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El nuevo hombre “herbívoro”

En la escuela nos enseñaban que la palabra herbívoro era aplicable solo a los animales que se alimentaban de vegetales, sin embargo, desde el 2006, gracias a la socióloga japonesa Maki Fukusawa, este término amplió su concepto y también abarcó a los hombres que eran “indiferentes hacia el deseo de la carne”. Su compatriota, el filósofo Masahiro Morioka, le dio un nuevo sentido a la idea y afirmó que los hombres herbívoros eran “los chicos buenos de una nueva generación, que no buscan agresivamente la carne, sino que prefieren comer hierba junto al sexo opuesto”.

Hace unos días, en una publicación El Confidencial explicaba acerca de la preocupación del gobierno japonés sobre esta situación, ya que la tasa de natalidad en el país bajó de forma alarmante.

Según los datos, el país del Sol Naciente tiene una de las tasas de longevidad más alta del mundo, que se aproxima incluso a los 90 años, sin embargo, en los últimos 5 años la natalidad cayó a 8,4 niños nacidos por cada 1.000 habitantes.

Una de las explicaciones para este fenómeno es la crisis económica. Los hombres, cuya cultura les impone que deben ser quienes mantengan a la familia, los proveedores, no ganan lo suficiente para aceptar esa responsabilidad y entonces renuncian a formar una propia. Ellos no ven bien que la mujer pueda aportar dinero, ya que debe ser “la que se queda en la casa”.
El gobierno, para comprender y tratar de dar una solución al problema efectuó encuestas y los resultados fueron sorprendentes, por no decir alarmantes: encontró que más del 40% de las personas de menos de 34 años, que deberían estar en plena función reproductiva jamás habían tenido una relación sexual. Y más, el 69% de los hombres y el 59% de las mujeres ni siquiera tenían pareja.

La tecnología también tiene su cuota de responsabilidad en la problemática, ya que los jóvenes de hoy viven sumidos en los smartphones, logrando “intensas” relaciones virtuales que los dejan satisfechos. Escapan de la realidad, en tanto y por el contrario, las jovencitas inventan mil artilugios –incluso salen a la calle disfrazadas– para atraer a una posible pareja, pero sus esfuerzos casi siempre resultan vanos.

La situación raya lo irracional pues incluso cuentan que en la estación de Akihabara, en Tokio, se popularizaron ciertas cabinas que tienen cortinas rosadas en las que los jóvenes –y también maduros– acuden, pero que para acceder a ellas forman interminables filas. Sorprendentemente, dentro no hay pornografía, ni es un acceso a un prostíbulo; tampoco se exhiben lo más reciente de la tecnología o lo más despampanante de la moda, no, allí los hombres van para engañar a su soledad.

Con el dinero que tienen pagan una llamada telefónica para comunicarse con sus ídolos femeninos, cantantes o actrices famosas, con las que hablan de amor. Cuando se acaba el saldo de la tarifa, la llamada se corta y el tubo destila la más honda tristeza. A ellos solo les queda una cosa, la ilusión de que “ella” recuerde su nombre en la siguiente llamada.

Pero Japón no es el único país que ve con preocupación los daños colaterales que causa en la actualidad la tecnología. Y es que esta avanza con una velocidad tan vertiginosa, que no le da tiempo a la sociedad para comprender el impacto que le causa. Y cuando se da cuenta, el problema ya se tornó obsoleto porque otro nuevo ocupa la atención en ese momento.

España, por ejemplo, tomó conciencia de que sus jóvenes ya no salían de la casa y de que se pasaban todo el día delante del “ordenador”. No hacían actividad física, ni siquiera formaban nuevos amigos fuera de su burbuja. Hasta perdían el hábito de la higiene. Muchos de estos jóvenes comenzaron a ser tratados como si fueran drogadictos.

El impacto tecnológico también está en Paraguay. Casi pareciera que no podemos respirar sin el celular. Las charlas –incluso los noviazgos– se desarrollan mediante el Whatsapp. No solo los adultos, no solo los jóvenes, sino que también los niños ya cayeron contagiados de esta epidemia.

El virus de la tecnología enfermó a la sociedad y no estamos conscientes de las consecuencias porque el mal es nuevo y no logramos entender los síntomas. A medida que avanza la enfermedad vemos que la nueva generación está perdiendo la capacidad de hablar. Los jóvenes gruñen, murmuran y los que aún practican el diálogo, lo hacen en un breve lapso.

La sociedad de hoy cada vez tose con mayor frecuencia, pero aún no tiene fiebre. Los jóvenes viven hipnotizados con el celular, pero todavía no prefieren comer hierba junto al sexo opuesto.

Debería haber campañas que nos despierten y que nos hagan ver que la tecnología existe para que el hombre la use y no para que esta se sirva del hombre.

Por Alex Noguera

Acerca de jotaefeb

arquitecto jubilado, hoy "hurgador" de la filosofía de vida, de las cosas cotidianas y trascendentes.

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