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«Europa ha caído en la trampa de hablar del yihadismo y se ha olvidado de la pobreza y la falta de libertades»

Justo Lacunza Balda es miembro de la Sociedad de los Misioneros de África (Padres Blancos), secretario General de África Fundación Sur y rector emérito del Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islámicos, con sede en Roma. Además de un reconocido arabista, africanista e islamólogo. Por eso, en un momento en el que los ismos se adhieren como una lapa al Islam, conviene hablar con él.
Cuando nos referimos al Islam, ¿de qué estamos hablando?

El Islam es una religión monoteísta, una manera de concebir la sociedad y una forma de gestionar el Estado. Porque hemos leído dos cosas sobre el Islam, porque hemos sabido que ha habido un atentado o que hay guerra en Siria o en Libia nos parece que ya hemos entendido qué es el Islam. El Islam, como tema de estudio, requiere mucho trabajo como todo tema al que respetamos.

Por tanto, simplificamos, generalizamos y somos oportunistas.

La tendencia es generalizarlo todo: el Islam, la Iglesia católica, la economía…, hay esa tendencia natural dentro de nosotros. En vez de hablar, en general, del Islam, vamos a hablar de los musulmanes. Mientras no lo haga, no llegaré a entenderlos. Y hablando de los musulmanes encontramos que hay pluralismo, diversidad en los ritos, en las costumbres, en los orígenes, diversidad en cómo miran al mundo, en su historia, en la educación que han recibido, en el contexto en el que han nacido… Esa diversidad es tan propia de los musulmanes como nuestra.

¿Por qué esta tendencia?

Con frecuencia escuchamos frases como ‘Es imposible vivir con los musulmanes’. Cuando alguien me lo dice pregunto a esa persona si conoce a algún musulmán por su nombre y apellido. Y en la mayoría de los casos la respuesta es ‘no’. Hemos caído en la trampa de la globalización, que te inocula el virus de pensar que todo es igual, que todo el mundo está en Facebook, que todo el planeta está en Internet… Todos, musulmanes, cristianos, ateos, secularistas, todos, tenemos la osadía de creer que conocemos todo, y este chip del ‘yo ya sé, yo ya conozco, yo ya lo tengo chupado’, lo tenemos dentro, aunque resulta que, después, no es así.

¿En qué se traduce ese ‘yo ya sé’ para el Islam?

Primero, para la mayor parte de la gente, musulmanes y árabes son lo mismo, sin darse cuenta de que entre los árabes hay comunidades cristianas en Siria, Líbano, Jordania o Egipto que se establecieron allí 700 años antes de la llegada del Islam. Otra idea viene de los atentados. Es evidente que la amenaza yihadista es un hecho real, pero tengo que hacer un esfuerzo para no poner a todo el mundo en el mismo saco. No hay que ser tolerante ni con el odio ni con la violencia en ninguna de sus formas, pero al mismo tiempo tengo que reconocer que quienes más sufren los atentados son precisamente los musulmanes.

La mayoría de las víctimas de Boko Haram, por ejemplo, son musulmanas. ¿Por qué callamos eso?

Nos quedamos con la parte que nos ayuda a defender nuestro discurso. Los grandes recursos petrolíferos del mundo están en los países del Golfo, Nigeria, Sudán o Irán. Como todo el mundo tiene necesidad de petróleo, o de otros recursos, para poder funcionar, no tenemos ningún problema en armar la de San Quintín para hacernos con ellos. ‘Voy a bombardear para así crear un país democrático’. ¿Para curar las enfermedades hay que bombardear un hospital? ¿Se pasa la apisonadora por un barrio para solucionar los problemas de la vivienda? Vamos a hacernos alguna pregunta.

Para explicar el fenómeno de Boko Haram solo se habla de yihadismo. Ni el Gobierno nigeriano ni Occidente se refieren a la pobreza de millones de personas en el norte del país. ¿El discurso sobre esta forma de terrorismo tapa otras vergüenzas?

Esconde la miseria, la pobreza, la falta de trabajo, de infraestructuras… Pero esa bandera del yihadismo también esconde las enormes ansias de libertad que tiene la gente. En las primaveras árabes los ciudadanos dijeron que querían libertad, derechos humanos y trabajo. Nos interesa hablar del yihadismo, sí, pero, ¿solucionamos los problemas? Antes de las llamadas primaveras árabes, se hablaba mucho del período colonial, de Occidente, de Europa. Y precisamente los países europeos han caído en la trampa de hablar del yihadismo y se han olvidado de la miseria, de la pobreza, de la falta de libertades, de derechos, de justicia. Se han olvidado de hablar de las tiranías, de la gente detenida, de la gente olvidada, de los que han perdido la vida, gente que ha desaparecido. Ahora se habla de yihadismo y se habla de atentados y de amenazas, que son reales, pero lo que creamos es un ambiente de sospecha, de miedo, de terror en el que ya es difícil fiarse del otro. El yihadismo nos está crispando, nos está llevando a no fiarnos de los demás, a aumentar los sistemas de control. Seguro que habrá otra forma de hacer las cosas, pero tú no puedes gestionar una sociedad a través del miedo, porque esa sociedad un día revienta.

Miedo precisamente, es lo que generan los vídeos y declaraciones del autodenominado Estado Islámico.

Ellos han entendido de forma muy clara cuál es el papel de los medios de comunicación, sobre todo Internet, en sus labores de difusión y propaganda. Han editado más de 1.000 vídeos, muy profesionales. A diferencia de Al Qaeda, el texto es mucho más escueto y apenas hay citas del Corán. El mensaje es muy claro: ‘Tenemos enemigos, hacemos un llamamiento general a la yihad, a luchar, a la guerra en el nombre del Islam para combatir contra los infieles’. La cosa es muy sencilla, y ha llegado en muchas lenguas a todo el mundo. El lenguaje de la imagen es muy potente. Luego hay una guerra real. Esto no es un chiste, esto no es ciencia ficción. En esa guerra, queramos o no, estamos todos dentro del ajo. Estamos todos metidos. Los medios de comunicación de los yihadistas han llegado a sembrar, por decirlo de algún modo, esa sospecha, ese miedo de que no te puedes fiar de nada, y eso es muy difícil de combatir porque cuando nos dicen que no hay que tener miedo, implícitamente me están diciendo que el miedo existe. Si despliegas decenas y decenas de agentes, eso significa que algo no funciona. Y eso no pasa en Afganistán…

Sino en la Puerta del Sol…

Efectivamente, en la Puerta del Sol. Está aquí. Pero comienzas a tirar de la cuerda y llegas a que en España han desaparecido en un año 113 niños así, por las buenas. No sé, pero no se habrán evaporado. La Europol dice que en el continente han desaparecido entre 10.000 y 13.000 menores. Señores, ¿qué es esto? Habrá algo más que yihadismo. En Alemania, el Gobierno dice que no tiene ni idea del paradero de 130.000 personas que fueron inscritas a su llegada al país. No sé, en algún sitio estarán, no se habrán evaporado. Hay algo más que yihadismo, y entonces llegas a la criminalidad organizada. Hay algo más que esta ideología del yihadismo que mueve millones y por la que están empantanadas cientos de miles de personas. Es una ideología de terror, eso es una realidad, pero no nos despistemos, porque tenemos otras cosas que están pasando delante de nuestras narices de las que no nos preocupamos.

Antes aludía a las primaveras árabes, que cinco años después nos mandan mensajes muy diferentes. ¿Cómo lo interpretamos?

Libia ha estado bajo la zarpa de un dictador que no ha tenido ningún reparo o remordimiento en deshacerse de sus enemigos encarcelándolos o explotando la situación de los extranjeros, especialmente de los subsaharianos. Esto, cuando ocurre desde 1969 hasta 2011… En Libia, los subsaharianos que querían venir a Europa estaban como esclavos en tiempos de Gadafi. Cada vez que tenía un problema con el Gobierno italiano el dictador amenazaba con soltar al Mediterráneo un barco con inmigrantes. Túnez, que sufrió la represión de Ben Alí, que llevaba el país como un Estado policial, es el país que más milicianos ha aportado al Estado Islámico. El contexto de cada país es diferente. No se puede decir que las primaveras árabes sean una línea recta, pero sí tienen un denominador común: la gente estaba hasta las narices de totalitarismos y tiranías. Además, crecía el número de personas que vivía en la pobreza. Ha habido discursos a favor de los derechos humanos que han contribuido a una insurgencia de la población, a que la gente dijera basta. Pero no es menos cierto que cuando han visto que ese oleaje del islamismo se apoderaba de ellos, como en el caso de Egipto, organizaron un movimiento que congregó a 23 millones de personas que se opusieron a Mursi que, entre otras cosas, había monopolizado los poderes legislativo, ejecutivo y judicial egipcios. En poco tiempo acumuló más poder que Nasser o Mubarak. La mayor parte de esos 23 millones que se opusieron a los Hermanos Musulmanes fueron jóvenes.

¿El discurso de Ratisbona fue un punto de inflexión en la relación entre Iglesia e Islam?

Yo leí ese discurso el mismo día que se pronunció, y estaba convencido de que ese tema iba a explotar. Y explotó. Hay otras formas de decir las cosas. Indirectamente el papa puso sobre el tapete un problema real porque hay grupos, y no exclusivamente musulmanes –el Ejército de Resistencia del Señor, de Joseph Kony, en Uganda– que dicen que el otro es un enemigo al que combatir. La violencia en nombre de la divinidad es un problema real, pero la violencia no es solo coger el mosquetón. La palabra puede ser mucho más incisiva y puede llevar a mucha más violencia y odio que un puñal.

¿Por qué no se hace caso a líderes musulmanes que apelan al abandono de la yihad?

Los primeros que deberían apoyar esto de manera real son los líderes de los países musulmanes. Es muy fácil decir que están contra el terrorismo, pero ¿qué hacen? ¿Están contra todo lo que se dice y se publica sobre que Occidente y los cristianos no siguen siendo un reto real para los musulmanes y que son considerados como un enemigo? La religión nos importa un bledo salvo que toque nuestros intereses. Cuando algo toca el interés del bolsillo, los derechos humanos…

¿De qué tiene que dialogar la Iglesia con el Islam?

La Iglesia no dialoga con el Islam, la Iglesia dialoga con exponentes musulmanes.

¿De qué tiene que hablar con esos exponentes musulmanes?

De la vida, el diálogo para solucionar los problemas de la vida. Dios no nos pide cuánta teología sabemos ni cuántos grados académicos tenemos. El diálogo debe centrarse en los derechos humanos, en las libertades, en cuestiones de pobreza, de miseria, de paz, de entendimiento… Después habrá un segundo nivel en el que especialistas que conocen el Islam y el cristianismo dialoguen sobre determinados temas. ¿Qué es lo que pasa? Que los musulmanes tienen una especie de miedo a reinterpretar los textos del Corán que son objeto de conflicto. La Palabra de Dios no es un bloque rígido, está hecho en relación con la inteligencia de la persona, y en base a ello se interpretan los textos, que adquieren otros significados… Lo que no se puede hacer es seleccionar textos y decir ‘esto sí’ y ‘esto no’ hay que revisarlo. Pero hay gente que se plantea ser musulmana para las que determinados textos no son asumibles.

¿La falta de jerarquía del Islam es uno de los grandes retos para ese diálogo?

Hay un diálogo de la vida ordinaria. Tú no sabes quién es tu vecino. Hay un diálogo de lo que nos une, eso que se llama la convivencia, que a veces es tan complicado: tratarnos como seres humanos, tratarnos con respeto, con libertad. A mí cuando todo se reduce a si se pone o no el velo, yo digo ‘usted póngase lo que le dé la gana’.

¿Nos perdemos en lo superfluo?

No reduzcamos una religión de gran influencia, que muestra una senda de espiritualidad y de acercamiento a Dios a dos trapos y a cuatro declaraciones. Vamos a construir la convivencia a través de este diálogo de la vida. Vamos a hacer ese diálogo desde el respeto. Luego habrá personas que por sus competencias sean capaces de discutir sobre textos, sobre espiritualidad, lo mismo que se hace en todos los ramos.

Trae un término al que aludía al comienzo: respeto. ¿Nos acercamos a los otros con respeto?

Creo que no nos acercamos con respeto. A mí, en un montón de ocasiones, me han preguntado qué he estudiado, y cuando digo que el Islam, me responden ‘Uf, cómo está el patio’. Y entonces te sueltan una serie de frases… Y eso es algo que me ha ocurrido con líderes religiosos, con cardenales, con obispos, con arzobispos, con párrocos, con gente normal y corriente, como si esto fuera una pérdida de tiempo. También se escucha decir: ‘No, es que los católicos…’. ¿Usted es musulmán? ¿Con cuántos católicos ha hablado? ¿Qué sabe de la Iglesia católica? O sea, usted viene al comedor, hace fila para recibir ayuda pero a los católicos los odia. ¿En qué estamos? Vamos a tratar de entendernos y utilizar un lenguaje en el que podamos entendernos. Lo que no puedo es apedrear el tejado de mi vecino y luego decir que le respeto. No, hombre. Demuestre usted con hechos que le respeta. Hay que convivir con este pluralismo religioso, que es un hecho. ¿Diálogo? Sí. Podemos hablar, ¿no? Podemos hablar, podemos entendernos, cada uno con su punto de vista. Hará falta paciencia, pero podemos hablar y comunicarnos.

Por Javier Fariñas Martín

fuente: Revista 21

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Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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Mis padres me enseñaron tres cosas fundamentales: que para poder estar orgulloso de ti mismo y ser alguien hace falta trabajar; que es preciso actuar con seriedad; y que debes respetar a los demás para recibir respeto a cambio. Trabajo, seriedad y respeto. “Si haces estas tres cosas, podrás ser alguien en la vida”, me dijeron. (Zinedine Zidane)

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