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Cuando Fernando Villasolo escuchó de labios del secretario del Registro Civil que no podía atender su requerimiento porque en el archivo figuraba como muerto, no sintió ningún sobresalto. Se quedó un instante mirando a aquel hombre alto y enjuto, y se volvió hacia la puerta.

– A veces pasa –le aclaró el burócrata, alzando tímidamente la voz al verlo retroceder–. No tiene más que reclamar. A la legua se ve que está usted bien vivo.

– ¡Qué voy a estar vivo! –se limitó a mascullar Villasolo de camino a la salida.

¡Muerto! ¡Cómo no había reparado en eso! Era un triste cadáver y ni siquiera se había percatado. Maldijo su despiste, esa distracción crónica que lo había lastrado desde niño y que al parecer le había hurtado la conciencia de su propia defunción. ¿Pero de qué forma ocurrió? ¿Qué circunstancias concurrieron? ¿En qué momento había dejado de ser quien era sin advertirlo? Se sentó en un reborde del mismo edificio que acababa de abandonar y, con las manos aferradas a su rostro, intentó averiguar el cómo, dónde y cuándo de su óbito. «Pudo ser tras el accidente en la obra», se dijo. «O tal vez el día que me fui al paro. O cuando me dejó Dolores. Ya se sabe cómo son estas cosas, un disgusto, un infarto… Quizás aquella tarde en la playa, cuando nadé como un inconsciente hasta la extenuación y logré regresar a la orilla a duras penas. O el viernes pasado, cuando me atraganté durante la cena. ¿Y quién me dice que no fue al nacer? ¡Tal vez no haya vivido nunca! Pude haber muerto hace una hora o pude haber muerto hace veinte, treinta, cuarenta años. ¡No tengo ni idea! Lo único cierto es que estoy muerto, y eso explica perfectamente mi patética existencia».

¡Muerto! ¡Lo único que Fernando tenía claro es que estaba muerto! Y eso, notó algo maravillado, no lo sumía en la angustia. En realidad, comenzaba a experimentar una sensación muy parecida al alivio. Un muerto no tiene necesidades ni expectativas, no está sometido a reglas ni convenciones, un muerto –por definición– siquiera está condenado a buscarse la vida. Un muerto no sufre, no fracasa. Ser un muerto armonizaba perfectamente con aquel lamentable estado de perenne zozobra que hasta ahora había llamado vida. Era un muerto muerto, un muerto cabal. Y además, certificado.

Fernando decidió entonces proceder en consecuencia, y vivir su muerte –permítaseme la expresión– de forma plena. Con unas tablas que halló en un solar abandonado se fabricó un ataúd en el mismo centro del salón de su casa. Allí comenzó a pasar las noches y, aunque en los primeros momentos le pareció algo incómodo, pronto se acostumbró a la estrechez y aspereza del féretro, patente a pesar de la manta y la almohada que había instalado en su interior. Luego fue la siesta, el desayuno y la merienda. Hasta que, poco a poco, comenzó a pasar en aquella urna de madera astillada todo el tiempo que podía. Cuando no dormía, escuchaba música, leía un libro o jugaba a cualquier tontería en el móvil. A veces se sentaba y veía la tele, almorzaba y cenaba, se ejercitaba realizando flexiones o se distraía mirando el vuelo de los pájaros y las palomas a través de la ventana.

Un día pensó que igual no era él el único muerto en su anterior condición. Es decir, un muerto inadvertido. ¿Por qué lo iba a ser? Bien visto, era prácticamente imposible que lo fuera. Comenzó a analizar a sus aburridos e insustanciales amigos y le pareció que, al menos en una alta proporción, estaban tan muertos como él. Lo mismo sentía al observar a la gente que pasaba veloz y cabizbaja por la calle o paseaba sin detenerse ni saludar por el parque, por no hablar de aquellos rostros grises y derrotados con los que se tropezaba en las oficinas de empleo. «¡Muertos! ¡Esta sociedad está llena de muertos que no saben que lo son!».

Tenía que poner remedio a tamaño desajuste. Y decidió verter su luz sobre aquel mar de inconsciencia. Al principio, la mayoría lo tomó por loco o por imbécil, pero pronto comenzó a recibir el merecido premio a su abnegada labor. Primero fueron tres ataúdes en el salón de sus vecinos de enfrente. Luego uno más, allá; diez al otro extremo de la ciudad. Enseguida decenas, y en una semana centenares, miles en toda la provincia. En varias provincias. Al cabo de unos meses los féretros se contaban por millones en todo el país. La nación misma acabó transformada en un gigantesco cementerio. Y el movimiento comenzaba a trascender fronteras. Los muertos declarados eran mayoría y las autoridades, al principio desconcertadas ante tan insospechada y trepidante subversión, no tardaron en desarrollar un plan para dominarla. No fue difícil poner de acuerdo a los tres partidos emergentes –PIM (Partido Independiente de los Muertos), PAM (Partido Auténtico de los Muertos) y PUM (Partido Unificado de los Muertos)– y sumarlos a la causa. Al fin y al cabo su principal, y en realidad única, reivindicación, el reconocimiento oficial de aquel masivo fallecimiento, no era tan difícil de satisfacer. «Puede incluso que no nos venga mal», se atrevió a comentar un ministro: «Es de general conocimiento que los muertos ni sienten ni padecen», apuntó con cierta socarronería, ante la calculadora mirada de sus compañeros de Gobierno.

En cuatro o cinco semanas todos los registros del país fueron actualizados, inspeccionados y comprobados una y otra vez por hasta cuatro diferentes equipos de expertos independientes reunidos para la ocasión. Apenas nueve meses después del suceso de Villasolo, el presidente declaró al fin oficial la muerte de la ciudadanía. Él mismo se hizo instalar un conjunto de imponentes sarcófagos en su residencia gubernamental. La gente volvió a sus cosas y el único cambio de cierta trascendencia consistió en la reconversión de la industria de camas, literas y hamacas en la de ataúdes. El plan había salido a la perfección. Aunque ni el mejor plan del mundo, y eso era algo que el alto y enjuto secretario del Registro Civil sabía muy bien, podría evitar que continuara produciéndose algún que otro desarreglo:

– A veces pasa –informaba el burócrata a su por lo general turbado interlocutor–. No tiene más que reclamar. A la legua se ve que está usted bien muerto.

El muerto fue publicado originalmente en El Blog de Manuel M. Almeida

El muerto

 

 

 

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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Mis padres me enseñaron tres cosas fundamentales: que para poder estar orgulloso de ti mismo y ser alguien hace falta trabajar; que es preciso actuar con seriedad; y que debes respetar a los demás para recibir respeto a cambio. Trabajo, seriedad y respeto. “Si haces estas tres cosas, podrás ser alguien en la vida”, me dijeron. (Zinedine Zidane)

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