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El evangelio del domingo: Salvación para todos

Celebramos la solemnidad de la Epifanía del Señor, esto significa la manifestación y revelación de Dios a todo el mundo, a través del Niño en el pesebre. Más precisamente, el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios está compuesto por tres fiestas: el anuncio del arcángel a María (25 de marzo); el nacimiento de Jesús (25 de diciembre) y la celebración de hoy.

Los tres reyes Magos cuando llegaron a Jerusalén afirmaron: “Vimos su estrella en Oriente y venimos a adorarlo”. La estrella les habrá sido una señal elocuente y no titubearon para ir en búsqueda de la realidad que ella indicaba.

También en nuestra vida el Señor bondadoso pone muchas “estrellas” que nos guían para encontrar a Jesucristo. Encontrar al Niño con María y postrarse delante de Él es lo más sensato que podemos hacer. No obstante, tenemos que discernir “las estrellas” que el Señor pone en nuestro camino e ir con ganas hacia Él.

Los signos que Dios coloca en nuestra vida son para nuestra salvación, es decir, para que no nos dejemos embaucar con los atractivos de las cosas materiales, que nos alejan de Él.

La venida de los Reyes Magos, o sea, de gente fuera del pueblo hebreo, que la Escritura varias veces llama de “paganos”, significa que Dios convoca a todos para entrar en la órbita de su reconciliación y de vida nueva. Con esto estamos delante de una exigente realidad: para Dios no hay “mimaditos” y todos son invitados a ser fieles al Evangelio.

Por ello, afirmamos que la redención del Señor es para todos, aunque sabemos los delicados vericuetos de la libertad humana, que puede tomarla o rechazarla. Pero, cuanto más una persona va conociendo la Biblia, la persona y misión de Jesucristo, seguramente, más se acerca a la Iglesia Católica, que recibió de Él la plenitud de los medios de salvación, que son los siete sacramentos, la sucesión apostólica, en fin, es el Cuerpo del cual Cristo es la Cabeza.

Normalmente, los Reyes están asociados a ganar regalos, pues en Cristo Dios nos da el regalo más importante, que es Él mismo, que viene para compartir las delicias y durezas de nuestra existencia.

Sin embargo, también debemos preguntar, para nuestra salvación y la de todos: ¿qué regalo vamos a dar al Señor? Probablemente, lo mejor es aceptar su amistad y hacer como los Reyes: abrir el cofre de nuestro corazón para entregarle el oro de nuestra fe, el incienso de nuestra sinceridad y la mirra de nuestra solidaridad hacia los necesitados.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

5 comentarios en “El evangelio del domingo: Salvación para todos

  1. Jesús ha venido para cubrir la distancia entre el hombre y Dios

    08 de ene de 2017
    Palabras del Papa antes y después del rezo del Ángelus dominical, con ocasión de la solemnidad del Bautismo del Señor
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, el Evangelio (Mt 3,13-17) nos presenta la escena que tuvo lugar a orillas del río Jordán: en medio de la muchedumbre penitente que avanza hacia Juan el Bautista para recibir el Bautismo está también Jesús – hacía la fila. Juan quisiera impedírselo diciendo: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti” (Mt 3,14). En efecto, el Bautista es consciente de la gran distancia que existe entre él y Jesús. Pero Jesús ha venido precisamente para cubrir la distancia entre el hombre y Dios: si Él está todo de parte de Dios y también todo de parte del hombre, reúne lo que estaba dividido. Por esto pide a Juan que lo bautice, para que se cumpla toda justicia (cfr. v. 15), es decir, para que se realice el designio del Padre, que pasa a través del camino de la obediencia y de la solidaridad con el hombre frágil y pecador, el camino de la humildad y de la plena cercanía de Dios a sus hijos. ¡Porque Dios es tan cercano a nosotros, tan cercano!

    En el momento en el que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán, la voz de Dios Padre se hace sentir desde lo alto: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (v. 17). Y al mismo tiempo el Espíritu Santo, en forma de paloma, se posa sobre Jesús, que da públicamente comienzo a su misión de salvación; misión caracterizada por un estilo de siervo humilde y dócil, dotado sólo de la fuerza de la verdad, como había profetizado Isaías: “El no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad” (42,2-3). Siervo humilde y manso, he aquí el estilo de Jesús y también el estilo misionero de los discípulos de Cristo: anunciar el Evangelio con mansedumbre y firmeza, sin gritar, si gritar a nadie, sin arrogancia o imposición. La verdadera misión no es jamás proselitismo sino atracción a Cristo. ¿Pero cómo se hace esto? Con nuestro testimonio, a partir de la fuerte unión con Él en la oración, en la adoración y en la caridad concreta, que es servicio a Jesús presente en el más pequeño de los hermanos. A imitación de Jesús, pastor bueno y misericordioso, y animados por su gracia, estamos llamados a hacer de nuestra vida un testimonio alegre que ilumina el camino, que lleva esperanza y amor.

    Esta fiesta nos hace redescubrir el don y la belleza de ser un pueblo de bautizados, es decir, de pecadores – todos lo somos – salvados por la gracia de Cristo, insertados realmente, por obra del Espíritu Santo, en la relación filial de Jesús con el Padre, recibidos en el seno de la madre Iglesia, hechos capaces de una fraternidad que no conoce confines y barreras.

    La Virgen María nos ayude a los cristianos a conservar una conciencia siempre viva y agradecida de nuestro Bautismo y a recorrer con fidelidad el camino inaugurado por este Sacramento de nuestro renacimiento. Y siempre con humildad, mansedumbre y firmeza.

    Palabras del Papa al finalizar la oración a la Madre de Dios:

    ¡Queridos hermanos y hermanas!

    En el contexto de la fiesta del bautismo del Señor, esta mañana he bautizado a un lindo grupo de bebés: 28. Oremos por ellos y sus familias. Y también ayer a la tarde he bautizado a un joven catecúmeno. Me gustaría extender mis oraciones a todos los padres que en este momento se están preparando para el bautismo de su hijo, o lo acaban de celebrar. Invoco al Espíritu Santo sobre ellos y sobre los niños, para que este Sacramento, tan simple y al mismo tiempo tan importante, sea vivido con fe y alegría.

    También me gustaría invitarles a unirse a la Red Mundial de oración del Papa, que propaga a través de las redes sociales, las intenciones de oración que propongo cada mes a toda la Iglesia. Así se lleva adelante el Apostolado de la Oración y se hace crecer la comunión.

    En estos días de tanto frío, pienso y los invito a pensar en todas las personas que viven en la calle, azotadas por el frío y tantas veces por la indiferencia. Desgraciadamente, algunos no han sobrevivido, pidamos por ellos y pidamos al Señor que caliente nuestro corazón para poder ayudarlos.

    Saludo a todos ustedes, fieles y peregrinos de Roma, Italia y de varios países, en particular el grupo de jóvenes de Cagliari, a quienes animo a continuar en el camino iniciado con el Sacramento de la Confirmación. Y les doy las gracias porque me dan la oportunidad de destacar que la confirmación no es sólo un punto de llegada, como algunos dicen que es el sacramento del “adiós”, no no…sino que es sobre todo un punto de partida en la vida cristiana. ¡Adelante, con la alegría del Evangelio!

    Les deseo un buen Domingo. Y por favor no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

    fuente: Radio Vaticana

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    Publicado por jotaefeb | 17 enero, 2017, 17:15
  2. «La mirada maternal de María nos libra de la orfandad»

    01 de ene de 2017
    Homilía completa del Papa en la primera solemnidad del nuevo año: Santa María, Madre de Dios
    «Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19). Así Lucas describe la actitud con la que María recibe todo lo que estaban viviendo en esos días. Lejos de querer entender o adueñarse de la situación, María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia. Aprendió a ser madre y, en ese aprendizaje, le regaló a Jesús la hermosa experiencia de saberse Hijo. En María, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa. Con ella se descubrió a sí mismo Hijo del santo Pueblo fiel de Dios.

    En los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él. Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y así aprendió a ser madre de una multitud. Ella se ha acercado en las situaciones más diversas para sembrar esperanza. Acompañó las cruces cargadas en el silencio del corazón de sus hijos. Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares más recónditos, tantas imágenes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad. María, nos dio el calor materno, ese que nos cobija en medio de la dificultad; el calor materno que permite que nada ni nadie apague en el seno de la Iglesia la revolución de la ternura inaugurada por su Hijo. Donde hay madre, hay ternura. Y María con su maternidad nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, nos enseña que no es necesario maltratar a otros para sentirse importantes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288). Y desde siempre el santo Pueblo fiel de Dios la ha reconocido y saludado como la Santa Madre de Dios.

    Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos.

    Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el «sabor a hogar». Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza. He aprendido mucho de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frio o calor, lluvia o sequía, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos. Madres que dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.

    Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común.

    Tal orfandad autorreferencial fue la que llevó a Caín a decir: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gen 4,9), como afirmando: él no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma. Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos, qué «apellido» divino tenemos. La pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico (y no virtual) va cauterizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si’, 49) haciéndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasión. La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad.

    Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar «el clima», «el calor» que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a «consumir y ser consumidos». Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios.

    Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan (cf. Carta enc. Laudato si’, 151).

    Jesucristo en el momento de mayor entrega de su vida, en la cruz, no quiso guardarse nada para sí y entregando su vida nos entregó también a su Madre. Le dijo a María: aquí está tu Hijo, aquí están tus hijos. Y nosotros queremos recibirla en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que tú me perteneces, que somos de la misma carne. Esa mirada que nos enseña que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad.

    Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre. Confesemos juntos esta verdad. Y los invito a aclamarla tres veces como lo hicieron los fieles de Éfeso: Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios.

    fuente: Radio Vaticana

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    Publicado por jotaefeb | 17 enero, 2017, 17:11
  3. “Cuando los magos entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre. Se arrodillaron delante de Él y lo adoraron. Después abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro incienso y mirra” Mt 2, 11

    Dios hizo todas las cosas, todo el universo y también a todas las personas. Todos nosotros llevamos en nosotros mismos las marcas de Dios. Todas las culturas buscaron y buscan encontrarse con un ser superior, que invita a trascender los límites de la existencia terrena y que le llenan de sentido. Por eso, ya que era muy difícil que el hombre por sí mismo llegara a comprender el misterio de Dios en su amplitud, Dios decidió entrar en nuestra historia y revelar su misterio. El pueblo judío fue el elegido para ser el medio concreto de esta revelación a todas las naciones.

    Sin embargo, preocupados con tantas otras cosas, ellos infelizmente no fueron capaces de acoger al Mesías. Tenían todas las indicaciones, pero fueron sorprendidos. El texto de Mateo nos dice que Jerusalén se quedó convulsionada, con la presencia de los magos y con su pregunta: “¿Dónde está el rey de los judíos?”

    Como el recién nacido no era solamente el rey de los judíos, sino también el Señor de la historia y de todos los pueblos, estos tres magos vienen en nombre de todas las razas, a manifestar la apertura de todas las culturas al Dios que nos viene al encuentro.

    Ciertamente es esto lo que quiere significar el número tres, que en la Biblia siempre nos da una idea de totalidad. Interesante mirar atentamente los gestos de estos tres magos:

    “entraron en la casa” – revela todo el movimiento de ellos. Entraron en el ambiente de Dios. Dios viene a nosotros, pero también nosotros tenemos que entrar en el lugar de Dios. No somos totalmente pasivos, quien se queda con los brazos cruzados, quien no se mueve, no puede encontrar al Señor.

    “vieron al niño con María, su madre” – el niño era el objetivo de los magos, pero ellos no lo encuentran solito, Dios siempre se presenta por medio de los hombres y con ellos, Jesús está con su madre. Ciertamente el evangelista quiere destacar la importancia de María y en ella el sí de humanidad a Dios.

    “se arrodillaron delante de Él” – arrodillarse es un gesto de profundo reconocimiento y de sumisión. Los magos están diciendo con este gesto que, aun no siendo de los judíos, ellos se someten a la presencia de Dios, con sus culturas, con sus diferencias, con sus características.

    “lo adoraron” – adorar manifiesta el reconocimiento de su divinidad. Aquellos magos vieron en aquel niñito al Dios hecho carne.

    “abrieron sus cofres” – la realidad de Dios exige abrirse. Abrir los cofres, manifestar lo que está escondido, presentar los dones sabiendo que son nuestros, porque Dios nos dio, pero debemos volver a colocarlos a su disposición.

    “le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” – dar un presente es un gesto muy significativo y revelador, pues cuando debo elegir un presente para alguien manifiesto lo que pienso de aquella persona: esto le gustará, esto le servirá o esto es una cosa de su estilo. También los magos con sus regalos revelan la persona de Jesús. El oro manifiesta que Él es rey, el incienso manifiesta que Él es Dios y la mirra (que se usaba para ungir a los muertos) que Él es mortal, y prefigura ya su donación total en la pasión.

    La fiesta de la Epifanía, nos invita a ir hasta Jesús, siguiendo las estrellas de la vida que Dios pone en nuestros caminos, a entrar en su casa, a encontrarlo con María, a arrodillarnos delante de Él y adorarlo, a abrir nuestros cofres y darles nuestros regalos, que significarán quién es Jesús para nosotros.

    El Señor te bendiga y te guarde.

    El Señor muestre su rostro y tenga misericordia de ti.

    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la paz.

    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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    Publicado por jotaefeb | 9 enero, 2017, 08:43
  4. domingo 08 Enero 2017

    Fiesta del Bautismo del Señor

    Libro de Isaías 42,1-4.6-7.
    Así habla el Señor:
    Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones.
    El no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles.
    No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad;
    no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley.
    Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones,
    para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.

    Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34-38.
    Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo: “Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas,
    y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él.
    El envió su Palabra a los israelitas, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos.
    “Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan:
    cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él.

    Evangelio según San Mateo 3,13-17.
    Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
    Juan se resistía, diciéndole: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!”.
    Pero Jesús le respondió: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo”. Y Juan se lo permitió.
    Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él.
    Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Cirilo de Jerusalén (313-350), obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia
    Catequesis bautismales, nº 11

    “Este es mi Hijo muy amado, en quien he puesto todo mi amor”

    Creo en Jesucristo, Hijo del Dios vivo, mas, según el Evangelio hijo único: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16)…

    Él es el Hijo de Dios por naturaleza y no por adopción, puesto que ha nacido del Padre… Porque el Padre, siendo Dios verdadero, ha engendrado al Hijo semejante a sí mismo, Dios verdadero… Cristo es hijo por naturaleza, verdadero hijo, no hijo adoptivo como vosotros, los nuevos bautizados, que acabáis de ser hechos hijos de Dios. Porque también vosotros sois hijos, pero por adopción, por gracia, tal como está escrito: “A cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre…” (Jn 1,12). Nosotros hemos sido engendrados por el agua y el espíritu (Jn 3,5), pero no de la misma manera que Cristo ha sido engendrado por el Padre. Porque en el momento del bautismo el Padre alzó la voz y dijo: “Éste es mi Hijo”. Y no dijo” Ahora éste ha llegado a ser mi Hijo” sino: “Éste es mi Hijo” significando que ya antes de la acción del bautismo era ya Hijo.

    El Padre ha engendrado al Hijo de manera muy distinta de como ocurre entre los hombres: el espíritu engendra la palabra. Porque el espíritu subsiste en nosotros, mientras que la palabra, una vez pronunciada y difundida en el aire, se desvanece. Pero nosotros sabemos que Cristo ha sido engendrado Verbo, Palabra no proferida sino Palabra subsistente y viviente, no pronunciada y salida de labios sino nacida del Padre eternamente, de manera substancial e inefable. Porque “en el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1,1), sentada a su derecha (Sl 109,1). Èl es la Palabra que comprende la voluntad del Padre y todo se hace por orden suya, Palabra que desciende y vuelve a subir (Ef 4,10)…, Palabra que habla y dice: “Yo hablo de lo que he visto junto a mi Padre” (Jn 8,38). Palabra con toda autoridad (Mc 1,27) y que lo rige todo, porque “el Padre lo ha entregado todo al Hijo” (Jn 3,35).

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    Publicado por jotaefeb | 8 enero, 2017, 20:21
  5. El Señor es bautizado. Nuestro bautismo

    Hoy meditamos el evangelio según San Mateo 3, 13-17.
    Inmediatamente después de ser bautizado, Jesús salió del agua y he aquí que se le abrieron los Cielos y vio al espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre Él. Y una voz del Cielo que decía: Este es mi hijo, el amado, en quien me he complacido.

    El Señor deseó ser bautizado, dice San Agustín, “para proclamar con su humildad lo que para nosotros era necesidad”. Con el bautismo de Jesús quedó preparado el Bautismo cristiano, que fue directamente instituido por Jesucristo con la determinación progresiva de sus elementos, y lo impuso como ley universal el día de su Ascensión: “Me fue dado todo poder en el Cielo y en la tierra, dirá el Señor; id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo”.

    En el Bautismo recibimos la fe y la gracia. El día en que fuimos bautizados fue el más importante de nuestra vida. De igual modo que “la tierra árida no da fruto si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos como un leño seco, nunca hubiéramos dado frutos de vida sin esta lluvia gratuita de lo alto”.

    Nos encontrábamos, antes de recibir el Bautismo, con la puerta del Cielo cerrada y sin ninguna posibilidad de dar el más pequeño fruto sobrenatural.

    El papa Francisco a propósito del evangelio de hoy dijo: “Invito a todos a experimentar en la vida de cada día la gracia que recibimos en el Bautismo, siendo verdaderos hermanos y hermanas en Cristo y verdaderos miembros de la Iglesia”.

    “El Bautismo es el sacramento sobre el que se fundamenta nuestra fe y nos hace miembros vivos de Cristo y de su Iglesia. No es un simple rito o un hecho formal, es un acto que afecta en profundidad la existencia. Por él, nos sumergimos en la fuente inagotable de vida, que proviene de la muerte de Jesús. Así podemos vivir una vida nueva, de comunión con Dios y con los hermanos. Aunque muchos no tenemos el mínimo recuerdo de la celebración de este sacramento, estamos llamados a vivir cada día aspirando a la vocación que en él recibimos.

    Si seguimos a Jesús y permanecemos en la Iglesia, con nuestros límites y fragilidades, es gracias a los sacramentos por los que nos convertimos en nuevas criaturas y somos revestidos de Cristo”.

    Es bueno extractar lo dicho por el papa Francisco en la Audiencia General de este miércoles pasado cuando invitó a reflexionar sobre el dolor, el sufrimiento y la esperanza, para lo cual contó la historia de Raquel y luego puso como ejemplo a la Virgen María.

    “Quisiera contemplar con ustedes la figura de una mujer que nos habla de la esperanza vivida en el llanto. Se trata de Raquel, la esposa de Jacob y la madre de José y Benjamín, aquella que, como nos narra el Libro del Génesis, muere dando a la luz a su segundo hijo, es decir, a Benjamín.

    Y por esto Raquel no quiere ser consolada. Este rechazo expresa la profundidad de su dolor y la amargura de su llanto… Este rechazo de Raquel que no quiere ser consolada nos enseña también cuánta delicadeza se nos pide ante el dolor de los demás. Para hablar de esperanza con quien está desesperado, se necesita compartir su desesperación; para secar una lágrima del rostro de quien sufre, es necesario unir a su llanto al nuestro.

    Solo así, nuestras palabras pueden ser realmente capaces de dar un poco de esperanza. Y si no puedo decir palabras así, con el llanto, con el dolor, mejor el silencio. La caricia, el gesto y nada de palabras.

    Como sabemos, este texto de Jeremías es luego retomado por el evangelista Mateo y aplicado a la matanza de los inocentes (Cfr. 2,16-18). … Y Él, Cordero inocente, luego morirá, a su vez, por todos nosotros.

    El Hijo de Dios ha entrado en el dolor de los hombres: no se olviden de esto. Cuando alguien se dirige a mí y me hace una pregunta difícil, por ejemplo: “Me diga padre: ¿Por qué sufren los niños?”, de verdad, yo no sé qué cosa responder. Solamente digo: “Mira el Crucifijo: Dios nos ha dado a su Hijo, Él ha sufrido, y tal vez ahí encontrarás una respuesta…”.

    (Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.radiovaticana.va)

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    Publicado por jotaefeb | 8 enero, 2017, 20:21

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