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Tú también, ¡bruto!

No voy a hablar del asesinato de Julio César, que, según algunos historiadores, dijo aquello de “Tu quoque, Brute, filii mei” (Tú también, Bruto, hijo mío) y que en la obra de William Shakespeare terminó siendo, simplemente: “¿Et tu, Brute?” (¿Tú también, Bruto?). No, simplemente quiero decir: tú también, bruto, que está muy lejos de resultar una exclamación épica destinada a perdurar a través de veinte siglos, sino simplemente referirme a una realidad que lleva en vigencia mucho más de tantos siglos.
En esta semana, se llevó a cabo en las Cortes (Congreso) de España la “sesión de investidura”, es decir, los partidos con representación se propusieron formar gobierno después de las últimas (y segundas) elecciones realizadas en el plazo de seis meses. No entremos en detalles de este complicado proceso que, a pesar de sus ventajas, tiene por contrapartida la dificultad de elegir un presidente, por lo que estamos sin gobierno desde el pasado mes de diciembre.

Los discursos fueron ásperos, muchos de ellos muy agresivos; no faltaron las posiciones torpes ni tampoco momentos en los que uno, al otro lado de la pantalla de televisión, sentía ganas de ponerse de pie y aplaudir. Pues bien, uno de los políticos de renombre, preocupado por contentar a todos los sectores de votantes, dijo, siguiendo el abstruso modelo de la “perspectiva de género“, “porque nosotros y nosotras…”. No contento con esta salida, insistió un par de veces más en su condición de “transexual”. ¿O no es tal quien habla de ser, al mismo tiempo “nosotros y nosotras”?

La tensión del momento hizo que pasara desapercibida dicha expresión. Lo notó muy bien, sin embargo, Pedro Álvarez de Miranda, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Real Academia, que, al día siguiente, le dedicó un largo artículo en “El País” bajo el título de “Nosotras venimos dispuestos”, señalándole lo desacertado de su expresión.

Claro que no fue el único. También habló una mujer perteneciente a un partido que tiene nada más que dos escaños en el Congreso: ella y un varón. Llegado el momento, también se embarcó en la “perspectiva de género”, según su peculiar manera de entenderla, y no dudó en decir: “Nosotras…”, y así varias veces, hasta que, llegado un momento, quizá sintió cargo de conciencia por la operación de transgénero a la que le estaba sometiendo a su compañero y trató de arreglar la cuestión: “Nosotras, en nuestro partido, venimos dispuestos a conversar…”. La historia se repite con la regularidad de las estaciones: si hace dos mil años asesinaron a Julio César en el Senado, esta vez asesinaron el idioma.

La “perspectiva de género” es un invento feminista que no funciona porque desde el vamos equivoca los términos. Además, posiblemente lo ideó una persona que no tiene ni la más pálida idea de una disciplina llamada “lingüística” y confundió –y se sigue confundiendo– “género” con “sexo”. El motor de todo es “dar visibilidad a la mujer”. A pesar de ello, es evidente que la “visibilidad” no ha funcionado, pues las estadísticas nos dicen que, al menos en Paraguay, la “violencia de género” ha aumentado en los últimos años. En realidad, no es “violencia de género”, sino “violencia de sexo”. El hombre que mata a su esposa no lo hace porque ella es de “género” femenino, sino porque ella es de sexo mujer. Así, pues, si comenzásemos a llamar las cosas por su verdadero nombre y les diéramos a las palabras su valor original, podríamos abrir un camino más efectivo hacia la solución de un problema grave que, en lugar de ir disminuyendo, pues va en aumento.

No sé si viene al caso, pero esta anécdota me parece significativa: el domingo se jugó un partido de fútbol en una ciudad pequeña de España y el árbitro fue una mujer. Cuando le mostró tarjeta roja a uno de los jugadores, alguien del público le grito: “Vete a casa a fregar los platos”. La mujer pensó que no podía tolerar un insulto machista y suspendió el partido. En la tarde del lunes, quien profirió ese grito se presentó en el club a pedirle disculpas al árbitro reconociendo que se había equivocado.

Por Jesús Ruiz Nestosa

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Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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