está leyendo ...
.

COLOMBIA ESPERANZADA

Nuestro hermoso país ha padecido por más de seis décadas una violencia de diversa índole. Desde la política de fines de los 40 en el siglo pasado, pasando por la del narcotráfico de los años 70 y 80, hasta la barbarie de la guerrilla y los paramilitares en los últimos 50 años.
Las víctimas se cuentan por millones entre los muertos, secuestrados, los desplazados y niños reclutados a la fuerza, sin distingo de clase social.

Muchas regiones arrasadas con sus aparatos productivos destruidos deja el conflicto. Frente a los violentos, el Estado colombiano actuó para proteger la población sin cejar en el empeño de fortalecer sus instituciones –luego de que se alcanzara a considerar como un Estado casi fallido a comienzos de este siglo–, especialmente a sus Fuerzas Armadas y de Policía. Ello hizo posible recuperar para el Estado el monopolio del uso de las armas y el imperio de la ley.

Siempre estuvo presente la opción de la salida negociada. Así, hubo acuerdos para terminar la violencia partidista en 1957 (Frente Nacional); para reinsertar al M19, EPL, CRS y el Quintín Lame en 1990; de sometimiento a la justicia con los carteles del narcotráfico en 1991 y para desmovilizar a los paramilitares en el 2005.

Todos esos actores, incluyendo ahora las FARC, se sentaron a negociar ante la eventualidad de una derrota a manos del Estado.

Estos acuerdos conllevaron concesiones sin desbordar la Constitución y la ley. Las amnistías, indultos y beneficios judiciales como la reducción de penas y sanciones alternativas se otorgaron en todos ellos. En los pactos con grupos guerrilleros, la participación en política, los programas asistencialistas de desarrollo rural, las concesiones en los medios de comunicación y el apoyo financiero a los movimientos políticos surgidos de los acuerdos, fueron común denominador.

Pero, ahora, con ocasión del Acuerdo Final logrado por el presidente Juan Manuel Santos con las FARC, la guerrilla más numerosa y dañina, surgen voces que tratan de desvirtuar y desacreditar el contenido del Acuerdo.

Por eso es el deber del Gobierno darle pedagogía masiva a lo acordado con las FARC, para que sea el pueblo el que finalmente decida con su voto si lo acepta o no. El presidente Santos bien hubiera podido acoger el Acuerdo e incorporarlo a nuestra legislación sin consultar ni llamar a un plebiscito, porque así lo autoriza nuestra Constitución Política. Empero, prefirió dejarlo a consideración del pueblo, hecho que tendrá lugar el próximo 2 de octubre.

En relación con el punto que trata sobre Jurisdicción Especial para la Paz, lo cierto es que no ha habido ningún Acuerdo para poner fin a un conflicto en el mundo que haya sido más debatido y consultado para lograr el mayor equilibrio entre la justicia y la paz, con las garantías de obtención de la verdad, la reparación a las víctimas y la no repetición, como asegura este.

Impunidad no es evadir la cárcel física. La impunidad es no pagar una pena ni saber qué hicieron los victimarios, así como no reparar a sus víctimas. Aún así, el beneficio de una pena alternativa consistente en libertad restringida a un lugar y trabajos comunitarios para quienes cometen los crímenes más graves y de lesa humanidad se ajusta a los cánones establecidos por la Corte Penal Internacional (CPI) mientras no sean objeto de amnistías, tal como lo dispone este Acuerdo.

Voces autorizadas, entre otras, como las del Alto Comisionado de la ONU para los DD.HH., Zeid Al Hussein y la misma Fiscal de la CPI, Fatou Bensouda, han saludado con optimismo los alcances del acuerdo con las FARC.

El respaldo que le están dando todas las naciones del mundo y los organismos internacionales al proceso, debe animarnos –a todos los colombianos– a trabajar juntos en la construcción de la paz. El Consejo de Seguridad aprobó este año, de manera rápida y unánime, dos Resoluciones que tienen que ver con la Paz en Colombia.

El acompañamiento internacional va a estar presente también en la implementación de algunos puntos del Acuerdo Final. Países y organismos multilaterales van a participar en esa etapa con apoyo técnico y recursos como una manifestación clara de que este Acuerdo está blindado y que de llegar a ser validado por el pueblo colombiano, sin duda, se verá reflejado en el fortalecimiento de la democracia, la institucionalidad del Estado y será la oportunidad para que inversionistas extranjeros sigan apostándole al crecimiento de nuestra economía.

Ahora bien, en materia de participación en política y elegibilidad lo pactado es más que razonable. Asegurarle 5 curules en Senado (el 5%) y 5 en Cámara (el 3%) únicamente durante dos periodos a las FARC no la convierte en amenaza ni asegura que seguirá manteniéndola después de que terminen los dos periodos.

Colombia ha tenido bastante experiencia al respecto, por cierto desfavorable a este tipo de beneficiarios. Dado el alto costo que ha generado esta guerra para el Estado ante el influjo de los dineros del narcotráfico en estos grupos subversivos, es mejor y menos costoso tener a los jefes de las FARC echando discursos en el Congreso, que dando bala o secuestrando.

Las 16 curules en Cámara establecidas para zonas especiales también por dos periodos, no son más que el reconocimiento a la ausencia del Estado en 16 municipios que han llevado la peor parte en el conflicto sin que hayan tenido nunca representación política. No son para las FARC ni para los partidos tradicionales, son para movimientos sociales originarios que allí se organicen, cualquiera que sea su ideología.

Por lo demás, el punto que versa sobre una reforma rural integral, que incluye mercadeo a productos campesinos, crédito barato e infraestructura y vivienda, está basado en su totalidad en la ley vigente. Esto, lo que significa, más bien, es que las FARC han aceptado que si estos programas no funcionaron en las zonas donde hacían presencia, fue en razón al fragor de la guerra irracional que desataron en contra del campesino, al que hay que resarcir ahora.

Para quienes hemos sido víctimas directas del conflicto valdrá más la pena que no vuelva a haber familias destrozadas, moral y económicamente, que una posibilidad lejana e incierta de ver reducidos por la vía de las armas a los que nos arrebataron nuestros seres queridos, mientras siguen aumentando las víctimas y la devastación. Como dijo el propio presidente Santos, no hay acuerdo perfecto, pero este es el mejor posible.

Por Adela Maestre Cuello

(*) Embajadora de Colombia en Paraguay

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

30 comentarios en “COLOMBIA ESPERANZADA

  1. Ecos de Colombia

    El ya ampliamente discutido “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, firmado por el Gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), despierta ecos inquietantes en el Paraguay.
    El ya ampliamente discutido “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, firmado por el Gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), despierta ecos inquietantes en el Paraguay. Si repasamos el copioso texto contenido en 297 páginas encontraremos que se trata prácticamente de una nueva constitución para Colombia o, por lo menos, de un contrato social que pone casi en fojas cero el armado republicano de ese país. Aunque este no es nuestro tema, ya que el futuro institucional de Colombia es materia privativa de los colombianos, sí nos llama la atención el primero de los puntos iniciales del documento, el que trata del tema agrario, la distribución de la tierra y el futuro del desarrollo rural del hermano país. Tomamos dos párrafos del acuerdo en donde se dice, a la letra: “Regularización de la propiedad: es decir, lucha contra la ilegalidad en la posesión y propiedad de la tierra y garantía de los derechos de los hombres y las mujeres que son los legítimos poseedores y dueños, de manera que no se vuelva a acudir a la violencia para resolver los conflictos relacionados con la tierra”. Más adelante, el instrumento firmado en La Habana dispone “crear un sistema general de información catastral, integral y multipropósito, que en un plazo máximo de 7 años concrete la formación y actualización del catastro rural, vincule el registro de inmuebles rurales y se ejecute en el marco de la autonomía municipal”.

    Como exposición de intenciones, el documento es –para usar el término preferido de uno de los firmantes-, hasta si se quiere revolucionario. No solo se fija como meta regularizar la posesión de la tierra con equidad social y de género sino que además plantea devolver a los municipios su autoridad en la materia. La síntesis de este capítulo expresa: “Reforma Rural Integral, que contribuirá a la transformación estructural del campo, cerrando las brechas entre el campo y la ciudad y creando condiciones de bienestar y buen vivir para la población rural. La “Reforma Rural Integral” debe integrar las regiones, contribuir a erradicar la pobreza, promover la igualdad y asegurar el pleno disfrute de los derechos de la ciudadanía”.

    Que los colombianos logren o no este objetivo se verá con el paso del tiempo. Pero de algo parecen estar convencidos, gobierno y guerrilla: que a la tierra no se accede, al menos en forma duradera, por métodos violentos. Que se debe llegar a ella por el imperio de la ley y en condiciones de equidad. Esta conclusión nos llama a la reflexión, porque esa es una asignatura pendiente también en el Paraguay. Después de casi un siglo de intentos, seguimos debiéndonos un catastro rural definitivo y clarificante para que “no se vuelva a acudir a la violencia para resolver los conflictos relacionados con la tierra”, expresión que encabeza el tratado Gobierno-FARC y que nos llega como un eco desde la dolorosa experiencia de más de medio siglo de virtual guerra civil en Colombia.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 11 octubre, 2016, 09:14
  2. La morcilla envenenada

    Por Jesús Ruiz Nestosa

    Los referendos han terminado siendo, con mucha frecuencia, una verdadera morcilla envenenada que finalmente es servida en el plato de quienes los convocaron. Si no es así, pregúntenle a los alemanes quienes en un referéndum llevaron al poder a un tal Adolfo Hitler, cuya historia y final todos conocemos muy bien. Y lo lamentamos.

    Algo parecido acaba de sucederle al presidente colombiano, Juan Manuel Santos, con el referéndum que convocó para que su país le diera el visto bueno al Tratado de Paz que acaba de firmar con la organización criminal FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). El pueblo le dijo “No” y ahora solo le queda de consuelo el premio Nobel de la Paz.

    En mi artículo anterior me referí a la presencia del presidente Horacio Cartes en Cartagena de Indias donde asistió a un acto solemne que reunió a más de un centenar de jefes de Estado, jefes de Gobierno, embajadores, enviados especiales, monarcas europeos en el que se firmó dicho acuerdo. Decía en esa ocasión que ojalá que Cartes viera no solo los oropeles de la ceremonia, sino que además sacara consecuencias de lo que significa tener un grupo armado dentro del país, fuera de todo posible control. Cincuenta años de lucha, miles de muertos, miles de heridos, miles de lisiados para toda la vida. A esto puede conducirnos si su gobierno no se toma en serio la lucha contra ese otro grupo criminal llamado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).

    El “No” que le dijo la ciudadanía a su Tratado de Paz no se agota en este referéndum. Quedan enfrente muchas lecciones de las que debemos aprender todos, no solo los colombianos. Quienes votaron por el “No” dijeron que no es un “No” a la paz, sino un “No” al Tratado. Les parece que los guerrilleros han recibido en ese documento, favores que no se merecen. Quieren, sí, un Tratado de Paz pero que sea realmente justo y que se recuerde a las miles de víctimas.

    Es llamativo que las zonas más golpeadas por la guerrilla han votado “Sí“, mientras que las regiones más alejadas del conflicto han votado “No”. La diferencia no ha sido significativa. Lo que sí es significativo es que el presidente Santos tiene enfrente a un país que se encuentra dividido en dos, un país partido por la violencia y por el odio. ¿Se sumergirá de nuevo en la violencia? ¿Lograrán, por fin, salir de ella?

    La otra conclusión y que nos toca de cerca es que la lucha armada marxista como medio de llegar al poder para implantar su ideología ha resultado ser, en todas partes, un rotundo fracaso. Ese camino no conduce a ninguna parte. Esto, sin entrar a considerar que el “comandante” de la guerrilla utiliza como nombre de batalla Timochenko, copiado tal vez de Semión Konstantínovich Timoshenko, el militar de mayor graduación ruso cuando la invasión de las tropas alemanas a la Unión Soviética. La paradoja se da en que Timochenko es un apellido de origen ucraniano, una región del planeta que se sentiría muy feliz de ver a Vladimir Putin, el reconstructor de aquella URSS, sobreviviendo en la misma chabola en que sobrevivió el escritor Aleksandr Solzhenitsyn y que retrató en su famoso libro “El archipiélago gulag”.

    El “No” también significa el mentís más sonoro que le ha dado el pueblo a quienes justificaban los horribles crímenes asegurando que estaban luchando para liberar al pueblo de la opresión del capitalismo, de las oligarquías y, cómo no, del imperialismo. Todo esto no es más que simple palabrería, ya que las víctimas de esa violencia no fueron los banqueros de Bogotá o Medellín, sino los campesinos que tratan de sobrevivir en las regiones más remotas, en condiciones muy duras. Y ahora se les pide que perdonen a sus victimarios. Días antes del referéndum, se publicaron fotografías de zonas rurales en las que muchos campesinos llevaban una camiseta con la inscripción: “Las víctimas sabemos perdonar”. ¿No es acaso lo mismo que nos toca vivir en este momento?

    Debemos convencernos de que no somos diferentes a los demás. Pertenecemos todos a la misma aldea (y no hablo de internet) donde todos experimentamos los mismos sentimientos, los mismos miedos, los mismos deseos, los mismos sueños. Miremos, pues, a nuestro alrededor y aprendamos de las experiencias ajenas. Así se evitarán muchas tragedias y muchos odios.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 10 octubre, 2016, 07:30
  3. Santos, el Nobel: ¿y ahora qué?

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

    Ganó batallas después de muerto, como se cuenta del Cid Campeador. Juan Manuel Santos obtuvo el Premio Nobel de la Paz a los cinco días de haber perdido el plebiscito en el que la mayoría de los colombianos rechazó los acuerdos suscritos con las FARC.

    ¿Qué sucedió? Probablemente, la decisión final haya sido tomada hace varias semanas por los miembros del Comité Noruego del Nobel. Se daba por seguro que Santos ganaría el plebiscito por un amplio margen y el Premio reforzaría su autoridad moral.

    El lunes 3 de octubre, cuando supieron en Oslo que Santos había fracasado, era muy tarde para revocar la selección. Ya todo estaba dispuesto y encaminado. Al fin y al cabo, el testamento de Alfred Nobel ordenaba que se galardonara a quien “más o mejor” haya luchado por la paz. De acuerdo con el veredicto de los colombianos, Santos no lo había hecho bien, pero llevaba varios años de esfuerzos.

    No obstante, la concesión del Nobel llega en un momento extraño. El presidente Santos no acaba de entender que los acuerdos de paz fueron anulados por la decisión soberana del pueblo colombiano. En el plebiscito se les preguntaba si aprobaban o rechazaban los pactos consignados en el documento de 297 páginas y, contra todo pronóstico, los rechazaron. Esos acuerdos no existen, salvo como experiencia para comenzar de cero una nueva negociación.

    Santos pudo fragmentar los pactos en diversas categorías y establecer un referéndum para que el pueblo decidiera lo que le parecía bien o mal, pero, como audaz jugador de póker que es, decidió jugárselo todo a la carta del plebiscito, convencido de que no podía perder.

    Con el objeto de triunfar, comprometió todos los recursos del Estado, dispuso ingentes sumas de dinero para propaganda, alineó tras su proyecto a figuras como el papa Francisco, al canciller norteamericano John Kerry, el rey de España Juan Carlos I, y hasta organizó una curiosa ceremonia en Cartagena en la que todos vistieron de blanco, el color de la paz, incluido “Timochenko”, el jefe máximo de las FARC, dueño de una espeluznante y violenta biografía.

    Los partidarios del NO, en cambio, apenas tuvieron recursos, pero se movieron febrilmente por medio de las redes sociales, convencidos de que, si se aprobaban los acuerdos firmados en Cartagena y en La Habana, no sobrevendría la paz, sino un esperpento totalitario como el venezolano o el cubano. Se estaban jugando el modelo de Estado. Las FARC iban a lograr por otros medios lo que no habían conseguido por las armas.

    Los acuerdos de paz suspendían la separación de poderes, anulaban el código penal, terminaban con el principio democrático de que todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, y le otorgaban graciosamente a los narcoguerrilleros, además de subsidios cuantiosos, varios escaños en el parlamento, mientras los crímenes atroces cometidos por las FARC quedaban impunes bajo el manto benévolo de una justicia transitoria que tenía todos los síntomas de convertirse en injusticia permanente.

    Por otra parte, las medidas se parecían sospechosamente a las tomadas por Hugo Chávez en Venezuela para desmontar el Estado de Derecho propio de las democracias liberales. Santos, incluso, sería dotado de una especie de “ley habilitante” que le serviría para guiar a la nueva Colombia por una senda parecida. No en balde, los asesores de las FARC, que acabaron siéndolo de todos, eran los mismos comunistas españoles que construyeron la jaula jurídica en Venezuela.

    ¿Por qué fracasó Santos con su plebiscito si lo tenía todo “atado y bien atado”? Al menos, por cinco razones: porque su popularidad es de apenas un 21%, la más baja de todos los presidentes democráticos; porque la situación económica del país es muy mala y los colombianos le pasaron la cuenta; porque el NO lo encabezaron Álvaro Uribe, el político más valorado del país, y el respetado expresidente Andrés Pastrana; por la inmensa tarea pedagógica de figuras como Fernando Londoño, Plinio Apuleyo Mendoza e Iván Duque; y porque los acuerdos, realmente, eran muy perjudiciales para el país.

    Ojalá que Santos advierta que no puede ignorar la voluntad de sus compatriotas expresada en las urnas. Recibió el Nobel de la Paz, no un permiso para hacer lo que le dé la gana.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 9 octubre, 2016, 07:17
  4. En Santos paz

    Por Marta Escurra

    Latinoamérica tiene esas cosas sorprendentes y contradictorias propias de nuestra identidad colectiva. Es así que, por ejemplo, en sus denodados esfuerzos por lograr la paz y convencer a las FARC de deponer las armas –cosa en la que particularmente era escéptica– el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, ha pasado en el lapso de un poco más de una semana de ser héroe ganador, perdedor, nuevamente ganador pero en derrota, todo junto por separado.

    Tras cuatro años de negociaciones lideradas por Cuba, Santos y el líder de las FARC, Rodrigo Londoño Echeverri (Timochenko) habían firmado el acuerdo de paz que ponía fin a más de medio siglo de guerra interna, perdonaba a los guerrilleros, les ofrecía bancas en el Congreso y un plan para los desmovilizados.

    La comunidad internacional aplaudió de pie. Punto para Santos.

    Mientras disfrutaba del logro era tiroteado ideológicamente por quienes no estaban de acuerdo con los términos del acuerdo –valga la redundancia–. Entre ellos, el expresidente Álvaro Uribe quien lideró una encendida campaña para que los colombianos votaran “No” en el plebiscito.

    Uribe y sus acólitos instaban a responder negativamente a la pregunta de la papeleta de voto que rezaba lo siguiente: “¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera?”. En apariencia, la pregunta simplificaba 50 años de guerra, la muerte de 220.000 colombianos y unos seis millones de desplazados. Santos y los siístas lo veían como única salida. Uribe, como el perdón a los criminales.

    Finalmente, el “NO” se impuso por 50,21%. Los que justificaban la negativa decían que sí querían la paz, pero no en los términos de Santos. Punto para Uribe. La derrota echó a andar la maquinaria de Santos de acercarse a los noístas e iniciar una nueva etapa de negociaciones.

    Pero Kaci Kullman Five, coordinadora del Comité Noruego del Premio Nobel sorprendía el viernes al anunciar a Santos como Premio Nobel de la Paz 2016 por “por sus decididos esfuerzos para acabar con los más de 50 años de guerra civil en el país”, imponiéndose sobre un total de 376 nominaciones. Punto para Santos.

    Los entretelones de la historia del plebiscito, incidentado por Uribe, son nada más que síntoma de la condición macondiana de Colombia y Latinoamérica. El macondismo es mucho más que una muletilla literaria. Es la radiografía de nuestras paradojas sociales. Resume la complejidad, las desigualdades y el sometimiento del pueblo a algunos líderes sedientos de vanidad que le dirán “no” a cualquier cosa potencialmente exitosa que no sea su patrimonio exclusivo así tengan que arrebatarles a otros el éxito. Así es como Santos es un perdedor local y un ganador internacional. ¿Cuál de las dos cosas es más efectiva para llegar a la ansiada paz en Colombia?

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 9 octubre, 2016, 07:03
  5. Colombia, dolor y dignidad
    08 Oct 2016

    Por Alex Noguera

    Colombia. Es el nombre que hoy para los paraguayos significa dolor. Haber perdido 0-1 por la Eliminatorias hace que toda la estantería del Mundial se incline como si fuera a caer, como un anciano sobre su bastón.

    Y es que la fiesta que convocó a miles de personas en el Defensores y a millones tras la pantalla creó una enorme frustración que exige una válvula de escape. La gente busca alivio. Unos culpan al entrenador, como si esa fuera la solución, o hacen castillos en el aire ilusionados con ganarle a un gigante como Argentina, aprovechando que no está su paladín Aquiles.

    Y sin embargo ese dolor es tan ínfimo como el del niño que hace berrinches y lloriquea porque se le rompió su juguete preferido, mientras, desde la vereda de enfrente, otro niño lo mira y se lleva la mano a la panza para calmar el requerimiento exigente del estómago vacío.

    Colombia es dolor llevado al paroxismo. Colombia vino y el jueves nos dio una lección de humildad mediante el deporte. Colombia hace unos días también enseñó al mundo la más profunda muestra de dignidad. Su pueblo expresó su voluntad a través de un plebiscito y con la frente en alto optó por seguir contra una atrocidad que se inició el 14 de mayo de 1964 con el nombre de Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia o simplemente FARC. Tras 52 años de existencia, este grupo asesino hoy cuenta con casi 17.500 integrantes, 6.700 de ellos armados.

    En más de medio siglo el pueblo colombiano sintió en carne propia la indefensión ante el obligado oprobio de este grupo criminal que transitó con el salvajismo, lucró con el narcotráfico y jugó a ser Dios con la vida de sus compatriotas.

    El gobierno del presidente Santos ofrecía dejar atrás los atentados con bombas; el asesinato de civiles, policías y militares; el secuestro por dinero o por chantaje; la siembra de minas antipersonales; la destrucción de casas y edificios.

    Pero este dolor no tiene perdón porque las bestias reclutaron menores, se cebaron con ellos, los usaron como esclavos sexuales y luego de lavarles el cerebro les dieron armas para convertirlos en uno de ellos. El dolor no tiene perdón porque esas madres sintieron cómo esos animales les arrancaron a la fuerza a sus hijos para romperlos, como ese juguete del niño que llora y hace berrinches.

    Esas madres, esos padres, esos hermanos y hermanas dijeron no a la impunidad, aunque signifique seguir en guerra. Las FARC ofrecen resarcimiento a las víctimas, ponen precio al dolor causado y es una afrenta más que cometen porque la familia y la vida no tienen precio.

    Es inútil echar margaritas a estos cerdos, ellos jamás las apreciarán. Viven en las nubes autoproclamándose libertadores, luchadores sociales, revolucionarios y creyéndose decentes, pero no pasan de ser la ralea más baja de criminales.

    En todo el mundo hay grupos que causan dolor como en Colombia. Paraguay no es la excepción. Unos dirán que acá tenemos al EPP, aunque ni se compare en poder con las FARC. Y sin embargo hay otros que viven en la nubes. No entienden. Creen que tienen la razón. Ellos son poder. Toman resoluciones que afectan las vidas de otros. Su decisión mata. Abajo, por ejemplo, las enfermeras gritan porque no quieren ser esclavas, como si los inquilinos de arriba fueran inmortales y como si nunca fueran a necesitar de una que les pase un vaso de agua en el tramo final de su vida. Desde el último piso del Palacio de Justicia esos gritos no se oyen.

    Viven en la nubes. No entienden. Creen que tienen la razón. Ellos son poder. Toman resoluciones que afectan las vidas de otros. Su decisión repercute en toda la Universidad Nacional. Afuera, los alumnos les reclaman honestidad y ellos se sienten ofendidos y se atornillan en sus cargos, ciegos y sordos, como un berrinche. Saben que su tiempo pasó y que deben dejar lugar, pero tienen miedo.

    Viven en las nubes. No entienden. Creen que tienen la razón. Ellos son poder. Toman resoluciones que afectan las vidas de otros. Con su decisión regalan dinero ajeno y luego se “arrepienten” cuando el público no aplaude las ocurrencias.

    La dignidad no tiene precio, no se compra, aunque dure 52 años. El pueblo colombiano lo sabe. Pueden arrancarle las entrañas, pero dirá no. Ese fue el mensaje del plebiscito. Es un mensaje que deben entender los que viven en las nubes. El poder, así como la vida tiene límite. Y cuando acaba, resuena la voz de la familia o de los oprimidos.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 8 octubre, 2016, 09:06
  6. uan Manuel Santos, Nobel de la Paz 2016
    08 Oct 2016

    Con gran satisfacción recibió ayer toda Latinoamérica, y especialmente Colombia, la noticia del galardón con el Nobel de la Paz concedido al presidente Juan Manuel Santos por los “esfuerzos tenaces para poner fin a la guerra civil de más de 50 años”.

    Es un reconocimiento justo a un jefe de Estado de nuestro continente que encabezó las conversaciones con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para frenar el conflicto interno armado más largo de la región.

    El premio, uno de los más altos galardones mundiales, fue anunciado a pesar del revés que tuvo el plebiscito para confirmar el tratado de paz con las FARC, en claro ejemplo de que más allá de la discusión de cómo deben darse los términos del acuerdo, lo esencial es que Colombia camina hacia un nuevo sendero en el que la paz es objetivo principal.

    “Existe un peligro real de que el proceso de paz se interrumpa y de que la guerra civil se reanude”, lo que hace “todavía más urgente el respeto del alto el fuego por las partes, encabezadas por el presidente Santos y el jefe de la guerrilla de las FARC Rodrigo Londoño”, conocido como “Timochenko”, declaró la presidenta del Comité Nobel noruego, Kaci Kullmann Five, al explicar las razones por las que la decisión fue galardonar al jefe de Estado colombiano.

    “El hecho de que una mayoría de votantes dijera no al acuerdo de paz no significa necesariamente que el proceso de paz esté muerto”, argumentó Kullmann Five. “El referéndum no era una votación a favor o en contra de la paz”, agregó, de manera explícita y certera la representante del estamento.

    Santos recibirá el preciado galardón, en Oslo, el próximo 10 de diciembre, fecha de aniversario de la muerte de su fundador, el inventor e industrial sueco Alfred Nobel (1833-1896). Será el segundo colombiano recibir un premio Nobel. El primero había sido el escritor Gabriel García Márquez, en la la rama de Literatura, en 1982.

    El año pasado, se recuerda que el Nobel de la Paz fue para el Cuarteto para el Diálogo Nacional Tunecino, actores de la sociedad civil que permitieron salvar la transición democrática en Túnez. En esta ocasión, se premia el gran deseo de terminar con un conflicto que no solo ha afectado a Colombia, sino a países de la región, incluido Paraguay con la aparición de conexiones del grupo guerrillero con algunos sectores radicalizados del país.

    Santos, al agradecer la distinción, dijo que dedicaba el galardón a los millones de víctimas del conflicto armado en Colombia. En un breve mensaje, el mandatario expresó: “Colombianos, este premio es de ustedes. Es por las víctimas –y para que no haya una sola víctima más, un solo muerto más– que debemos reconciliarnos y unirnos para culminar este proceso, y comenzar a construir una paz estable y duradera”.

    El Premio Nobel de la Paz, además de ser considerado una distinción por el esfuerzo para lograr esa ansiada paz en todos los rincones del mundo, debe ser también un llamado a la reflexión, desde el punto de vista de la situación de la región.

    Si Latinoamérica cuenta con un galardonado en el área de la Paz debe ser entendida de que no solo existe a quién galardonar, sino también que hay o hubo detrás un grave conflicto. Es decir, Latinoamérica no tendría un premio Nobel de la Paz si no existieran conflictos graves como el que vivió Colombia.

    Hoy debemos destacar el merecido galardón que recibe Santos, por su compromiso, por su esfuerzo de lograr la paz en su querida Colombia. Pero a la vez, las naciones de esta parte del mundo deben analizar el momento que se está viviendo, para acabar con todos los conflictos que puedan generar inestabilidad, muerte y luto.

    El presidente Santos ha mostrado el camino que deben tomar los países que requieren de paz. Lo hizo siendo paciente, persistente, con un gran compromiso, mostrándose abierto al diálogo y con un enorme amor a su país. Rescatamos una frase que usó durante sus primeras palabras tras el anuncio del galardón que resume todo el esfuerzo que pone desde hace años: “Gracias a Dios, la paz está cerca. La paz es posible”. Más que un premio, Santos está logrando lo que siempre buscó: la paz colombiana.

    ¡Congratulaciones para Juan Manuel Santos, premio Nobel de la Paz 2016!

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 8 octubre, 2016, 09:01
  7. Ay, Colombia, ¿quién te entiende?
    Por Alfredo Boccia

    Lo de Colombia suena difícil de creer. Luego de cuatro años de complicadas negociaciones, las partes llegan a un acuerdo que podría terminar con una guerra interna de medio siglo y el país lo rechaza. Personalidades de distintos ámbitos presenciaron los fastos de la firma de la paz entre el líder de las FARC y el presidente de la República. Hasta el papa Francisco dejó entrever que iría a Colombia cuando todo estuviera sellado. El júbilo era justificado. El conflicto había costado la vida a 220.000 colombianos y una estela invaluable de sufrimientos secundarios.

    Todo culminaría con un procedimiento que no era obligatorio, pero con el que insistió el presidente Santos para revestir de legitimidad popular el proceso de negociaciones que él había dibujado en todos sus detalles. Algo salió mal. Todos querían la paz, pero el pueblo dijo no. El plebiscito era solo un paso burocrático, según las encuestas. Al parecer, había más entusiasmo internacional que verdadera voluntad de los colombianos. Lo que fue una sorpresa para el mundo, no lo fue tanto para los que viven y conocen el país. Para empezar, Colombia se nos parece: cuando no hay cargos electivos en juego la abstención es muy alta. Luego, la votación se contaminó por la manipulación de las opciones en juego. En un país históricamente polarizado, votar por el sí o por el no se convirtió en apoyar o rechazar intereses partidarios o económicos que no tenían mucho que ver con la cuestión de fondo.

    Porque no eran cuestiones de fondo las que motivaron el arsenal de críticas con las que el ex presidente Álvaro Uribe atacó los puntos débiles del acuerdo de paz. Lo esencial era impedir que el devaluado presidente Juan Manuel Santos obtuviera réditos de cara a las elecciones de 2018. Y, por otra parte, quedó claro que subsiste un fuerte resentimiento de una parte de la población contra la guerrilla. Los actos de las FARC dejaron huellas: la gente se resiste a la impunidad, a que no se les reclame que paguen indemnizaciones a sus víctimas y a que tengan curules asegurados en el Congreso. Es común leer hoy en Colombia análisis que afirman que pudo más el miedo y el odio que el perdón y la reconciliación. Aunque todos digan que están a favor de la paz. Felizmente, el no colombiano no parece ser un salto al vacío. Uribe no adoptó poses de vencedor y será protagonista de la discusión de las cláusulas de un nuevo tratado. El comandante Timochenko se comprometió a usar solo la palabra como arma de construcción de futuro y Santos fue ungido como Premio Nobel de la Paz. Una paz difícil, pero que la querida Colombia se merece. A pesar de que, a veces, sea inentendible.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 8 octubre, 2016, 08:57
  8. El “No” de los colombianos

    Por Danilo Arbilla

    En noviembre de 1970 entrevisté en Bogotá, en el Palacio San Carlos, al presidente conservador Misael Pastrana Borrrero. Con él se cerraba el ciclo de cuatro períodos presidenciales, con alternancia entre liberales y conservadores, para la afirmación institucional tras la dictadura del Gral. Gustavo Rojas Pinilla. Al final de la entrevista el presidente Pastrana me preguntó sobre la “difícil” situación que se vivía en Uruguay por la guerrilla “tupamara”. En esos momentos, y en la materia, el mayor problema de Colombia era el de los ”esmeralderos”, más que los movimientos revolucionarios o los narcotraficantes. Ni sospechaba el Presidente lo que se le venía.

    A fines del 1991 entrevisté en Bogotá al Presidente César Gaviria Trujillo, pero esta vez en el Palacio Nariño. Por esos días Pablo Emilio Escobar Gaviria, el jefe del Cartel de Medellín, ante el riesgo de ser extraditado a los EE.UU., resolvió “fugarse” de la cárcel que él mismo había construido para su alojamiento. Operaban entonces distintas bandas ilegales: narcotraficantes, dos movimientos revolucionarios de izquierda, las “autodefensas unidas de Colombia” (fuerzas paramilitares de extrema derecha) y hasta algunos esmeralderos, todavía. Pero la “guerra” era con los “narcos”.

    Un año antes había viajado a Bogotá para dar una charla a periodistas de El Espectador. Les hablé de equilibrio, de equidistancia periodística, de no involucrarse, de no tomar parte. Escobar había asesinado a su director y volado las instalaciones del diario. Me miraban como si recién hubiera llegado de la luna.

    Es difícil opinar de afuera sobre Colombia y los colombianos.

    Porque también es un hecho que, aparte de los tan mentados 50 o 60 años de guerra, Colombia hace 60 años que vive en democracia. Y democracia en serio, no de las que han pululado en los últimos años. Con violencia o no, que la han sufrido, y cómo, en Colombia religiosamente se realizan elecciones libres –todas las que marca la Constitución–, la prensa informa, con las limitaciones inevitables que puedan generar en cada caso la violencia y un “estado de guerra”, pero sin censura o interferencias gubernamentales, y rige una total autonomía e independencia entre los poderes del Estado. Pocos o casi ningún país del continente puede exhibir semejantes credenciales.

    Y en este país sus ciudadanos acaban de decir que no a una propuesta de acuerdo entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), por el cual estas renunciaban a la vía violenta a cambio de una muy amplia amnistía, una cuota de cargos públicos y subsidios varios.

    Todo fue muy bien presentado. Con la bendición de Obama y del papa Francisco, que últimamente aparecen en primera fila en todas las estampitas, más el secretario de la ONU, personalidades y jerarcas del mundo entero, revolucionarios de ayer y de hoy, algún país escandinavo que desinfecta y con La Habana como escenario (el viejo Fidel, increíblemente aparezca o no, sigue firme en las estampitas).

    A todo el mundo le pareció bien. A todo el mundo, de afuera, pero a los colombianos no. Y no importan los porcentajes. Visto todo lo “que puso” en juego el gobierno de Santos lo de los del No fue una hazaña.

    Quedó claro, asimismo, que el poder de convocatoria de Santos, aún con todo el aparato estatal y los apoyos “off shore”, ni se acerca al de Álvaro Uribe.

    Aparentemente otra vez la humildad le ganó a la arrogancia. Pero es más que eso. No se limita a darse el gusto de rebelarse, de decir “No” a los que creen que a la gente se le puede llevar de las narices. Hay más y debe verse desde más atrás.

    Ciertamente, con la asunción de Santos y la continuidad del uribismo y unas FARC en retroceso, los colombianos, hace menos de una década, veían que todo estaba dado para alcanzar una paz. Una paz justa y no tan negociada.

    El rápido giro de Santos con “su nuevo mejor amigo” Hugo Chávez, los sorprendió. Sobre todo cuando los mejores amigos de Chávez y el chavismo siempre fueron los miembros de las FARC y nunca han dejado de serlo. Puede, entonces, que los colombianos hayan visto todo este proceso de paz, con Venezuela como país garante y La Habana como sede, demasiado contaminado de bolivarianismo.

    El hecho es que unos revolucionarios casi en retirada pasaron a negociar de igual a igual con el Gobierno legítimo –fortalecido y bien posicionado– y consiguieron algo que ni en los mejores momentos hubieran soñado: impunidad, escaños, subsidios.

    Visto así lo ocurrido, es entendible que la mayoría de los colombianos se desinteresaran o que no creyeran que este acuerdo entre el gobierno de Santos y las FARC fuera efectivamente el acuerdo de paz definitivo que Colombia necesita.

    Fue una negociación muy desbalanceada, y cuando eso ocurre, es difícil pensar en acuerdos duraderos.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 8 octubre, 2016, 08:37
  9. Oscuridad
    5 de octubre, 2016
    Un cono de sombra se cierne sobre el futuro de Colombia. Un país heredero de Santander y apegado como tal a las normas decidió someter a un plebiscito el acuerdo de paz con las FARC. El resultado inesperado del rechazo por un estrecho margen y con una participación de menos del 40% de los inscritos para votar abre una serie de interrogantes sobre el conflicto en esa nación, pero por sobre todo sobre los modos para resolver los diferendos.

    La primera conclusión que se podría colegir de esos resultados es que el país está dividido en torno al tema en cuestión, pero por sobre todo por algunos de los puntos del acuerdo, especialmente aquellos que tienen que ver con la representación forzosa y forzada en el Congreso. La cuestión de las responsabilidades judiciales por actos criminales tiene algunos matices que podrían acercarse al ideal del derecho, aunque discutibles desde el ángulo de la justicia. Aunque con claridad habría que entender que estos acuerdos son siempre sujetos de discusión desde esa arista. Pasó con ETA en España y con el Sinn Fein en Irlanda, por citar solo dos casos conocidos donde los que colocaban bombas, asesinaban y quemaban se reconciliaron con la sociedad y con los familiares de los fallecidos de manera forzada, porque era mejor poner fin al conflicto que mantenerlos sine die. Aquellos también recibieron similares cuestionamientos y el acuerdo colombiano es posible que pueda percibirse más con la resistencia de una parte de ese país a un proyecto de reconciliación que ha sido madurado en la cúpula, pero no entre la población mayoritaria del país. Llama la atención que los que votaron por el Sí fueran de comunidades que padecen las consecuencias cotidianas del conflicto y que el No se impusiera en sitios donde los efectos del conflicto fueran más distantes.

    Es un triunfo pírrico de Uribe, parece más dominado por el resentimiento que por el odio. Es inconcebible que un mandatario que forzó a la negociación a las FARC, a las que debilitó en su doble mandato con un brazo operador en su ministro de Defensa y hoy presidente de su país, haya acumulado la fuerza del odio para oponerse frontalmente al acuerdo y que su tesis haya triunfado. Será sin lugar a dudas algo que proyectará en el futuro la confrontación y no permitirá discutir las causas y razones de este conflicto que tiene un origen más social, económico y político. En el fondo es probable que la resistencia al acuerdo de estos esté más llevada por esos argumentos que por razones estrictamente de justicia. Colombia se ha develado en uno de sus rostros más complejos. Es deseable siempre un territorio de paz que deba aún ser trabajado por aquel que mantiene el statu quo, postergando el desarrollo del país en su complejidad. Se escogió mantener lo conocido.

    Es ciertamente una derrota de Juan Manuel Santos, quien pareciera poner el objetivo final de la paz por encima de cualquier obstáculo que se le presente. Deberá socializar un nuevo acuerdo, convencer a su contraparte, confirmar ante los validadores internacionales su verdadero compromiso de la paz por encima de cualquier retribución que el hecho le suponga. Es miserable comprobar cómo el alma humana, guiada por el resentimiento y el odio, pone como argumento que le han sacado el Nobel de la Paz a Santos con este resultado, cuando el objeto final del mismo es infinitamente superior a cualquier vanidad personal que se interponga o se premie.

    Le queda un camino complejo. Hay varias lecciones por aprender, pero quizás la más importante es que tantos años de confrontación han consolidado en el alma de muchos la fuerza de la venganza, el odio y el resentimiento que afloraron en los últimos comicios colombianos. Entre los que no votaron y la poca diferencia que obtuvieron los del No queda la sensación agridulce de concluir que se impuso la oscuridad sobre la luz y el statu quo sobre un escenario de cambio. Una lástima.

    Benjamin Fernandez Bogado

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 5 octubre, 2016, 06:50
  10. El “No” en Colombia
    04 Oct 2016

    El resultado del plebiscito en Colombia sobre el acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) dejó sorprendido a la misma Colombia, a Latinoamérica y al mundo. Lo que parecía ser un mero “trámite”, finalmente se convirtió en una dura realidad que debe ser reflexionada profundamente por la sociedad y la clase política.

    El domingo, el “No” se impuso al pacto de paz que buscaba poner fin a 52 años de guerra interna que dejó miles de muertos y una nación enlutada. Esto, naturalmente, genera una enorme interrogante sobre lo que de ahora en más pueda pasar. La pregunta más sencilla, pero con una respuesta tan compleja, es, ¿cómo el pueblo colombiano pudo rechazar la posibilidad de ir a la paz luego de 52 años de conflicto?

    Los resultados demuestran una división de la sociedad que puede marcar de vuelta una situación conflictiva, probablemente ya no (esperemos así) armada con las FARC, pero sí en el campo político, donde las posturas están muy radicalizadas. Otra interrogante es qué postura adoptarán las propias FARC.

    El gobierno de Juan Manuel Santos dijo no tener un plan “B”, pero que seguirá intentando lograr una paz duradera, mientras que desde el otro sector, liderado por el ex presidente Álbaro Uribe, se festeja al considerar que si bien la gente quiere la paz, no está de acuerdo con dar concesiones a las FARC, como se plantea en el documento de casi 300 páginas que fue firmado hace nada más que una semana.

    “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”, rezaba la pregunta que fue realizada en el plebiscito. Lo negociado desde el 2012 en La Habana fue rechazado porque aunque más de 6 millones 300 mil personas votaron por el “Sí”, superando el umbral de 4 millones 500 mil votos requeridos para avalar el acuerdo, fueron más las adhesiones por el “No”, con más de 6 millones 400 mil, según los datos oficiales.

    Existe la intención de lograr la ansiada paz, pero por caminos diferentes. Los colombianos deberán encontrar el camino a través del consenso, para que así sea; por el bien de Colombia y por el bien de Latinoamérica.

    El más férreo opositor a esta cruzada fue el ex presidente Uribe, quien aseguró que “la paz es ilusionante, pero los textos de La Habana decepcionantes”. El “ganador” de esta consulta asegura que el acuerdo otorga impunidad a los rebeldes y encamina al país hacia el “castrochavismo” de Cuba y Venezuela. De otro lado, se afirma que “ganó el odio”, el “odio a las FARC”, como sostuvo a la AFP Jorge Restrepo, director de un centro de análisis. “Quedamos sumidos en una profunda crisis política y con unas consecuencias económicas muy negativas”, indicó.

    En este contexto, serán ahora las FARC las que tendrán que decidir si siguen con el compromiso de desmovilización y desarme, integración y el cese del fuego. Una gran interrogante.

    Cabe apuntar que el pacto con las FARC, de 297 páginas, que fue firmado frente a varios presidentes y ante la mirada de todo el mundo, buscaba terminar el principal y más antiguo conflicto armado de América, un complejo entramado de violencia entre guerrillas, paramilitares y agentes estatales, con saldo de 260 mil muertos y 6 millones 900 mil de desplazados. El acuerdo preveía que las FARC ingresarán a la política legal. Sus 5.765 combatientes, según cifras de la guerrilla, deberán concentrarse en 27 sitios para su desarme y posterior reinserción a la vida civil, un proceso de seis meses que será supervisado por las Naciones Unidas. Qué pasará ahora, es una nueva interrogante.

    Con los resultados de la consulta, de vuelta pone a Colombia en un estado de incertidumbre, lo que causará preocupación a toda la región. Aunque es prematuro aún aventurarse a decir lo que puede pasar a partir de ahora, no es menos cierto que las sombras de la confrontación que ya dejó miles de muertes y mucho dolor de nuevo ronda a ese país.

    Como se señaló en este mismo espacio hace unos días, poco antes de la firma de acuerdo de paz, el pueblo colombiano, en medio de una ilusión de lograr la verdadera paz, se encuentra en este momento en un clima de escepticismo sobre lo que puede pasar en el futuro. Con esta situación, ese escepticismo aumenta aún más. Pero lo cierto es que existe la intención de lograr la ansiada paz, pero por caminos diferentes. Los colombianos deberán encontrar el camino a través del consenso, para que así sea; por el bien de Colombia y por el bien de Latinoamérica.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 4 octubre, 2016, 07:33
  11. 2016: Cementerio de las encuestas

    Por Elías Piris
    Faltan pocos meses para que se termine un 2016 en el que literalmente pasó de todo.

    A pesar de que, por lo general, en el caluroso mes de diciembre hacemos los ya célebres “balances” del año que se despide, hoy me atrevo en estas líneas a concluir algo que acaba de reconfirmarse por sí solo este domingo en el referéndum colombiano: Evidentemente las encuestas dejaron de ser lo que eran y definitivamente los resultados de elecciones y/o consultas populares se deciden en el momento.

    Cuando el mundo pensaba que los británicos seguirían la senda de la racionalidad y que no iban a cometer la burrada de salir “así nomás” de la Unión Europea, y cuando las benditas encuestas vaticinaban un triunfo seguro de la permanencia en Zona Euro, el Brexit se convirtió en el baldazo de agua helada no solo para el viejo continente, más bien para el mundo entero.

    La decisión –cuestionada pero soberana en fin– del pueblo británico tuvo como era de esperarse sus nefastas consecuencias: Un descalabro político y económico pocas veces visto en la isla.

    En el caso del Reino Unido, se equivocaron las encuestas, pero esencialmente se equivocó el periodismo, que también jugó sus fichas a la supuesta sensatez y terminó con el rabo entre las piernas (y con el hocico partido).

    Volviendo a nuestro subcontinente, y específicamente a la tierra del buen café, después de firmar un acuerdo de paz por el cual se trabajó arduamente cuatro años, dos días atrás y nuevamente de contramano a lo que señalaban las encuestadoras más prestigiosas, el pueblo colombiano votó mayoritariamente por el “No” a la paz con la guerra de guerrillas más longeva del continente.

    El “No” se impuso gracias a un trabajo silencioso encabezado por el polémico ex mandatario Álvaro Uribe, principal actor político de la oposición.

    Para no ir tan lejos, por estas latitudes, en las últimas elecciones municipales presenciamos todos la sepultura de las famosas “bocas de urna”.

    Si nos ponemos a pensar detenidamente, también en los Estados Unidos todas las encuestas le dan como potencial ganadora a la mujer demócrata Hillary Clinton frente al magnate racista de extrema derecha Donald Trump en las elecciones de noviembre próximo.

    Yo que los estadounidenses no estaría tan confiado.

    Y usted: ¿Sigue creyendo en las encuestas?

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 4 octubre, 2016, 07:11
  12. Ver pero también aprender

    Por Jesús Ruiz Nestosa

    Asistir a la firma de la paz entre el Gobierno y la insurgencia, en Colombia, tiene que haber sido motivo de una fuerte emoción. Se estaba dando por terminada una guerra que duró un poco más de cincuenta años; cincuenta y dos, para ser precisos. Fue la guerra más larga del continente. Después de unas negociaciones largas, complicadas, en las que cualquier traspié podía hacer fracasar el esfuerzo, se logró por fin que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, más conocidas por sus iniciales FARC, aceptaran abandonar las armas para buscar por el camino de la política lo que no pudieron conseguir por el camino de la violencia. Vale decir, como tendría que haber sido desde el comienzo.

    Estuvo allí el presidente Horacio Cartes rodeado de un centenar de personalidades: jefes de Estado, jefes de Gobierno, cancilleres, embajadores, ministros, enviados especiales, algún monarca europeo, representantes de las grandes democracias occidentales y también de los otros, los totalitarios; hubiera querido decir, en realidad, los nostalgiosos, la izquierda cavernaria que todavía cree en la lucha armada para la toma del poder, ya que los primeros estaban en apoyo al Gobierno colombiano, los últimos, por sus inocultables simpatías con la guerrilla.

    Es francamente positivo que Cartes haya estado presente. Es de esperar que no solo se haya sentido emocionado por lo significativo del acto, sino también que haya aprendido algo. Lo ideal es que no solo se mire, sino que también se aprenda. La principal enseñanza es que la lucha armada como manera de llegar al poder para imponer desde allí una determinada ideología, ha fracasado siempre. Puede ser que se hayan logrado resultados momentáneos, pero a la larga naufragaron: desde el estalinismo en la extinta Unión Soviética a la famosa “revolución cultural” de Mao en China. En nuestro continente la inestable revolución cubana y una serie de movimientos armados que terminaron siempre en tragedia. Tenemos ejemplos muy cerca: Argentina con los montoneros, Uruguay con los tupamaros y Brasil también con un grupo armado del que formaba parte su destituida presidente Dilma Rousseff. La lucha armada en Colombia, en sus cincuenta y dos años de actividad continuada, le costó al país 267.000 muertos (se calcula que el 10% de estas víctimas fueron niños) además de decenas de miles de personas lisiadas a causa del enfrentamiento armado y, sobre todo, a causa de las minas que fueron enterradas en todo el territorio y que llevará años desactivarlas con el riesgo latente de que algunas de ellas seguirán cumpliendo su macabra misión.

    La prensa local se ha ocupado del Hospital Militar dedicado a atender a las víctimas del ejército y de acuerdo a las estadísticas recibían unos mil heridos por año (una media de tres a cuatro víctimas por día). Desde que cesó el fuego, atienden a no más de sesenta por año. Ello da una idea del impacto que tenía el conflicto dentro de las fuerzas militares. Y aquí no figuran los centenares de secuestros de gente inocente retenida para ser cambiada por el pago de un rescate o el canje por guerrilleros presos. Las historias se dan por miles.

    Un periodista colombiano, refiriéndose a esta firma que da por terminado el conflicto armado, escribió en un artículo publicado aquí en España: “Escuché el otro día en Bogotá que la guerra ha dado de comer a mucha gente”. Creo que a partir de nuestra experiencia, la que se está dando en la actualidad en nuestro país, la frase no necesita de comentario ni explicaciones.

    Esta referencia superficial, rápida e incompleta de lo que ha significado las FARC en la vida de Colombia es nada más que para tener en cuenta a lo que puede conducir la lucha armada de grupos criminales semejantes. Decía más arriba que ojalá que el presidente Horacio Cartes haya aprendido algo; es decir, en lo que podemos terminar en Paraguay si es que no se toma en serio la lucha contra el grupo criminal que se hace llamar Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) que no es ni ejército (es una pandilla criminal), no es del pueblo (matan tanto a militares como a campesinos) ni es paraguayo (reciben apoyo desde afuera). No hagamos realidad lo escrito por el periodista, lo de “la guerra que da de comer a mucha gente” ni mezclemos la política donde no corresponde. A Colombia le ha costado casi trescientos mil muertos. No corramos el riesgo de repetir la historia.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 3 octubre, 2016, 06:07
  13. Víctor López Moreira
    ·
    Es como que te hayan violado en forma múltiple a vos, tu familia y amigos…, y luego tengas que rendirles honores, darles el poder de gobernar tu vida, y encima pagarles mensualmente sumas millonarias, para que no te sigan violando…, o matando. Otra joyita de los hermanitos Castro al estilo AL CAPONE. Ya le exprimieron a Venezuela y ahora quieren ir a chupar la sangre del vecino; Colombia.
    RESUMEN DE LAS 297 PÁGINAS REDACTADAS EN LA HABANA, A ESPALDAS DEL PUEBLO COLOMBIANO, PARA EL YA FIRMADO ACUERDO ENTRE SANTOS Y LAS FARC
    ⭕ 10 curules 5 en senado 5 en cámara para la guerrilla sin elecciones, es decir automáticas.
    ⭕ 16 curules indirectas, corresponden a las Circunscripciones de paz… solo podrán aspirar habitantes de las zonas en poder de las FARC
    ⭕ 7 mil millones les pagaremos todos los colombianos a la guerrilla anuales por 10 años, más 620 mil a cada guerrillero desmovilizado mensual + 2 millones para gastos personales y 8 millones para cada terrorista para cualquier proyecto.
    ⭕ Cada comandante tendrá sueldo especial y así por escalafón hasta llegar al secretariado de las FARC quienes tendrán sueldo igual a los congresistas.
    ⭕ Pagaran cero cárcel por sus delitos. Ojo cero solo tienen que confesar y sin importar el tamaño del delito pagan cero.
    ⭕ Todos los guerrilleros presos serán liberados
    ⭕ Desde la aprobación del plebiscito el secretariado entrará al congreso con sueldo, con voz pero sin voto y a partir del 2018 como congresistas por dos periodos seguidos.
    ⭕ canal de televisión 24 horas para difundir sus políticas (adoctrinamiento)
    ⭕ creación de UNP especial para desmovilizados, es decir que los colombianos debemos pagar adicionalmente cuerpo de seguridad para desmovilizados con carros blindados y armas suministradas por el Estado y manipuladas por los mismos guerrilleros.
    ⭕ El negocio del narcotrafico no se acaba
    ⭕ No hay entrega de armas, habrá dejación ( todavía nadie sabe qué significa eso) hasta que se verifique si aprueban o no plebiscito.
    ⭕ No entregan ni un solo peso del dinero producido por actividades ilícitas.
    ⭕ No hay petición de perdón a los colombianos.
    ⭕ Se crea partido político de las FARC, el partido con más dinero del país, es decir posibilidades de meter presidente de la República para el 2018.
    ⭕ No se incluyó en los acuerdos la entrega de menores reclutados por las farc.
    ⭕ Este es un pequeño resumen de lo que votaremos el 2 de octubre, entre muchas otras aberraciones que nos costarán mucha $$$$$ a los colombianos
    ⭕ Aprobado el plebiscito eso sería un SI AUTOMÁTICO a reforma tributaria para conseguir recursos para pagarle a la guerrilla por su acto “generoso”
    Subir IVA
    4x 1000
    Aumenta la base gravable
    Más impuesto predial
    Más impuestos de vehículos
    Aumento en peajes
    Más impuestos y más impuestos, para pagar todo lo acordado.
    A ESTO COLOMBIA LE DICE NO

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 3 octubre, 2016, 04:41
  14. He aquí diez cuestionamientos esclarecedores:

    1.- Con el pretexto de establecer la paz, impondrá a los niños la ideología de género;

    2.- De entrada premiará a los guerrilleros con millones y con una bonificación mensual durante varios años;

    3.- Se dará a las FARC emisoras de radio para hacer propaganda del socialismo del siglo XXI;

    4.- Los crímenes de lesa humanidad quedarán impunes;

    5.- Se darán gratis a las FARC sillas en el congreso y pasarán a legislar sin haber sido votados en elecciones limpias;

    6.- Se exime a las FARC de devolver los multimillonarios dineros obtenidos por el narcotráfico, la extorsión y los secuestros;

    7.- El “acuerdo” es una norma superior a la Constitución y será inmodificable;

    8.- Las FARC han dicho que no se arrepienten y que no pedirán perdón a nadie;

    9.- El gobierno capitula y se rinde ante las FARC que ya estaban casi derrotadas por el Ejército;

    10.- En la práctica, Colombia se convertirá en una nueva Venezuela arrodillada ante Cuba.

    https://denzingerbergoglio.com/2016/10/01/la-siniestra-paz-bergogliana-el-fin-de-colombia/

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 2 octubre, 2016, 19:21
  15. La atención del mundo hoy está en Colombia
    2 octubre, 2016

    El pueblo colombiano decide hoy el tipo de país en el que quiere vivir después de 50 años de terror y sangre. Si gana el Sí a la paz entre el gobierno y las FARC, empieza un nuevo tiempo, en donde habrá posibilidades de construir un futuro más promisorio para todos los ciudadanos; si, por el contrario, el No es mayoría, nada cambiará y la zozobra y el miedo continuarán siendo moneda corriente para todos.

    El acuerdo que es puesto a consideración de la ciudadanía no es perfecto, pero es el mejor que se ha podido lograr en vista de las circunstancias y, de quedar hoy ratificado, terminará con esa guerra cruenta cuyo saldo son 300 mil muertos, 50 mil desaparecidos, 7 millones de desplazados y un listado interminable de violaciones y penurias personales.

    Es por eso que resulta inentendible la actitud de quienes se oponen a este acuerdo con el argumento de que es una especie de rendición del gobierno, sin tener en cuenta que terminar con este largo conflicto es lo más importante para la misma supervivencia del pueblo colombiano.

    Uno de los máximos opositores es el expresidente Álvaro Uribe, sospechoso e investigado por varios hechos de corrupción, en los que estarían incluidos sus colaboradores más cercanos. Justamente él, en cuyo mandato recrudeció la violencia de la guerrilla mientras el gobierno actuaba como si fuera ciego, sordo y mudo ante la realidad, es el que se atreve a criticar este acuerdo que conseguiría lo que ni Uribe ni sus predecesores pudieron conseguir, la paz; una paz constructiva y con un alto grado de dignidad, a pesar de sus detractores.

    El acuerdo de paz ya fue firmado por el presidente Juan Manuel Santos y los representantes de las FARC, pero el jefe de Estado ha planteado el plebiscito para que la última palabra la tuviera el pueblo colombiano, de manera a dar garantía absoluta de legalidad y legitimidad al acto.

    De las miles de víctimas de la violencia que han podido sobrevivir, algunos apuestan fuertemente al acuerdo de paz y votarán hoy por el Sí. Otros, sienten que con este acuerdo la guerrilla se sale con la suya y varios asesinos quedarían impunes, así que se inclinarán por el No.

    Como hemos dicho más arriba, no es un acuerdo perfecto, como muy pocos lo son. Es cierto que el gobierno ha tenido que transigir en algunos puntos, a cambio de que su población pueda desprenderse del miedo con el que ha vivido el último medio siglo y pueda mirar al futuro con optimismo.

    Nadie en su sano juicio podría cuestionar esto. El bienestar de miles de personas siempre es suficiente argumento para negociar y llegar a acuerdos, aunque por el camino haya que transigir algunas cuestiones que durante la guerra han sido fundamentales. Nadie consigue la paz sin hacer renunciamientos. Y esto es algo que debería haber aprendido Uribe, quien parece más alguien molesto por no haber sido el protagonista de este momento cumbre en la historia colombiana, que un analista serio y objetivo de los hechos.

    Y tiene razón en estar molesto. Santos pasará a la historia por haber conseguido la paz a su atribulado país; si Uribe es recordado por las generaciones futuras, será por haber tenido uno de los gobiernos más corruptos de la historia colombiana.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 2 octubre, 2016, 15:01
  16. La importancia de votar No en Colombia
    Por MARTA LUCÍA RAMÍREZ

    El 4 de febrero de 2008 ocurrió la manifestación pública más multitudinaria en la historia de Colombia. Miles de ciudadanos, tradicionalmente apáticos, salieron a las calles espontáneamente para protestar por los continuos secuestros y crueldad de la guerrilla de las Farc, la reciente masacre de once diputados del departamento del Valle luego de cinco años de cautiverio y la frustración por las demoras de la Operación Emmanuel, en la cual serían liberadas Clara Rojas y su hijo. El mensaje fue uno solo: “No más Farc”, y reveló la unión de los colombianos para condenar la violación de los derechos humanos por el grupo guerrillero.

    En 2012, el gobierno de Juan Manuel Santos comenzó las negociaciones con las Farc y tras cuatro años de diálogo, el acuerdo firmado para reintegrar a 7000 guerrilleros ha polarizado por completo a nuestra sociedad de 46 millones de colombianos y ha generado una atmósfera de división e intolerancia.

    Esta división comenzó durante la campaña presidencial de 2014, cuando el gobierno de Santos, quien buscaba su reelección, se apropió de la bandera de la paz con un mensaje engañoso: los que estaban a favor de la paz apoyaban la reelección de Santos y quienes competían contra él, eran amigos de la guerra. Ahora, al final de la negociación, el gobierno vuelve a usar la misma estrategia: los amigos de la paz apoyan el acuerdo y son enemigos de la paz quienes tienen críticas.

    Es evidente que tras 50 años de muertes, masacres, secuestros, reclutamiento de menores, terrorismo, narcotráfico y millones de desplazados, el pueblo colombiano anhela la paz. Todos estamos a favor de la paz, pero no todos estamos a favor de un acuerdo que, para terminar el conflicto con las Farc, debilita nuestras instituciones y el Estado de derecho, y que permite que crímenes de lesa humanidad queden sin una condena adecuada y que los responsables entren a la política, con riesgos para el futuro de nuestra democracia.

    El acuerdo tiene apoyo internacional y de varios sectores nacionales, por el enunciado ambicioso de sus capítulos y gracias a avances indiscutibles en los capítulos de desarrollo del campo colombiano, fin del narcotráfico, desmovilización y entrega de armas y participación política de las Farc. Sin embargo, el texto final muestra un desbalance preocupante, puesto que las Farc obtienen la mayor parte de los beneficios con muy pocas obligaciones a su cargo, mientras que el gobierno, en representación de todos los colombianos, adquiere casi la totalidad de las obligaciones.

    Para finalizar un conflicto de larga duración entre guerrilleros y el Estado debe haber concesiones, pero también es necesario que se garantice la no repetición. Por ello se debe negociar acatando las instituciones y el imperio de la ley con el verdadero compromiso de reparar a las víctimas.

    El acuerdo no cumple lo anterior, principalmente por las siguientes razones:

    Primero, las concesiones son extremadamente ventajosas para las Farc, un grupo calificado como terrorista por la mayor parte de la comunidad internacional. En materia de justicia, no tendrán prisión los crímenes contra el derecho humanitario como el reclutamiento de niños, la violación como arma de guerra, ni los secuestros, que en condiciones normales tendrían condenas de 30 años o más.

    Segundo, el acuerdo facilita la existencia política de Farc otorgándoles diez escaños en el congreso durante dos periodos legislativos, tras lo cual deberán ganarlos mediante el voto. Adicionalmente, podrán participar en la elección de 16 escaños especiales de las zonas más afectadas por el conflicto y tendrán 31 emisoras y un canal de televisión para difundir su ideología, herramienta que no tienen los partidos políticos tradicionales de Colombia. También les asignarán los mismos recursos, del presupuesto nacional, que a los partidos tradicionales. Buena parte del país acepta que las Farc organicen un partido político, siempre y cuando se respete la constitución vigente, según la cual en su articulo 122, quienes hayan sido condenados por crímenes no pueden aspirar a cargos de elección popular.

    Tercero, las Farc no reconocen su importante participación en el narcotráfico y el acuerdo tampoco les obliga a devolver esos recursos, ni los de los secuestros, extorsiones y minería ilegal. Al no devolverlos, tampoco contribuirán a reparar el daño a las víctimas y sí podrían usarlos en política. Tampoco están obligadas por el acuerdo a devolver las tierras arrebatadas a los campesinos, que son parte importante de los más de cinco millones de desplazados en Colombia.

    El corto plazo para analizar el acuerdo y el mecanismo elegido por el gobierno para su refrendación, consistente en un plebiscito en el que los votos de menos del 10 por ciento de los colombianos podrán incorporar a la Constitución de Colombia, lo acordado en La Habana, generan preocupación, pues sabemos que el resultado de este plebiscito cambiará profundamente el curso de nuestro país.

    Un conflicto prolongado debe terminar en una negociación, pero lo ideal para que la refrendación popular garantice legitimidad y estabilidad a largo plazo, habría sido una la votación individual de los puntos más críticos. El mandato del pueblo ratificaría con la votación mayoritaria los puntos positivos o, daría lugar a una segunda ronda de negociación en temas críticos como justicia y participación política de los responsables de crímenes de lesa humanidad.

    Desafortunadamente, el plebiscito convocado por el gobierno para el 2 de octubre es todo o nada. Sí o No.

    El gobierno ha presionado indebidamente el voto por el Sí diciendo que si no se ratifica el acuerdo tendremos guerra urbana, mientras Carlos Lozada, negociador plenipotenciario de las Farc, venía afirmando hasta la X Conferencia Guerrillera que si gana el No continuarían negociando.

    Cada colombiano debe entender el momento histórico que vivimos, pues sin duda la entrega de armas de las Farc es un hecho de la mayor importancia y por ello hay que invitar a decidir libre y responsablemente sin presiones ni temor al terrorismo urbano.

    Si gana el Sí, todos debemos respetar la decisión y aportar recomendaciones para que las leyes y reformas constitucionales para desarrollar el acuerdo no debiliten más las instituciones ni otorguen más ventajas a favor de las Farc o la coalición populista con sus grupos afines.

    Si gana el No, el gobierno debe facilitar las condiciones para trabajar con la oposición y otros sectores para proponer a las Farc mantener del acuerdo todo lo que convenga, sin perder el esfuerzo de los últimos años y ajustar los puntos neurálgicos para lograr un acuerdo más equilibrado y benéfico para el común de los colombianos y nuestra democracia.

    Marta Lucía Ramírez ha sido ministra de Comercio Exterior, ministra de Defensa, senadora y candidata presidencial en Colombia.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 1 octubre, 2016, 10:42
  17. Alberto Salcedo Ramos: ‘A Colombia le falta historia y le sobra histeria’
    Por PAULA DURAN

    Alberto Salcedo Ramos es uno de los cronistas colombianos más reconocidos en la región. En sus textos, poblados de claroscuros de personajes de la cultura popular de su país, Salcedo Ramos ha explorado también cicatrices y escenarios de la violencia que Colombia ha vivido durante más de cinco décadas.

    “Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen”, escribió en su crónica sobre la matanza cometida por paramilitares en El Salado, un pueblo de la costa Caribe de Colombia.

    El plebiscito del 2 de octubre para aprobar el acuerdo de paz con las Farc, dice Salcedo Ramos, es una oportunidad histórica para prevenir que la eterna época de la violencia acabe con el país.

    ¿Qué está viendo en Colombia, cómo describiría el ambiente actual?

    Hay un momento de mucha tensión, de mucha desinformación, de mucha alharaca, de mucho ruido. Yo creo que la paz, o el proceso de desmovilización con las Farc, ha pasado por un montón de malos entendidos.

    ¿Cómo han transmitido su mensaje las campañas del Sí y el No antes del plebiscito?

    Yo creo que en ambas ha habido histeria. A Colombia le falta historia y le sobra histeria, Colombia es un país altisonante. Es el único país del mundo en que al momento de hablar de paz nos damos golpes. Todo el mundo anda con una especie de crispación y hay un ruido para cada día. Como hay tanto ruido nos hemos acostumbrado a oír lo ruidoso, no tenemos oídos para lo importante. Dentro de lo ruidoso a veces se minimizan las voces de dolor de algunas personas que están sufriendo. Después del plebiscito, tengo la ilusión de que eso empiece a cambiar.

    ¿Cómo?

    Se va a necesitar trabajar mucho más allá de la firma del acuerdo y mucho más allá del resultado del plebiscito. Vamos a necesitar una cultura de la convivencia, una cultura del respeto por el otro. Te confieso que creo que eso va a ser muy complicado. Veo una cantidad de líderes que están encolerizados y va a ser difícil.

    ¿Cree que la ciudadanía estará a la altura de la decisión que debe tomar?

    Quisiera que sí pero sospecho que no lo va estar. Sospecho que el plebiscito va a pasar pero creo que hay un ciudadano de a pie desinformado, ajeno a las redes sociales y a los medios, un ciudadano al cual el país le funciona para bien o para mal y por lo tanto supone que ese país va a seguir funcionándole, vote o no vote.

    ¿Existe el riesgo de que la votación sobre el acuerdo con las Farc quede reducida a una votación entre Santos y Uribe?

    Sí, existe ese riesgo pero depende de nosotros. Tenemos que tener la madurez de saber qué nos estamos jugando. Yo no me estoy jugando el destino de Juan Manuel Santos. Me estoy jugando mi tranquilidad, la vida de mis hijos. Yo tengo 53 años y no recuerdo un día en el que no se hayan presentado escaramuzas en Colombia.

    Tres generaciones que se acostumbraron a vivir en medio de la guerra…

    Es curioso: cuando yo era niño oía cómo los adultos hablaban de la época de La Violencia como si fuera un suceso pasado, pero todos los días veía muertos y leía noticias relacionadas con masacres, con barbarie. Y yo pensaba: “Aquí hay algo que no estoy entendiendo”. Claro, se referían a La Violencia de los años cincuenta, pero yo digo que este plebiscito es una oportunidad histórica para acabar con nuestra eterna época de la violencia antes de que nuestra eterna época de la violencia acabe con nosotros.

    ¿Por qué ha durado tanto la guerra en Colombia?

    La guerra en Colombia no se acaba porque tiene combustible, que es el narcotráfico, y, segundo, porque ha sido negocio para mucha gente. Mucha gente quiere decir los militares y los empresarios que la han apoyado porque les sale mejor alimentar esa guerra porque tienen privilegios intocables. Y, sabes, la ultraderecha en Colombia es muy mezquina porque quiere la guerra. Perfecto, pero entonces dame tus dos hijos y ponte en las trincheras. No, tampoco quieren eso. Quieren la guerra hecha por los pobres y ellos verla desde un bar de Miami a través de CNN. Es una idea de país muy jodida.

    Además, ahora hay mucha gente sacando la calculadora para verificar los costos del posconflicto. ¿Por qué nunca sacaron la calculadora para calcular los costos de la guerra? Es que la guerra no era gratis. Con un agravante: el posconflicto es costoso, pero ahorra vidas. Mientras que la guerra es igual de costosa y no ahorra vidas.

    ¿Qué tiene que cambiar de fondo en Colombia para abrirle campo a la paz?

    Yo tengo la sospecha de que Colombia ha sido un país donde se le ha dado más peso a las leyes y a la forma que al fondo. Cuando digo la forma, digo la cortesía y la buena educación.

    Un amigo extranjero una vez me dijo una frase inquietante. Me dijo que él sospecha que los asesinos colombianos son los más educados del mundo. Y que uno posiblemente podría encontrarse con un asesino en la calle que diría: “Tenga usted la bondad de quedarse quieto porque lo voy a atracar”.

    Creo que es hora de pasar a un respeto que ignore la forma por el fondo. El fondo es el respeto a la vida, respeto a la voz del otro así diga cosas que no me gustan. Eso va a ser complicado: hay mucha crispación y rabia, y creo que todos hemos cometido errores. Todos nos hemos dado en la jeta. Hemos sido histéricos, altisonantes.

    De aquí a cinco años, ¿cómo ve a Colombia?

    Yo esperaría que el proceso fuera una política pública estatal y no la calentura de un gobierno de turno. Que fuera sostenible y sostenido en el tiempo. Sería el error de los errores que simplemente fuera el acto aislado de un gobernante, y que luego no continúe porque viene otro que cree en otra cosa. Sería sumamente grave. Sería volver a un oscurantismo terrible.

    ¿Cómo asegurarse de que eso no se dé así?

    Eso se lograría si los políticos de nuestro país se ponen serios. Se necesita un acto de grandeza que los lleve a pensar por una vez más en el futuro de nuestros hijos que en la carrera electoral de ellos.

    La paz se ha llevado a un escenario de mucha virulencia en el discurso y en eso han caído los dos bandos. Se va a necesitar mucha filigrana para poner a dialogar las diferentes voces de Colombia que en este momento están crispadas.

    En un país de compositores, desde los juglares del vallenato hasta Gabriel García Márquez, se ha construido un relato de nación. ¿Podría ser un momento para cambiar ese relato?

    La canción colombiana más sonada de todos los tiempos es “La gota fría”, del viejo Emiliano Zuleta. “La gota fría” es la canción de una contienda llevada al campo musical: dos juglares que se caían muy mal tuvieron un enfrentamiento para determinar quién de los dos era mejor acordeonista, y nunca se supo quién ganó ese duelo, pero quedó esa canción. Y esa canción creo que relata lo que es Colombia. Su estribillo ha sido el lema del país a lo largo de su vida republicana: “Me lleva él o me lo llevo yo, pa que se acabe la vaina”.

    ¿Cómo hacer para que se acabe la vaina?

    Nosotros en Colombia hemos vivido convencidos de que hay una vaina y que esa vaina se acaba cuando desaparezco al otro. Pero lo que vino después fue que los dos compositores se amistaron y se volvieron compadres, andaban abrazados por todos lados.

    Yo creo que estamos en el momento en que los que hemos vivido cantando “me lleva él o me llevo yo, pa que se acabe la vaina”, nos demos un abrazo y empecemos a cantar juntos.

    ¿Cómo se imagina el próximo capítulo de la historia de Colombia?

    Yo me lo imagino con canciones, con los sonidos de todas las regiones de Colombia. Nosotros somos un país de regiones, dentro de Colombia conviven muchas Colombias y nosotros no hemos sabido cómo engranar las voces de aquellos países que nos habitan.

    No es fácil poner a dialogar un tiple llanero con un acordeón o con una chirimía, pero las personas sí pueden conversar. Nuestros instrumentos de pronto no tienen armonía o química entre sí, pero el que toca la chirimía puede conversar con el que toca el acordeón.

    ¿Así empezaría su novela sobre el 3 de octubre?

    No me la quisiera imaginar como una novela. No quiero que sea una ficción. Quiero que sea real, quiero que sea una ilusión que se pueda palpar en el ambiente, no de la imaginación de un escritor.

    Yo me imagino un gran patio donde todos quepamos, donde haya una fiesta comunal y descomunal, donde puedan dialogar el tiple con la gaita, la gaita con la chirimía, la chirimía con el acordeón. Donde se pueda hermanar la curuba con la guayaba, la feijoa con el mango, donde haya plátano… el gran sancocho nacional del que hablaba Jaime Bateman Cayón. Donde por primera vez sintamos que cabemos, que podemos estar juntos sin tener que tener el mismo credo. No tenemos por qué tener el mismo credo.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 1 octubre, 2016, 10:42
  18. Álvaro Uribe: ‘Los colombianos no saben el diablo escondido en las 297 páginas del acuerdo’
    Por PAULA DURAN

    Durante los ocho años que fue presidente, Álvaro Uribe se dedicó a luchar contra las Farc. Su política de Seguridad Democrática, de la que el actual presidente Juan Manuel Santos fue parte como ministro de Defensa, asestó duros golpes a la guerrilla y, según muchos expertos, posibilitó las conversaciones de La Habana con las Farc, las que produjeron el acuerdo final de paz firmado esta semana en Cartagena.

    Santos fue el sucesor de Uribe, pero el día de su posesión presidencial en 2010 dijo que “la puerta del diálogo” no estaba “cerrada con llave”. Desde el inicio de su gestión empezó a desmarcarse de Uribe y, aunque mantuvo la ofensiva militar, empezó a buscar la posibilidad de entablar negociaciones con la guerrilla. Desde entonces el expresidente Uribe, quien es aun más popular que el mismo Santos, ha sido un crítico férreo del proceso de negociaciones.

    En una breve entrevista con The New York Times, el expresidente de Colombia, ahora senador del partido de oposición Centro Democrático y principal referente de la campaña por el No, explica por qué está en contra del acuerdo, defiende el tratamiento que su gobierno le dio a los paramilitares y revela que ya piensa en las elecciones presidenciales de 2018.

    ¿Qué visión de país representa el No?

    Nosotros queremos un país con justicia, que aquí queda totalmente derogada. Queremos un país con inversión privada, que con este acuerdo queda totalmente afectada. Nosotros queremos un país con equidad social, que este acuerdo anuncia pero va a dejar al país sin recursos para avanzar en la equidad social, en la educación.

    Nosotros queremos un país que respete la ley, y este acuerdo premia a los criminales. Y cuando se premia a los criminales se dan motivos para no respetar la ley. Nosotros queremos un país donde haya tolerancia por las ideas ajenas. La tolerancia parte de un país que se sienta reconciliado y aquí lo que se va a crear es más indignación y más rencor porque se le perdona todo al terrorismo, que es el cartel de cocaína más grande del mundo. Y ese terrorismo ni siquiera pide perdón, ese terrorismo ni siquiera expresa arrepentimiento.

    Cuando usted habla con los colombianos sobre esta visión de país en sus recorridos, ¿cuáles son sus respuestas?

    Hay muchas personas con miedo al gobierno, porque el gobierno presiona a los empleados públicos, a los concesionarios. Hay muchas personas con miedo a las Farc porque, entre otras cosas, este plebiscito habrá que hacerlo con unas Farc que ni siquiera ha empezado a desarmarse. Qué cosa tan grave. Y hay otros colombianos que dicen: “Bueno, la ilusión de la paz”. Pero como el gobierno no ha permitido hacer pedagogía, entonces los colombianos en su inmensa mayoría no saben del diablo escondido en estas 297 páginas.

    Desde la orilla de la oposición, ¿cómo le ha ido haciendo campaña?

    Yo tengo que explicar cada rato que yo extradité a cerca de 1200 narcotraficantes, entre ellos a 14 paramilitares, y que al cartel de cocaína más grande del mundo, que es las Farc, a los mayores responsables, no los extraditan, no los sancionan adecuadamente, no los mandan a la cárcel y les dan eligibilidad política, que nunca le di a los paramilitares.

    ¿Por qué extraditamos a los paramilitares? No es improvisado, como dijo el New York Times (este periódico examinó los casos de 40 jefes paramilitares extraditados a Estados Unidos. La mayoría de ellos fueron tratados como personas sin antecedentes penales pese a sus extensas carreras criminales).

    Nosotros habíamos autorizado con mucha antelación la extradición, se había aplazado el envío. ¿Por qué decidí hacer el envío? Porque se iban a fugar de una cárcel, iban a ser lo mismo de Pablo Escobar y hay que recordar que el país, por premiar a Escobar, suspendió la extradición y después la tuvo que revivir.

    ¿Ha recibido muchas críticas sobre el tratamiento que recibieron los paramilitares?

    Para premiar a los mayores criminales de las Farc, en el acuerdo también les suspenden la extradición. En contraste, yo extradité a aquellos paramilitares y los envié a los Estados Unidos cuando ellos seguían cometiendo toda clase de crímenes desde una cárcel de alta seguridad. Antes de hacer efectivo ese envío, Estados Unidos me aceptó que la justicia, el gobierno y el pueblo colombiano tendrían pleno acceso a las cárceles norteamericanas.

    Entonces se quejan, pero no es culpa mía ni del gobierno colombiano que allá les pongan 10 o 12 años de cárcel y que a muchos les parezca muy poquito. Lo que debían pensar es que criminales de la peor calaña que cometieron los mismos delitos durante 50 años no van a tener un día de cárcel y les van a dar elegibilidad política, lo que nunca le dimos a los paramilitares.

    ¿Usted cree que el resultado del plebiscito llevará a una verdadera paz?

    Así gane el Sí, esta democracia va a quedar seriamente lastimada por todas estas trampas. El procurador le dice al presidente de la república y a las Farc: “Miren, en La Habana están incumpliendo los mínimos de justicia, y la respuesta es: ‘No se meta’”.

    El procurador le dice al presidente y a los gobernadores: no violen la ley, quedarían ustedes incursos en conductas susceptibles de sanciones disciplinarias. El presidente les dice: “No le paren bolas a los controles”.

    Le dicen que la pregunta está mal hecha y él responde que él pregunta como le de la gana. O sea que esta es una democracia donde el jefe del Estado, en nombre de lo que él llama la paz, lo que ha hecho es estar por encima de los controles.

    ¿Qué van a hacer quienes promueven el No hasta el 2 de octubre? ¿Cuál es su estrategia?

    Vamos a estar explicándoles a los colombianos esto, en la conversación diaria con los colombianos, en las redes sociales, en los pocos espacios de medios de comunicación que tengamos y sobre todo sacando energías desde el alma para poder seguir en esta batalla.

    ¿Qué propone el No?

    El No propone que se reorienten los acuerdos. ¿Que el gobierno no puede? Sí puede. La constitución lo dice. La facultad del presidente de negociar no está en duda. No está en juego. ¿Que no quieren renegociar el gobierno y las Farc? Para eso está la comunidad internacional, que tendría que ser un factor de presión para decirle a las Farc: si quieren la paz, renegocien. Y para decirle eso al gobierno Santos.

    ¿Qué propone el No? Que para seguir los diálogos las Farc se concentren en sitios adecuados que no sean un corredor de frontera con Venezuela, que no sea un lugar de narcotráfico, que no sea un paraíso donde ellos han estado delinquiendo; que suspendan todos los delitos porque el narcotráfico y la extorsión siguen en ascenso, que si cumplen con eso se les dé garantías a los de La Habana y a los de aquí, que haya una legislación para darle un alivio judicial a los militares, a los policías de Colombia sin impunidad. Eso propone el No.

    ¿Cuáles son sus herramientas?

    Conversar con los colombianos, caminar por las calles y caminos de Colombia y una tercera, buscar un buen gobierno para el 2018.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 1 octubre, 2016, 10:41
  19. Las lecciones del proceso de paz en Colombia

    La vida de todo colombiano ha sido marcada, en cierto sentido, por la violencia. El gobierno ha estado en guerra con grupos guerrilleros de tendencia marxista durante más de cinco décadas, un ruinoso conflicto cuyas raíces provienen de periodos de violencia de mitades del siglo XX.

    Esta semana, el gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), el grupo guerrillero más grande del país, llegaron a un acuerdo según el cual los rebeldes se comprometen a deponer las armas e incorporarse al sistema político y a la legalidad.

    Si el acuerdo de paz es ratificado por los colombianos en un plebiscito que se celebrará el 2 de octubre, Colombia tendrá la oportunidad de alcanzar todo su potencial después de sufrir décadas de violencia, en las que se ha generado una arraigada desigualdad y una institucionalidad débil.

    Es una oportunidad que los colombianos deben aprovechar.

    El documento incluye reformas estructurales radicales e inversiones sociales que podrían transformar al país en una sociedad más próspera y equitativa. También incluye una reforma agraria integral, lo que reduciría la desigualdad histórica entre los centros urbanos de Colombia y el campo, empobrecido y abandonado. Las Farc se han comprometido a acabar con su participación en el tráfico de drogas, una actividad que potenció el conflicto durante las últimas décadas. Una mayor presencia estatal en las regiones donde se cultiva y trafica la cocaína facilitaría enfrentar ese flagelo de una manera eficaz.

    Según las condiciones del pacto, los miembros de las Farc le entregarán sus armas al personal de las Naciones Unidas y revelarán la naturaleza de su participación en el conflicto ante un tribunal especial que incluirá a juristas nacionales e internacionales. Aquellos que admitan delitos graves como secuestros —y ejecuciones— estarían sujetos a períodos de restricción de movilidad de cinco a ocho años, durante los cuales se espera que realicen servicios comunitarios. Los que han cometido delitos menos graves —como el tráfico de drogas— recibirían amnistía.

    Esta disposición no es ideal, ya que inevitablemente dejará muchos crímenes sin castigo. Pero con un buen manejo, podría permitir que muchas víctimas vean a sus agresores juzgados y se lograría que los criminales de guerra —incluyendo a los miembros de las fuerzas armadas— asuman responsabilidad, en cierta medida, por las peores atrocidades de la guerra.

    El acuerdo también permitiría que los miembros de las Farc puedan postularse para las elecciones legislativas de 2018 y les otorgaría un mínimo de cinco curules en la cámara de representantes y cinco en el senado. Muchos colombianos se oponen a esto pues dicen que da la impresión de que la insurgencia es una estrategia legítima para entrar a la política.

    Pero vale la pena recordar que las Farc y otros grupos guerrilleros se formaron durante una época en la que varios segmentos de la sociedad se sentían excluidos ante un sistema político que parecía impenetrable para todos, excepto para las élites. La construcción de un sistema político más incluyente reduciría el riesgo de que las comunidades marginadas consideren a la violencia como el medio más eficaz para lograr un cambio.

    Como una paz duradera comienza a parecer cada vez más viable, los arquitectos de este proceso merecen ser reconocidos por su visión y tenacidad. El presidente Juan Manuel Santos y su equipo de negociadores siempre han tenido el norte claro y han sido infatigables y claros a lo largo de las prolongadas negociaciones, que han polarizado a Colombia. Las Farc, que aceptaron negociar después de sufrir reveses en el campo de batalla, parecen haber negociado de buena fe y cumplieron un cese al fuego durante más de un año.

    Las víctimas del conflicto, muchas de las cuales han apoyado fervientemente el proceso, también merecen un reconocimiento por su disposición a perdonar. Al sentarse a dialogar con un enemigo al otro lado de la mesa de negociación, fijan un ejemplo digno de reconocer, justo cuando muchos de los conflictos armados en el mundo parecen imposibles de conciliar.

    Le han dado a una generación de colombianos más jóvenes la oportunidad de empezar a relegar esta guerra a los libros de historia.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 1 octubre, 2016, 10:40
  20. Colombia, ante el “sí” o el “no”
    ¿Se le puede decir no a la paz?, es la pregunta recurrente ante el plebiscito del próximo domingo 2 de octubre en Colombia.

    La paz es buena, es la respuesta en su version más infantilizada de las infinitas variantes que difunde la campaña por el “sí”. Quienes respaldan el “no” argumentan que el “sí” significa dejar impunes el horror, la delincuencia y las masacres sembrados por la guerrilla durante 52 años.
    “Hacemos pedagogía por la paz, no entramos en campaña”, afirma el incansable Sergio Jaramillo, el Alto Comisionado para la Paz, tras semanas recorriendo Colombia y llamando al voto a los 34,8 millones de colombianos habilitados para ejercer ese derecho. El gran peligro es la abstención, pecado capital en cualquier comicio colombiano.

    Zonas rurales, las más golpeadas
    Paz es la palabra omnipresente en el país del realismo mágico. Pero el acento es distinto si se está en Bogotá, en Cúcuta o en algún punto junto a los 2.219 kilómetros de frontera con Venezuela. En la capital, la guerra de las FARC dejó de sentirse hace tiempo; las zonas rurales fueron las más golpeadas por el conflicto. Cúcuta, con 650.000 habitantes, vuelve a ser un hervidero desde que se reabrió a mediados de agosto el Puente Internacional Simon Bolívar que la une a la venezolana Ureña -tras un año de cierre por decisión del presidente Nicolás Maduro-.
    Todo el departamento del Norte de Santander, del que es capital, sigue siendo zona caliente -no solo por sus asfixiantes 38 grados de temperatura-, sino por ser punto etiquetado de violencia extrema entre la guerrilla, los paramilitares, el narcotráfico y todo tipo de contrabando. Más que realismo mágico, lo que se respira en la región es la arraigada cultura de la ilegalidad.
    En las áreas urbanas, donde se concentra más del 80 por ciento del voto, se apoya el “sí” con cierto escepticismo, que se relaja algo ante argumentos como el impulso económico que traerá la paz en una Colombia con balances anuales de crecimiento del PIB del 3 por ciento, en 2015. El fin del conflicto consolidará ese despegue y también el turismo hacia uno de los países más bellos del mundo, sostienen los del “sí”.

    Una campaña desigual

    Ha sido una campaña desigual, la del “sí” y la del “no”. Cada paso del presidente Juan Manuel Santos se convierte en un mitin por el “sí”. También su anuncio de la visita del papa Francisco en 2017. La mesa de diálogo con las FARC quedó formalmente instalada en octubre de 2012 en Oslo, la capital noruega donde se anuncia cada año el Nobel de la Paz, como ocurrirá el viernes siguiente al plebiscito. Su sola mención también alimenta el “sí”.
    El jefe oficial de campaña del “sí” es el expresidente César Gaviria -mientras que la del “no” la lidera el asimismo expresidente Álvaro Uribe-. La apuesta por el “sí” domina el panorama de modo casi invasivo, pero nadie, ni en Bogotá ni en cualquier otro punto, se atreve a descartar el “no”.
    Luciano Marín Arango, alias Ivan Márquez, jefe negociador de las FARC, ha hecho en esta recta final su propio maratón, en su caso para pedir perdón a las víctimas en lugares marcados por masacres de la guerrilla, como lo fue Bojayá, en mayo de 2002.
    ¿Y si gana el “no”?
    Pocos colombianos se habrán leído las 297 páginas del acuerdo firmado en Cartagena el pasado lunes. Pero apenas nadie lee tampoco los programas de los candidatos ante unos comicios presidenciales. Para difundir sus aspectos esenciales está el incansable Jaramillo. De pedir perdón a las víctimas, no en el escenario internacional de Cartagena, sino en los pueblos de las masacres, se encarga Iván Márquez.
    El plebiscito marcará un antes y después del titánico proceso de paz. Si gana el “sí”, se abrirá una larga etapa que ocupará a más de una generación. Los 180 días previstos para la dejación total de armas bajo supervisión de la ONU es apenas un aspecto. Le seguirán grandes retos de compleja aplicación, como la justicia transicional o la restitución de tierras a los desposeídos. Si gana el “no”, nadie sabe exactamente qué ocurrirá. Si se vuelve a la guerra. O si se reabre la negociación.
    Autora: Gemma Casadevall

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 1 octubre, 2016, 10:39
  21. Carta a Mario Vargas Llosa

    Querido Mario: Debo confesarte que me sorprendió mucho tu artículo publicado en El País, en el cual afirmas que si fueras colombiano votarías por el Sí en el plebiscito. Desde los remotos tiempos de la revista Libre, en París, hemos compartido las mismas ideas, identificadas con un pensamiento liberal que defiende la libertad política y económica, y se opone a las supersticiones ideológicas del marxismo y otras corrientes totalitarias. Siempre hemos estado de acuerdo. De ahí mi sorpresa.

    En tu artículo confiesas que tras muchas dudas, y luego de leer un texto de Héctor Abad Faciolince, darías tu aprobación electoral al llamado acuerdo de paz suscrito por el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC. Crees equivocadamente que de no ser aprobado, Colombia seguiría sumida en una guerra que dura más de 50 años. Tal es la engañosa y dramática alternativa que le serviría a Santos para alcanzar el triunfo del Sí en el plebiscito.

    Sin duda, esa falsa alternativa ha tenido efecto en buena parte de la opinión internacional, pero no corresponde a la realidad que vivimos en Colombia. En caso de que ganara el No, el propio “Timochenko” ha dicho que el plebiscito no afecta el acuerdo final y que no hay riesgo de que las FARC vuelvan a la guerra.

    Debes saber, Mario, que la desmovilización de las FARC no impedirá que tanto el ELN y el EPL como las bandas criminales continúen sus acciones terroristas. De modo que hasta ahí llegan las ilusiones de la paz. También te recuerdo que las FARC constituyen el tercer cartel mundial de la droga y que no van a renunciar a su millonario negocio. La prueba es que en los dos últimos años de negociación los cultivos de coca se han duplicado en el país, pues el Gobierno suprimió la fumigación aérea.

    Otros hechos que debes tomar en cuenta: los miembros de las FARC quedarán eximidos del pago de cárcel a pesar de los atroces delitos que cometieron durante más de 50 años; tendrán 26 curules efectivas en el Congreso, 31 emisoras de radio, canal de televisión, un caudaloso presupuesto para la difusión de su plataforma ideológica y ocuparán vastas zonas de concentración en el país, sin presencia de la Fuerza Pública, y que de hecho se convertirán en pequeños estados independientes para propagar su proyecto socialista.

    La llamada Jurisdicción Especial para la Paz, convenida conjuntamente con el influyente asesor de las FARC, el abogado comunista español Enrique Santiago, será conformada por instancias extranjeras y tendrá facultades y poderes que sobrepasan los que tienen las altas Cortes, así como juzgados y tribunales del país. Sus fallos serán inapelables y no admitirán doble instancia. De ahí los temores e inquietudes que genera esta justicia transicional.

    Por otra parte, el presidente Santos ha obtenido poderes extraordinarios del Congreso, incluso para reformar la Constitución. Aunque parezca increíble, son superiores a la arbitraria ley habilitante de Maduro en Venezuela,

    Sin duda, el acuerdo de paz debe verse como un importante escalón alcanzado por las FARC en su camino hacia el poder. Es un triunfo de la nueva estrategia de lucha que años atrás ideara su máximo comandante “Alfonso Cano” cuando debió abandonar para siempre el mito castrista de una revolución armada después de que sus tropas fueran diezmadas bajo el gobierno de Uribe. A lo largo de cuatro años las FARC, pese a ser vistas en todo el mundo como una organización terrorista, lograron obtener todas sus exigencias y ahora, convertidas en partido político, proyectan una real alarma sobre el futuro de Colombia. Por eso, muchos colombianos votaremos por el No el 2 de octubre.

    De allí, mi querido Mario, que nuestro común amigo Carlos Alberto Montaner escriba que “a Colombia le espera un futuro atroz, infinitamente peor y más negro que este presente incómodo y a veces sangriento, que hoy padece”. Ya ves por qué el sueño de la paz puede convertirse en pesadilla.

    Por Plinio Apuleyo Mendoza (*)

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 30 septiembre, 2016, 07:33
  22. ¿La paz o un pacto con carnada de las FARC?

    Por Carolina Cuenca
    Qué bellas expresiones las del cardenal Parolin, secretario de Estado del Vaticano, en su alocución como enviado papal para la firma del acuerdo de paz entre el gobierno de Santos y los dirigentes de las FARC-EP, guerrilla marxista leninista que lleva sembrando el terror en Colombia durante más de 50 años, considerado el tercer cartel de drogas activo más importante del mundo y responsable de 260.000 asesinatos, 45.000 desaparecidos y 7 millones de desplazados. El cardenal habló del ideal de “concordia y reconciliación”, de las bienaventuranzas para los colombianos que sufren y son perseguidos por causa de la Justicia, y se refirió a este acuerdo no solo como el final de una negociación, sino como el inicio de un proceso de cambios, que requiere de los aportes y el respeto de todos los colombianos.

    La comunidad internacional aplaude este paso, pero el entusiasmo hacia la apertura a la paz es inversamente proporcional al sentimiento de duda que produce el “generoso” acuerdo firmado por Santos con los guerrilleros. Es más, como lo refiriera la corresponsal del diario La Nación de España, Salud Hernández, quien sigue el conflicto en Colombia desde hace años, es enorme el malestar y desconsuelo de tantísimas víctimas que no entienden las prerrogativas y la impunidad que su gobierno ha ofrecido a la decaída guerrilla.

    ¡Qué tremendo lío de conciencia para los colombianos que, más allá de las vestiduras blancas de ocasión o de la simpatía mediática de este acuerdo de paz, tienen que leer las letras chicas del documento que su presidente ha firmado! Ellos deben votar este domingo en el plebiscito para respaldar este acuerdo concreto o rechazarlo. Sí o no. ¡Qué dilema!

    Es grande la oposición porque –como explicó el señor Apuleyo Mendoza en el periódico El Tiempo, de Colombia– puede constituir “un escalón de las FARC en su camino hacia el poder”, ya que no renuncian a su negocio de drogas, quedarán eximidos del pago de cárcel (ni siquiera los dirigentes), además obtendrían 26 puestos en el Congreso, 31 emisoras de radio, canal de televisión y un caudaloso presupuesto del Estado para la difusión de su plataforma ideológica, sin contar con que “ocuparán vastas zonas del país sin presencia de la Fuerza Pública”…

    ¿Valen el perdón y la misericordia para lograr la paz? Ciertamente, sí. Porque el perdón trae alivio al que pasa por el duelo y reconstruye el tejido moral de la comunidad. Pero sin un mínimo de justicia, aunque haya perdón, la paz seguirá siendo frágil. En paralelo al acto oficial, la Iglesia convocó a una jornada de oración por la paz en Colombia.

    Me uno como ciudadana expectante de lo que ocurre en nuestro continente y rezo por este sufrido y valiente pueblo.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 30 septiembre, 2016, 05:18
  23. Política y misericordia

    Por Gustavo A. Olmedo B.

    “La justicia abraza a la paz”. Con esta frase se concretaba esta semana el histórico acuerdo de paz entre el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, y que se pondrá a consideración con un plebiscito.

    El acto, que busca poner fin a más de 50 años de conflicto armado –el más largo de este tipo en América Latina–, puede reconocerse como un verdadero “experimento” del impacto que puede tener la lógica de la Misericordia –o del perdón, si se quiere– en la práctica de la política y la solución de problemas de gran complejidad; aquellos que plantean como única salida la ruptura de conceptos formales, entre ellos el de la justicia.

    El escenario es complicado. Hablamos de 260.000 muertos, 45.000 personas desaparecidas, 27.000 secuestrados y alrededor de 7 millones de desplazados a causa de estos guerrilleros. Hay heridas profundas y muchas preguntas que necesitan –y exigen– respuestas. El acuerdo busca cambiar el rumbo de la historia de este país, y cortar la espiral de violencia que ha tenido entre sus principales sustentos al narcotráfico, además de los problemas de la tierra y la pobreza; problemas –entre paréntesis– plenamente vigentes en Paraguay; de hecho el EPP ya es un signo de estas realidades.

    Lo ocurrido en Colombia es un comienzo positivo y concreto para esperar el cese de la violencia, pues la historia ha demostrado con creces que el enfrentamiento armado solo ha producido más de lo mismo, creando un círculo vicioso y viciado altamente destructivo para la gente. Y en este panorama de tanto dolor, la instalación de mecanismos de reconciliación y diálogo, y en un cierto sentido de esa Misericordia tan promovida por el papa Francisco este año, se convierten en opciones muy válidas para la política. Los desafíos son aún numerosos, como el de responder a la necesidad de reparación integral que exigen las víctimas, así como la superación de las injusticias sociales, caldo de cultivo para el crimen organizado.

    Pero hay que entender que la firma del acuerdo es apenas el inicio de un proceso para alcanzar la paz, porque la guerra tiene raíces más profundas y que requieren algo más que políticas de Estado, como bien lo dijo el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano; señalando que urge además la “reconstrucción de la persona”, pues, “en las heridas del corazón humano”, es donde finalmente “se encuentran las causas profundas del conflicto que en los últimos años ha desgarrado” a este país latinoamericano. Sin esto, solo será cuestión de tiempo para que la violencia vuelva a surgir, y, quizás, con mayor fuerza.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 29 septiembre, 2016, 05:17
  24. Al Congreso por las armas, no por los votos

    El acuerdo final de paz firmado por el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, y el jefe de las FARC, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, al cabo de cuatro años de negociaciones patrocinadas por el dictador cubano Raúl Castro, no asegura que la citada organización guerrillera y narcotraficante, que secuestró y mató a decenas de miles de colombianos, deponga definitivamente las armas al cabo de más de cincuenta años. En cambio, esta agrupación guerrillera, el tercer cartel mundial de la droga, que a la vez profesa el marxismo-leninismo, tendrá la seguridad, entre otras cosas, de contar con 26 bancas en el Congreso, cualquiera sea el resultado que logre en los próximos comicios como “partido político”. Esto será así aunque las 31 radioemisoras FM, un canal de televisión, el control de otras tantas “zonas de dominio” y su enorme fortuna, no le basten para lograr el suficiente respaldo popular.

    Resulta, así, que los autores de crímenes atroces, entre los que figura la esclavitud sexual de niñas y adolescentes, no solo quedarán impunes, sino que también tendrán la certeza de fungir de legisladores en virtud de un acuerdo y, para ello, no necesariamente de los votos.

    El acuerdo de marras será sometido el próximo domingo 2 de octubre a un plebiscito, en el que los colombianos deberán responder a la tendenciosa pregunta: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”. Bastará ¡un 13% de respuestas afirmativas! para que el documento de 297 páginas, que no todos los colombianos habrán leído detenidamente, se considere aprobado. Salta a la vista que, para sus signatarios, la voluntad de los ciudadanos, sea para elegir parlamentarios o para ratificar el acuerdo, no es lo más importante. No se asegura la paz porque, pese a las grandes concesiones del Gobierno, habrá delincuentes que se nieguen a deponer las armas porque el acuerdo no incluye a otras dos organizaciones –el ELN y el EPL–, que seguirán practicando el terrorismo, acaso con mayor intensidad, para obtener más tarde los considerables beneficios otorgados a las FARC.

    La moraleja de esta historia es que el crimen resulta políticamente rentable, siempre que se sostenga en el tiempo y aflore el cansancio moral en los demócratas.

    No es descabellado suponer que, en nuestro país, la banda criminal autodenominada Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) haya observado con satisfacción y tomado buena nota de la ceremonia realizada en Cartagena ante 15 jefes de Estado, incluido el de nuestro país. Asesorado en sus inicios por las FARC y vinculado como ellas al narcotráfico, el EPP estaría siguiendo la estrategia de la “guerra popular prolongada” para terminar conquistando al menos algunos espacios de poder en el aparato estatal. Sabe que no podrá conseguir una victoria militar, como no la consiguió su modelo colombiano, pero puede emular en menor escala su campaña sanguinaria, especulando con que alguna vez el Gobierno de turno le asegure la impunidad y las bancas a cambio de la “paz”. Este objetivo no sería en absoluto insensato, pues a medida que pase el tiempo sin que la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) mejore su eficiencia, pueden ir surgiendo voces que, en homenaje a la paz en Concepción, San Pedro y Amambay, planteen una salida similar a la colombiana.

    Los paraguayos no debemos olvidar que, en democracia, el poder político se conquista mediante el voto y no mediante el secuestro o el asesinato. En este sentido, es de destacar que, habiendo sido guerrilleros urbanos, José Mujica y Dilma Rousseff llegaron décadas más tarde a presidir el Uruguay y el Brasil, respectivamente, mediante el voto y no mediante un cuestionable acuerdo político.

    Quienes delinquen deben ser sancionados con todo el peso de la ley, para lo cual es imprescindible que la fuerza pública tenga capacidad operativa. El Estado debe conservar siempre el monopolio de la fuerza legítima, y no llegar al extremo de negociar con organizaciones delictivas por considerarse incapaz de poner fin a sus actividades.

    Los representantes del Estado no deben sentarse a negociar con criminales para terminar en algo muy parecido a una capitulación. De hecho, entablar conversaciones de ese tipo ya implicaría una confesión de impotencia por parte de las autoridades legítimamente constituidas.

    Los gobernantes democráticos tienen los votos y también tienen la fuerza para emplearla en defensa del Estado de derecho. No deben ceder ante el chantaje de una banda criminal, mucho menos otorgarle unas “zonas de dominio” y concederles derechos, confiscando los que pertenecen legítimamente a la ciudadanía, como el de elegir libremente a sus gobernantes y parlamentarios mediante el voto.

    Los colombianos sabrán qué decir el próximo domingo. Mientras tanto, los paraguayos ya sabemos que la claudicación ante el crimen puede resultar muy cara, si las autoridades no exhiben a tiempo la energía suficiente para vencerlo con las armas y con la ley en la mano.

    http://www.abc.com.py/edicion-impresa/editorial/al-congreso-por-las-armas-no-por-los-votos-1523259.html

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 29 septiembre, 2016, 05:10
  25. Colombia da un gran ejemplo al cambiar balas por bolígrafos

    El balígrafo, una bala de fusil convertida en bolígrafo, fue el mejor símbolo con el que se firmó el histórico acuerdo al que llegaron el Gobierno y la guerrilla colombiana, al poner fin a un periodo de 52 años de guerra interna, que dejó 8 millones de víctimas, entre ellas 260.000 muertos, 45.000 desaparecidos y 6,9 millones de desplazados. Ahora el pueblo colombiano deberá dar otro paso significativo, al votar este domingo en un plebiscito a favor del sí o del no, lo que significará dar respaldo a las negociaciones o desautorizarlas completamente. En el plano local, lo ocurrido en Colombia deja sin un importante respaldo internacional al grupo armado EPP, pero señala un camino posible para dejar de lado la criminal violencia.
    “Las balas escribieron nuestro pasado. La educación, nuestro futuro”, es la llamativa expresión grabada en el balígrafo, el bolígrafo fabricado con una ex bala de fusil, que fue utilizado para firmar el acuerdo de paz al que arribaron el Gobierno colombiano y los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), durante un histórico acto celebrado el lunes en la ciudad de Cartagena.

    Aunque el acuerdo negociado durante cuatro años en la ciudad de La Habana, Cuba, genera numerosas críticas por los términos que se establecieron, nadie puede negar que constituye uno de los logros más importantes a nivel mundial, al poner fin al más antiguo conflicto armado en el continente.

    Una de las expresiones más celebradas durante el discurso del presidente colombiano Juan Manuel Santos resume el espíritu de lo que se pudo obtener: “Prefiero un acuerdo imperfecto que salve vidas a una guerra perfecta que siga sembrando muerte y dolor en nuestro país, en nuestras familias”.

    Igualmente aplaudidas fueron las palabras del principal líder de las FARC, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, cuando pidió perdón a las víctimas del conflicto armado y anunció que estaban dando “el paso definitivo de la forma de lucha clandestina y alzamiento armado a la forma de lucha abierta y legal hacia la expansión de la democracia”.

    No menos importante resulta el amplio respaldo dado al proceso de paz por la comunidad internacional, con la presencia del secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, el rey emérito español Juan Carlos y 15 jefes de Estado, incluyendo al presidente paraguayo Horacio Cartes, quien recordó que Colombia fue la nación más solidaria con el Paraguay durante la Guerra de la Triple Alianza, al establecer por decreto que recibía a los paraguayos con los mismos derechos constitucionales que cualquier colombiano.

    En términos económicos, los argumentos para dar este paso son incuestionables. La larga guerra le costó al pueblo colombiano cerca de 179.000 millones de dólares, dinero que podría haberse invertido en educación, salud, proyectos productivos y obras de desarrollo, como se espera ocurrirá ahora, para lo cual varios organismos internacionales ya han comprometido su cooperación. Pero el costo mayor está en las profundas heridas que quedan en la sociedad: 260.000 muertos, 45.000 desaparecidos y 6,9 millones de desplazados, y tantos sueños rotos.

    Ahora el pueblo colombiano deberá dar otro paso significativo, al votar este domingo en un plebiscito a favor del sí o del no, lo que significará dar respaldo a las negociaciones o desautorizarlas completamente.

    En el plano local, lo ocurrido en Colombia deja sin un importante respaldo internacional al grupo armado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), al que se relacionó siempre con las FARC, pero igualmente señala un camino posible para dejar de lado la criminal violencia.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 28 septiembre, 2016, 08:46
  26. Paz
    No creo que nadie en Colombia ni en el mundo civilizado anhele algo más fervorosamente que el fin del conflicto que ha tenido, entre otros protagonistas, a las FARC. Un enfrentamiento con millones de muertos y desplazados por más de 52 años es una muestra acabada de la sinrazón del género humano. Los colombianos lo vivieron y murieron por esto que la continuación de luchas entre civiles tiene en la historia de ese país como denominación: “la violencia”. El acuerdo firmado el lunes pasado en Cartagena está lleno de buenas intenciones que solo el tiempo y nada más que el paso del mismo confirmará la real voluntad de las partes de poner fin al conflicto y alcanzar la paz.

    Hay muchos que dudan y con razón sobre esto. Han visto varias veces la misma película y cuando observaron que el M-19 se convirtió a la vida civil pero continuaron los hechos violentos entremezclados con intereses del narcotráfico pero disfrazados de política, no es extraño que la duda domine incluso a los optimistas que quieren creer que esto es un paso trascendente.

    Colombia necesita una mirada severa sobre las causas de este largo conflicto con todos los ingredientes de criminalidad que les rodea. ¿Por qué han llegado a tener las FARC casi 20 mil combatientes y el apoyo de comunidades civiles? Esta es una pregunta que esconde historias largas de exclusión, inequidad, ignorancia, escasa presencia del Estado, racismo y por sobre todo: escasa dinámica social. Grupos humanos que veían que en eso que llamaban democracia no había espacio para ellos y que el poder político se encontraba demasiado lejos de ser alguna vez alcanzado por ellos. Si no pertenecían al patriciado colombiano y no hacían la travesía al poder por los centros académicos, sociales y económicos millones de esos desheredados se quedaban sin ninguna oportunidad. Y ya lo decía Thomas Jefferson de manera magistral cuando definía la democracia: “Es un sistema político de oportunidades donde cada uno tiene que estar seguro de que al menos tiene una oportunidad”. Y cuando eso no existe, cualquier opción o alternativa no hace la diferencia entre la vida y la muerte. Les queda a los colombianos iniciar una fuerte promoción de sus compatriotas a los lugares de decisión, porque si no lo hacen continuarán los pretextos para unirse a grupos criminales, bandas de sicarios, mulas o narcotraficantes. Si no ven en el horizonte alguna oportunidad de mejorar sus condiciones de vida, continuarán empeorando la vida de los demás y de ellos mismos.

    ¿Por qué han llegado a tener las FARC casi 20 mil combatientes y el apoyo de comunidades civiles? Esta es una pregunta que esconde historias largas de exclusión, inequidad, ignorancia, escasa presencia del Estado, racismo y por sobre todo: escasa dinámica social.
    La paz debe ser construida desde una concepción incluyente y para eso queda mucho trabajo por hacer. Hay que diseñar una estrategia que permita a los colombianos y a los muchos que queremos bien a ese país, ver cómo los descendientes de africanos alcanzan posiciones de poder y dejan de ser referencias del fútbol o del boxeo. Cuando los campesinos de la zona de Caguán o de esos parajes perdidos de esa hermosa nación tengan la posibilidad de ser presidentes o ministros sin apellidarse Santos y no ir al Modelo en secundaria o las universidades de la élite de ese país, en ese momento verán en el horizonte que la vida en la selva como guerrillero, sicario o narco deja de ser atractiva para convertirse en una actividad delictiva que debe terminar.

    La paz será resultado de ese gran esfuerzo de inclusión. Esa epopeya que debemos librar todos pero muy especialmente los colombianos. Ambicionamos una paz para ese país tan lleno de literatura, buen hablar, música y colores. Un país que lo tiene todo pero que unos pocos se han empeñado por mucho tiempo para convertir todo colombiano en sospechoso de algo malo real o en puertas.

    Paz con igualdad de oportunidades para todos. Paz con inclusión social. Paz como continuación del sentido de la dignidad y de la vida. Eso anhelamos para Colombia y para toda América Latina.

    Benjamín Fernández Bogado
    Miércoles, 28 de septiembre, 2016

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 28 septiembre, 2016, 08:30
  27. A días del plebiscito, Colombia se debate entre la certeza de la guerra y la incertidumbre de la paz
    Por PAULA DURAN

    A principios de septiembre, la primera dama de Colombia se tatuó una paloma de la paz en la muñeca. Cada fin de semana, desde hace casi un mes, caravanas de autos con afiches que dicen “No” recorren los barrios de las principales ciudades del país. A mediados de mes, en Santa Marta —al norte de Colombia—, apareció una valla grande con el rostro del jefe de las Farc y una pregunta provocadora: “¿Quieres ver a Timochenko presidente?”. El 21 de septiembre, un grupo de jóvenes decoró edificios de Bogotá que habían sido sitios de atentados con globos blancos que decían: “Estas bombas Sí”.

    A una semana del plebiscito del 2 de octubre, día en que los colombianos tendrán la oportunidad de votar por el Sí o por el No al acuerdo alcanzado entre el gobierno y las Farc tras cuatro años de negociaciones, los defensores de cada posición parecen haberse puesto de acuerdo en un solo punto: en que están en desacuerdo y no van a ceder.

    Los días previos a la votación que marcará la historia de Colombia se viven con tensión, incertidumbre, ansiedad, rabia y esperanza. Todo depende de a quién se le pregunte. Pero la marcada polarización por el Sí y por el No también es contracara de otra división que no suele aparecer en los medios: la de una ciudadanía que se debate entre la expectativa, la desinformación y la indiferencia.

    Para Walter Coronado, de 36 años, que trabaja en una fábrica de estampados en Bogotá, el acuerdo que el gobierno de Juan Manuel Santos logró con el grupo guerrillero “es injusto, es una vil mentira, una blasfemia. Señalan a los delincuentes con el dedo para subirlos al poder”.

    “No es justo que no paguen cárcel sin arrepentimiento. Hay que negociar con verdad; con justicia, que estos asesinos paguen”, agrega Coronado.

    Como muchos colombianos, fue desplazado en 1998 de su rancho en Tolima, un departamento en el centro del país. Para él “no es difícil perdonar” pero sí es difícil aceptar “lo que negoció Santos. Eso parece escrito por las Farc”, dice.

    Otros mantienen la esperanza. Rosa Silva, que tiene 70 años y hace 20 vende maíz para las palomas en la Plaza de Bolívar, dice que apoyará el acuerdo. Silva se mudó a Bogotá desde Achí, un pueblo de Bolívar —un departamento al norte del país— después del secuestro y asesinato del padre de sus hijos. Votará Sí “para que se acabe tanta matanza de gente inocente y no haya tanta violencia”.

    En Paloquemao, una de las plazas de mercado más grande de Bogotá, se siente el pesimismo. Varios vendedores dicen que el gobierno promete y no cumple, que no conocen los argumentos del Sí ni del No, que el gobierno se olvidó de los campesinos y que en Colombia nunca va a haber paz.

    Johanna Martínez, una vendedora de 45 años, se siente desmoralizada y dice que no va a votar: “¿Para qué sirve el voto? No se va a lograr la paz, llevamos tantos años en esto que ya nadie lo mejora”.

    Si bien la mayoría de sondeos da un predominio al Sí, los números fluctúan y los expertos dicen que al ser un tema tan emocional estos no son muy fiables. Según la más reciente encuesta de Invamer Gallup publicada el 20 de septiembre por Caracol Televisión, 67 por ciento de los colombianos están a favor del Sí, mientras que el 32 por ciento votarían por el No. El margen de error total fue de más o menos 4,9 por ciento.

    Qué votarán los colombianos

    Durante la última semana los colombianos vieron un espectáculo inédito. Las Farc estuvieron reunidas en los Llanos del Yarí –en la región amazónica del país— en su última conferencia como organización armada. Tras una semana de sesiones de pedagogía, deliberaciones sobre su futuro y conciertos, el viernes pasado ratificaron el acuerdo y prometieron dejar las armas.

    Esta semana los congresistas no sesionarán para dedicarse a la campaña, y el lunes se vivió gran expectativa por la firma del acuerdo final en Cartagena entre el presidente Santos y Rodrigo Londoño, el líder de las Farc. Mientras Santos derramó lágrimas e invocó el himno de Colombia al decir que por fin “cesó la horrible noche”, Londoño pidió perdón a las víctimas por la violencia causada por la guerra.

    Ahora solo falta el voto de los colombianos.

    Según los negociadores, el acuerdo final, que deberá ser refrendado por los ciudadanos, es una hoja de ruta para que los integrantes de la guerrilla más antigua del continente dejen las armas y se reintegren a la vida civil.

    El documento traza una reforma rural integral, una apertura democrática que abre la posibilidad de nuevos partidos políticos, una estrategia de sustitución de cultivos ilícitos y un sistema de reparación y justicia.

    Humberto de la Calle, jefe negociador del gobierno, define el acuerdo como “una agenda de oportunidades”. Esta agenda, dice, busca “recuperar el campo, mejorar la política y contribuir a solucionar el problema del narcotráfico”, lo cual “es algo que a todos nos debería interesar”.

    El desarme será verificado por las Naciones Unidas. Después de la firma del acuerdo, las Farc tienen 180 días para entregar todo su armamento, con el cual se harán tres esculturas: una en Cuba, otra en la sede de las Naciones Unidas y una en Colombia.

    El grupo guerrillero se concentrará temporalmente en 23 zonas de normalización para empezar su transición hacia la vida civil. El acuerdo también estipula que las Farc podrán crear un nuevo partido político con el que deberán participar en las elecciones de 2018 y 2022, y les garantiza una representación mínima de cinco bancas en el senado y otras cinco en la cámara de representantes durante esos dos periodos.

    Mientras se reintegren a la sociedad, los guerrilleros recibirán un apoyo económico del 90 por ciento del salario mínimo (cerca de 210 dólares) por 24 meses. También les darán casi tres salarios mínimos (unos 685 dólares) al salir de las zonas de normalización y tendrán derecho a un apoyo de poco más de 11 salarios mínimos ( unos 2750 dólares) para un emprendimiento individual o colectivo.

    Por último, el acuerdo crea una jurisdicción especial de paz que otorgará amnistías e indultos por delitos políticos y conexos. La amnistía no incluye delitos de lesa humanidad, genocidios, toma de rehenes o crímenes de guerra. Para estos se impondrán sanciones restrictivas de la libertad con un máximo de ocho años para aquellos que reconozcan sus delitos y cooperen con la justicia, o penas de prisión de hasta 20 años a quienes no reconozcan sus delitos y les sean probados en la jurisdicción especial.

    Para Rodrigo Uprimny, profesor de la Universidad Nacional y miembro de la organización Dejusticia, “el acuerdo posibilita una paz probable; el No posibilita una guerra probable”.

    Quienes se oponen al acuerdo, en especial el expresidente Álvaro Uribe y su partido Centro Democrático, dicen que buscarían volver a la mesa con las Farc para renegociar ciertos puntos y lograr compromisos más concretos.

    Según Francisco Santos, quien fue vicepresidente de Uribe y es primo hermano del actual presidente, “el voto por el No es un voto por la paz, no por la guerra. Es para consolidar la paz, para que esto no se repita”.

    En un foro sobre la paz en Bogotá, el exvicepresidente dijo que el acuerdo no conducirá a una paz auténtica porque las Farc no pagarán un día de cárcel, no aportarán dinero para la reparación a las víctimas y porque la dignidad democrática quedaría herida con el espacio político que se le otorga a la guerrilla.

    El acuerdo, dijo, “le manda un mensaje terrible a la sociedad: que ser pillo paga y, entre más pillo sea, más me dan”.

    Esos son, de hecho, los temas más sensibles del acuerdo, los que los promotores del No han elegido como caballos de batalla: la elegibilidad política de las Farc, las penas privativas de la libertad en vez de sanciones de prisión tradicionales, y los apoyos económicos que recibirán los guerrilleros.

    Un nuevo relato de país

    Más allá de los enfrentamientos entre los defensores del acuerdo y sus opositores, varios académicos y líderes políticos coinciden en que el plebiscito del próximo domingo es histórico para Colombia, mucho más importante que cualquier elección presidencial.

    Antanas Mockus, excandidato a presidente reconocido por su cruzada para desarrollar la cultura ciudadana, cree que este es un momento de renacimiento.

    “Uno no escoge dónde nace, no escoge a sus padres ni a su país. Si hay un renacimiento, ya puede escoger uno: quiero renacer en una Colombia que respete los derechos humanos, quiero renacer en una Colombia en la que nadie use las armas para hacer política”, dice, en su oficina en Bogotá.

    Jorge Restrepo, profesor de la Universidad Javeriana y director de Cerac —un centro de pensamiento especializado en conflictos y violencia armada—, coincide en que Colombia está en un momento de transición, lo que genera incertidumbre y preguntas sobre el futuro. Es, además, un momento en el que Colombia tendrá que enfrentar sus demonios, dice Restrepo: “El demonio más grande es darnos cuenta de que nosotros desvalorizamos, desacralizamos la vida; que aquí se permitía matar al otro”.

    Los últimos años, desde que comenzó el proceso con las Farc, se pueden entender también como uno de los momentos más importantes para la definición de la nacionalidad colombiana.

    Para Uprimny, la falta de identidad nacional se debe a una geografía difícil, a regionalidades fuertes y a la ausencia de un mito fundador moderno. “Necesitaríamos un mito fundacional que no fuera agresivo, sino democrático. Y qué mejor que la paz no sea un triunfo militar sino una paz pactada”, dice.

    Andrés Pastrana, expresidente de Colombia y ferviente opositor al acuerdo alcanzado en Cuba, dice que el acuerdo es entregarle el país a las Farc en vez de pensar en un futuro. “La paz está para unir, no para dividir. Y un acuerdo que está dividiendo a los colombianos significa que no es un buen proceso, que algo está fallando”, le dijo recientemente a El Mercurio de Chile.

    Uribe, por su parte, le aseguró a The New York Times que el No busca un país donde “haya tolerancia por las ideas ajenas. La tolerancia parte de un país que se sienta reconciliado y aquí lo que se va a crear es más indignación y más rencor porque se le perdona todo al terrorismo”.

    Sin embargo, otras voces, como la de Rafael Pardo, ministro para el Posconflicto y uno de los encargados de implementar el acuerdo, dice que lo pactado va mucho más allá de las Farc y el gobierno.

    Para Pardo se trata, sin duda, de un proceso que desarma a las Farc y pone fin a una guerra de 52 años que mató a más de 220.000 personas y dejó más de cinco millones de desplazados y a más de 25.000 desparecidos. Pero también busca llegar a las raíces de ese conflicto a través de inclusión. “Se trata de la reunificación del país, como las dos Alemanias. Aquí existen dos Colombias”, dice. El acuerdo, señala Pardo, quiere cerrar la brecha entre la Colombia moderna y liberal y otra Colombia que hoy se siente olvidada y poco representada.

    Entre el humor, la indiferencia y la ilusión

    Sobre el proceso de paz se han escrito miles de artículos, pero pocos con una mirada tan particular como los de Actualidad Panamericana.

    Como ocurre en distintos países de América Latina, donde sitios de noticias inventadas y satíricas se han convertido en espacios para digerir la realidad de un modo menos trágico —y para denunciar el absurdo o la impostura de los dirigentes políticos de un modo en que los medios tradicionales no pueden hacerlo— Actualidad Panamericana examina la realidad política de Colombia a través del humor político.

    “Acuerdo de paz incluyó definición final de cuáles son el mejor tamal y empanada del país”, dice un titular que publicaron el 4 de septiembre. Entre sus noticias, el medio publicó que el partido de Uribe aseguraba que “leer el acuerdo acarrea alto riesgo de convertirse en guerrillero”, que una vecina de Bogotá extrañaba a los testigos de Jehová después de recibir la visita de promotores del Sí, y que el pitufo gruñón votaría por el No en el plebiscito.

    Leovigildo Galarza, seudónimo con el que se presenta uno de los autores del sitio, cree que es fundamental que el proceso de paz y el voto del plebiscito lleve a las personas a activar “el chip de la autocrítica y se pregunten de qué manera yo puedo cambiar mis comportamientos y aportar a la paz”. Porque más que nada, dice, “Colombia es un país de barras bravas ansiosas, un país en el que las ansias, pasiones, emociones nublan el potencial de las personas y la capacidad de entender”.

    “Ojalá esto derive en que los colombianos aprendamos a reírnos de nosotros mismos, es un país que le cuesta muchísimo reírse de sí mismo”, añade.

    En esta última semana, los que defienden el Sí y los que militan por el No tratarán de conquistar a los colombianos con sus argumentos, movilizaciones y promesas. En un país acostumbrado a la certeza de la guerra, la paz genera incertidumbre, sobre todo en un pueblo históricamente expuesto a las desilusiones.

    Muchos todavía comparten las dudas de Berta Gaitán, una vendedora de obleas de 57 años en el centro de Bogotá que dice que “en Colombia nunca va a haber paz. Matan, roban, entonces, ¿qué seguridad vamos a tener? ¿Qué paz es esa? Ya perdí la fe”.

    Por otro lado, Alejandro Franco, un estudiante de 24 años, cree que el acuerdo incluye temas que se deberían haber hablado “hace cien años”. Le cuesta entender que alguien pueda oponerse al acuerdo: “Desde que la prioridad en la agenda pública no sea la guerra, eso ya es histórico. Ahora vamos a empezar a hablar de cosas importantes”, dice. “Me emociona un montón”.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 27 septiembre, 2016, 08:52
  28. La firma de la paz en Colombia

    Unos días históricos se viven en Colombia y en toda Latinoamérica con la firma del acuerdo de paz entre el gobierno de ese país y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), iniciando así el cierre de una película que ha causado dolor y muerte por más de 52 años de guerra interna.

    Como testigos del acuerdo participaron 13 jefes de Estado, más de 30 cancilleres y 2.500 invitados. El hecho no es un mero acto protocolar, sino el inicio de una nueva etapa para Colombia, nación que debió soportar un negro período en el que se sucedieron enfrentamientos, muertes y secuestros, en lo que es considerado el conflicto más largo del hemisferio occidental.

    Aún con la firma del documento, los colombianos tendrán que ratificar el domingo en un plebiscito si ratifican o no el acuerdo. De ganar el “Sí”, se confirmará la iniciativa del gobierno y de las FARC, en caso del “No” el panorama se volverá de vuelta en incertidumbre. Está demás señalar que quienes desean que finalmente prime la paz en Colombia irán por dar el voto de confianza a lo planteado por el gobierno de Juan Manuel Santos.

    El pueblo colombiano, en medio de una ilusión de lograr la verdadera paz, se encuentra en este momento en un clima de escepticismo sobre lo que puede pasar en el futuro, pero indudablemente el deseo de lograr la ansiada tranquilidad se encuentra en todos los ámbitos.

    Hay que rememorar que el proceso de negociaciones se inició en febrero del 2012 y tuvieron como enlaces varios referentes del continente y del Viejo Mundo, quienes fungieron de mediadores. Ya un hecho histórico se registró el 23 de setiembre del año pasado cuando por primera vez el presidente Santos y el líder de las FARC, Timochenko, se encontraron y se estrecharon la mano con la intención de firmar el acuerdo el 23 de marzo, cosa que finalmente no se dio.

    “No queremos que haya una víctima más en Colombia (…) El fin del conflicto supondrá la apertura de un nuevo capítulo de nuestra historia. Se trata de dar inicio a una fase de transición que contribuya a una mayor integración de nuestros territorios”.

    El 23 de junio se llegó al acuerdo de cese al fuego, con lo que se daba inicio a una nueva oportunidad. Ahora, con la firma del acuerdo, se rubrica la intención de lograr la paz, aunque con ciertas dudas sobre lo que puede pasar, por la compleja situación en la que también paralelamente están involucrados los llamados disidentes de las FARC.

    El acuerdo es sustantivo, por lo que consideramos importante reproducirlo en parte. El documento de casi 300 páginas señala en su parte resolutiva: “El Gobierno de la República de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo, hemos acordado: – Suscribir el presente Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, cuya ejecución pondrá fin de manera definitiva a un conflicto armado de más de cincuenta años (…). El presente Acuerdo Final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera se suscribe por el Gobierno Nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), como Acuerdo Especial en los términos del artículo 3 común a los Convenios de Ginebra de 1949”.

    Igualmente detalla que “luego de un enfrentamiento de más de medio siglo de duración, el Gobierno Nacional y las FARC-EP hemos acordado poner fin de manera definitiva al conflicto armado interno. La terminación de la confrontación armada significará, en primer lugar, el fin del enorme sufrimiento que ha causado el conflicto”.

    Se admite que “son millones los colombianos y colombianas víctimas de desplazamiento forzado, cientos de miles los muertos, decenas de miles los desaparecidos de toda índole, sin olvidar el amplio número de poblaciones que han sido afectadas de una u otra manera a lo largo y ancho del territorio, incluyendo mujeres, niños, niñas y adolescentes, comunidades campesinas, indígenas, afrocolombianas, negras, palenqueras, raizales y rom, partidos políticos, movimientos sociales y sindicales, gremios económicos, entre otros”.

    Hay un mensaje claro, expresado de esta manera: “No queremos que haya una víctima más en Colombia (…) El fin del conflicto supondrá la apertura de un nuevo capítulo de nuestra historia. Se trata de dar inicio a una fase de transición que contribuya a una mayor integración de nuestros territorios, una mayor inclusión social –en especial de quienes han vivido al margen del desarrollo y han padecido el conflicto– y a fortalecer nuestra democracia para que se despliegue en todo el territorio nacional y asegure que los conflictos sociales se tramiten por las vías institucionales, con plenas garantías para quienes participen en política.

    Se trata de construir una paz estable y duradera, con la participación de todos los colombianos y colombianas. Con ese propósito, el de poner fin de una vez y para siempre a los ciclos históricos de violencia y sentar las bases de la paz, acordamos los puntos de la Agenda del Acuerdo General de agosto del 2012, que desarrolla el presente Acuerdo”.

    Rescatemos parte del documento para suscribir igualmente desde este espacio la necesidad de que culmine la confrontación armada y que verdaderamente signifique el fin “del enorme sufrimiento que ha causado el conflicto”. Como enseñanza, como sociedad toda debemos tomar que con una confrontación de esta naturaleza no gana nadie, sino más bien, perdemos todos. Colombia, con mucho sufrimiento, fue un ejemplo de esa negra historia.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 27 septiembre, 2016, 08:14
  29. Por qué votaré NO

    1) Porque me opongo a una Constitución “blindada” de 297 páginas a espacio sencillo, que nos condena para siempre a lo que en ella se dispone. Es una barbaridad, así fuera la Constitución más sabia. Pero es monstruosa. Ni los hijos de los hijos de nuestros hijos la podrían modificar.

    2) Porque crea un sistema de impunidad detestable, con horrendo valor ejemplarizante. No hay delincuente potencial que no quiera un trato semejante. Las penas previstas en ese mamotreto son un mal chiste. Lo dijo Vivanco, el Director de Human Rights Watch: “La clemencia asesinaría si perdonase a los que matan”. (Shakespeare en Romeo y Julieta)

    3) Porque no es un acto de paz, sino una declaración de guerra. La “lucha contra las organizaciones criminales que hayan sido denominadas como sucesoras del paramilitarismo” es un capítulo entero de esta aberración. Claro que serán ellas, las FARC, las que digan quiénes serían denominados como sus enemigos, para matarlos o encarcelarlos.

    4) Porque me niego a vivir en una Patria comunista. En diez millones de hectáreas, dos veces el Departamento de Antioquia, se formará una “economía campesina, familiar y comunitaria” que dominarán económica, social y políticamente las FARC, que nunca, ni ahora mismo, han renunciado a su credo marxista leninista. Está claro cuáles tierras serán despojadas y a quiénes se les practicará ese despojo.

    5) Porque el acuerdo de paz es hambre para Colombia. El modelo agrario ha sido tomado de Cuba, Venezuela, Corea del Norte y la China, antes de que se volviera capitalista. Ese modelo agrario no produce sino hambre, buena condición para dominar a los hambrientos con un mendrugo de pan en la mano.

    6) Porque me niego a vivir en el reino de las FARC. Nada garantiza que las FARC entreguen las armas que tienen. Pero lo que es seguro, es que no entregarán su dinero, que tienen acumulado en cantidades gigantescas. Con el que ganan cada año como narcotraficantes y mineros ilegales les basta para acabar de corromper este pueblo y ganar todas las elecciones. Armas, dinero, curules gratuitas, 31emisoras FM, comunidades campesinas en su poder, 31 zonas de dominio, diez millones de hectáreas a su disposición (toda el área sembrada de Colombia es de cinco millones de hectáreas) aseguran que de aquí en adelante, hasta el desastre final, las FARC serán dueñas de Colombia.

    7) Porque el Acuerdo arruina definitivamente al país. Las inversiones en el campo, en las zonas que se entregan a las FARC, son de tal magnitud, que no queda un centavo para el resto de Colombia. Solamente la pensión para “los trabajadores y trabajadoras del campo en edad de jubilarse” y la comida gratuita para todos los raspachines (1) de coca y las “comunidades” cocaleras, garantizan este resultado. Seremos más pobres que Cuba.

    8) Porque no voy a vivir en un Narco Estado. Quedan constitucionalmente prohibidos los bombardeos a los campamentos cocaleros; constitucionalmente prohibidas las fumigaciones aéreas; constitucionalmente prohibidas las extradiciones de narcotraficantes; constitucionalmente prohibida la acción de la policía y el Ejército contra el narcotráfico. El Acuerdo garantiza que Colombia será, para siempre, un Estado de narcotraficantes para narcotraficantes. La sustitución voluntaria de los cultivos es otro chiste de mal gusto. Convencer a un campesino que deje por las buenas una actividad que le da diez veces lo que cualquier otra, no pasa de una charada.

    9) Porque me niego a vivir en una dictadura. El Congreso quedará en manos de las FARC. Pero el que se elija, cualquiera, quedará sometido a las 297 páginas de esta basura supra constitucional. El Poder Judicial queda suplantado por el Tribunal Judicial de Paz, para absolver a delincuentes de las FARC y para condenar como delincuentes a los miembros del Ejército, a los empresarios, profesores, agricultores y periodistas que ”amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz”. Las instituciones, tan imperfectas como se quiera que sean, se van al diablo. Solo quedan Timochenko y Santos y los suyos. Y no voy a votar por Santos y por “Timochenko.”

    10) Porque no quiero vivir en un desierto empobrecido en poder de delincuentes. La deforestación del país es trágica; la destrucción de los ríos, patética; la conversión del campo en un narco cultivo de cocaína, marihuana y amapola, incontenible. Y el Acuerdo garantiza que eso se multiplique. La llamada “paz” es la guerra mortal contra el país que produce, la industria, el desarrollo en las ciudades, la ciencia, la clase media, los asalariados.

    Todo esto lo digo, con el Acuerdo Final en la mano. Que tengo estudiado, repasado, subrayado, analizado. Y lo digo en honor de los que queriendo la paz van a votar por su destrucción definitiva, sin leer una página del mamotreto letal que supuestamente la contiene. Querido lector: puede hacer dos cosas. Creerme o estudiar el Acuerdo. De ambas maneras vamos a coincidir. Seguro.

    Por Fernando Londoño Hoyos (*)

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 27 septiembre, 2016, 08:07
  30. UNA PELIGROSA MAGIA VERBAL

    No lo digo yo, lo dice el escritor británico George Orwell: “El lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen verdaderas”. Sí, es algo que nos concierne, algo que está relacionado con el copioso acuerdo de paz que está a punto de firmarse. Si uno lo examina con cuidado encuentra otra profética afirmación de Orwell: “Los peores crímenes pueden ser defendidos simplemente cambiando las palabras con las cuales se les describe para hacerlos digeribles e incluso atractivos”.
    De esta magia verbal se sirven las Farc para maquillar sus acciones terroristas convirtiéndolas en acciones propias de la guerra. Así, por ejemplo, los secuestros son llamados retenciones; la extorsión es un impuesto de guerra; el narcotráfico, un anexo económico de la rebelión; los atentados, operaciones de castigo; las minas antipersona, armas defensivas para proteger sus campamentos, y hasta el atroz atentado al club El Nogal es registrado por los supremos comandantes de las Farc como una acción de fuerza que permitió golpear a la clase dirigente.

    Desde luego, para las Farc y para una izquierda continental que permanece fiel al catecismo marxista, revolución es la palabra que exime de culpas y todo lo justifica. En defensa de este sagrado mito, Castro hizo fusilar a centenares de cubanos opuestos a su régimen, calificándolos de contrarrevolucionarios. Con el mote de revolución bolivariana, el chavismo ha hundido a Venezuela en el peor desastre de su historia. Usando el mismo engaño verbal, sus aliados en el continente satanizan la economía de mercado ofreciendo, con las prebendas del populismo, un ilusorio socialismo del siglo XXI. De su lado, las Farc no se apartan de este objetivo solo que ahora han logrado ponerlo a su alcance, más que con las armas, con lo conseguido por ellas en La Habana.

    En busca de un acuerdo de paz a cualquier precio, el Gobierno se ha servido también de palabras engañosas que tienen buen eco en el ámbito internacional. De este modo, la lucha contra una de las más grandes organizaciones narcoterroristas del mundo ha sido presentada como un remediable conflicto armado. En su condición de actores de tal conflicto, las Farc se sentaron en igualdad de condiciones a negociar con el Gobierno como si fuesen dos Estados o dos protagonistas de una guerra civil.

    Una enigmática justicia transicional repartirá culpas entre quienes defendieron la democracia y el Estado de Derecho y los responsables de las más crueles acciones terroristas. Mientras los primeros, justa o injustamente, se encuentran recluidos en cárceles, los segundos no pasarán un solo día tras las rejas y sus culpas las purgarán en el Congreso. Gracias a lo acordado, el poder que los cabecillas de las Farc van a obtener será mucho mayor que el que tenían con las armas, pues en aquellas zonas de concentración donde estarán ubicados serán ellos quienes controlarán el desarrollo rural, la economía y la política locales. No solo sembrarán hortalizas, sino la semilla de su credo marxista. De eso no cabe duda.

    Una vez obtengan su nuevo estatus político, contarán con recursos adicionales a los que ya les provee el narcotráfico: emisoras de radio, espacios en televisión, el derecho al olvido y el reconocimiento igual al del presidente Santos como protagonistas del anhelado acuerdo de paz. De modo que con este nuevo ropaje democrático buscan enrumbar a Colombia por la misma senda que siguieron Castro, Ortega y Maduro.

    Y por si faltara algo en este mañoso juego de palabras, nos queda la pregunta del plebiscito: “¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera?”. Ante tan comprometedora pregunta, ¿quién se atrevería a votar no? Nunca fue más cierta la frase de Althusser: “Las palabras también son armas, explosivos, calmantes y venenos”.

    Por Plinio Apuleyo Mendoza

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 23 septiembre, 2016, 18:28

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

La frase

“La muerte no existe, la gente solo muere cuando es olvidada; si puedes recordarme, siempre estaré contigo”.1/12/16
.“Eva Luna”, Isabel Allende

archivos

estadísticas

  • 2,584,252 visitas
Follow laoveja100 on WordPress.com

calendario

septiembre 2016
D L M X J V S
« Ago   Oct »
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930  

Peichante-Py en FB

A %d blogueros les gusta esto: