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LA ÉTICA VERSÁTIL DE LA POLÍTICA.

Muchos dirigentes políticos se ofenden cuando se sienten criticados por la actividad que han elegido como profesión. Sostienen que la generalización es siempre una injusticia y en eso probablemente tengan un poco de razón.

Algunos personajes de ese ambiente encajan perfectamente en la descripción universal, pero otros intentan salir de la matriz habitual. Pocos lo consiguen pero es cierto que existen unas pocas excepciones a la regla.

El problema de fondo está vinculado a los antecedentes de la clase política. El descrédito no es producto de una campaña de ensañamiento contra los dirigentes, sino de una percepción de la sociedad, siempre subjetiva, que observa múltiples conductas impropias en los líderes convencionales.

Historias de corrupción y despilfarros, de abuso de poder y soberbia, de inadmisibles posturas reiteradas hasta el cansancio, de manipulaciones perversas e intrigas infinitas. La lista de indeseables comportamientos es demasiado extensa y la gente los identifica de este inconfundible modo.

El que está fuera del poder, el opositor de turno, intentará diferenciarse al máximo señalando con dureza a los que gobiernan, mostrándolos como seres maliciosos dignos del más absoluto repudio popular.

Es interesante analizar esto en perspectiva porque un instante de la política contemporánea no alcanza a exhibir con realismo esa dinámica cambiante en la que los actores mutan sus roles y quienes gobiernan dejan el poder en manos de los que hasta hace poco estaban en la vereda de enfrente.

Es allí cuando la moral con mayúsculas entra en escena con contundencia. Se observa claramente como los paradigmas terminan girando, como los valores se deterioran y lo que hasta ayer era cierto, ahora deja de serlo.

Los que eran poderosos y cometieron todo tipo de desmadres ahora pretenden que sus adversarios sean transparentes, inmaculados, que rindan cuentas y cumplimenten todas las normativas, esas mismas que ellos pisotearon vulnerándolas durante años sin descaro, ni pudor alguno.

Los flamantes triunfadores ya no pueden ampararse en sus acostumbradas críticas despiadadas. Ahora les toca ser protagonistas y tomar la iniciativa a diario. Ya no alcanzan los rimbombantes discursos desde la cómoda postura de observadores circunstanciales analizando todo cruelmente, buscando siempre los errores ajenos y siendo punzantes en sus consideraciones.

Es tiempo de realizaciones, de lidiar con la realidad, de hacer lo que prometieron, de tomar determinaciones con coraje superando obstáculos y dejando de lado los inconvenientes que inexorablemente aparecen.

Lo curioso es observar como ese nuevo oficialismo ahora naturaliza lo incorrecto. Lo que antes estaba mal ahora parece estar bien. Lo que en el pasado configuraba un atropello ahora emana del mandato de la sociedad.

Cuando eran minoría, reclamaban respeto por las opiniones ajenas, tildando de antidemocráticos a los que les refregaban los fríos números electorales. Hoy son ellos los que cuentan con ese respaldo y no les parece tan mal ufanarse de ese apoyo coyuntural para avalar cualquiera de sus decisiones.

Hasta hace poco derrochar recursos de los contribuyentes les parecía inapropiado. En el ejercicio de gobernar esos dineros han tomado otra entidad y ahora les parece lógico malgastarlos en cuestiones personales, gestiones privadas y hasta familiares haciendo que lo paguen los ciudadanos, como si de pronto se hubiera convertido en algo legítimo.

Convivir con la ineficacia, la informalidad y el despilfarro ha pasado a ser un hábito y ahora que están en el gobierno, esas cuestiones ya no molestan como antes. Es como si los parámetros hubieran mutado velozmente.

El modo de hacer política sigue siendo muy parecido. Utilizar los recursos del Estado para hacer proselitismo, financiar la acción partidaria desde las arcas públicas es moneda corriente. Sostienen ahora que en el pasado los otros lo hacían y que no existe razón alguna para no continuar con ese esquema. Ese argumento no convierte mágicamente lo inmoral en justo.

Amedrentar adversarios, comprar voluntades con dádivas, hacer favores políticos designando amigos en cargos públicos, obtener dudosos apoyos parlamentarios a cambio de transferencias de recursos para jurisdicciones de otro signo político, siguen siendo parte del patético paisaje.

Es importante comprender que la moralidad de las decisiones no se debe medir según el lado del mostrador en el que se está operando. Esa circunstancia no lo describe. En todo caso justamente son sus actitudes cuando detenta el poder las que mejor explican su verdadera naturaleza.

Por mucho que se molesten algunos dirigentes y también sus partidarios, no alcanza con hacer ciertas cosas bien. No tiene que ver con la eficacia de la gestión y sus eventuales resultados efectivos. La integridad de un líder político no depende ni del éxito, ni del fracaso de sus políticas públicas.

Si realmente se quiere jerarquizar la actividad política es tiempo de que los que la ejercen muestren señales inconfundibles con sus comportamientos cotidianos. Si quieren ser respetados tendrán que hacer un esfuerzo mayor y proceder en consecuencia priorizando los valores apropiados.

Hasta ahora, lo que se logra identificar fácilmente es una sinuosa actitud, una zigzagueante conducta, una cuestionable impronta que confirma un rumbo con una larga y deplorable tradición, cuya característica principal sigue siendo la ética versátil de la política.
Alberto Medina Méndez

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en “LA ÉTICA VERSÁTIL DE LA POLÍTICA.

  1. La rebelión populista o el rechazo del elitismo de la democracia liberal

    La rebelión de las masas, vaticinaba Ortega allá por 1929. Y lo decía con tono dramático pues, para el filósofo castellano, las “masas” representaban cierta patología de un régimen político en donde el ciudadano, seguro de sí mismo, se siente insolidario de los demás.

    Así, en estricta lectura orteguiana, una democracia de masas es aquella que cobija a los ciudadanos como “niños mimados” y, como tal, reacciona de diversa manera ante fuerzas que se le oponen. El hombre masa, deviene así, en el ciudadano que pide que lo cuiden sin que, él mismo, se tenga que adherir a convicción o moral alguna. Para él, todo es relativo, siempre y cuando, el régimen político establezca las reglas de procedimiento del mismo. Pero he ahí que, yo agregaría, este régimen debe ser liderado por una élite, democrática y liberal sin más, que sepa qué hacer con la nave del Estado.

    Así, la democracia de masas exige un elitismo de inspiración liberal, antipopulista, que, si bien no desprecia a la democracia como tal, confía en que hay solo un grupo de dirigentes que, habida cuenta de su educación en instituciones de élite, estarían habilitados a gobernar, mientras que otro no.

    Se configura así una relación de liderazgo en donde la democracia liberal de élite determina la calificación de sus dirigentes conforme a ciertos cánones preestablecidos. Y a todo aquello que no coincida con los mismos, se les atribuye cualidades “populistas”. O en lenguaje orteguiano, de nuevo, “bárbaras”. Así, la democracia liberal requiere un sentido aristocratizante de la vida política que, por su propia lógica, lideraría a aquellos que no saben o no están preparados para guiar a un pueblo.

    Esta descripción pretende mostrar, con sus matices desde luego, lo que está pasando en las elecciones norteamericanas. La rebelión populista, o el “trumpismo”, marginada por ambas dirigencias elitistas de los partidos tradicionales del “establishment”, pretende abrirse paso a la presidencia.

    A los tumbos, de manera bruta, soez, pero capturando la imaginación política y, en una serie de tópicos, las necesidades reales del norteamericano medio sin una educación universitaria de élite. Este mapa electoral, ubica al espectro político –yo lo reiteré en anteriores escritos– en un “más allá” de toda confrontación ideológica.

    Lo que hace que el resultado sea volátil, pues los votantes fácilmente pueden pasar de un lado a otro, al punto que, seguidores de Sanders –la izquierda del partido demócrata– coinciden con los seguidores a la derecha de Trump. Ambos se sienten marginados por las élites del centro democrático liberal global.

    Este mapa electoral, ubica al espectro político –yo lo reiteré en anteriores escritos– en un “más allá” de toda confrontación ideológica. Lo que hace que el resultado sea volátil…

    El resultado del primer debate presidencial mostró, en carne viva, esta diferencia. La decisiva mejor actuación de la senadora Clinton en el mismo, muestra claramente no sólo la experiencia sino la diferencia en educación y dominio de los temas. Hillary parecía una buena alumna que sabía de lo que hablaba, mostrando precisamente algo que las élites reconocen: el valor de las ideas, usando un lenguaje cartesiano, claro y distinto.

    Configurar su relato político desde la técnica, el cómo se debe hacer y, sobre todo, desde la experiencia de haber estado desde décadas donde se debe hacer el gobierno. ¿Resultado? Expertos concluyeron que a la esposa del ex presidente Clinton se la ve más “presidencial”.

    Y aun así, su victoria en el debate, no movió mucho las encuestas. La carrera presidencial continúa con final impredecible. A pesar de sus invocaciones a veces confusas, a veces narcisistas, un lenguaje no sólo simple sino simplón en el debate, Trump continúa estable. Sus códigos de lenguaje, lejos de un academicismo elitista, llegan emocionalmente a una gran franja de olvidados del sistema.

    El mensaje de Trump es simple: desempleo y cierre de industrias, fuga de manufacturas que, en la mayoría de los casos, se mudan a países donde la mano de obra es más barata, dejando sin trabajo a miles de obreros. ¿Razones? La de abaratar costos de producción y así, maximizar el rendimiento a los inversionistas, cuyos representantes políticos, educados en las mejores universidades, forman la elite que los defienden. Para el lector, seguramente, esto parecería algo irracional. Y ciertamente, un populismo no apela a la razón de ideas claras y distintas, sino al afecto de aquellos que, por decisiones de políticas públicas, han sido o se sienten excluidos del sistema político.

    ¿Será esto suficiente para ganar las elecciones? Al menos esto no se ve muy claro aún. Pero también, es cierto, aun cuando la rebelión antielitista está tocando temas que han sido marginados y olvidados por demasiado tiempo, la figura de Trump como líder de ese movimiento genera demasiadas dudas.

    Pero, ¿por qué creer en él? Por qué, dice, él es un empresario ganador, siempre lo ha sido, y cree, que con su presidencia, el país también ganará. Yo no estoy seguro de ello y, tampoco estoy seguro de la solución de problemas vitales de continuar la tendencia de la democracia liberal elitista de meros procedimientos que lidera la senadora Clinton. En ambos casos, la república, como expresión auténtica de la democracia liberal sustantiva languidece, y, poco a poco, se ahoga en medio del mar de un totalitarismo blando, gelatinoso, relativista, liberal o populista.

    Por Mario Ramos-Reyes

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    Publicado por Anónimo | 9 octubre, 2016, 14:47
  2. SI NO HAY PERSONA, NO HAY REPÚBLICA

    Convengamos con el lector en algo básico, tan evidente que no necesitaría corroboración de ese algo. Nuestra época, y me refiero al tiempo cronológico de nuestras vidas, independiente del lugar –sea la América Latina, los Estados Unidos o, la Comunidad Europea– ha dejado de lado, por desconocimiento o cansancio el tiempo de “los grandes relatos”.

    Las grandilocuentes explicaciones de lo que ocurre en clave ideológica, sean del signo que fueren, se han abandonado. La clave de la “ideología” como factor interpretativo, ha perdido fuerza. Ya nadie cree –a menos que aún esté encerrado en su caparazón ideológico– que los conflictos que están ocurriendo, desde el terrorismo hasta el cambio climático, se puedan interpretar apelando a conceptos simples como “resultado de la lucha de clases”; o bien, la disparidad de riqueza entre el norte y el sur; o entre países que se han “modernizado” y los que no.

    La postmodernidad, nacida de los escombros de la caída del Muro de Berlín en 1989, y luego, confirmada con el derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York en el 2001, han mostrado la vacuidad de esas grandes explicaciones ideológicas, los grandes discursos narrativos. La postmodernidad ha hecho trizas el concepto de sistema, característico de la modernidad.

    La burocracia y política pública como parte de un sistema, impersonal y deshumanizante, está cuestionada. Es menester comprender esto, si se quiere discernir la situación del mundo de hoy. Ya no hay más grandes verdades, solo pequeñas “charlas”, individuos hablando y escribiendo tuits en frenética ansiedad virtual, razones fragmentadas que muestran que ya no hay un “centro” sino una miríada de presiones digitales (políticas) que hacen que la tela común de la convivencia humana se torne difícil, conflictiva, dramática.

    Estamos “más allá” de toda confrontación ideológica, y donde lo que vale, al parecer, es el sentimiento local, demostrado con el resurgimiento de los populismos europeos o americanos. O tal vez, sería más certero decir: estamos caminando hacia un rechazo del globalismo ideológico planetario, Brexit es un ejemplo, que parece haber negado las subjetividades de las comunidades políticas.

    Hay un sordo malestar en las democracias contemporáneas. Fíjese el lector el corcoveo de regiones y países que resienten la violación de su soberanía frente a los embates de la burocracia de Bruselas, o la de Washington o bien, el establecimiento de políticas públicas, desde la familia hasta el medio ambiente de las Naciones Unidas o la Organización de Estados Americanos.

    Me pregunto: ¿no es este el tiempo propicio para la República? República como régimen de Estado que confía no sólo en las mayorías, sino en toda la sociedad política de autodeterminarse. Y como tal, su lenguaje deja de ser meramente proselitista y populista e hinca sus intereses en la educación propia del ciudadano. Un lenguaje que no es elitista, sino más bien el modo en que el sistema político “cobije” al ciudadano, y lo deje en paz para valerse por sí mismo.

    El ciudadano es el que se autogobierna y, no el robot que es gobernado. República, una democracia republicana representativa, o tal vez sería mejor llamarla, una república representativa, como oposición a la democracia burocrática centralista, parecería contar con un tiempo privilegiado. Pero advertimos, no todo lo que se llama república es república. Pues al decir de Aristóteles, el que exista un número de gente en una polis no significa que exista una república.

    Es este punto, que me parece dramático, el que se ha olvidado en este contexto. Se define a la persona, y por ende al ciudadano, exclusivamente como realidad pensante y, como tal, con una autonomía absoluta para decidir sobre su suerte, vía burocracia estatal o de órganos burocráticos decisorios internacionales. Si no se puede pensar, racionalmente, no se es persona.

    Decisiones lamentables como la que el enfermo terminal sin conciencia, ha dejado de ser persona y devenido apenas en un ser vivo, y por lo mismo, deja de ser sujeto de derechos. O bien, que el embrión no es todavía persona, apenas un ser vivo o persona “en potencia”.

    Y con esta visión reducida de la persona, se empobrece, se socava la república. El establecimiento de políticas públicas de salud en países como Estados Unidos, o de la Comunidad Europea, ya comienzan a contemplar la eutanasia como parte de su paquete de beneficios a cubrir.

    El ciudadano ya no decide, últimamente, sino que se decide por el ciudadano, conforme al cálculo de costos que la edad y enfermedad o su tratamiento podrían causar al erario público. Así, sólo una perspectiva personalista, una república asentada en una noción clara y completa de la persona, vital, puede fundar (y salvar) a la república de sus tendencias suicidas.

    Por Mario Ramos-Reyes

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    Publicado por Anónimo | 27 septiembre, 2016, 08:12

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Un arquitecto jubilado.Aprendiz de todo, oficial de nada.Un humano más.Acá, allá y acullá.Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.Desde Asunción/Paraguay.(Correo:laovejacien@gmail.com) (Twitter:@jotaefeb) (Instagram:JAVIER_FDZ_BOGADO)

Trabajo, seriedad y respeto.

Mis padres me enseñaron tres cosas fundamentales: que para poder estar orgulloso de ti mismo y ser alguien hace falta trabajar; que es preciso actuar con seriedad; y que debes respetar a los demás para recibir respeto a cambio. Trabajo, seriedad y respeto. “Si haces estas tres cosas, podrás ser alguien en la vida”, me dijeron. (Zinedine Zidane)

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