está leyendo ...
.

Harvard y la explotación de la miseria

¿Para entrar a Harvard hay que fotografiarse con niños centroamericanos?

Este verano, al igual que el anterior, Dylan Hernandez, de 17 años, observó un tema común en las cuentas de redes sociales de sus compañeros de la secundaria católica privada a la que asiste en Flint, Michigan.

“Un gran porcentaje de mis amigos, en su mayoría de familias acomodadas, están haciendo ‘viajes misioneros’ a Centroamérica y África”, me escribió en un correo electrónico hace poco. Hernandez lo sabe por las fotos que publican en Snapchat e Instagram, en las que aparecen “con algún niño moreno y pobre de entre 2 y 6 años sentado sobre su regazo”, explicó. Los pies de foto tienden a decir algo por el estilo de: “Esta belleza hizo que me costara tanto trabajo irme”.

Pero lo que hacen es irse, después de pasar apenas una semana ayudando a reparar la escuela o biblioteca en ruinas de un pueblo para regresar a la comodidad de sus hogares y muy posiblemente escribir un ensayo de ingreso a la universidad acerca de cómo esa experiencia transformó sus vidas.

“Me molesta”, me dijo Hernandez, explicando que si bien muchos de sus amigos tienen buenas intenciones, algunos parecen no darse cuenta de la pobreza hasta que viene acompañada de un viaje a un destino exótico. Él mismo ha hecho voluntariados en el YMCA de Flint, donde, dijo, los niños de los que es tutor y con los que juega amarían “que esos mismos compañeros vinieran y simplemente hablaran con ellos”.

“No necesitan pasaporte ni pasar por la aduana”, añadió.

Hernandez me buscó porque conocía lo que yo había escrito sobre el proceso de admisiones a la universidad. Lo que describió es algo que desde hace mucho nos molesta a mí y a otros críticos de este proceso: la moda persistente entre los estudiantes de secundaria de hacer un “voluntariado” que algunas veces no pasa de ser una aventura lejana y unas cuantas líneas o párrafos en sus solicitudes de admisión a universidades selectivas.

Esa moda hace que las dificultades del mundo en desarrollo dejen de ser una oportunidad de crecimiento y empatía, para convertirse en una actividad extracurricular sobre la que escribir.

Y refleja una apuesta más amplia en el proceso de admisiones que me preocupa en igual medida debido a su potencial de crear hábitos y valores ajenos en los estudiantes que pasan por ello, porque les dice que el éxito es cuestión de un empaque superficial y de tachar las casillas correctas en el momento adecuado. Eso solo resulta cierto en algunos casos y casi nunca es la receta para una vida bien vivida.

En el caso del trabajo por caridad, la casilla marcada incluso puede resultar contraproducente porque los lectores de las solicitudes adivinan su intención.

“La broma habitual en admisiones es el viaje de voluntariado a Costa Rica para salvar la selva”, me dijo Angel Pérez, quien está a cargo de las admisiones en Trinity College, ubicado en Hartford.

Jennifer Delahunty, quien desde hace mucho tiempo está a cargo de las admisiones en Kenyon College, dijo que los ensayos de la solicitud de ingreso a partir de viajes caridad ya son un género en sí mismo.

“Con frecuencia llegan a la misma conclusión: ¡La gente en otras partes del mundo, sin dinero, es más feliz que nosotros!”, me contó. “Eso es una revelación para algunos estudiantes. Sin embargo, puede ser un riesgo escribir sobre el tema porque es difícil sacar la verdad de ese cliché”.

Muchos de los estudiantes que hacen viajes de voluntariado u otro tipo de trabajo comunitario fuera del país tienen motivaciones sinceras y hacen una contribución real (aunque fugaz) y se sienten verdaderamente iluminados por ella. Pérez y Delahunty no lo dudan. Yo tampoco.

Pero hay algo de cinismo en esa combinación.

Un asesor de admisiones universitarias me habló una vez sobre una clienta europea adinerada que lo llamó en estado de pánico, queriendo cancelar las vacaciones familiares de verano habituales para que su hijo pudiera ir a construir caminos en algún país en desarrollo; acababa de leer o escuchar en algún lado que eso causaría una buena impresión en las universidades.
El asesor le preguntó a la mujer si tenía en mente algún país o itinerario. La respuesta fue que no.

Richard Weissbourd, un psicólogo infantil y profesor de Harvard que ha estudiado el proceso de admisión con intención de reformarlo, recordó haber hablado con padres adinerados que habían comprado un orfanato en Botsuana para que sus hijos pudieran tener un proyecto sobre el cual escribir y hablar. Luego se enteró de que otros padres habían comprado una clínica para pacientes con sida en un país igualmente pobre por la misma razón.

“Se vuelve contagioso”, explicó.

Un fenómeno más reciente es que los adolescentes tratan de demostrar sus habilidades de liderazgo, además de su compasión, al crear sus propias organizaciones sin fines de lucro, y sin experiencia, en lugar de contribuir con las ya existentes, algo que podría darles más experiencia y eficacia en lo que hacen.

“Es una especie de variante de irse en un viaje de voluntariado y darse cuenta de que en realidad no hay diferencias entre la gente de todo el mundo”, dijo Stephen Farmer, quien está a cargo de las admisiones universitarias en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.

“No pretendo restarle importancia”, añadió, reconociendo que los destinos de muchos de estos viajes y organizaciones no lucrativas se benefician también, que no solo lo hacen los aspirantes universitarios que viajan.

Pero, en gran medida, están reservados a los estudiantes cuyos padres tienen suficiente dinero para ayudarles en sus empeños. Además de que se abordan de una manera superficial y se olvidan pronto. “Me preocupa que los estudiantes se sientan obligados, forzados, a hacer este tipo de cosas, en lugar de sentir que están atendiendo algún llamado interior”, dijo Farmer.

En muchos casos, están obligados. Tara Dowling, directora de la asesoría universitaria de Rocky Hill School de East Greenwich, Rhode Island, hizo notar que muchas escuelas secundarias (incluida, sin ir más lejos, la de Dylan Hernandez) ahora exigen a los estudiantes un número mínimo de horas de servicio público. Sus horarios, atiborrados de deportes, artes o preparaciones para los exámenes de admisión, dejan poco tiempo para tal actividad.

Cubrir este requisito en Centroamérica se vuelve irresistible. Si eso diluye el aparente propósito de la actividad, ¿de quién es la culpa? ¿De los estudiantes o de los adultos? Dowling señala que sin las conversaciones y orientación correctas “los niños no saben cómo conectar estas experiencias con el resto de sus vidas, con la película completa”.

Hay voluntariados excelentes que algunos estudiantes realizan a través de iglesias a las que ya pertenecen, y otras experiencias que no son tan buenas. También hay muchos otros proyectos y trabajos de verano que pueden ayudar a los estudiantes a desarrollar una comprensión más profunda y modesta del mundo.

Pérez me dijo que su ensayo favorito entre las solicitudes recientes de ingreso a Trinity era de alguien “que pasó el verano trabajando en una cafetería. Él escribió sobre no haberse dado cuenta de lo invisible que era la gente que trabaja en el sector de servicios hasta que trabajó en él. Describió cómo la gente no lo miraba a los ojos en el mostrador”.

¡Alto, padres sobreprotectores! La evaluación de Pérez no quiere decir que deberían llevar a rastras a sus hijos adolescentes al Starbucks. Quiere decir que, sin importar lo que hagan, deben ser capaces de participar en ello plenamente y reflexionar sobre su tarea para encontrar significado.

Si se trata del trabajo comunitario, ¿por qué no hacer frente a todas las necesidades que existen en su propio patio?

Muchos adolescentes que van camino a la universidad lo hacen, pero no lo suficiente, como puede atestiguar Hernandez. Él se siente terriblemente solo en el YMCA de Flint y, en ese contexto, se pregunta: “¿Por qué está tan de moda gastarse mil dólares o más, pasar 20 horas viajando, y 120 horas haciendo trabajo voluntario en Guatemala durante una semana?”.

También se pregunta algo más: “¿Los niños de allá no están tristes, sintiéndose abandonados por una nueva camada de adolescentes estadounidenses que llegan y se van cada semana?”.

Por FRANK BRUNI

http://www.nytimes.com/es/2016/08/23/para-entrar-a-harvard-hay-que-fotografiarse-con-ninos-centroamericanos/?em_pos=small&emc=edit_bn_20160825&nl=boletin&nl_art=4&nlid=74703206&ref=headline&te=1

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

La frase

“La muerte no existe, la gente solo muere cuando es olvidada; si puedes recordarme, siempre estaré contigo”.1/12/16
.“Eva Luna”, Isabel Allende

archivos

estadísticas

  • 2,584,252 visitas
Follow laoveja100 on WordPress.com

calendario

agosto 2016
D L M X J V S
« Jul   Sep »
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031  

Peichante-Py en FB

A %d blogueros les gusta esto: