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Los caminos de Dios y los de los hombres

Días atrás, vimos en casa la película “Dios no está muerto”. Cuando comenté la experiencia en Facebook obtuve muchos comentarios de amigos que la habían visto y de otros que la querían ver, mientras algunos recomendaban algún título con historias parecidas. El argumento gira sobre un alumno que debe demostrar a su profesor ateo que Dios existe. ¿Hasta dónde era capaz de llegar el protagonista de la película para defender su fe? Hasta donde fuera necesario.

Dios, que siempre tiene un propósito para todo lo que nos sucede y ocurre a nuestro alrededor, habrá puesto ante mis ojos aquella película para tal vez prepararme a lo que venía y para lo que me estaba inquietando en algunas situaciones familiares que vivimos en estos días, y que comparto con ustedes porque quizás les haya sucedido algo parecido o les podría suceder.

De algo estoy segura, hay un ser superior, que algunos denominamos Dios, otros Buda, Mahoma, etc. Y al igual que la mitad de la humanidad, elijo creer en esa superioridad, que al final de cuentas es el mismo, en el mismo cielo y bajo el mismo sol. Que otros no lo hagan, forma parte de su libre albedrío.

En medio de las reuniones del Catecumenado de padres los domingos (mi hijo menor se prepara para recibir la Confirmación) y las discusiones con catequistas y guías por las que considero exageradas exigencias de la Iglesia Católica para elegir los padrinos, me planteo y planteo en las reuniones que ese es el motivo por el cual muchos católicos abandonan esta iglesia y van a otra. Las exigencias rígidas, la falta de flexibilidad, el muro de cemento que algunos sacerdotes ponen entre ellos y sus fieles hacen que el rebaño vaya hacia otros valles.

Aquel no puede ser padrino porque está en segundas nupcias, esta no porque es madre soltera, aquel otro tampoco porque vive en concubinato. ¿Esta separada y sola?, si podría ser, pero ya no debe tener contacto carnal con nadie… Pero si el propio Papa dijo que las puertas de la Iglesia están abiertas a separados, amancebados, homosexuales… Sí, pero debemos dar el ejemplo, dicen los puristas de la religión.

¿Qué mal lleva a la gente a cambiar de iglesia? La necesidad de encontrar respuestas, apoyo y alivio cuando está desesperada. Por siglos, el ser humano ha recurrido a la Iglesia para encontrar consuelo, y ese consuelo se lograba arrodillándose en silencio, con la mirada al altar, rezando mientras las lágrimas caían lentamente. Después, a medida que pasaron los años, los siervos de Dios bajaron a un plano más humano y comparten con los fieles confesiones más allá de la cajita de madera, es decir, pueden sentarse en una mesa y escucharlos y tratar de darles consuelo. Pero no siempre es así.

Lo que no sabía es que mientras planteaba estas situaciones y cuestionaba ciertas decisiones, una de mis joyas decide irse a otra iglesia. A la sorpresa y la tristeza inicial, le sigue una sensación de autorreproche y abandono. Autorreproche porque pienso que quizás no la supe guiar en la fe católica; abandono porque siento como un cisma familiar, una especie de fractura que duele infinitamente. Encontré mi camino, dice ella. Estoy feliz, me siento satisfecha… Es el mismo Dios, solo otra manera de ver y sentir las cosas, agrega convencida.

¿Qué podemos hacer como padres más que ayudar y acompañar a nuestros hijos en los caminos que eligen? ¿Es conveniente obligarlos a quedarse en un sitio donde no hallan la felicidad y paz plena? Ya lo decía Khalil Gibrán, “Tus hijos no son tus hijos son hijos de la vida”.

Un amigo me consoló diciendo: Ella eligió a Jesús, no a las drogas. Con el tiempo quizás pueda darme cuenta de que los caminos del Señor son perfectos.

Por Milia Gayoso-Manzur

 

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Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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Un comentario en “Los caminos de Dios y los de los hombres

  1. El hijo arrebatado de Philomena

    En ocasiones nos encontramos con alguna película basada en hechos reales que nos conmueve y nos deja pensando en el sufrimiento de las personas que inspiraron la historia. Esto me ocurrió el fin de semana con la película “Philomena”.

    El filme está basado en el libro “The lost child of Philomena Lee” (El hijo perdido de Filomena Lee) de Martin Sixsmith, y cuenta la historia de una mujer irlandesa, quien a los 18 años quedó embarazada y fue dejada por sus padres en un convento de Roscrea (Irlanda), para que se hagan cargo de ella y de su hijo, ya que había “avergonzado” a la familia.

    Considerada una pecadora que debía expiar su alma, en el convento es “castigada” haciéndola trabajar de manera infrahumana en la lavandería, con solo una hora de tiempo por día para estar con su hijo. En 1955, cuando el niño (Anthony) tiene tres años, las monjas lo venden a una pareja, sin que ella tenga ni siquiera la posibilidad de despedirse de él.

    El día en que su hijo cumplía 50 años, la protagonista de la historia le contó su triste secreto a su hija Jane. Esta contacta a Sixsmith, quien las ayuda a buscarlo.

    En la taberna de Roscrea, el periodista se entera que las monjas vendían a los hijos de las internas a parejas estadounidenses. Sixsmith y Philomena van a Washington a buscar pistas. Anthony se había convertido en Michael Hess, un joven abogado colaborador del presidente Reagan y de los Bush. El filme dramático tiene un desenlace inesperado y triste.

    Pero lo más triste es que lo que fue llevado a la pantalla grande se basó en un hecho no aislado en Irlanda y en otras partes del mundo, incluso con réplicas en Paraguay: el hecho de considerarse un pecado la maternidad sin casarse y llegar a desenlaces crueles como el que narra esta película.

    En el 2014, Philomena Lee se entrevistó en el Vaticano con el papa Francisco, iniciando así su camino de perdón por lo que la Iglesia Católica le había hecho. Además le pidió su apoyo a Francisco para The Philomena Project, una asociación que ayudaba a madres en situaciones parecidas a la que ella pasó y que realizaba una campaña que pedía al gobierno irlandés la promulgación de una ley que abriera los archivos de adopción y permita la reunión de las madres separadas de sus hijos como resultado de adopciones forzosas.

    El filme me trajo a la memoria los hechos ocurridos ese mismo año, cuando se descubrieron alrededor de 800 pequeños esqueletos de bebés en un tanque séptico ubicado en el patio de un convento de Tuam, también en Irlanda.

    Según la investigadora e historiadora Cartherine Corless, entre 1925 y 1961, el convento acogió a mujeres solteras embarazadas. Según los registros que descubrió, los niños murieron principalmente por enfermedades como tuberculosis, infecciones, defectos de nacimiento y partos prematuros.

    Buscando información encontré que este descubrimiento recuerda a otro acontecimiento donde se vieron involucradas madres solteras y sus niños. Entre 1922 y 1996, más de 10.000 mujeres trabajaron de forma gratuita en lavanderías explotadas comercialmente por monjas católicas en Irlanda.

    Las jóvenes, conocidas como las hermanas de Magdalena, eran principalmente chicas que se quedaban embarazadas fuera del matrimonio o cuyo comportamiento era considerado inmoral en un país de fuerte tradición católica. Sobre este caso específico también se hizo una película (Las hermanas de la Magdalena).

    Volviendo al caso de Philomena, al final del filme ella regresa una vez más al convento, al que había ido tantas veces buscando datos sobre su hijo (y le fueron negados), y le dice a la anciana hermana que había entregado a su hijo, que la perdona.

    Sixsmith, sin embargo, le dice que no la perdona. Para mucha gente como este periodista y escritor, la Iglesia Católica tiene muchas cosas que reconocer, pedir perdón y rectificar.

    Por Milia Gayoso-Manzur

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    Publicado por jotaefeb | 9 marzo, 2017, 10:40

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