir de casa en casa presentando a Cristo diciendo que era el Hijo de Dios, es lo que hacía difícil el testimonio de Juan; conducirlo a la sinagoga y señalarlo como al salvador hubiera hecho poco creíble su testimonio. Lo que confirmó el testimonio de Juan sin ninguna duda alguna fue que, en medio de una muchedumbre reunida a la orilla del Jordán, Jesús recibió el testimonio dado con toda claridad desde lo alto del cielo, y se vio descender sobre él al Espíritu Santo en forma de paloma.

    “Yo mismo no lo conocía” decía Juan. ¿Quién, pues, te lo ha hecho conocer? “El que me envió a bautizar”. Y ¿qué es lo que te ha dicho? “Aquel sobre quien verás bajar y posar el Espíritu Santo, éste es el que bautiza con Espíritu Santo”. Es, pues, el Espíritu Santo quien revela a todos aquél de quien Juan había proclamado las maravillas, bajando le señala, por así decir, con su ala.

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    Publicado por jotaefeb | 15 enero, 2017, 08:27

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