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Conflictos de interés de Donald Trump

De todas las razones para preocuparse sobre la política exterior de un potencial gobierno de Donald Trump, aparte de su personalidad errática e impulsiva, una de las más inquietantes sería los conflictos de intereses que tendría el candidato republicano por sus inversiones en muchos países, y sus deudas a bancos extranjeros.
Es cierto que hay muchos otros motivos de preocupación, como el hecho de que Trump sería un presidente ideal para los terroristas del Estado Islámico, ya que uniría a todo el mundo musulmán en contra de Estados Unidos. Pero el problema más inmediato sería que Trump podría ser objeto de más presiones y chantajes externos que ningún otro presidente en la historia reciente de Estados Unidos.

Esto se debe a que, a diferencia de sus antecesores en las últimas cinco décadas, Trump dice que de ser electo no creará un fideicomiso ciego para administrar su fortuna. En su lugar, Trump dice que si es electo, entregaría el manejo de su imperio empresarial a sus hijos, como si impidiera que los 22 países en los que tiene hoteles, campos de golf y otras inversiones pudieran influir en la Casa Blanca o usar sus vínculos comerciales para pedir favores especiales.

“Voy a tener mis hijos y ejecutivos administrando la empresa, y no voy a hablar [de negocios] con ellos”, dijo Trump a Fox News el 15 de septiembre. ¿En serio? ¿Se supone que debemos creerle que durante los cuatro años de su potencial presidencia no hablaría de negocios con sus hijos que están entre sus más cercanos asesores políticos?

Lo que es peor, Trump es el primer candidato presidencial en muchas décadas que se niega a mostrar sus declaraciones de impuestos, alegando la falsa excusa de que está siendo auditado. Sabemos mucho más sobre las finanzas de Hillary Clinton y de la Fundación Clinton, que sobre las de Trump.

La negativa de Trump a dar a conocer su declaración de impuestos nos deja a oscuras sobre el monto de su verdadera fortuna, y sobre todos los países y gobiernos extranjeros con los que Trump está haciendo negocios.

La semana pasada, un grupo de 50 exfuncionarios de política exterior demócratas y republicanos dieron a conocer una carta expresando su preocupación por el hecho de que “Donald Trump aún no ha revelado al público estadounidense sus relaciones de negocios internacionales, en momentos en que es cada vez más claro que sus vínculos en el extranjero podrían constituir importantes conflictos de interés”.

Cuando leí esa carta, no pude evitar pensar en algunas de las recientes declaraciones de Trump sobre política exterior.

¿Podría ser que Trump dijo recientemente que él tiene “nada más que elogios” para el presidente autoritario de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, porque la Organización Trump inauguró el complejo de edificios de US$ 400 millones Trump Towers Istanbul en ese país hace cuatro años?

¿Podría ser que Trump alaba constantemente al autócrata ruso Vladímir Putin porque oligarcas rusos cercanos al gobierno de Putin podrían estar entre sus mejores clientes de bienes raíces? (Donald Trump Jr., el hijo de Trump, dijo en el 2008 que “los rusos forman una sección bastante desproporcionada de muchos de nuestros activos”, y que “vemos un montón de dinero que viene de Rusia”, según reportó The Washington Post).

¿Podría ser que Trump tiene un rencor personal contra México, y está proponiendo erigir un muro en la frontera, porque su proyecto de tres torres de lujo Trump Ocean Resort Baja México en ese país fue un fracaso monumental? (El proyecto se detuvo en 2009, dos años después de comenzar, dejando una larga estela de demandas judiciales).

Mi opinión: Es cierto que estas son tan solo preguntas, que pueden o no indicar que existen motivaciones financieras personales detrás de las posturas de la política exterior de Trump.

Pero si Trump quiere que dejemos de hablar de este problema —en lugar de insultar nuestra inteligencia diciendo que cortaría sus vínculos con su imperio de negocios dejando que sus hijos lo administren— debe dar a conocer cuanto antes sus declaraciones de impuestos, y comprometerse a crear un fideicomiso ciego para manejar su fortuna.

De lo contrario, si gana, nunca sabremos si Trump está trabajando para el país, o para sí mismo.

Por Andrés Oppenheimer

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “Conflictos de interés de Donald Trump

  1. Trump reavivaría el sentimiento anti Estados Unidos en América Latina

    Por Andrés Oppenheimer

    A juzgar por lo que me dijeron varios presidentes latinoamericanos en entrevistas recientes, creo que una potencial victoria de Donald Trump en las elecciones del 8 de noviembre enfriaría las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica, y empujaría incluso a los presidentes más proestadounidenses a tomar distancia de Washington.

    Pocos presidentes latinoamericanos, incluso los más cercanos a Estados Unidos, arriesgarían su capital político poniéndose en contra del sentimiento generalizado –y muy justificado– contra Trump en sus respectivos países.

    En una entrevista llevada en el palacio presidencial de Argentina, el presidente Mauricio Macri –un empresario de centro derecha que está tratando de alejar a su país de las desastrosas políticas populistas y antiestadounidense de su predecesora Cristina Fernández de Kirchner– me dijo que “sentimos mayor cercanía” con la candidata demócrata Hillary Clinton en la campaña presidencial de EE.UU.

    “En términos de seguir intensificando las relaciones, nos hace sentir más cómodos frente a un discurso bastante aislacionista que ha tenido el candidato Donald Trump, la posibilidad de continuar trabajando con Hillary Clinton”, me dijo Macri. Agregó que Argentina trabajaría y cooperaría con quienquiera que salga electo en Estados Unidos.

    Días antes, el presidente peruano Pedro Pablo Kuczynski, quien fue por muchos años ciudadano estadounidense y trabajó en Nueva York y Miami, me dijo que le parece “desafortunado” que Trump proponga construir un muro en la frontera.

    “Proponer que se haga una muralla sobre los 3.000 kilómetros de frontera y luego se diga que México tiene que pagar la muralla es escandaloso”, dijo Kuczynski.

    Cuando le pregunté si le preocupa la posibilidad de que gane Trump, Kuczynski dijo: “Sin duda, preocupa. Pero preocupa sobre todo la idea de proteccionismo, de romper acuerdos de comercio que han sido favorables para ambos”. Agregó que el argumento de Trump de que el libre comercio está acabando con empleos industriales en Estados Unidos es “completamente falso”, porque “lo que está ocurriendo en todo el mundo es la robotización de la industria. Eso es lo que está pasando”.

    El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, me había dicho en una entrevista el 9 de setiembre: “Yo no voy a entrar a criticar a ninguno de los dos candidatos. Lo que le puedo decir es que soy muy amigo de Hillary. Ella nos ayudó mucho como Secretaria de Estado. La conozco muy bien. Se que nos va a seguir apoyando”.

    Cuando le pregunté sobre la postura de Trump contra el libre comercio, Santos dijo: “Pues si cierra el libre comercio está en contra de lo que nosotros creemos que es lo conveniente”. Y sobre las promesas de Trump de deportar a millones de indocumentados, Santos señaló: “Por supuesto que nosotros favorecemos una política mucho más generosa que la que Trump está aduciendo”.

    Mi opinión: Trump ha logrado unir a Latinoamérica en su contra, con sus declaraciones de que la mayoría de los indocumentados mexicanos son “criminales” y “violadores”, así como sus comentarios racistas sobre el juez de padres mexicanos Gonzalo Curiel, y sus promesas de construir un muro en la frontera y revisar los acuerdos de libre comercio.

    Es más: la fascinación de Trump por los líderes autoritarios –plasmada en sus alabanzas a los autócratas que gobiernan Rusia, Turquía y Egipto– y sus afirmaciones de que “necesitamos aliados” sin importar si respetan la democracia y los derechos humanos, es motivo de alarma en América Latina. Trump rompería con una política bipartidista de los últimos 40 años en Estados Unidos de apoyo a los derechos humanos y la democracia en la región.

    No sería descabellado suponer que una victoria de Trump podría inclinar a América Latina hacia la izquierda, e incluso unir a la región en contra de Washington.

    Si hasta los presidentes latinoamericanos más cercanos a Estados Unidos ven a Trump con preocupación, imagínense la presión interna de que serían objeto si Trump ganara las elecciones y cumpliera siquiera una pequeña parte de sus promesas electorales. Los desacreditados regímenes de Venezuela y Cuba estarían de fiesta, y podrían incluso recuperar parte de su influencia política.

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    Publicado por Anónimo | 5 octubre, 2016, 07:03
  2. El estadista y el empresario

    Por Carlos Alberto Montaner

    El leit motiv de Donald Trump es ganar. Para él la realidad está hecha de múltiples competencias. Necesita fabricar el edificio más alto, conquistar a la mujer más hermosa, llevar a cabo el mejor negocio de bienes raíces, presidir el país más poderoso de la tierra con el objeto de restaurar su supuesta grandeza perdida por la descuidada incuria de los políticos.

    Su frase emblemática es “you are fired”, (¡está despedido!). A Trump nadie lo ha acusado nunca de ser una persona compasiva. En su universo sin piedad no hay espacio para los “perdedores”, ni simpatías con el hombre pequeñito que canta en la ducha, las señoras obesas o la gente fea, grupos, por cierto, que constituyen la mayoría del censo en todos los países del planeta.

    El mundo, según Trump, es de quienes dominan la estrategia de la negociación. Los libros que firma, los programas de televisión que realiza, están basados en esa premisa. Su talento depende de la capacidad que tiene de cerrar buenos negocios.

    No obstante, se equivoca cuando lleva su lógica personal y empresarial a las funciones públicas. Se gobierna para todos, feos y hermosos, incluyendo los hombres pequeñitos, las señoras obesas y la gente con la salud destartalada.

    El objetivo de los acuerdos públicos no es exprimir hasta el último céntimo al contrincante, porque ni siquiera es verdad que sean adversarios, sino lograr la mayor cuota de felicidad posible para la mayor cantidad de gente, siempre dentro de los márgenes de la ley.

    Pero cuando se trata de gobernar Estados Unidos la responsabilidad es aún mayor. Desde 1944, víspera del fin de la II Guerra, F. D. Roosevelt, en Bretton Woods, asumió que EE.UU. se convertiría en la primera potencia del planeta al terminar el conflicto y comenzó a ensayar el rol de gran eje del equilibrio planetario.

    Algo había que hacer para evitar los descalabros económicos internacionales y las crisis políticas que desembocan en guerras. De ahí salieron el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el dólar como divisa internacional y la decisión de apoyar la creación de Naciones Unidas como un foro que acaso evitaría que la sangre llegara al río cuando se encendían las pasiones.

    Harry S. Truman, convertido en presidente tras la muerte de FDR, continuó la misma línea de razonamiento. Creó la OTAN, el Plan Marshall, la CIA, la OEA, y en el trayecto impidió que Corea del Sur fuera engullida por el manicomio agresivo inaugurado por Kim il-Sung, fundador de esa detestable dinastía.

    ¿Tiene razón Trump cuando supone que Estados Unidos es víctima de su incapacidad para firmar acuerdos convenientes? No la tiene. Con todos sus defectos, mezquindades y contradicciones, con sus debilidades y grandezas, Estados Unidos continúa siendo en el 2016 lo que comenzó a ser en 1945, hace 71 años: el único centro de estabilidad del planeta. El mundo sería un lugar bastante peor y mucho más peligroso si no existiera.

    Ese rol, aunque le conviene, le cuesta. Ser cabeza de familia cuesta plata. Sin embargo, Estados Unidos no sólo gana cuando sus intereses materiales son satisfechos. Gana cada año en que aumentan las naciones que se acogen al modelo norteamericano de organizar el gobierno, o la educación, o la salud. Gana cuando la estabilidad planetaria acelera la multiplicación de las transacciones económicas.

    En el verano de 1948, tras el anuncio del Plan Marshall para la reconstrucción de Europa, según una historia apócrifa, muy creíble, un periodista le preguntó al presidente Harry Truman cómo era posible que una parte sustancial de los trece mil millones asignados fuera a parar a los bolsillos de alemanes e italianos, dos países que habían causado la guerra y la pérdida de millones de vidas.

    Truman, hombre dominado por un avasallante sentido común, respondió:

    – Esa cifra es infinitamente más pequeña que la que saldría de librar una nueva guerra.

    Truman sabía que contablemente el dinero entregado al Plan Marshall o la OTAN iba a la cuenta de gastos, pero también sabía que era una inversión clave en el capítulo del mantenimiento de la paz. En ese momento ya se conocía que la II Guerra mundial le había costado a Estados Unidos 341 mil millones de dólares o el 35% del PIB nacional de aquella época.

    Tal vez el señor Trump no lo entienda, porque su cerebro no es el de un estadista, sino el de un empresario empeñado en ganar a cualquier costo, pero el bottom line de cualquier operación encabezada por Estados Unidos va mucho más allá del resultado económico inmediato. Ser la cabeza del planeta tiene un costo y tiene beneficios, pero no son los que él supone.

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    Publicado por Anónimo | 3 octubre, 2016, 06:06
  3. Niño Donald, siéntese y aprenda
    Por DIEGO FONSECA

    No puedes ocultar quién eres.

    Durante la primaria del Partido Republicano, Donald Trump fue el bully del aula. “Liar Ted!”, “Little Marco!”, “Low Energy Jeb!”. “¡Miren esa cara!”, dijo de la candidata Carly Fiorina. “¿Pueden imaginar esa, la cara de nuestro próximo presidente?”.

    Trump mostró a los medios del mundo que un narcisista fanfarrón puede competir por la presidencia de la nación más poderosa del planeta sostenido por el festejo casi incondicional de una masa fervorosa. Arrastró el debate a una vocinglería propia de jovenzuelos inmaduros, una pandilla de pendencieros capaz de desafiar toda convención y norma, sentido común o derecho ajeno. Incluso ante la pobreza conceptual de sus oponentes republicanos, Trump jamás exhibió grandes ideas y prefirió provocar, mentir, insultar.

    Pero, un día, conoció a la directora del instituto.

    La noche del primer debate presidencial, Hillary Clinton puso en línea a Trump como una maestra encara al peor estudiante de la clase, en uno de los exámenes que determinarán si puede no ya egresar con algún honor sino al menos hacerlo con la calificación mínima.

    Clinton presentó políticas en cada tema de la noche —desde comercio a raza, creación de empleo y crecimiento de la economía—, mientras Trump se refugió en la miseria de los camorreros: sacar al otro de quicio y patearlo cuando está en el piso. Trump balbuceó en comercio —en menos de cinco minutos atacó a México cinco veces y luego otras diez a China— y jamás dio precisiones sobre cómo creará empleo y atraerá millones de dólares expatriados a Estados Unidos. Fue errático en política exterior, frívolo en materia racial y peligrosamente incompetente en asuntos nucleares. Tropezó y desvarió.

    Clinton pronto notó que Trump no sería mayor adversario. No iban cinco minutos y ya había sugerido que no era sino un malcriado crecido con dinero del padre interesado en beneficiar a otros tan ricos como él. Trump intentó llevar el juego al terreno del estudiante irrespetuoso dueño del aula e interrumpió a Clinton decenas de veces durante todo el debate. La mayor parte de ellas Clinton no cayó en la trampa. Mantuvo la compostura y siguió con su discurso, de modo que antes de alcanzar la cota de los diez minutos Trump bufaba y gesticulaba incómodo. Inquieto y fuera de control, mordió cada anzuelo. Su boca se frunció en una O pronunciada, como muestran los peces que respiran con problemas.

    Desde el primer debate presidencial, la imagen juega un rol central en las elecciones. En 1960, un descansado, bronceado y juvenil John F. Kennedy se floreó ante un agobiado y sudoroso Richard Nixon y arrasó en la preferencia de los electores. Los debates son un delicado equilibrio entre conocimiento, composición de personaje y show, pero la integración de esa fórmula es imprecisa. Este lunes, Trump se vanaglorió de cuán rico es, una afirmación que en 2012 habría hundido aún más a Mitt Romney frente a Barack Obama.

    Anoche Trump perdió tanto en compostura como en sabiduría mientras Clinton jamás abandonó el control de la sala. A medida que pasó el tiempo, la sonrisa de Clinton salió casi sin esfuerzo, relajó el cuerpo y avanzó con aplomo. En una oportunidad, ya sobre el final, Trump procuró atacarla por su aparente falta de energía para dirigir la política exterior, pero ella lo reconvino con un recorrido por su experiencia diplomática. Cuando Trump quiso argumentar ya era tarde; ella fue por todo y le recordó su rapacidad misógina. Sus críticas le resultaban inocuas.

    A lo largo de la noche, Trump fue un irresponsable en sentido estricto: jamás tuvo un papel juicioso. No asumió que discriminó a afroamericanos ni a una Miss Universo, minimizó haber sido demandado y se quejó de ser auditado demasiadas veces. Un solo intercambio pudo definir su calidad moral para siempre. Clinton lo acusó de no pagar impuestos federales por años y él procuró apostillarla con engreimiento —“Eso es ser listo”—, pero ella captó la frase como las maestras que escuchan con oídos en la espalda mientras escriben en la pizarra, y le devolvió la respuesta sin siquiera mirarlo: si así es un tipo listo, entonces él no habría apoyado jamás a maestros, policías y millones de personas que dependen de esos fondos.

    Trump fue menos infantil, hormonal y propenso a las bravatas que durante los debates del GOP, y aún menos que en campaña, cuando nadie puede rebatirle, pero el hombre que proclama que instaurará la ley y el orden se encontró durante todo el debate con que la ley y el orden eran encarnadas por la firmeza y aparente calma de Clinton. Trump no sabe nunca de qué habla y Clinton sabe demasiado bien qué se juega en la Casa Blanca: “Donald”, le dijo Hillary, “tú vives en tu propia realidad”.

    La próxima lección para Trump será en el debate del 9 de octubre. En el primer debate la razón demócrata acorraló al delirio republicano. Las malas calificaciones de Trump podrían reflejarse en las encuestas inmediatas. Pero en una carrera donde la fe ha predominado sobre la inteligencia, es difícil saber si la lección de Clinton se traducirá en que el público hará a un lado de una vez el espíritu “yo-creo-lo-que-se-me-ocurra”.

    Al final de la noche, los Clinton se abrazaban y saludaban a los asistentes al debate mientras los Trump se reunían en el escenario, sonriendo entre dientes y con cara de tragar amargura. Se fueron solos y pronto, como si entendieran que era mejor desvanecerse. Mientras lo hacían, Hillary Clinton seguía repartiendo sonrisas, pródiga y firme. La maestra resultó más inteligente, compuesta y popular que el chico que aún se cree el más listo de la clase.

    Diego Fonseca es escritor argentino que actualmente vive en Phoenix y Washington. Es autor de “Hamsters” y editor de “Sam no es mi tío” y “Crecer a golpes”.

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    Publicado por Anónimo | 29 septiembre, 2016, 20:33
  4. Los momentos clave del agitado debate entre Clinton y Trump
    Por THE NEW YORK TIMES

    La confrontación que muchos esperaban el lunes en la noche durante el debate presidencial entre Donald Trump y Hillary Clinton no se hizo esperar.

    Fue un encuentro en el que los candidatos se enfrentaron por temas como la guerra de Irak, las declaraciones de impuestos y el uso de un servidor privado de correos electrónicos. Trump demostró su impaciencia y poca experiencia política cuando Clinton lo presionó por sus denigrantes declaraciones sobre las mujeres y el presidente Barack Obama.

    El republicano interrumpió constantemente a Clinton y a veces habló durante el tiempo que le correspondía a ella durante el largo debate de 90 minutos. Seguramente sus ataques le agradaron a su base republicana, pero pudieron haber sido desagradables para las mujeres y los votantes indecisos.

    Aquí reunimos los momentos más candentes del intercambio entre los candidatos a la presidencia de Estados Unidos:

    Discusión sobre raza

    – Clinton usó dos veces la palabra “racista” para describir el comportamiento de Trump cuando señaló que en el pasado su empresa había sido demandada por negarse a alquilarle propiedades a inquilinos de raza negra.

    – Clinton también reprendió duramente a Trump por apoyar la “mentira racista” de que el presidente Obama no nació en Estados Unidos.

    – Trump lució confundido al defenderse por sus ataques a Obama, y en varios momentos criticó a Clinton por no presionar al actual presidente para que divulgara su certificado de nacimiento durante la campaña presidencial de 2008. “Ella falló cuando no consiguió el certificado de nacimiento”, dijo. “Cuando me involucré, no fallé”.

    – Cuando se le preguntó si creía que los agentes de policía tenían un comportamiento sesgado en contra de los estadounidenses de raza negra, Clinton sugirió que todos eran susceptibles de tener ese sesgo. “Creo que, por desgracia, muchos de los ciudadanos de este país tienen ideas preconcebidas sobre los demás”.

    – Trump dijo que Clinton “no quiere usar un par de palabras”, ley y orden, antes de defender su polémica estrategia de registros y cateos policiales. “Los afroamericanos e hispanos están viviendo un infierno”, dijo. “Te pueden disparar al caminar por las calles”.

    Apariencia y resistencia

    – Trump volvió a decir que la demócrata no “tiene la resistencia” necesaria para ocupar la presidencia. En respuesta, Clinton enumeró algunos aspectos importantes de su mandato como secretaria de Estado y agregó: “Él trata de cambiar lo que dijo de mi apariencia a la resistencia, pero este es un hombre que ha calificado a las mujeres como cerdos y perros”.

    Irak, Estado Islámico y política internacional

    – “Donald apoyó la invasión de Irak”, recordó Clinton. “Eso ha sido probado una y otra vez”. “Incorrecto”, la contradijo Trump, quien insistió en que se había opuesto a la guerra de Irak y calificó cualquier sugerencia de lo contrario como “un disparate de los medios de comunicación”. Lester Holt, el moderador, agregó: “La historia demuestra lo contrario”.

    – La demócrata criticó a Trump por su historial de elogios hacia el presidente ruso Vladimir Putin de Rusia, lamentando que el republicano haya “invitado públicamente a Putin para que hackeara” las comunicaciones estadounidenses.

    – Después Clinton sugirió que estaba preocupada porque Trump tuviera los códigos nucleares en su poder, a lo que Trump respondió: “Ese argumento es un poco gastado”.

    – La demócrata también se burló del “plan secreto” de Trump para luchar contra el Estado islámico y dijo que no tenía una estrategia real. De igual manera trató de tranquilizar a los aliados estadounidenses garantizando que el país cumpliría con sus compromisos internacionales.

    Impuestos y transparencia

    – Trump elogió su propio temperamento y lo calificó como su mejor cualidad.

    – Al ser presionado por su negativa a divulgar sus declaraciones de impuestos, Trump volvió a repetir que se enfrenta a “una auditoría de rutina” que le impide publicar esa información. Holt señaló que las autoridades tributarias estadounidenses habían declarado que podía divulgar todo lo que quisiera. Trump dijo que estaba dispuesto a publicar sus declaraciones de impuestos, si Clinton accedía a liberar sus correos electrónicos.

    – La demócrata se preguntó si Trump “escondía algo”, antes de referirse a su decisión de usar un correo electrónico privado mientras fue secretaria de Estado. “He cometido un error al usar un correo electrónico privado”, dijo.

    – Después de que Trump defendiera sus planes para reducir los impuestos de los ricos, Clinton bromeó al decir: “Tengo la sensación de que esta noche, voy a ser culpada por todo lo que ha pasado”. A lo que Trump respondió: “¿Por qué no?”.

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    Publicado por Anónimo | 27 septiembre, 2016, 08:54

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