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Comidos por el ansia de hacer mal

En el aniversario 99 de la revolución bolchevique. El apóstol cubano José Martí, que además de las palabras de colores era dueño de una visión que calibraba cuanto lo rodeaba, a la muerte de Karl Marx escribió que aquel hombre, por haberse puesto del lado de los débiles y andar “comido del ansia de hacer bien”, merecía ser honrado.
Dicha opinión obviaba la multiplicidad de interpretaciones que los seguidores del pensador comunista habían dado enseguida a sus teorías, algunas mero terrorismo y tan encontradas que le permitieron afirmar al propio Marx, antes de finalizar su existencia, “todo lo que sé es que yo no soy marxista”.

Pero Martí, tan listo, no se llamaba a engaño. Y explicó allí mismo que “no hace bien el que señala el daño y anda en ansias temerosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño”. Y al finalizar aquella crónica sobre la muerte de Marx previno: “Suenan músicas, resuenan cantos, pero se nota que no son los de la paz”. ¡Es que la paz y el comunismo no casan!

El deceso de Marx ocurrió en 1883; en lo restante del siglo XIX, y muy especialmente en el siguiente, el XX, todas las variantes del marxismo, sin excluir una sola aunque por supuesto unas más que otras, en especial las que consiguieron el poder en cualquier rincón del planeta, demostraron ser máquinas despiadadas de implantar a sangre y fuego las disparatadas ideas del economista prusiano, propalador de la especie de que la filosofía se limitaba a interpretar el mundo de múltiples formas cuando lo importante era cambiarlo.

Las modalidades marxistas que no alcanzaron el poder no fueron por eso en general más amables, sino que mantuvieron la disciplina partidaria con toda suerte de apremios sicológicos, económicos y, cómo no, físicos, llegando al apaleamiento y el pistoletazo.

Pues bueno, aquí y allá, dondequiera que tuvieron la oportunidad, empezaron a cambiar el mundo. Y a cambiarlo de a de veras. Lo blanco pasó a ser negro y lo negro, blanco. La decencia quedó abolida. La traición se puso a la orden del día. Los vocablos pasaron a significar cosas diferentes. El miedo cundió. El hambre fue establecida como doctrina de estado. La existencia cotidiana pasó a ser un tejido inextricable de mentiras. Y a bombo y platillo se promulgó que las luminosas ideas del marxismo comenzaban a brillar.

En Rusia, que empezó la saga con la revolución bolchevique se cumplen ahora 99 años; en Europa del este, en China, en Indochina, en parte de Corea, en Cuba, en Nicaragua, ahora en Venezuela, dondequiera que los comunistas consiguieron mandar el resultado fue y sigue siendo desastroso. El Libro negro del comunismo hace la cuenta de 100 millones de personas sacrificadas por esa doctrina fallida, tan estúpida como impiadosa. ¡Cien millones de seres humanos! Aunque en la medida en que el disparate subsista en algún sitio las víctimas seguirán creciendo.

No. Por mucho que arguya, tergiverse y propagandice su ideología letal la falange comunista no puede seguir presentándose como abanderada de lo noble y de un futuro de prosperidad y bienestar: cien millones de muertos la desmienten. Los comunistas hoy, no importa de qué lugar del planeta sean, tras sus desmanes en el siglo XX no pueden pretender estar motivados por el deseo de hacer bien. Hoy sabemos que, exclusivamente, están comidos por el ansia de hacer mal.

Por José Antonio Zarraluqui (*)

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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