La cuestión de la muerte

Esta semana hemos vivido muy de cerca el fenómeno de la muerte. Por un lado, Fidel Castro, el famoso dictador cubano, y, por otro, los jugadores y acompañantes del club Chapecoense de Brasil que murieron en un accidente aéreo. Y no es que la muerte sea una novedad entre los seres humanos, es que cada vez que ocurre nos golpea porque no nos acostumbramos jamás a ella.

Ante la muerte las palabras son un límite, casi un estorbo. Puede ocurrir que la neguemos o tratemos de evadirla con artilugios, pero nadie escapa de tener que enfrentar este destino.

En el caso de los jugadores de fútbol, la reacción de la gente ha sido intentar encontrar elementos para guardar su recuerdo con cariño, respeto y admiración. Enseguida surgieron las historias conmovedoras y las reflexiones alrededor del tema, la cobertura mediática ha sido impresionante. También los cuestionamientos sobre la forma del accidente, etcétera. Lo de Fidel ha sido más reductivo porque su muerte ha sido usada más bien como campo de batalla para defender o cuestionar el régimen autoritario de Cuba, pero es poco lo que hemos podido saber sobre, por ejemplo, el grado de conciencia pequeña o grande que tuviera el “compañero” ante este momento decisivo de su vida. No sé si la propaganda del régimen permita alguna vez conocer la verdad…

Justamente en diciembre culmina el año y es casi inevitable que los sentimientos se apoderen en cierta forma de nuestras percepciones de la realidad, más allá de la razón o el pragmatismo habitual. ¿Pero son suficientes para calmar las ansias de sentido que provoca la muerte en nosotros?

Quizás el verdadero problema no es ni siquiera la desaparición física que conlleva nuestro deceso, la ausencia inevitable de los que hemos amado, aceptado o rechazado, de los que hemos criticado o vanagloriado. La pregunta es si detrás hay algo más que pueda explicarnos por qué este estupor que genera la muerte. ¿Qué sentido tiene?

Si nos lo tomamos menos emotiva o cínicamente, este asunto es el más trascendente de todos. Porque nadie escapa al deseo de vivir plenamente sin temor a la muerte.

Ahora que los agentes del consumismo global nos arrinconarán de nuevo para ilusionarnos con la satisfacción total de nuestros deseos con las efímeras compras de fin de año, sería bueno escudarnos en estos acontecimientos tan serios y recientes, y tomar el desafío de preguntarnos acerca de lo que sí está en nosotros evitar: malgastar nuestra vida en lo que no vale la pena. Quizás el último mensaje que el piloto compatriota Gustavo Encina, también fallecido con los del Chapecoense, escribió en Facebook un día antes del accidente nos ayude: “¿Hacia dónde miras en tu vida? ¿Atrás o adelante?… Que el Señor te dé la gracia de soltar las cosas, aun aquellas que consideras preciosas en esta vida, y te permita mirar hacia adelante…”.

Por Carolina Cuenca

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2 comentarios en “La cuestión de la muerte”

  1. Para 20 campeones no quedan medallas
    03 Dic 2016

    Por Alex Noguera

    Nadie quedó insensible a la catástrofe de la que el mundo fue testigo apenas hace apenas unos días. Consternación, sorpresa y dolor salieron con el sol esa mañana en la que se esperaba hubiera aterrizado el avión que transportaba a la delegación del equipo de fútbol Chapecoense, que debía llegar para disputar la gran final de la Copa Sudamericana.

    No era posible tanto horror. Todos los jugadores titulares y suplentes, así como el cuerpo técnico, se estrellaron contra un cerro antes de alcanzar Medellín. Lo que iba a ser una fiesta se convirtió en un dantesco escenario del que apenas 6 actores milagrosamente lograron sobrevivir.

    A medida que transcurrían las horas, muestras de solidaridad llegaron desde todos los rincones del planeta. Historias personales, imágenes, anécdotas invadieron las redes sociales y los equipos en Europa rendían su homenaje a los compañeros caídos con un minuto de respetuoso silencio.

    Desde todas partes surgían conjeturas de qué pasaría en adelante. El equipo rival pidió que se otorgara el título en disputa a los héroes fallecidos.

    Sentidos homenajes se rindieron en Colombia y en Brasil a los jugadores. La hinchada expresaba su dolor de diferentes maneras y contagiaba de sensibilidad al resto de la comunidad deportiva. Y no es para menos, ya que 71 personas cayeron esa noche al abismo eterno.

    Los periodistas no son noticia. ¿Ni aunque mueran 20? No, ni aunque mueran 20. Es la triste y lapidaria respuesta. En realidad fueron 22 las personas de prensa que perdieron la vida en ese vuelo.

    Para ninguno de ellos el mundo solicitó una medalla póstuma de campeón, sólo las lágrimas de su familia, en silencio, regarán las flores de su tumba. Para algunos ni siquiera eso; será el rocío mañanero la lágrima ausente de una soledad compañera tan cotidiana y conocida en la labor periodística.

    Para algunos ni siquiera eso; será el rocío mañanero la lágrima ausente de una soledad compañera tan cotidiana y conocida en la labor periodística.

    Los periodistas deben pasar desapercibidos para que la noticia resalte, así como el árbitro que cumple a cabalidad su cometido, para que el espectáculo sea como debe. Para eso, los técnicos estuvieron allí, antes que los controladores de los portones de acceso, antes que el público, armando sus equipos, desenrollando cables, viendo de dónde van a alimentar con energía los aparatos, calibrando cámaras y micrófonos.

    Y cuando todo acaba, tras la euforia de la victoria o la congoja de la derrota, ellos permanecen en su labor inversa juntando cables, ya tarde en la noche, cuando la voz del locutor ha callado, miles de dedos mastican teclados y los ojos de los correctores auscultan páginas en la vorágine de la prisa por entrar a imprenta.

    Los periodistas no reciben medallas. Ellos esperan pacientes un móvil que los acerque al lugar de trabajo y más de las veces el colectivo que no le perdona ningún pasaje. Es que no tienen autos ostentosos, apenas los que pagan en cuotas interminables, si pueden. Tampoco viven en mansiones, sino en la redacción o en la calle. Comen de paso, duermen sentados, viven trabajando.

    A manera de advertencia, a los estudiantes de comunicación les dicen que el periodista no tiene amigos porque debe estar dispuesto a sacrificar esa relación si en un momento dado tiene que denunciar una acción incorrecta por parte de ese “amigo”. El periodista con ética asume ese apostolado, pero no le advierten que esa cláusula incluye a la familia, a la que abandona muchas horas al día, y con la que queda en deuda en los momentos más importantes. Tampoco le avisan que no se hará rico con la profesión, por el contrario, se hará de enemigos poderosos cuando ejerza su labor para desenmascarar la corrupción.

    Nadie llamará a la tarima de los campeones a Victorino Chermont, Rodrigo Santana Gonçalves, Devair Paschoalon, Lilacio Pereira Jr., Paulo Clement y Mário Sérgio, de la cadena FOX; ni a Guilherme Marques, Ari de Araújo Jr. y Guilherme Laars, del diario Globo. Tampoco a Giovane Klein Victória (reportero de RBS TV de Chapecó), Bruno Mauri da Silva (técnico de RBS TV de Florianópolis), Djalma Araújo Neto (camarógrafo de RBS TV de Florianópolis), André Podiacki (reportero del Diario Catarinense), Laion Espíndola (reportero de Chapecó), Rafael Valmorbida, Renan Agnolin, Fernando Schardong, Edson Ebeliny, Gelson Galiotto, Douglas Dorneles, Iván Agnoletto y Jacir Biavatti. Fueron 22 los que dieron la vida cumpliendo su labor de prensa. Para ellos no quedan medallas, solo la satisfacción del deber cumplido. Como todos los días. Sin feriados. Sin domingos.

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  2. ¿Y por qué yo?
    2 diciembre, 2016
    Por Sergio Etcheverry

    Estando uno en una edad en la que está más cerca de la tumba que del nacimiento, los temas del fin, las casualidades y las causalidades son más recurrentes. Hace unos años, hablando con un querido amigo que me dio trabajo y amistad cuando llegué a Paraguay, me contaba su experiencia en el 11-S.

    Él estaba en la primera torre y se hizo, estoy seguro que muchas veces, una pregunta: ¿por qué yo me salvé y no cualquier otro de los más de 3.000 que murieron ese día?

    Él también pensaba en la enorme cantidad de bomberos que subían por las escaleras mientras él las bajaba corriendo, más impulsado por el amor a la vida que por sus cansadas piernas: “esos bomberos murieron todos, lo pensé tantas veces…”

    Probablemente, mi amigo nunca sabrá la respuesta a su pregunta de por qué él y no los otros (o quizás sí). La muerte no acecha solo en ocasiones tan grandilocuentes como el 11-S o el vuelo del Chapecoense: mi amiga Diana se vio atrapada con su vehículo en un raudal el domingo pasado. “Yo no pensaba morirme ese domingo”, sostiene, pero de hecho, existió la posibilidad.

    ¿Cómo habrán sido esos últimos minutos en el vuelo del Chapecoense? ¿Qué pensará uno en esos momentos en que la certidumbre de la muerte pasa a ganar tu cuerpo? Y finalmente… ¿qué te garantiza que la muerte, esa inexorable visita no nos espera en los próximos 5 o 10 minutos?

    Un colectivo sin frenos, una escalera mojada, un motochorro volado o si querés algo más lento, un mosquito con algún virus: no se precisan grandes cosas para morirse. “De esas cosas no se habla”, me retaba mi abuela, “a la muerte no se la llama”, repetía horrorizada ante mis preguntas.

    Pensá seriamente en la muerte: en definitiva, es lo único seguro de la vida. Y no quisiera ser muy frío, pero calculá cuánto tiempo (teórico) te resta y qué te queda por hacer. Cargate las pilas y apuntá a tus metas, sean cuales sean. Y los dejo, que ya llegó la hora de ir a mi casa, que es el único lugar en el mundo donde quiero estar.

    Créanme, no es poca cosa eso.

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