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El evangelio del domingo: Un padre y dos hijos

Lc 15,1- 32.- El texto de hoy es conocido como: “La parábola del hijo pródigo”, que sin embargo, es más adecuado definir como: “Parábola del Padre misericordioso”, pues él actúa con dulzura hacia el hijo menor y hacia el hijo mayor.
Es como una radiografía del corazón de Dios, mostrando lo que hay dentro de Él, y cómo Él quiere nuestro bien y nuestra sanación.

Los publicanos reprochaban a Jesús porque comía y bebía con los pecadores, olvidándose completamente que el mismo Señor sostiene: “Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva”.

Actualmente, un número importante de personas tiene dificultad de comprender la nefasta realidad del pecado, sea en su propia vida, sea en la estructura social y prefiere usar conceptos más azucarados, como limitación humana, inmadurez, falta de iluminación o secuela de traumas de infancia.

Todo esto tiene su peso, que no puede ser desconsiderado, pero el pecado es un acto voluntario, una palabra, un pensamiento o una omisión que ofende a Dios, manifiesta desprecio hacia el semejante, deshumaniza a la persona que lo realiza y, a la larga, la corrompe.

Todos nosotros necesitamos del abrazo del Padre generoso, porque alejarse de Dios para andar en las pavadas genera creciente frustración. Y, aunque uno haya sido cabezudo y quilombero el Padre le abre su corazón y lo recibe con ternura y comprensión.

Sin embargo, nosotros como hijos pródigos del siglo XXI, tenemos que aprender con el Hijo Pródigo del Evangelio, que manifestó verdadera compunción, pues él recapacitó y dijo: “Padre, pequé contra el cielo y contra Ti, ya no merezco ser tratado como hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”.

Esto significa tomar conciencia de las macanas que uno comete, cambiar de actitudes y parar con estas indecencias, sin caer en la trampa de inventar justificativos hipócritas para seguir haciendo el mal.

Entender que uno pecó “contra el cielo y contra Ti” manifiesta que hay que poner empeño para reparar la bajeza realizada, lo que exige esfuerzo y valentía.

El Padre es también misericordioso hacia el hijo mayor, que se comporta de modo resentido y no quiere más aceptar a su hermano. El Padre lo anima, afirmando: “Todo lo mío es tuyo. Hagamos fiesta porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”.

En fin, “ya no merezco ser tratado como hijo tuyo” es el sollozo de quien defraudó su dignidad de hijo y debe purificarse a través del Sacramento de la Reconciliación, procurando acercarse humildemente al sacerdote para confesarse.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en “El evangelio del domingo: Un padre y dos hijos

  1. “Tu hermano está de vuelta y tu padre mandó matar el ternero gordo, por haberlo recobrado con buena salud. Entonces el hijo mayor se enojó y no quiso entrar en la fiesta.” Lc 15, 27-28

    La Iglesia nos propone para este domingo las tres parábolas del capítulo 15 de Lucas, que nos enseñan hasta qué punto llega la misericordia del corazón de Dios-Padre. En los años anteriores cuando ya encontramos este evangelio hemos meditado justamente sobre esta capacidad infinita de perdonar de Dios, que supera todos nuestros parámetros. Hoy queremos meditar sobre otro aspecto, el cuánto nos cuesta ser misericordiosos con nuestros hermanos. De hecho, al final de este evangelio Jesús nos habla del enojo del hermano mayor con la actitud misericordiosa del Padre. Por hermanos entendemos no sólo los hermanos de sangre como también los miembros de una comunidad religiosa, o hasta colegas y amigos de un determinado grupo social.
    El hecho es que, desde del inicio del mundo la relación entre hermanos fue siempre marcada por el conflicto, por los celos, por la disputa de poder y privilegios. Ya lo vemos en los dos primeros hermanos que existieron (Caín y Abel) uno mató el otro. Aun encontramos que Jacob robó la bendición de la primogenitura a su hermano Esaú y quedó con todos los derechos que no le correspondían. También los hermanos de José lo querían matar a causa de los celos, pero al final lo vendieron como esclavo. Y los ejemplos podrían aun continuar…
    La relación entre un hombre y una mujer es sostenida por el deseo, por el amor… los dos sienten necesidad entre sí para completarse. La relación entre el padre (o la madre) y el hijo es estimulada del hecho que los hijos son, en un cierto modo, una prolongación de uno mismo. Sin embargo, entre hermanos no tenemos una motivación natural que nos una. Al contrario, un hermano generalmente lo sentimos como una amenaza. Es alguien que llega para robarnos la atención, el afecto, el espacio… Basta recordar los celos de los niños cuando les nace un nuevo hermanito. Son los padres los que deben enseñar a respectar, a compartir y a amar a los hermanos. Aun así, al final siempre se queda algo: siempre tenemos algo que reclamar con nuestros padres en relación a nuestros hermanos: a veces nos parece que prefieren al otro y que a él siempre hacen más.
    Es muy común que después que los padres se vayan, empiecen a crecer muchas diferencias entre hermanos. La repartición de los bienes en general es muy problemática y fuente de muchas luchas y divisiones. Como el hijo mayor de la parábola, gritamos siempre por justicia y queremos impedir que nuestros padres sean misericordiosos con nuestros hermanos. Como el hijo mayor, esperamos que el padre castigue a nuestro hermano delante de nosotros, que le llame la atención, que le trate con dureza.
    Cada hijo, en la intimidad, siempre cree que tendría más derecho que los otros, y hasta sería capaz de dar muchas razones para esto. Con todo, lo que secretamente nos mueve son estos celos, es nuestra inseguridad, es nuestra rabia por no ser únicos en el mundo. Reconocer al otro y tener que compartir con él la vida, los afectos, los bienes… es siempre un gran desafío.
    Es justamente esta relación entre hermanos la que necesita ser iluminada y transformada por el evangelio. Jesús vino al mundo para proponernos un nuevo modo de ser hermano. Al contrario de Caín, que mató su hermano, Jesús vino para dar su vida por ellos.
    Él es el hermano, el primogénito, que libre de cualquier celo y de envidia quiso (y quiere) solamente el bien para sus hermanos; envés de pedir al padre que haga justicia con nosotros, aceptó pagar nuestra deuda cargando la cruz; envés de querer la herencia toda sólo para sí, está buscando siempre nuevos hermanos con quienes compartirla; siendo el primogénito, envés de querer que todos lo sirvan, prefiere lavar los pies de sus hermanos; envés de enojarse con la fiesta que el padre hace por cada hijo que retorna a su casa, ofrece su propia carne para el banquete …
    Este es el único modo de cambiar el mundo: aprender a ser hermano como y con Jesús.
    Debemos descubrir y reconocer que dentro de cada uno de nosotros naturalmente existe un Caín siempre dispuesto a asesinar a quien nos hace sombra, a quien tiene algo mejor que nosotros, a quien nos roba la cena, o quien juzgamos que haya cometido algún pecado… Este Caín necesita ser combatido y transformado en Cristo, listo para servir, para amar, para perdonar y hasta para dar la vida por el hermano. Santos como Francisco de Asís, Vicente de Paúl, Teresa de Calcuta… lo consiguieron. Ellos vivieron una nueva relación con sus hermanos. También nosotros podemos hacerlo. La eucaristía de cada domingo debe ayudarnos en este proceso de Cristificación.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por Anónimo | 13 septiembre, 2016, 10:38
  2. domingo 11 Septiembre 2016

    Vigésimo cuarto domingo del tiempo ordinario

    Libro del Exodo 32,7-11.13-14.
    El Señor dijo a Moisés: “Baja en seguida, porque tu pueblo, ese que hiciste salir de Egipto, se ha pervertido.
    Ellos se han apartado rápidamente del camino que yo les había señalado, y se han fabricado un ternero de metal fundido. Después se postraron delante de él, le ofrecieron sacrificios y exclamaron: “Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto”.
    Luego le siguió diciendo: “Ya veo que este es un pueblo obstinado.
    Por eso, déjame obrar: mi ira arderá contra ellos y los exterminaré. De ti, en cambio, suscitaré una gran nación”.
    Pero Moisés trató de aplacar al Señor con estas palabras: “¿Por qué, Señor, arderá tu ira contra tu pueblo, ese pueblo que tú mismo hiciste salir de Egipto con gran firmeza y mano poderosa?
    Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: “Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia”.
    Y el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo.

    Primera Carta de San Pablo a Timoteo 1,12-17.
    Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio
    a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia.
    Y sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús.
    Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos.
    Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en él para alcanzar la Vida eterna.
    ¡Al Rey eterno y universal, al Dios incorruptible, invisible y único, honor y gloria por los siglos de los siglos! Amén.

    Evangelio según San Lucas 15,1-32.
    Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
    Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”.
    Jesús les dijo entonces esta parábola:
    “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?
    Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría,
    y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”.
    Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.
    Y les dijo también: “Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?
    Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido”.
    Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”.
    Jesús dijo también: “Un hombre tenía dos hijos.
    El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes.
    Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
    Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
    Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.
    El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
    Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!
    Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;
    ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’.
    Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
    El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’.
    Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
    Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
    porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta.
    El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
    Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
    El le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’.
    El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
    pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
    ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’.
    Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
    Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Pedro Crisólogo (c. 406-450), obispo de Ravenna, doctor de la Iglesia
    Sermón 5 sobre el hijo pródigo; PL 52,197

    «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo»

    El hijo vuelve a casa de su padre y exclama: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros»… Pero el padre corrió, acudió apresuradamente desde lejos. «Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores» (Rm 5,8). El padre se apresuró… en la persona del Hijo, cuando a través de él, bajó del cielo y vino a la tierra. «El Padre que me envió está conmigo» dice en el Evangelio (cf 16,32). Se le echó al cuello: se echó hasta llegar a nosotros cuando, por Cristo, toda su divinidad bajó del cielo y se instaló en nuestra carne. Y lo abrazó. ¿Cuándo? Cuando «la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan» (Sl 84,11).

    Hizo que le pusieran una vestidura de fiesta: la que Adán perdió, la gloria eterna de la inmortalidad. Y le puso un anillo en el dedo: el anillo del honor, su título de libertad, la prenda particular del espíritu, el signo de la fe, las arras de las bodas celestiales. Escucha al apóstol Pablo: «Quise desposaros con un solo marido, presentándoos a Cristo como una virgen fiel» (2C 11,2). Y mandó que le calzaran los pies: para que nuestros pies estén calzados cuando anunciamos la buena noticia del Evangelio, y sean benditos «los pies de los que anuncian la paz» (Is 52,7; Rm 10,15).

    E hizo matar al ternero cebado… Matan al ternero por orden del padre porque a Cristo, Dios, Hijo de Dios no podían darle muerte sin la voluntad del Padre; escucha todavía al apóstol Pablo: «No perdonó a su propio Hijo sino que lo entregó a la muerte por nosotros» (Rm 8,32).

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    Publicado por Anónimo | 11 septiembre, 2016, 07:04

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