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El evangelio del domingo: La soberbia es desastre

“Jesús contó además otra parábola porque algunos estaban convencidos de ser justos y despreciaban a los demás. «Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano.» (Lc 18,9-10)

Sin dudas la presunción es un gran problema en la vida de muchas personas.

Creo que todos nosotros ya tuvimos momentos que pensamos ser mejores que los demás, o que queremos ser valorados como ejemplos, o que creemos saber hacer de un mejor modo, o que juzgamos tener la mejor idea, o que condenamos a los demás sin conocerles bien…

Naturalmente nuestra tendencia es colocarnos sobre los demás, o colocando en evidencias nuestras cualidades o entonces manifestando, y hasta exagerando, los defectos y problemas de los otros. Basta estar un poco atento a lo que hablamos. (Sería interesante gravar nuestras conversaciones durante todo un día y después catalogar).

Generalmente, cuando hablamos de nosotros mismos, nos gusta contar nuestros éxitos, nuestras intenciones, nuestros trabajos, nuestras virtudes… raras veces hablamos de nuestros defectos, de nuestros pecados, de nuestras mezquindades, y cuando lo hacemos, es muy común que busquemos siempre justificarnos, pues aun lo feo que admitimos tener, queremos que parezca bello con la justificación que le damos. Nos cuesta mucho asumir nuestros lados más oscuros. (Creo que esta es la gran dificultad que todos dicen tener para confesarse: pues allí deberíamos hablar de nuestros pecados, asumir nuestra maldad, desenmascarar nuestro egoísmo… sin asomar justificaciones. En verdad, no queremos que nadie tenga una imagen fea de nosotros)

Sin embargo, cuando es para hablar de los demás, especialmente de las personas con las cuales convivimos, parece que tenemos una necesidad de destacar sus defectos. Parece que no nos quedamos satisfechos mientras hablamos de cosas buenas de los demás, siempre tenemos que encontrar un pero y le agregamos algún defecto. (Creo que es por eso que en las confesiones muchas personas acaban siempre por hablar de los defectos de las personas con las cuales se tiene algún problema, pues la culpa siempre tiene el otro.) Parece que sentimos placer, que nos divierte, o que nos satisface la murmuración.

De hecho, cuando el fariseo fue hablar con Dios, le dijo así: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano que está ahí. Ayuno dos veces por semana y doy el diezmo de todo lo que tengo.”

Es cierto que aquel fariseo seguramente hacía muchas cosas buenas en su vida, pero esto no le daba el derecho de creerse mejor que los demás, y mucho menos de despreciar a nadie. El engreimiento es tan terrible que destruye en el hombre hasta lo que tiene de bueno. La presunción nos separa y aleja de los otros. Nos hace incapaces de reconocer la bondad y la belleza presente en los demás. Nos hace perder el respecto por ellos.

La Palabra de Dios quiere ayudarnos a vencer esta situación. Nadie debe creerse “el justo”, o “el santo”, o “el perfecto”. Jesús nos ofrece el remedio, él nos invita a entrar en la escuela evangélica de la humildad y del servicio:

“Quien no tiene pecado que tire la primera piedra”;

“Quien se humilla será exaltado”;

“Quien quiere ser el primero que se haga el último y servidor de todos”;

“Recuérdate hombre que eres polvo y al polvo retornarás”;

“Quien está de pie, que se cuide para no caer”; …

El publicano, aunque lleno de pecados, es quien hizo la oración justa. Él consiguió tocar el corazón de Dios. Su gesto de humildad valió mucho más que las muchas buenas obras que había hecho el fariseo. Su oración sencilla, que no buscaba humillar a nadie, sino a sí mismo. Que no buscaba aplausos y reconocimiento, sino reconocer la grandeza de Dios. La confesión de su pecado era al mismo tiempo confesión de su FE en la gracia de Dios, en el misterio de la salvación que sólo Dios puede darnos.

Que el Señor nos dé la gracia de decir como el publicano: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.” Y que nuestros gestos y actitudes sean coherentes con nuestras palabras: como el publicano que “se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho.”
El Señor te bendiga y te guarde,
El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

3 comentarios en “El evangelio del domingo: La soberbia es desastre

  1. La oración verdadera

    Hoy meditamos el Evangelio según San Lucas 18, 9-14.
    La oración es, de nuevo, en este domingo el tema del Evangelio de la misa. Jesús comienza la parábola del publicano y del fariseo insistiendo en que es preciso orar en todo tiempo.

    En la parábola late la idea de la humildad como fundamento de nuestro trato con Dios. Él quiere que acudamos a la oración como hijos pobres y necesitados siempre de su misericordia. “A Dios –enseña San Alfonso María de Ligorio– le gusta que tratéis familiarmente con él. Tratad con él vuestros asuntos, vuestros proyectos, vuestros trabajos, vuestros temores y todo lo que os interese. Hacedlo todo con confianza y el corazón abierto, porque Dios no acostumbra a hablar al alma que no le habla”.

    Huyamos en la oración de la autosuficiencia, de la complacencia en los aparentes o posibles frutos en el apostolado, en la propia lucha ascética… y también de las actitudes negativas, pesimistas, que reflejan falta de confianza en la gracia de Dios, y que son frecuentemente manifestaciones de una soberbia oculta. La oración es siempre tiempo de alegría, de confianza y de paz.

    El papa Francisco a propósito del evangelio de hoy dijo: “La incapacidad de reconocerse pecadores nos aleja de la verdadera confesión de Jesucristo”.

    Es fácil decir que Jesús es el Señor, difícil en cambio reconocerse pecadores. Es la diferencia entre la humildad del publicano que se reconoce pecador y la soberbia del fariseo que habla bien de sí mismo:

    Esta capacidad de decir que somos pecadores nos abre al estupor que nos lleva a encontrar verdaderamente a Jesucristo. También en nuestras parroquias, en la sociedad, entre las personas consagradas: ¿Cuántas son las personas capaces de decir que Jesús es el Señor?, muchas. Pero es difícil decir: Soy un pecador, soy una pecadora. Es más fácil decirlo de los otros, cuando se dicen los chismes… Todos somos doctores en esto, ¿verdad?”.

    Para llegar a un verdadero encuentro con Jesús es necesaria una doble confesión: Tú eres el hijo de Dios y yo soy un pecador, pero no en teoría, sino por esto, por esto y por esto…

    Pedro después se olvida del estupor del encuentro y lo reniega. Pero porque es humilde se deja encontrar por el Señor, y cuando sus miradas se encuentran él llora, vuelve a la confesión: ‘Soy pecador’.

    “Que el Señor nos dé la gracia de encontrarlo y también de dejarnos que él nos encuentre. Nos de la gracia hermosa de este estupor del encuentro.”

    Extractamos algunas frases, de la audiencia general del papa Francisco de este pasado miércoles: Una de las consecuencias del llamado «bienestar» es la de llevar a las personas a encerrarse en sí mismas, haciéndolas insensibles a las exigencias de los demás. Se hace de todo para ilusionarlas presentándoles modelos de vida efímeros, que desaparecen después de algunos años, como si nuestra vida fuera una moda a seguir y cambiar en cada estación. No es así. La realidad debe ser aceptada y afrontada por aquello que es, y a menudo hace que nos encontremos situaciones de urgente necesidad.

    […] Es necesario, por lo tanto, que madure una conciencia solidaria que conserve el alimento y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones» (n. 27). No olvidemos las palabras de Jesús: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6, 35) y «si alguno tiene sed, venga a mí» (Jn 7, 37).

    Son para todos nosotros, creyentes, una provocación estas palabras, una provocación para reconocer que, a través del dar de comer a los hambrientos y dar de beber a los sedientos, pasa nuestra relación con Dios, un Dios que ha revelado en Jesús su rostro de misericordia…”.

    (Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.catholic.net/op/articulos/14341/cat/565/ten-compasion-de-mi-que-soy-pecador.html

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    Publicado por Anónimo | 23 octubre, 2016, 05:49
  2. domingo 23 Octubre 2016

    Trigésimo domingo del tiempo ordinario

    Libro de Eclesiástico 35,12-14.16-18.
    Porque el Señor es juez y no hace distinción de personas:
    no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido;
    no desoye la plegaria del huérfano, ni a la viuda, cuando expone su queja.
    El que rinde el culto que agrada al Señor, es aceptado, y su plegaria llega hasta las nubes.
    La súplica del humilde atraviesa las nubes y mientras no llega a su destino, él no se consuela:
    no desiste hasta que el Altísimo interviene, para juzgar a los justos y hacerles justicia.

    Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 4,6-8.16-18.
    Querido hermano:
    Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima:
    he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe.
    Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación.
    Cuando hice mi primera defensa, nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron. ¡Ojalá que no les sea tenido en cuenta!
    Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas, para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio y llegara a oídos de todos los paganos. Así fui librado de la boca del león.
    El Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial. ¡A él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

    Evangelio según San Lucas 18,9-14.
    Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:
    “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano.
    El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.
    Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’.
    En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’.
    Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia
    3º sermón para la Anunciación. 9-10

    “El publicano… ni tan sólo se atrevía a levantar los ojos al cielo”

    ¿Cuál es el vaso en el que la gracia se derrama con preferencia? Si la confianza es para recibir la misericordia, y la paciencia para acoger la justicia, ¿cuál es el recipiente que podemos proponer que sea apto para recibir la gracia? Se trata de un bálsamo muy puro y necesita un recipiente muy sólido. Ahora bien ¿qué hay de más puro y de más sólido que la humildad de corazón? Es por eso que Dios “da su gracia a los humildes” (St 4,6); es justamente por ello que “pone su mirada en la humildad de su esclava” (Lc 1,48). Y es justo, porque un corazón humilde no se deja ocupar por el mérito humano, y por ello la plenitud de la gracia puede derramarse aún más libremente…

    ¿Habéis observado al fariseo orando? No era ni ladrón, ni injusto, ni adúltero. No descuidaba tampoco la penitencia. Ayunaba dos veces por semana, daba el diezmo de todo lo que poseía… Pero no estaba vacío de sí mismo, no se había despojado de sí mismo (Flp 2,7), no era humilde, sino, al contrario, engreído. En efecto, no estaba preocupado por saber lo que todavía le faltaba, sino que exageró su mérito; no estaba lleno, sino hinchado. Se marchó vacío por haber simulado la plenitud. El publicano, por el contrario, porque se humilló a sí mismo y tuvo cuidado de presentarse como un recipiente vacío, se pudo llevar una gracia tanto más abundante.

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    Publicado por Anónimo | 23 octubre, 2016, 05:47
  3. La soberbia es desastre

    Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

    Lc 18,9-14.- Jesús cuenta una parábola conocida como “el fariseo y el publicano”, donde se da el caso de dos hombres que van al templo para orar, es decir, los dos buscan entrar en comunión con Dios y Jesús analiza la actitud interior de cada uno de ellos.

    Esta situación toca directamente nuestra realidad, pues también nosotros vamos a la iglesia, y hacemos varias cosas de carácter religioso y espiritual.

    El fariseo es el ejemplo de la autosuficiencia, porque juzgaba que con una fría observancia de las prescripciones y de los rituales Dios le debía algo, es más, le estaba obligado a pagar, por causa de sus “buenas obras”. Es soberbio y se pone delante del Señor para enumerar sus virtudes. Él no va al templo para agradecer, ni tampoco para aprender más sobre la voluntad del Señor, pues estima que ya conoce bien los mandamientos y es digno de todas las gracias, o sea, las bendiciones de Dios no son por Su amor generoso, sino una “paga” a la cual él tiene derecho.

    Asimismo, comparándose con los demás, les despreciaba, ya que no eran tan “perfectos” cuanto él, porque no cumplían los requisitos externos de su religión. El fariseo se comparaba con el publicano y, lo que es peor, se ponía como su juez.

    Es lamentable cuando nos comparamos con los otros, pues, prácticamente, siempre terminamos mal. Podemos hacer solamente dos comparaciones inteligentes: la primera es compararnos con Jesucristo, pues él es el Camino y el ejemplo del nuevo ser humano, libre ya de las vanidades y del egoísmo. La segunda comparación es uno conmigo mismo, analizando sus actitudes actuales y las de un año atrás: ¿soy más comprensivo y disponible? ¿sigo un cascarrabias empedernido?

    Por otro lado, el publicano, que era un cobrador de impuestos coimero y deshonesto, reconoce su maldad, se mantiene a distancia y exclamaba compungido: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador”.

    Es humilde, confiesa su limitación, y en este caso, también sus pecados, pero con una característica importante: confía en la misericordia de Dios, que le concede iluminación para cambiar de vida y no seguir con estos valores negativos.

    El desenlace es completamente opuesto: el publicano entró en el templo como pecador y salió aplaudido por el Señor, en cuanto el fariseo entró, supuestamente, como triunfador, y salió de manos vacías o, se preferimos decir: uno se volvió más amigo de Dios y el otro más socio del diablo.

    La manía de grandeza destruye muchas cosas lindas de la vida.

    Paz y bien.

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    Publicado por Anónimo | 23 octubre, 2016, 05:46

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