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Un compás en el ojo

Lleva una flor en la mano, nada más que una flor, a manera de escudo frente a una fila de soldados fuertemente armados, con el fusil cruzándoles el pecho diagonalmente, dispuestos a disparar. Pero la joven les ofrece una flor, cuyo color no se distingue, porque es una imagen en blanco y negro. Esta fotografía se volvió una imagen icónica de las protestas que conmovieron los Estados Unidos de Norteamérica durante los años de la guerra de Vietnam, a finales de los años sesenta del siglo pasado. Su autor, Marc Riboud, que el martes último, a la edad de 93 años, falleció en Francia.
A pesar de haber trabajado para la agencia Magnum, la agencia de fotografía más importante del mundo, Riboud no se consideró nunca un fotoperiodista ni tampoco un artista, sino simplemente un “paseante” al que le gustaba tomarse su tiempo para hacer cada toma; dos características que en el mundo actual son difíciles de comprender cuando la gente muestra una obsesión febril por acumular títulos y proclamarse esto o bien aquello. También difícil de entender lo de “tomarse su tiempo”, cuando es frecuente ver a los “paseantes” haciendo fotografías con el teléfono, automáticamente, muchas veces sin siquiera mirar lo que se está fotografiando.

Riboud, evidentemente, no es de este tiempo, no solo por su edad, sino por la forma en que se entregó a su trabajo y, gracias a ello, nos legó una obra que nos retrata un mundo y diferentes modos de vida, poblado de seres humanos a los que se acercó con su objetivo para obtener, en cada caso, lo mejor que tenían, incluso en aquellas situaciones que podrían ser consideradas dramáticas, extremas, dolorosamente conmovedoras.

La fotografía de la joven enfrentada a las armas de un ejército que se muestra insensible a cualquier gesto que pudiera considerarse humano, no es la única famosa de él. Incluso hay varias tomas de la misma escena y luego el gesto repetido en otras partes del mundo, en otras manifestaciones, en otros actos de protesta. Era el mundo joven que se sublevaba contra el mundo adulto, la generación que quería vivir y se oponía a la guerra. Era lo que muchos llamaron el “flower power” (el poder de las flores) porque era el arma con que se enfrentaban a las otras armas, las mortales.

Un nombre como engarzado entre los hierros de la Torre Eiffel, la pierna derecha recta, la izquierda ligeramente echada hacia atrás buscando un punto de apoyo, con la mano izquierda se sujeta de una viga y con la derecha empuña un pincel. Está pintando la torre para evitar que el herrumbre corroa los hierros. Alguien dijo que parece que se está sujetando del pincel. En realidad, flota en el aire de París, sobre las casas que no se ven porque están muy por debajo del inspirado pintor.

Vendió esta fotografía a la revista norteamericana “Life”, en 1953. Estaba entonces por los treinta años, y la imagen lo consagró como fotógrafo. Conoció a Henri Cartier-Bresson y Robert Capa, que acababan de fundar la agencia Magnum en 1947 y le invitaron a unirse a ellos. Fue justamente Cartier-Bresson quien dijo que Riboud “tenía un compás en los ojos” por la precisión con que enfocaba y componía sus fotografías.

Aún cuando sus fotografías se publicaron en las revistas más prestigiosas del mundo, como National Geographic, Paris Match, Stern, Life o Geo, refiriéndose a sí mismo, decía: “Yo no soy un fotoperiodista, tampoco un artista; soy fotógrafo, eso es todo”, añadiendo: “No soy siempre bueno, pero lo intento”.

Comenzó a hacer fotografías a los 14 años con una cámara Vest Pocket, que su padre había utilizado en las trincheras en la Guerra del 14. Desde entonces, nunca salió a la calle sin llevar consigo una cámara. Ahora él se marcha a su última trinchera, ya sin cámara, dejándonos una obra estupenda, conmovedora, al mismo tiempo que una lección de vida, una vida llena de logros y sin estridencias, que muchos quisiéramos imitar.

PorJesús Ruiz Nestosa

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Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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