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Gerente de EEUU y emperador del mundo

En dos días más los ciudadanos norteamericanos elegirán al próximo presidente de los Estados Unidos. Pero los siete mil millones de habitantes que tiene el mundo estarán expectantes de las decisiones que tomarán los 130 millones de ciudadanos estadounidenses, que se espera concurran a las urnas a votar.


Es que la percepción generalizada es que va a elegirse a la persona más poderosa de la Tierra, cuyas decisiones pueden afectar a todos los países y a todos los continentes. Sin embargo, esta percepción de un presidente todopoderoso es en parte cierta y en parte errónea.
Para comprender cuál es el verdadero poder de un presidente americano tenemos que recorrer la historia y recordar que los primeros inmigrantes europeos que llegaron en 1620 a los EEUU, fueron personas muy religiosas y puritanas, que huían de las persecuciones religiosas y de las arbitrariedades del absolutismo de los monarcas europeos.
Por eso no fue una sorpresa que cuando Estados Unidos obtuvo la independencia en 1776, los padres fundadores de la nación norteamericana –inspirados en las ideas de John Locke y de Montesquieu– redactaran una Constitución que impidiera que en una sola persona se concentrara todo el poder.
Para hacer realidad esa idea, dividieron el sistema de gobierno en tres poderes independientes –el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial– en un régimen de equilibrio y controles mutuos (en inglés, checks and balances), que hace absolutamente imposible el uso abusivo del poder por parte de un presidente.
En la cultura política norteamericana, es preferible tener un presidente limitado en sus atribuciones antes que tener un presidente todopoderoso que pudiera cercenar las libertades de los ciudadanos.
Por ese motivo, los ocho años de la presidencia de Obama se han caracterizado, en lo interno, por una parálisis legislativa, debido a que el Congreso –dominado por los republicanos– ha bloqueado prácticamente toda iniciativa del presidente.
Si a esto le sumamos el poder de la Corte Suprema de Justicia y el poder que tienen las legislaturas de los 50 Estados y de los municipios, vemos que el presidente dentro de los Estados Unidos es un gerente, un simple administrador que tiene que vivir negociando con los otros poderes para lograr impulsar sus iniciativas.
Pero así como en el plano interno el presidente se encuentra muy limitado, los fundadores de la patria norteamericana entendieron que si los Estados Unidos sufrieran cualquier tipo de amenaza internacional, el presidente no podía perder tiempo en negociar con los otros poderes el trascendente tema de la defensa del país y le otorgaron toda la autoridad para actuar libremente.
Con este gran poder, el presidente de los Estados Unidos –que además es comandante de las Fuerzas Armadas más poderosas del planeta– puede movilizar la flota norteamericana a cualquier lugar del mundo, para atacar blancos enemigos como lo hizo Obama en Libia y en Siria, e incluso para entrar en guerras como lo hizo Bush en Afganistán y en Irak.
Son muy pocas las ocasiones en que el presidente de Estados Unidos solicitó al Congreso una declaración formal de guerra (la última fue en la Segunda Guerra Mundial), pero han sido centenares las ocasiones en que sus fuerzas armadas invadieron o intervinieron militarmente en América Latina, Asia y África.
Dentro de dos días vamos a vivir la paradoja de que 130 millones de norteamericanos van a elegir a un gerente con limitadas atribuciones para afectar sus vidas, mientras que siete mil millones de personas del mundo vamos a asistir, desde las gradas, a la elección del emperador que va a reinar sobre la Tierra en los próximos cuatro años.
Esperemos que los granjeros de Ohio, los hispanos de la Florida y los afroamericanos de Carolina del Norte elijan bien para Estados Unidos, pero que también elijan bien para el mundo.

Por Alberto Acosta Garbarino

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

7 comentarios en “Gerente de EEUU y emperador del mundo

  1. Hay que ser idiota
    7 noviembre, 2016

    Por: Marilut Lluis O’Hara
    Uno piensa que cuando un latino deja su tierra en busca del sueño americano y se establece en los Estados Unidos, se le abre un panorama diferente, que le podría hacer pensar diferente. De vivir en una república bananera, pasa a una de las democracias más grandes del mundo, así que algo se le debe pegar, es lo que pensamos.

    Y no crean que yo considero al gran país del norte como la panacea de los derechos humanos y de la misma democracia, ni mucho menos. Pero de que hay diferencias, en igualdad de oportunidades y en el respeto a la capacidad individual, yo creo que no se puede negar. Es ese convencimiento de que si laburás, hacés bien las cosas y no te metés en ningún delito, podés levantar cabeza y dar una vida digna a tus hijos. Dejémonos de joder, más allá de las ideologías, debe dar gusto vivir en Nueva York o Miami.

    Pero por lo visto la cabra siempre tira para el monte, de lo contrario no se explica cómo, según las encuestas, los 2 candidatos a la Presidencia de los Estados Unidos están casi empatados, y que un gran sector de la comunidad latina piensa dar su voto al republicano Donald Trump.

    Y digo que es inexplicable porque este personaje no es un candidato más del Partido Demócrata, sino un tipo nefasto, con ínfulas de dictador, que ha hecho campaña manoseando a la mujer, a los negros y a los latinos, burlándose y menospreciando a las minorías de una manera grosera e intolerable.

    Aunque ahora, en un último intento de alcanzar y sobrepasar los votos que tiene la demócrata Hillary Clinton, ha decidido bajar el tono agresivo de toda su campaña, lo cierto es que desde sus inicios se ha burlado de los latinos, prometido que, de ganar las elecciones, cerrará la frontera con México, país al que acusó directamente de enviar a EE.UU. a su peor gente, drogadictos, traficantes, criminales y violadores.

    Por eso resulta inadmisible que haya latinos que piensen en votar a este bárbaro. Aunque no es la primera vez que escucho que los que dejan la región y se convierten en ciudadanos americanos suelen ser los más intolerantes con quienes hasta poco antes fueron sus compatriotas, sus raíces. A lo mejor piensan que Trump perseguirá a los cabecitas negras pero considerará iguales a él a quienes se comporten como si fueran americanos. Pero en serio, hay que ser idiota para pensar algo así.

    Ya sé que me dirán que me quiero dar ínfulas de analista internacional, pero no estoy descubriendo la rueda. Lo mío es casi una perogrullada, no podés votar por ese que quiere pisarte la cabeza y someter a tu gente. No podés.

    Bueno, sí, ya sé. Es lo que en Paraguay hace la mayoría durante cada elección. Pero hoy no hablo de Paraguay. Ya habrá tiempo para volver a la dura realidad y quejarme de nuestros males. Hoy déjenme ser internacional.

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    Publicado por Anónimo | 7 noviembre, 2016, 13:27
  2. Hillary, Trump y dónde está la fortaleza norteamericana

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

    Faltan pocas horas para las elecciones norteamericanas. Trump podría ganar. En la medida que llega el fin de la campaña los dos candidatos se acercan notablemente. Por eso aseguraba el periodista Andrés Oppenheimer que en esta oportunidad, cuando se vota apasionadamente a favor o en contra, con el corazón o con el hígado, el voto hispano puede ser decisivo para derrotar a Trump. Muchos de los electores hispanos no sienten una simpatía especial por Hillary, pero sí detestan profundamente a Trump.

    Dos de los Estados indecisos con mayor peso son Florida y Pennsylvania. Si Trump los pierde está liquidado. En Florida se calcula que el 70% de los hispanos prefiere a Hillary, pero ese porcentaje se eleva al 85% cuando se trata de los puertorriqueños. Tradicionalmente, la mayor parte de los populares y de los estadistas –los dos grandes sectores ideológicos de la Isla– prefieren al Partido Demócrata. La estrategia de Clinton es cultivar intensamente la lealtad política de ese grupo étnico.

    En Pennsylvania, en el 2012, Obama ganó por el 5% de los votos. Luego se supo que los hispanos alcanzaron el 6% de los sufragios y el 80% votó por él. Hillary Clinton espera lograr los mismos resultados. La maquinaria tratará de incitarlos a acudir a las urnas, junto a las mujeres, los negros, la comunidad LGBT, los judíos, los universitarios, y todos aquellos grupos de electores que las encuestas señalan como mayoritariamente proclives a la candidata.

    Por eso es tan difícil que Donald Trump gane la partida. Lo que en Estados Unidos llaman blancos no –especialmente– instruidos, los blue collars, los rednecks, los fanáticos religiosos del Bible Belt, los sindicalistas, los racistas de todo pelaje que acampan en el bando de Trump, son muchos, tal vez demasiados, pero probablemente no suficientes para eclipsar a una candidata que trata de representar a la compleja realidad social norteamericana de hoy.

    ¿Qué pasaría si gana Hillary Clinton? Probablemente su gobierno se parecería al de su marido, pero como llegaría a la Casa Blanca condicionada por el apoyo de Bernie Sanders, y porque sus electores se lo demandarían, aumentaría el gasto público y sería menos responsable en materia fiscal de lo que fue Bill Clinton, un demócrata que redujo sustancialmente las erogaciones del welfare y logró el extraño milagro de tener varios años con superávit en las cuentas de la nación.

    ¿Y qué ocurriría si es Donald Trump quien triunfa? A mi juicio, el mayor daño lo veríamos en las relaciones internacionales. ¿Por qué? Por sus declaraciones contra los mexicanos y sus extrañas simpatías por Vladimir Putin. Por su rudimentaria forma de entender qué es ganar o perder en las transacciones entre empresas y países, propia de una mentalidad mercantilista premoderna. Por su incomprensión de lo que ha sido el rol de Estados Unidos tras el fin de la Segunda Guerra mundial. Porque lo veríamos destruir la extraordinaria labor que comenzó a hacer Franklin D. Roosevelt en Bretton Woods en 1944, y Harry Truman un año más tarde, cuando le tocó presidir el país y creó la OTAN, el mejor instrumento para preservar la paz en Europa y en el mundo.

    Trump puede ser el clásico elefante en una cristalería. Hay algo escalofriante en una persona que cree que va restaurar la grandeza norteamericana, sin advertir que su país nunca ha sido más rico, ni más poderoso, ni más útil al resto del mundo, que los Estados Unidos de hoy. Con el 24% del PIB planetario, las universidades más creativas, las empresas más innovadoras, el ejército más fuerte y una población sana y razonablemente joven ¿a qué aspira Donald Trump?

    En todo caso, ni una ni otro conseguirán descarrilar a Estados Unidos. La fortaleza norteamericana no descansa en su economía, su creatividad o en el poderío de sus cañones. El secreto está en el funcionamiento de sus instituciones, en la transmisión ordenada de la autoridad y en la voluntaria subordinación del conjunto de la sociedad a the rule of law. Son estos factores intangibles los que sustentan el milagroso experimento surgido en 1776 y los que sujetarán fuertemente a quien ocupe la Casa Blanca. Afortunadamente.

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    Publicado por Anónimo | 7 noviembre, 2016, 04:10
  3. Donald Trump y el aumento del odio racial en Estados Unidos

    Por Andrés Oppenheimer

    He visto muchas elecciones desde que llegué a Estados Unidos, hace cuatro décadas, pero esta es la primera que ha polarizado a este país al punto de estar separando a amigos de muchos años y creando tensiones en las mesas familiares. Es algo que estábamos acostumbrados a ver en algunos países latinoamericanos, pero no en Estados Unidos.

    Por primera vez, al igual de lo que ha ocurrido en Venezuela, Ecuador y otros países de la región, un demagogo narcisista –Donald J. Trump– está hechizando a las masas con una retórica llena de odio, culpando a los extranjeros de los problemas de su país.

    Hasta ahora, la civilidad política era una característica distintiva de los estadounidenses. Era una de las primeras cosas que los extranjeros admiraban cuando llegaban a este país. Los políticos se peleaban en el Congreso, pero era raro ver que amigos o familiares se distanciaran por motivos políticos.

    Pero ahora, todo eso ha cambiado. Hay incidentes de violencia en actos políticos, y los partidarios de Trump y Hillary Clinton se culpan mutuamente de haberlos provocado. Muchas personas que conozco han decidido no hablar de política con sus amigos y familiares, para no pelearse.

    Por primera vez, no veo por las calles de Miami autos con calcomanías en apoyo de los candidatos presidenciales. ¿Es que la gente tiene miedo de ser insultada, o de que alguien les raye el automóvil? ¿O será que sienten tan poco entusiasmo por los candidatos, que no quieren mostrar su apoyo en público a ninguno de ellos?

    El hecho es que, desde que Trump comenzó su campaña presidencial, el 16 de junio del 2015, diciendo que la mayoría de los inmigrantes mexicanos “están trayendo el crimen” y son “violadores”, el racismo y la xenofobia han dividido este país como nunca antes en la historia reciente.

    Trump diariamente azuza a su audiencia con comentarios veladamente racistas contra los hispanos, los afroamericanos, los musulmanes y otros grupos étnicos. Y lo más triste del caso es que su público lo celebra a rabiar.

    El público de Trump celebró cuando su candidato dijo que el juez Gonzalo Curiel, nacido en Indiana, no era apto para juzgar en el caso contra la Universidad Trump porque “él es mexicano”. Los actos de Trump llegan a su clímax cuando el público corea “¡Construye ese muro! ¡Construye ese muro!”.

    Y los seguidores de Trump aplaudieron durante varios años, hasta que el candidato se retractó recientemente, cuando Trump decía que el presidente Obama había nacido en Kenia –un esfuerzo no muy velado de quitarle legitimidad al primer presidente negro de Estados Unidos–.

    No es de extrañar que grupos neonazis estén apoyando a Trump, como reportó recientemente una investigación de la revista Mother Jones. Los grupos de supremacistas blancos se sienten envalentonados por la retórica de Trump, aun cuando el candidato haya dicho que no apoya a algunos de ellos.

    Gracias a Trump, el ideal de los grupos neonazis de un país ario, antes relegado a los rincones más oscuros de la internet, está ahora más cerca del discurso político socialmente aceptable.

    Un nuevo informe de la Comisión de Relaciones Humanas del Condado de Los Ángeles afirma que los crímenes de odio contra los latinos en esa ciudad se incrementaron el año pasado en un impresionante 69 por ciento.

    Y otro estudio del Centro Sureño de Estudios Legales de Pobreza (SPLC), basado en una encuesta de 2.000 maestros, afirma que la campaña presidencial “está produciendo un nivel alarmante de temor y ansiedad entre los niños de color y aumentando las tensiones raciales y étnicas en el salón de clase”.

    El informe agrega que “los maestros han notado un aumento en el abuso, el ‘bullying’ y la intimidación de estudiantes cuya raza, religión o nacionalidad haya sido blanco de ataques de candidatos”.

    Mi opinión: Yo no puedo votar por un demagogo que incita al odio, que es apoyado por grupos neonazis, que está dividiendo a los estadounidenses y que habla como si estuviera por encima de la Constitución. He visto a demasiados de estos “salvadores de la patria” en América Latina, y siempre terminan destruyendo a sus países. Mi voto será para evitar que Estados Unidos siga ese camino.

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    Publicado por Anónimo | 6 noviembre, 2016, 16:22
  4. ¿Quiénes apoyan a Trump?

    La aparición de Donald Trump en el escenario político de EEUU ha sido como un huracán que puso patas para arriba toda la estantería sobre la cual se apoyó siempre la política norteamericana.

    Con un aspecto físico excéntrico y casi ridículo, con declaraciones incendiarias y ofensivas y con un programa de gobierno plagado de contradicciones, la mayoría de los expertos afirmaban que el “fenómeno Trump” iba a ser pasajero y que iba a evaporarse con la misma rapidez con la que había aparecido.

    La realidad fue muy diferente, porque a medida que pasaba el tiempo su candidatura iba consolidándose al tiempo que sus iniciales 17 candidatos rivales iban retirándose. Y el candidato que parecía que iba a ser pasajero, terminó arrasando en la convención del Partido Republicano, llevándose el 60% de los delegados.

    Hoy, a poco menos de 10 días de las elecciones nacionales, a pesar de estar Donald Trump desprestigiado, aislado y sin el apoyo de su partido y tener enfrente a una Hillary Clinton que tiene el apoyo incondicional del Partido Demócrata, de los principales medios de comunicación, de los banqueros de Wall Street y de los sindicatos de su país, las encuestas siguen mostrando una escasa diferencia entre ambos.

    A pesar de todas las barbaridades que ha dicho Trump a lo largo de la campaña electoral, el nivel de apoyo que le dieron las encuestas nunca ha bajado del 40%. Ante esta realidad uno tendría que preguntarse: ¿quiénes son esas personas que lo apoyan?

    Para responder a esta pregunta, tenemos que hacer una revisión de lo ocurrido en las últimas décadas en los Estados Unidos y encontraremos que 30 años atrás existía una enorme correlación entre el éxito de las empresas del país y el bienestar de los ciudadanos norteamericanos.

    Alfred Sloan, uno de los primeros presidentes que tuvo la General Motors, acuñó una frase muy famosa: “Lo que es bueno para General Motors es bueno para los Estados Unidos”. Y era cierto, porque si a la General Motors le iba bien, ampliaba su fábrica, contrataba más gente y pagaba más impuestos y todos esos beneficios quedaban en el país.

    En las últimas décadas, la economía mundial se ha globalizado gracias a la aparición de internet y a la revolución en logística y las grandes fábricas que antes elaboraban el producto terminado en una gran planta ubicada en los Estados Unidos, ahora lo hacen en cientos de fábricas más pequeñas ubicadas en cualquier lugar del mundo, especialmente en el Asia.

    Esta nueva realidad hace que con la globalización a las grandes empresas norteamericanas les vaya muy bien, pero a los ciudadanos norteamericanos de la clase media, les vaya bastante mal.

    Han perdido empleos que fueron llevados al Asia donde es más barato producir y han perdido empleos poco calificados, dentro de los Estados Unidos, por el ingreso de inmigrantes –muchos indocumentados– que trabajan más duro y por menos paga.

    Estos dos fenómenos hicieron que la enorme clase media norteamericana que antes era el pilar de la economía de ese país, tanto para producir como para consumir, vaya reduciéndose muy rápidamente. En 1971 la clase media se llevaba el 61% del ingreso nacional y hoy se lleva el 49,9% del mismo.

    La mayoría de esta gente es blanca y anglosajona y el discurso de Trump en los que hecha la culpa de todos los problemas de desempleo y de inseguridad a los chinos, a los mexicanos y a los musulmanes, es un discurso muy sencillo y que llega muy bien a esa clase media que se ha empobrecido en los últimos años y que se refleja en ese 40% que lo sigue apoyando.

    Ese mismo discurso de Trump se escucha ya hoy en la mayoría de los países desarrollados y es la causa del avance en los mismos de la derecha populista y nacionalista.

    Esa que tan bien encarna Donald Trump.

    Por Alberto Acosta Garbarino

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    Publicado por Anónimo | 6 noviembre, 2016, 16:22
  5. El ciudadano rabioso

    El periodista alemán Dirk Kurbjuweit, de Der Spiegel, inventó hace algunos años la palabra Wutbürger, que quiere decir “ciudadano rabioso”, y en The New York Times de esta mañana –25 de octubre– Jochen Bittner publica un interesante ensayo afirmando que la rabia que moviliza en ciertas circunstancias a amplios sectores de una sociedad es un fenómeno de dos caras, una positiva y otra negativa.

    Según él, sin esos ciudadanos rabiosos no hubiera habido progreso, ni seguridad social, ni empleos pagados con justicia, y estaríamos todavía en el tiempo de las satrapías medievales y la esclavitud. Pero, al mismo tiempo, fue la epidemia de rabia social la que sembró de decapitados la Francia del Terror y la que, en nuestros días, ha llevado a la regresión brutal que significa el Brexit para el Reino Unido y a que exista en Alemania un partido xenófobo, ultranacionalista y antieuropeo –Alternativa por Alemania– que, según las encuestas, cuenta con nada menos que el apoyo del 18% del electorado. Añade que el mejor representante en Estados Unidos del Wutbürger es el impresentable Donald Trump y el sorprendente respaldo con que cuenta.

    Me gustaría añadir algunos otros ejemplos de una “rabia positiva” en los últimos tiempos, empezando por el caso del Brasil sobre el que, a mi juicio, ha habido una interpretación interesada y falsa de la defenestración de Dilma Rousseff de la presidencia. Se ha presentado este hecho como una conspiración de la extrema derecha para acabar con un gobierno progresista y, sobre todo, impedir el regreso de Lula al poder. No es nada de eso. Lo que movilizó a muchos millones de brasileños y los sacó a la calle a protestar fue la corrupción, un fenómeno que había socavado a toda la clase política y de la que eran beneficiarios por igual dirigentes de la izquierda y la derecha. Y se ha visto en todos estos meses cómo la guadaña de la lucha contra la corrupción enviaba a la cárcel por igual a parlamentarios, empresarios, dirigentes sindicales y gremiales de todos los sectores políticos, un hecho del que solo puede sobrevenir una regeneración profunda de una democracia a la que la deshonestidad y el espíritu de lucro habían infectado hasta el extremo de causar una bancarrota nacional.

    Quizás sea un poco pronto para celebrar lo ocurrido, pero mi impresión es que, hechas las sumas y las restas, la gran movilización popular en Brasil ha sido un movimiento más ético que político y enormemente positivo para el futuro de la democracia en el gigante latinoamericano. Es la primera vez que ocurre; hasta ahora, los estallidos populares tenían fines políticos –protestar contra los desafueros de un gobierno y a favor de un partido o un líder– o ideológicos –reemplazar el sistema capitalista por el socialismo–, pero, en este caso, la movilización tenía como fin no destruir el sistema legal existente sino purificarlo, erradicar la infección que lo estaba envenenando y podía acabar con él. Aunque ha tenido una deriva distinta, no es muy diferente con lo ocurrido en España: un movimiento de jóvenes espoleados por los escándalos de la clase dirigente que a muchos decepcionaron de la democracia y los ha llevado a elegir un remedio peor que la enfermedad, es decir, resucitar las viejas y fracasadas recetas del estatismo y el colectivismo.

    Otro caso fascinante de “ciudadanos rabiosos” ha sido el que vive Venezuela. En cinco oportunidades, el pueblo venezolano pudo librarse, mediante elecciones libres, del comandante Chávez, un demagogo pintoresco que ofrecía “el socialismo del siglo XXI” como terapia para todos los males del país. Una mayoría de venezolanos, a los que la ineficacia y la corrupción de los gobiernos democráticos había desencantado de la legalidad y la libertad, le creyeron. Han pagado carísimo ese error. Por fortuna lo han comprendido, rectificado y hoy existe una mayoría aplastante de ciudadanos –como demuestran las últimas elecciones para el Congreso– que pretende rectificar aquella equivocación. Por desgracia, ya no es tan fácil. La camarilla gobernante, aliada con la nomenclatura militar muy comprometida por el narcotráfico y la asesoría cubana en cuestiones de seguridad, se ha enquistado en el poder y está dispuesto a defenderlo contra viento y marea. Mientras el país se hunde en la ruina, el hambre y la violencia, todos los esfuerzos pacíficos de la oposición por, valiéndose de la propia Constitución instaurada por el régimen, librarse de Maduro y compañía, se ven frustrados por un gobierno que desconoce las leyes y comete los peores abusos –incluidos crímenes– para impedirlo. A la larga, esa mayoría de venezolanos se impondrá, por supuesto, como ha ocurrido con todas las dictaduras, pero el camino quedará sembrado de víctimas y será muy largo.

    ¿Hay que celebrar que haya no solo ciudadanos rabiosos negativos sino también positivos, como afirma Jochen Bittner? Mi impresión es que es preferible erradicar la rabia de la vida de las naciones y procurar que ella transcurra dentro de la racionalidad y la paz, y las decisiones se tomen por consenso, a través de la persuasión o del voto. Porque la rabia cambia rápidamente de dirección y de bienintencionada y creativa puede volverse maligna y destructiva, si quienes asumen la dirección del movimiento popular son demagogos, sectarios e irresponsables. La historia latinoamericana está impregnada de rabia y aunque, en muchos casos, estaba justificada, casi siempre se desvió de sus objetivos iniciales y terminó causando peores males que los que quería remediar. Es un caso que tuvo una demostración flagrante con la dictadura militar del general Velasco, en el Perú de los años sesenta y setenta. A diferencia de otras, no fue derechista sino izquierdista e implantó las soluciones socialistas para los grandes problemas nacionales como el feudalismo agrario, la explotación social y la pobreza. La nacionalización de las tierras no benefició para nada a los campesinos, sino a las pandillas de burócratas que se dedicaron a saquear las haciendas colectivizadas y casi todas las industrias que confiscó y nacionalizó el régimen se fueron a la quiebra, aumentando la pobreza y el desempleo. Al final, fueron los propios campesinos los que empezaron a privatizar las tierras, y los obreros de las fábricas de harina de pescado los primeros en pedir que volvieran a manos privadas las empresas que el socialismo velasquista arruinó. Todo este fracaso tuvo un efecto positivo: desde entonces ningún partido político en el Perú se atreve a proponer la estatización y colectivización como panacea social.

    Jochen Bittner afirma que la globalización ha favorecido sobre todo a los grandes banqueros y empresarios y que eso explica, aunque no justifica, los rebrotes de un nacionalismo exaltado como el que ha convertido al Front National en un partido que podría ganar las elecciones en Francia. Es muy injusto. La globalización ha traído enormes beneficios a los países más pobres, que ahora, si saben aprovecharla, pueden combatir al subdesarrollo más rápido y mejor que en el pasado, como demuestran los países asiáticos y los países latinoamericanos –Chile por ejemplo– que, abriendo sus economías al mundo, han crecido de manera espectacular en las últimas décadas. Creo que hay un error gravísimo en creer que el progreso consiste en combatir la riqueza. No, el enemigo con el que hay que acabar es la pobreza, y también, por supuesto, la riqueza mal habida. La interconexión del mundo gracias a la lenta disolución de las fronteras es una buena cosa para todos, y en especial para los pobres. Si ella continúa, y no se aparta de la buena vía, quizás lleguemos a un mundo en el que ya no será necesario que haya ciudadanos rabiosos a fin de que mejoren las cosas.

    Berlín, octubre de 2016

    Por Mario Vargas Llosa

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    Publicado por Anónimo | 6 noviembre, 2016, 16:21
  6. Trump puede ganar Florida con el voto cubano

    Por Andrés Oppenheimer

    Si el candidato republicano Donald Trump gana el crucial estado de la Florida, como lo auguran algunas encuestas, y termina ganando las elecciones el 8 de noviembre –un resultado que parece difícil, pero no imposible– podría tener que agradecerle al presidente Obama por haberle dado una mano en el tramo final de la campaña electoral.

    La decisión de Obama del 14 de octubre de relajar aún más el embargo comercial estadounidense a Cuba y permitir que los turistas estadounidenses a la isla puedan comprar cantidades ilimitadas de ron y cigarros cubanos, al igual que su decisión del 26 de octubre de abstenerse por primera vez en una votación de las Naciones Unidas contra el embargo estadounidense a Cuba, probablemente hizo que algunos votantes cubanoamericanos indecisos en Florida se voltearan a favor de Trump.

    Los cubanos regresan a Trump, dice un subtítulo de la encuesta del New York Times/Siena College dada a conocer el 27 de octubre, según la cual Trump está ganando Florida por cuatro puntos. La candidata demócrata Hillary Clinton ganaba en la Florida en la misma encuesta apenas un mes antes.

    El texto explicativo de la encuesta dice que Trump remontó su voto en Florida gracias a los votantes cubanoamericanos, que aumentaron su apoyo por Trump de un 33 por ciento en septiembre a un 52 por ciento en octubre.

    Los encuestadores dicen que es difícil precisar exactamente qué causó el aumento del apoyo de los votantes cubanoamericanos a Trump, pero lo más probable es que los recientes anuncios de Obama sobre Cuba hayan sido un factor que dañó a Clinton, y favoreció al candidato republicano.

    Es cierto que, tal como lo muestra una encuesta de la Universidad Internacional de la Florida, un 54 por ciento de los cubanoamericanos de Miami apoyan terminar con el embargo comercial de Estados Unidos a Cuba. Pero la cifra es engañosa, porque se refiere al total de la población cubanoamericana, incluyendo a los cubanos recién llegados que no votan.

    Si hubiera sido una encuesta de votantes cubanoamericanos, el resultado hubiera sido diferente. La misma encuesta muestra que cubanoamericanos de mayor edad –que suelen votar en grandes números– son de línea más dura hacia Cuba, y más escépticos sobre la normalización de relaciones con Cuba que los recién llegados de la isla.

    Incluso entre los cubanoamericanos que apoyan con cautela la normalización de relaciones con Cuba, muchos dicen que Obama ha otorgado demasiadas concesiones a la dictadura de la isla sin obtener nada a cambio. ¿Para qué seguir haciendo gestos unilaterales en la ausencia de cualquier política de apertura en la isla?, se preguntan.

    Según un nuevo informe de la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional de Cuba, 9.125 personas fueron detenidas en los primeros 10 meses de este año por razones políticas, más que los 8.616 arrestados durante los 12 meses del 2015.

    Y Trump, un camaleón político que hasta hace poco apoyaba la normalización de los vínculos con Cuba y cuyas empresas –según reportó la revista Newsweek– exploraron hacer negocios con la isla en violación de las leyes de Estados Unidos en 1998, está aprovechando la ocasión para presentarse ante los exiliados cubanos en Miami como un “duro” contra Cuba.

    Mi opinión: Obama –y Clinton, también– probablemente malinterpretaron las encuestas de opinión según las cuales los cubanoamericanos de Florida apoyan cada vez más los crecientes de vínculos de Estados Unidos con la dictadura de Cuba. Eso es cierto entre el total de la población cubanoamericana, pero no entre aquellos que pueden votar.

    Me pregunto qué pensaba Obama cuando decidió autorizar las compras de ron y tabacos cubanos –una medida mayormente simbólica– y votar por la abstención en la ONU, apenas poco antes de las elecciones del 8 de noviembre. ¿Cuál era la prisa para apretar el pedal de normalización ahora?

    Muy probablemente, fue un exceso de confianza en una victoria fácil de Clinton, al igual que una decisión poco pensada para seguir explotando lo que el gobierno de Obama ve como uno de sus pocos triunfos en política exterior. Fuera lo que fuera, podría ayudar a que el candidato republicano más inestable y deshonesto de la historia reciente gane Florida.

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    Publicado por Anónimo | 6 noviembre, 2016, 15:44
  7. La menos mala o el peor

    Por Leonardo Nicanor Duarte

    La elección presidencial de los Estados Unidos, primera potencia mundial hoy en día, es un asunto de importancia para todo el planeta.

    Y la votación de este año reviste aun mayor interés por la tónica en que la misma se ha venido dando.

    Por el lado demócrata aparece Hillary Clinton, que podría ser la primera mujer en llegar a la presidencia de ese país.

    En el bando republicano está Donald Trump, un “fuereño” del ámbito político tradicional, con un marcado discurso populista.

    Clinton llega como una de las personas mejor preparadas para el cargo, en base a su experiencia en la política interna estadounidense y en la política internacional.

    Trump se presenta como el indicado para levantar a la nación que, según su discurso, ha mermado su grandeza por culpa de la clase política tradicional.

    El perfil “demasiado” serio y concentrado de Clinton no despierta pasiones, y es una de las candidatas menos populares que han existido, pero no se pone en duda su preparación.

    El histrionismo de Trump, y su visceral mensaje, enciende polémicas casi en cada aparición, atrayendo fervientes partidarios y creando férreos detractores.

    El discurso populista del caudillo que promete “salvar” a la nación y “vencer a los enemigos” de la patria, es bien conocido en Latinoamérica, así como sus nefastas consecuencias.

    Es por ello que se entiende la resistencia que despierta Trump. Aunque no solo al sur del río Bravo, sino en todo el orbe, incluso entre los aliados europeos de los Estados Unidos.

    Por su parte, Clinton aparece como una candidata seria y razonable, pero con una criticada actuación en política internacional, cuando ocupó la secretaría de exteriores en el gabinete del actual presidente Barack Obama.

    Apoyó, o fue partícipe directa, de diversas medidas de la administración Obama, que contienen su parte de responsabilidad en la profundización de la violenta inestabilidad del mundo árabe.

    Como ejemplos más notorios: las decisiones en torno a Irak y Afganistán, que antepusieron la agenda política a las necesidades de seguridad; o la postura dubitativa en las primeras etapas de la guerra civil siria, con un discurso que alentó a los rebeldes, al tiempo de retacear su apoyo en la acción, lo que acabó prolongando el conflicto.

    Además, en la región latinoamericana, la decisión de Obama de “legalizar” a la dictadura castrista en Cuba, la más antigua y sanguinaria de la región, se contradice con la postura de defensa de las democracias, y de los pueblos contra sus tiranos, que profesa la Casa Blanca.

    Es así, que estas elecciones presentan a una candidata, de la que hemos de respetar su gran formación política, pero con una actuación internacional cuestionable; y por el otro lado, a un candidato populista, que si bien no podrá hacer todas las barbaridades que prometió que haría (porque la clase política seria de ese país no lo permitirá), las cosas que sí podrá hacer despiertan suficiente desazón.

    Con este panorama, en lo que respecta a política internacional, las preferencias están dadas entre un candidato malo, y otro peor.

    No obstante, en general, Hillary Clinton sigue siendo la mejor opción.

    Las amenazas de Donald Trump de desconocer una eventual victoria de su oponente, así como el virtual empate en las encuestas, han echado dudas sobre el desenlace de la contienda electoral.

    Y, aunque nada se puede asegurar, yo me atrevo a anticipar una vibrante jornada electoral, sea quien sea al final, “la próxima presidenta” de los Estados Unidos.

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    Publicado por Anónimo | 6 noviembre, 2016, 15:40

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Un arquitecto jubilado.Aprendiz de todo, oficial de nada.Un humano más.Acá, allá y acullá.Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.Desde Asunción/Paraguay.(Correo:laovejacien@gmail.com) (Twitter:@jotaefeb) (Instagram:JAVIER_FDZ_BOGADO)

Trabajo, seriedad y respeto.

Mis padres me enseñaron tres cosas fundamentales: que para poder estar orgulloso de ti mismo y ser alguien hace falta trabajar; que es preciso actuar con seriedad; y que debes respetar a los demás para recibir respeto a cambio. Trabajo, seriedad y respeto. “Si haces estas tres cosas, podrás ser alguien en la vida”, me dijeron. (Zinedine Zidane)

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