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Si vamos a construir muros…

Si el futuro presidente USA Donald Trump va a erigir un muro gigantesco para evitar el ingreso de inmigrantes indeseables, los demás países, aunque seamos pequeños, también tendremos derecho a levantar murallas para impedir la entrada a los estadounidenses.
Ya en la época del “descubrimiento” de América, a lo largo de nuestro continente hubiéramos construido un muro inexpugnable para evitar el ingreso de los invasores ingleses, franceses, portugueses y españoles. Estos sinvergüenzas vinieron a cometer genocidios contra nuestros pueblos originarios y a robarnos todo tipo de riquezas, fundamentalmente oro y minerales preciosos, además de apropiarse de nuestras tierras.

Los pobladores de África hubiesen levantado un enorme muro para impedir el atropello de los traficantes de los barcos piratas que cazaban a los nativos como animales y los llevaban como esclavos vendidos a los criollos americanos, hijos de inmigrantes europeos.

Mahatma Gandhi jamás hubiera permitido el ingreso de los ingleses que procedieron a saquear las riquezas y explotar la mano de obra esclava de su querida India.

Si Nelson Mandela hubiese erigido una gigantesca muralla en torno a su amada Sudáfrica, los ingleses no hubieran podido establecer un oprobioso régimen de discriminación racial donde solo por ser negro ya eras un paria sin derechos.

Hace unas cuantas décadas, Trump hubiese construido grandes murallas para evitar la invasión de tropas norteamericanas en Vietnam, Afganistán, Irak e Irán. El “oro negro” de los subsuelos árabes era un bocado apetecible para las poderosas corporaciones petroleras yanquis.

Si hablamos de América Latina, los “inmigrantes indeseables” estadounidenses han ocasionado graves daños a diversos países. Sea en forma abierta como fuerza militar, sea en forma encubierta como agentes secretos de la CIA, Washington ha participado en numerosas conspiraciones y golpes de estado, sacando y poniendo presidentes a su antojo.

Quienes ya superamos los 60 años, recordamos perfectamente la presencia de los asesores norteamericanos en Paraguay, quienes tenían como misión entrenar a policías y militares en cómo torturar, perseguir y asesinar a los opositores políticos a la dictadura del sátrapa Stroessner.

Los chilenos de la época recuerdan muy bien el papel jugado por los agentes norteamericanos en la conspiración y el asesinato del presidente socialista Salvador Allende.

Cómo desconocer la presencia de “expertos” estadounidenses en Colombia, en Panamá, en Bolivia, en Brasil, etc., para colaborar con las fuerzas de represión contra el terrorismo, el narcotráfico, el contrabando, la piratería de marcas, los conflictos de límites y muchos otros problemas quea, veces, en vez de mejorar, empeoraron.

Amo ipahápe, tal vez el proyecto separatista de Trump sea mejor para nosotros, para los países más atrasados y pobres del mundo. Si los yanquis se quedan encerrados dentro de sus fronteras, muchas guerras terminarán y tal vez las naciones tercermundistas tendremos una ocasión para ver cómo hacemos para salir adelante sin la mirada inquisitiva de quienes se creen los comisarios del planeta.

Por Ilde Silvero

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “Si vamos a construir muros…

  1. El crimen dentro del crimen: El escenario intolerable

    Ciertos aspectos narrativos de la serie The Killing (2011-2014) —basada en una original danesa— motivan esta reflexión. Estimo el género policial-detectivesco por lo que tiene de suciamente humano. Desde el crime fiction novel inglés, pasando por el hard boiled norteamericano, hasta los distintos híbridos que hay en Europa y América Latina (en Asia sus cultores son menos y recién ahora hay un auge de la novela negra, de inspiración chandleriana en la que no he incursionado). Lo sigo con expectación impávida tanto en literatura como en cine y televisión. Me dejo llevar de la nariz por él.

    De cuantos escenarios suele deparar, hay uno que me suele parecer intolerable, en el sentido de que no puedo ser testigo de él sin sentirme transido por dilemas de carácter moral: ese momento en que el o la policía-detective-investigador/a comete un crimen atroz —con preferencia un asesinato— en el tránsito de resolver otro. Se convierte ella o él mismo en criminal. Puede que ello sea el resultado de una venganza irreprensible o de un odio repentino; puede que sea accidental. Pero a partir de allí, toda la narrativa se quiebra ineluctablemente y se interna (en paralelo a la búsqueda primera) en un infierno mucho más cercano moralmente para el lector o el espectador, porque en las novelas y el cine policiales nuestros ojos son a menudo los ojos de quienes se dedican a resolver crímenes, no de quienes los cometen. Ese infierno particular ya estaba en la no siempre reconocida primera novela policial de gran aliento de la historia: Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski, lo prefiguró hace exactamente ciento cincuenta años. Allí nuestra mirada es la de Raskólnikov, la de un asesino acechado por la culpa y su sanción.

    ¿Hay que ser consecuentes hasta el final en la ética admonitoria y entregarse al castigo como un o una criminal? ¿O la solución del primer enigma es superior a las contingencias del nuevo delito y habilita su encubrimiento? El investigador que comete un crimen recorre, insospechada y repentinamente, los mismos laberintos morales por los cuales el criminal —como Raskólnikov— cree que su acto está más allá del bien y del mal, y que es el resultado de un interés moral superior. (Nuestra policía no suele llegar a eso: el gatillo fácil y la violación de derechos humanos es la bajeza mediocre de su corrupción).

    ¿Quién es, finalmente, del todo inocente? Esa es la pregunta que ese escenario intolerable suele plantear al lector y al espectador, y forma parte de la particular poesía del género. La respuesta la sabemos: Nadie. Pero es común hacerla a un lado. Cada cierto tiempo ella habita nuestras pesadillas. Como habita la del asesino Raskólnikov cuando —como Nietzsche en los albores de la locura— sublima su culpa abrazando a un caballo moribundo como se abraza a nuestras cotidianas víctimas.

    Por Blas Brítez

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    Publicado por Anónimo | 4 diciembre, 2016, 07:00
  2. La llamada de la selva

    Una muchacha española, blanca y pecosa, viajaba en el subway de Londres junto a su marido. Él es de Bangladesh. Están cogidos de la mano y se dicen en voz baja frases risueñas propias de gentes enamoradas. Llegan a una estación. De pronto un energúmeno los insulta, le pega una bofetada al joven y sale corriendo. Es ágil y musculoso. Todo queda nítidamente registrado por una cámara, incluida la insultada perplejidad de la mujer que trata inútilmente de atrapar al agresor.

    La BBC cuenta que en el Reino Unido hay un aumento alarmante de los llamados “crímenes de odio”. Es así como se califica al racismo en nuestros días. Se trata de delitos basados en prejuicios y en estereotipos. No hay causas especiales que induzcan a cometerlos. Para los racistas, los tipos con el pellejo canela y el cabello azabache no deben unirse a las mujeres de su tribu. Al agresor le resultaba insultante que una blanca, a la que no conocía, se apareara con un señor de piel oscura, presumiblemente extranjero, con quien jamás había cruzado una palabra.

    Lo mismo sucede en Arabia Saudita y en otros países islámicos con relación a los no-musulmanes. Sitios en los que casarse con un cristiano es suficiente delito para merecer la muerte. O en la India fragmentada en docenas de castas. O en los Estados Unidos que eligió a Donald Trump, donde algunos de sus partidarios –que él ha repudiado— se saludan al estilo nazi o utilizan ridículos capirotes típicos del KKK para celebrar el fin de la presidencia de Barack Obama, un mulato ajeno a la tradición anglosajona de los 43 presidentes que lo precedieron en la Casa Blanca.

    Racismo, nacionalismo, monolingüismo y fanatismo religioso o político forman parte del mismo fenómeno: la atávica pulsión hacia la homogeneidad. La necesidad psicológica de ser iguales, de pertenecer todos al mismo grupo y, de ser posible, marchar al unísono. Los estereotipos y los prejuicios son la racionalización de ese primigenio impulso tribal. Son formas de justificar el horror a la diferencia y a la diversidad y expresan la necesidad de destruir al extraño.

    Durante cientos de miles de años, quizás durante millones, nuestros antepasados lucharon contra los que eran diferentes. Los mataban y se los comían. Eso parecen demostrar, por ejemplo, los enormes depósitos de huesos humanos hallados en Atapuerca, cerca de Burgos, en España. Cuando nuestros emprendedores parientes descubrieron las ventajas de la agricultura y la domesticación de animales, desarrollaron la esclavitud.

    Ya no había que matar o comerse al “extraño”. Era mucho más rentable obligarlo a trabajar. Los antiguos griegos les llamaban a los esclavos “herramientas parlantes”. Así fue, masivamente, en todas partes, hasta fines del siglo XIX. (Es un fenómeno tan reciente que yo conocí negros cubanos, ya muy viejos, que habían nacido esclavos). Así sucede todavía en parajes de África.

    No obstante, a partir de la Ilustración, en los siglos XVII y XVIII, fundamentalmente en Europa, fue cristalizando la idea de que era posible convivir en sociedades diversas y desiguales sujetadas por leyes dictadas en los parlamentos. Se trataba de una audaz proposición intelectual. Descansaba en la convención de que todos los hombres eran iguales y estaban protegidos por Derechos Naturales procedentes de Dios.

    Sus defensores rescataban una antigua suposición que los estoicos griegos habían defendido hace 2500 años y que los cristianos habían recogido en su doctrina adaptándola a su versión monoteísta. Ya no eran “los dioses” quienes otorgaron los Derechos, sino el (a veces) misericordioso Dios judeocristiano.

    En todo caso, la defensa de la tolerancia, de la diversidad, la exaltación de sociedades desprejuiciadas vinculadas por el patriotismo constitucional, ciegas ante la raza, la religión y (últimamente) las inclinaciones sexuales, constituía una construcción artificial surgida de reflexiones morales. No estaba anclada en los genes ni en el oscuro comportamiento que procedía de los antiquísimos antecedentes de la especie.

    Lo que estamos contemplando en todo el planeta es la lucha entre la llamada de la tribu y el comportamiento gradualmente civilizado que comenzó a imponerse en el mundo moderno a partir de la revolución americana de 1776. Es la voz antigua de la selva contra una concepción urbana y refinada de las relaciones humanas. Es la barbarie agazapada en los genes contra la civilización fundada en los razonamientos. Es nuestro viejo cerebro contra “la nueva” y evolucionada masa gris. Es el sistema límbico contra el neocórtex.

    Cada cierto tiempo resurge el enfrentamiento. Suele ocurrir cuando hay grandes dislocaciones migratorias y surgen problemas económicos. En el siglo XX, incluido el infame Holocausto de los judíos europeos, costó decenas de millones de muertos. Esperemos que esta vez la sangre no llegue al río. Sería espantoso.

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

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    Publicado por Anónimo | 4 diciembre, 2016, 06:57
  3. El buen ejemplo de The Oregonian y la victoria y la derrota de Clinton
    27 Nov 2016

    Por Antonio Carmona
    Trascurría, si mal no recuerdo, el año electoral de 1992 en USA. En plena campaña proselitista, en el estado de Oregón, se lo vio al candidato Bill Clinton, parado en un automóvil descubierto, haciendo ondear un diario como si fuera una bandera triunfal. El diario era The Oregonian, tradicionalmente republicano, con más de un siglo de publicación, que, por primera vez en la historia no apoyaría al candidato republicano, George H. W. Bush, en su búsqueda de la reelección, optando por el candidato contrario, el demócrata Bill Clinton, pese a haber apoyado a Bush padre en su primera elección. Es más, justamente por eso.

    Vale la pena recordar que los diarios, los medios en general, en Estados Unidos, y en muchos otros países del mundo, adoptan posiciones políticas y las hacen públicas para que sus lectores sepan desde qué posición opinan. Lo explico, aunque parezca de balde, pues todos hemos visto con claridad que los medios opinaban a favor y hasta denostaban al contrario, los que estaban espantados por la pesadilla que se hizo realidad, la victoria de Trump. Pero más allá de este caso, que creo excepcional, lo hacen con más moderación y argumentos. Aquí primó lo de Borges, “no nos une el amor, sino el espanto”.

    Volviendo al principio, The Oregonian explicó públicamente su posición, tras más de un siglo de apoyo al partido republicano: el presidente en busca del recutú había mentido en la anterior carrera a la Casa Blanca a sus votantes, a los que había prometido no subir los impuestos, cosa que, como suele suceder con la mayoría de las promesas de campaña política, no cumplió.

    Defraudado por el engaño, el diario no hacía sino opinar de acuerdo a sus engañados lectores. Su cambio no fue un cambio de partido, en nuestro pretendido fanatismo hurrero de “único líder”, de color de pañuelo y de polka. Fue de fidelidad a sus lectores que es a quienes debemos ser fieles medios y periodistas. Y digo más, que es a quienes deben ser fieles los votantes, a sus intereses, y no dejarse engañar por los verseros.

    El diario hizo una buena lectura de sus lectores: Bush había engañado a los norteamericanos, incluidos los republicanos, en el lugar que más nos duele a todos, en el único lugar, como decía Perón, en que no hay que meterle la mano al pueblo, en el bolsillo.

    Y Bill hizo una buena lectura del diario, de ahí que le espetara a George en un debate “Es la economía, estúpido”, aunque muchos analistas le dan un significado más estratégico. El caso es que la frase se volvió popular y vale la pena traerla a la palestra, porque los votantes, y los medios, muchas veces la olvidamos; capaz que de alguna manera, Trump le devolvió el bombazo a los Clinton… “es la economía…”.

    El entonces insignificante gobernador de Arkansas, un David frente al triunfalista, el Goliat Bush, recién salido “victorioso” de la Guerra del Golfo –vale la pena hacer una pausa y recordar que esa guerra fue uno de los disparadores de la atroz situación de violencia que se vive hoy en gran parte del mundo– supo lanzar el bodoque con la ondita al punto cardinal, a la sien del gigante: elemental, querido Bush: “Es la economía, estúpido”.

    La edición que hacía ondear quien sería el próximo presidente era en la que el diario asumía su posición públicamente, explicándola a sus lectores. Una verdadera lección de periodismo independiente, aunque representara claramente una opción política.

    Cuando se trata de política, quien no acepta que juega a la política, miente, candidatos, dirigente, ciudadanos, medios, redes, genuinos y falsos “perfiles”, gremios, instituciones y hasta los “impolutos predicadores”. Y muchas veces los ciudadanos se dejan engañar por el juego político y, sobre todo, politiquero, y se olvidan de lo más importante para todos: “Es la economía, estúpido”.

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    Publicado por Anónimo | 27 noviembre, 2016, 06:26
  4. La decadencia de Occidente

    Por Mario Vargas Llosa

    Primero fue el brexit y, ahora, la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Solo falta que Marine Le Pen gane los próximos comicios en Francia para que quede claro que Occidente, cuna de la cultura de la libertad y del progreso, asustado por los grandes cambios que ha traído al mundo la globalización, quiere dar una marcha atrás radical, refugiándose en lo que Popper bautizó “la llamada de la tribu” –el nacionalismo y todas las taras que le son congénitas, la xenofobia, el racismo, el proteccionismo, la autarquía–, como si detener el tiempo o retrocederlo fuera solo cuestión de mover las manecillas del reloj.

    No hay novedad alguna en las medidas que Donald Trump propuso a sus compatriotas para que votaran por él; lo sorprendente es que casi sesenta millones de norteamericanos le creyeran y lo respaldaran en las urnas. Todos los grandes demagogos de la historia han atribuido los males que padecen sus países a los perniciosos extranjeros, en este caso los inmigrantes, empezando por los mexicanos atracadores, traficantes de drogas y violadores y terminando por los musulmanes terroristas y los chinos que colonizan los mercados estadounidenses con sus productos subsidiados y pagados con salarios de hambre. Y, por supuesto, también tienen la culpa de la caída de los niveles de vida y el desempleo los empresarios “traidores” que sacan sus empresas al extranjero privando de trabajo y aumentando el paro en los Estados Unidos.

    No es raro que se digan tonterías en una campaña electoral, pero sí que crean en ellas gentes que se suponen educadas e informadas, con una sólida tradición democrática, y que recompensen al inculto billonario que las profiere llevándolo a la presidencia del país más poderoso del planeta.

    La esperanza de muchos, ahora, es que el Partido Republicano, que ha vuelto a ganar el control de las dos cámaras, y que tiene gentes experimentadas y pragmáticas, modere los exabruptos del nuevo mandatario y lo disuada de llevar a la práctica las reformas extravagantes que ha prometido. En efecto, el sistema político de Estados Unidos cuenta con mecanismos de control y de freno que pueden impedir a un mandatario cometer locuras. Pues no hay duda que si el nuevo presidente se empeña en expulsar del país a once millones de ilegales, en cerrar las fronteras a todos los ciudadanos de países musulmanes, en poner punto final a la globalización cancelando todos los tratados de libre comercio que ha firmado –incluyendo el Trans-Pacific Partnership en gestación– y penalizando duramente a las corporaciones que, para abaratar sus costos, llevan sus fábricas al tercer mundo, provocaría un terremoto económico y social en su país y en buen número de países extranjeros y crearía serios inconvenientes diplomáticos a los Estados Unidos. Su amenaza de “hacer pagar” a los países de la OTAN por su defensa, que ha encantado a Vladimir Putin, debilitaría de manera inmediata el sistema que protege a los países libres del nuevo imperialismo ruso. El que, dicho sea de paso, ha obtenido victoria tras victoria en los últimos años: léase Crimea, Siria, Ucrania y Georgia. Pero no hay que contar demasiado con la influencia moderadora del Partido Republicano: el ímpetu que ha permitido a Trump ganar estas elecciones pese a la oposición de casi toda la prensa y la clase más democrática y pensante, muestra que hay en él algo más que un simple demagogo elemental y desinformado: la pasión contagiosa de los grandes hechiceros políticos de ideas simples y fijas que arrastran masas, la testarudez obsesiva de los caudillos ensimismados por su propia verborrea y que ensimisman a sus pueblos.

    Una de las grandes paradojas es que la sensación de inseguridad, que de pronto el suelo que pisaban se empezaba a resquebrajar y que Estados Unidos había entrado en caída libre, ese estado de ánimo que ha llevado a tantos estadounidenses a votar por Trump –idéntico al que llevó a tantos ingleses a votar por el brexit– no corresponde para nada a la realidad. Estados Unidos ha superado más pronto y mejor que el resto del mundo –que los países europeos, sobre todo– la crisis de 2008, y en los últimos tiempos recuperaba el empleo y la economía estaba creciendo a muy buen ritmo. Políticamente, el sistema ha funcionado bien en los ocho años de Obama y un 58% del país hacía un balance positivo de su gestión. ¿Por qué, entonces, esa sensación de peligro inminente que ha llevado a tantos norteamericanos a tragarse los embustes de Donald Trump?

    Porque, es verdad, el mundo de antaño ya no es el de hoy. Gracias a la globalización y a la gran revolución tecnológica de nuestro tiempo la vida de todas las naciones se halla ahora en el “quién vive”, experimentando desafíos y oportunidades totalmente inéditos, que han removido desde los cimientos a las antiguas naciones, como Gran Bretaña y Estados Unidos, que se creían inamovibles en su poderío y riqueza, y que han abierto a otras sociedades –más audaces y más a la vanguardia de la modernidad– la posibilidad de crecer a pasos de gigante y de alcanzar y superar a las grandes potencias de antaño. Ese nuevo panorama significa que el de nuestros días es un mundo más justo, o, si se quiere, menos injusto, menos provinciano, menos exclusivo que el de ayer. Ahora, los países tienen que renovarse y recrearse constantemente para no quedarse atrás. Ese mundo nuevo requiere arriesgar y reinventarse sin tregua, trabajar mucho, impregnarse de buena educación, y no mirar atrás ni dejarse ganar por la nostalgia retrospectiva. El pasado es irrecuperable como descubrirán pronto los que votaron por el brexit y por Trump. No tardarán en advertir que quienes viven mirando a sus espaldas se convierten en estatuas de sal, como en la parábola bíblica.

    El brexit y Donald Trump –y la Francia del Front National– significan que el Occidente de la revolución industrial, de los grandes descubrimientos científicos, de los derechos humanos, de la libertad de prensa, de la sociedad abierta, de las elecciones libres, que en el pasado fue el pionero del mundo, ahora se va rezagando. No porque esté menos preparado que otros para enfrentar el futuro –todo lo contrario– sino por su propia complacencia y cobardía, por el temor que siente al descubrir que las prerrogativas que antes creía exclusivamente suyas, un privilegio hereditario, ahora están al alcance de cualquier país, por pequeño que sea, que sepa aprovechar las extraordinarias oportunidades que la globalización y las hazañas tecnológicas han puesto por primera vez al alcance de todas las naciones.

    El brexit y el triunfo de Trump son un síntoma inequívoco de decadencia, esa muerte lenta en la que se hunden los países que pierden la fe en sí mismos, renuncian a la racionalidad y empiezan a creer en brujerías, como la más cruel y estúpida de todas, el nacionalismo. Fuente de las peores desgracias que ha experimentado el Occidente a lo largo de la historia, ahora resucita y parece esgrimir como los chamanes primitivos la danza frenética o el bebedizo vomitivo con los que quieren derrotar a la adversidad de la plaga, la sequía, el terremoto, la miseria. Trump y el brexit no solucionarán ningún problema, agravarán los que ya existen y traerán otros más graves. Ellos representan la renuncia a luchar, la rendición, el camino del abismo. Tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, apenas ocurrida la garrafal equivocación, ha habido autocríticas y lamentos. Tampoco sirven los llantos en este caso; lo mejor sería reflexionar con la cabeza fría, admitir el error, retomar el camino de la razón y, a partir de ahora, enfrentar el futuro con más valentía y consecuencia.

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    Publicado por Anónimo | 27 noviembre, 2016, 06:17

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Trabajo, seriedad y respeto.

Mis padres me enseñaron tres cosas fundamentales: que para poder estar orgulloso de ti mismo y ser alguien hace falta trabajar; que es preciso actuar con seriedad; y que debes respetar a los demás para recibir respeto a cambio. Trabajo, seriedad y respeto. “Si haces estas tres cosas, podrás ser alguien en la vida”, me dijeron. (Zinedine Zidane)

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