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Evangelio del domingo: Con sentido católico, universal

Hoy reflexionamos el Evangelio según San Lucas 13, 22-30. El Señor ha querido que participemos en su misión de salvar al mundo –a todos– y ha dispuesto que el afán apostólico sea elemento esencial e inseparable de la vocación cristiana.

Quien se decide a seguirlo, y nosotros le seguimos, se convierte en un apóstol con responsabilidades concretas de ayudar a otros a que atinen con la puerta estrecha que lleva al Cielo: «insertos por el Bautismo en el Cuerpo de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, es el mismo Señor el que los destina al apostolado».

Todos los cristianos, de cualquier edad y condición, en toda circunstancia en la que se encuentren, son llamados «para dar testimonio de Cristo en todo el mundo». El afán apostólico, el deseo de acercar a muchos al Señor, no lleva a hacer cosas raras o llamativas, y mucho menos a descuidar los deberes familiares, sociales y profesionales.

Es precisamente en esas tareas, en la familia, en el lugar de trabajo, con los amigos, aprovechando las relaciones humanas normales, donde encontramos el campo para una acción apostólica muchas veces callada, pero siempre eficaz.

En medio del mundo, donde Dios nos ha puesto, debemos llevar a los demás a Cristo: con el ejemplo, mostrando coherencia entre la fe y las obras; con la alegría constante; con la serenidad ante las dificultades, presentes en toda la vida; a través de la palabra, que anima siempre, y que muestra la grandeza y la maravilla de encontrar y seguir a Jesús; ayudando a unos para que se acerquen al sacramento del perdón, fortaleciendo a otros que estaban quizá a punto de abandonar al Maestro.

El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “Jesús, sé bien que la puerta es estrecha, que el camino es difícil. Veo mi vida y me entra un poco el miedo porque muchas veces prefiero mi comodidad. Muchas veces me conformo con una vida mediocre. Tantas veces me olvido de Ti. Y otras tantas no vivo el mandamiento del amor. Y sé bien que eres justo y me reconozco pecador, ¿qué puedo hacer? ¿Qué puedo pensar al ver que cada día sigo siendo una oveja desobediente y perezosa? ¿Qué te puedo decir cuando Tu sabes bien que soy como ese hijo que se marcha de casa con la herencia y la despilfarra?

Pues sí, soy así. Pero creo que Tu me puedes curar. Creo en ese Padre amoroso que me recibirá setenta veces siete aunque yo me marche.

«La Iglesia no nace aislada, nace universal, una y católica, con una identidad precisa pero abierta a todos, no cerrada, una identidad que abraza al mundo entero, sin excluir a nadie. La madre Iglesia no le cierra a nadie la puerta en la cara. A nadie, ni siquiera al más pecador, a nadie, y esto por la gracia y la fuerza del Espíritu Santo. La madre Iglesia abre sus puertas a todos porque es madre».

Es bueno también destacar algunas palabras del papa Francisco expresadas en la Audiencia General del pasado martes donde expuso “Jesús se conmovió al ver a la multitud que estaba extenuada y hambrienta, y salió a su encuentro para socorrerla. No solamente se preocupó de los que le seguían, sino que deseaba que sus discípulos se comprometieran en auxiliar al pueblo, mandándoles: «dadles vosotros de comer».

La bendición de Jesús sobre los cinco panes y los dos peces anuncia de antemano la Eucaristía, de la que el cristiano se alimenta y de la que saca fuerza para la vida. La Eucaristía nos va trasformando en Cuerpo de Cristo y en alimento para nuestros hermanos. Jesús desea que su alimento llegue a todos y que sus discípulos, que somos nosotros, sean los que lo entreguen a los demás.

Jesús nos ha enseñado el camino a seguir y nos manda que seamos nosotros quienes lo llevemos a los demás, a él, que es alimento que sacia y da vida, crea unidad y comunión”.

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal).

 

 

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

5 comentarios en “Evangelio del domingo: Con sentido católico, universal

  1. ¡La puerta de la misericordia de Dios está abierta de par en par para todos!

    21 de ago de 2016
    El “camino de la salvación” fue el tema central sobre el que Papa Francisco reflexionó a la hora del Ángelus durante el tercer domingo de agosto. El Santo Padre explicó el pasaje del Evangelio de Lucas que se lee en la misa del día. Estas son las palabras de Papa Francisco antes de rezar el Ángelus.
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    La página evangélica de hoy nos sugiere meditar sobre el tema de la salvación. El evangelista Lucas narra que Jesús está de viaje hacia Jerusalén y durante el recorrido se le acerca uno que le presenta esta pregunta: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?» (Lc 13,23). Jesús no da una respuesta directa, sino coloca el debate a otro nivel, con un lenguaje sugestivo, que al inicio tal vez los discípulos non entienden: «Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán» (v. 24). Con la imagen de la puerta, Él quiere hacer entender a sus espectadores que no es cuestión de número – cuantos se salvaran –, no importa saber cuántos, sino es importante que todos sepan cuál es el camino que conduce a la salvación: la puerta.

    Este recorrido, este camino prevé que se atraviese una puerta. Pero, ¿Dónde está la puerta? ¿Cómo es la puerta? ¿Quién es la puerta? Jesús mismo es la puerta (Cfr. Jn 10,9): lo dice Él. “Yo soy la puerta”, en el Evangelio de Juan; Él nos conduce a la comunión con el Padre, donde encontramos amor, comprensión y protección. Pero, ¿Por qué esta puerta es estrecha, se puede preguntar? ¿Por qué dice que es estrecha? Es una puerta estrecha no porque sea opresiva, no; sino porque nos exige restringir y contener nuestro orgullo y nuestro temor, para abrirnos con el corazón humilde y confiado a Él, reconociéndonos pecadores, necesitados de su perdón. Por esto es estrecha: para contener nuestro orgullo, que nos hincha. ¡La puerta de la misericordia de Dios es estrecha pero siempre abierta de par en par para todos! Dios no tiene preferencias, sino recibe siempre a todos, sin distinción. Una puerta, es decir, estrecha para restringir nuestro orgullo y nuestro temor, abierta de par en par para que Dios nos reciba sin distinción. Y la salvación que Él nos dona es un flujo incesante de misericordia: un flujo incesante de misericordia, que derriba toda barrera y abre sorprendentes perspectivas de luz y de paz. La puerta estrecha pero siempre abierta: no olviden esto. Puerta estrecha, pero siempre abierta de par en par.

    Jesús hoy nos dirige, una vez más, una urgente invitación a ir con Él, a atravesar la puerta de la vida plena, reconciliada y feliz. Él nos espera a cada uno de nosotros, cualquier pecado hayamos cometido, cualquier, para abrazarnos, para ofrecernos su perdón. Solo Él puede transformar nuestro corazón, solo Él puede dar sentido pleno a nuestra existencia, dándonos la alegría verdadera. Entrando por la puerta de Jesús, la puerta de la fe y del Evangelio, nosotros podremos salir de las actitudes mundanas, de los malos hábitos, de los egoísmos y de las cerrazones. Cuando hay contacto con el amor y la misericordia de Dios, hay auténtico cambio. Y nuestra vida es iluminada por la luz del Espíritu Santo: ¡una luz inextinguible!

    Quisiera hacerles una propuesta. Pensemos ahora, en silencio, un momento, en las cosas que tengo dentro de mí y que me impiden travesar la puerta: mi orgullo, mi soberbia, mis pecados. Y luego, pensemos en la puerta, aquella abierta por la misericordia de Dios que de la otra parte nos espera para dar el perdón. Un momento, en silencio, pensemos en estas dos puertas.

    El Señor nos ofrece tantas ocasiones para salvarnos y entrar a través de la puerta de la salvación. Esta puerta es una ocasión que no se debe desperdiciar: no debemos hacer discursos académicos sobre la salvación, como aquel que se había dirigido a Jesús, sino debemos aprovechar las ocasiones de la salvación. Porque a cierto momento «el dueño de casa se levantará y cerrará aquella puerta» (v. 25), como nos lo ha recordado el Evangelio. Pero si Dios es bueno y nos ama, ¿Por qué cierra la puerta, cerrará la puerta a cierto momento? Porque nuestra vida no es un videojuego o una telenovela; nuestra vida es seria y el objetivo a alcanzar es importante: la salvación eterna.

    A la Virgen María, Puerta del Cielo, pidámosle que nos ayude a aprovechar las ocasiones que el Señor nos ofrece para atravesar la puerta de la de y entrar así en un largo camino: es el camino de la salvación capaz de acoger a todos aquellos que se dejan involucrar por el amor. Es el amor que salva, el amor que ya en la tierra es fuente de bienaventuranza de cuantos, en la benignidad, en la paciencia y en la justicia, se olvidan de sí mismos y se donan a los demás, especialmente a los más débiles.

    fuente: Radio Vaticana

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    Publicado por Anónimo | 27 agosto, 2016, 08:41
  2. “Esfuércense por entrar por la puerta angosta, porque yo les digo que muchos tratarán de entrar y no lograrán”. (Lc 13, 24)

    Creo que podremos interpretar bien este versículo del evangelio a partir de las experiencias de los atletas. Todos sabemos cuán difícil es que una persona llegue a ser un atleta olímpico.

    Necesita una preparación extraordinaria, una dedicación muy intensa y sobre todo saber hacer muchas renuncias. Sin un gran esfuerzo personal, un espíritu decidido y mucha perseverancia es imposible soñar con el podio.

    Ciertamente muchos han deseado tener esta oportunidad, pero sin estar realmente dispuestos a sudar lo suficiente, o a cambiar sus hábitos y costumbres, o aun a perseverar hasta con mal tiempo. Podríamos decir, quien quiere ser un buen atleta, debe estar dispuesto a entrar por la puerta angosta. Esta “puerta angosta” son todas las implicancias de su entrenamiento. Toda su vida estará marcada por este objetivo: horas y horas de práctica (estando dispuesto a repetir muchas veces la misma cosa); una dieta alimentaria muy controlada; y renuncias a muchas diversiones (fiestas, bebidas, ciertos viajes…). Es necesaria una vida muy disciplinada sin dejarse llevar por el “cuando me dé la gana”. No es suficiente tener buena intención, como tampoco se puede dejar para empezar la preparación más tarde.

    La vida cristiana en muchos aspectos puede ser comparada a la vida de un atleta. San Pablo ya nos hizo esta comparación (1Cor 9, 25). También nosotros estamos invitados a entrar por la “puerta angosta”. Así como el atleta tiene toda su vida determinada por su objetivo, también el seguimiento de Cristo tiene implicancias en todos los sectores de la vida. Es justamente esto que hace al cristianismo, cuando es vivido intensamente, una “puerta angosta”. Para ser un auténtico cristiano no basta haber sido bautizado, o participar de alguna misa como si fuera un acto social. El camino de Cristo exige también un gran esfuerzo, perseverancia y muchas renuncias. Debemos estar dispuestos a combatir nuestras malas inclinaciones y nuestros pecados. Y esto es muy exigente. Vencernos a nosotros mismos es la primera gran batalla de nuestra vida espiritual. Necesitamos estar realmente decididos. Tener un deseo superficial no es suficiente, pues las seducciones de la “puerta ancha” nos harán caer fácilmente. Pero no bastan las renuncias. Es necesario entrenarse con las mismas acciones de Cristo: la oración, la caridad, el perdón, la disponibilidad, la obediencia, la apertura… Quedarse solamente con las renuncias sin buscar la configuración con Cristo es estéril, no es aun cristianismo. Infelizmente hay personas que piensan que basta no cometer pecados, pero ningún atleta será vencedor solamente por dejar de hacer ciertas cosas, él necesita entrenarse.

    Pero, ¿por qué todo este esfuerzo? ¿Por qué buscar la puerta angosta? El atleta intenta superarse y ganar el reconocimiento de los demás, y por esta gloria, él siente que todo su esfuerzo vale la pena. El cristiano al contrario no piensa en la gloria de este mundo, su acción es respuesta al Amor de Dios. Es la fe la que nos enseña que la verdadera felicidad se encuentra pasando a través de la puerta angosta, pues la puerta ancha conduce a la autodestrucción.

    Hoy muchos prefieren la buena vida, los placeres, las comodidades y sin percibir están forjándose la propia ruina.

    Que Dios nos ayude a caminar en su sendero, sin temer a las dificultades.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por Anónimo | 22 agosto, 2016, 20:42
  3. Buscar la salvación

    Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

    Jesús sigue su camino hacia Jerusalén, donde sabe que será juzgado injustamente y crucificado, sin embargo, pone toda su libertad en ser fiel a Dios Padre, pues comprende que su obra y sacrificio benefician al ser humano de todas las razas.

    En el trayecto una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan? Él respondió: Traten de entrar por la puerta estrecha”.

    Notemos que Él no responde directamente la pregunta, pero indica que la salvación es para todos.

    “Buscar la salvación”, o sea, estar con Dios para siempre en la verdadera vida debe ser nuestro principal empeño y en cual ponemos nuestras mejores energías, pues Él ha preparado algo extremamente lindo, mucho más perfecto que todo lo que vemos y hacemos en esta tierra.

    El motivo para buscar apasionadamente la salvación es sencillo: este mundo pasa, la vida termina, nos vamos y dejamos todo: constatamos diariamente cómo la existencia es insegura.

    El Maestro enseña que debemos recorrer el camino angosto y entrar por la puerta estrecha. Naturalmente, es un modo de hablar, pero tenemos que sacar conclusiones prácticas para nuestras actitudes.

    En primer lugar, llegará el momento en que “la puerta se cierra”, lo que significa que vamos a rendir cuentas de nuestras palabras, obras, pensamientos y omisiones: con el Señor hay misericordia, pero no hay oparei.

    Cuidarse con las falsas seguridades que pueden despistarnos. No basta pertenecer a un pueblo que se dice “cristiano”, que sin embargo, exhibe niveles deshumanos de marginación social y, seguramente, con la connivencia de este que se jacta de ser “cristiano”.

    No es suficiente participar de algunos rituales religiosos, que podemos llamar Misa, rosario, procesión, pero que no conducen a un compromiso eficaz de buen samaritano, pues están en función de que “yo me sienta bien y esté en paz”: es el tremendo riesgo del egoísmo espiritual.

    Buscar la salvación es no excluirse a sí mismo del Reino de Dios, pues hay el peligro de comer y beber con Cristo, sin embargo, pasar casi todo el tiempo haciendo el mal, es decir, la espiritualidad exhibida es teatral, pero la maldad efectuada es real.

    La puerta angosta que lleva a la salvación es el compromiso con la justicia, no tener miedo de ser honesto, a pesar de todas las culebras y lagartos que hay que tragarse. Es buscar la humildad sin cansarse y tener tiempo para la oración personal.

    Asimismo, hoy celebramos el Día del Catequista: enviamos a todos ellos nuestra gratitud y bendición, juntamente con sus familiares.

    Paz y bien.

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    Publicado por Anónimo | 21 agosto, 2016, 06:58
  4. domingo 21 Agosto 2016

    Vigésimo primer domingo del tiempo ordinario

    Libro de Isaías 66,18-21.
    Entonces, yo mismo vendré a reunir a todas las naciones y a todas las lenguas, y ellas vendrán y verán mi gloria.
    Yo les daré una señal, y a algunos de sus sobrevivientes los enviaré a las naciones: a Tarsis, Put, Lud, Mésec, Ros, Tubal y Javán, a las costas lejanas que no han oído hablar de mí ni han visto mi gloria. Y ellos anunciarán mi gloria a las naciones.
    Ellos traerán a todos los hermanos de ustedes, como una ofrenda al Señor, hasta mi Montaña santa de Jerusalén. Los traerán en caballos, carros y literas, a lomo de mulas y en dromedarios -dice el Señor- como los israelitas llevan la ofrenda a la Casa del Señor en un recipiente puro.
    Y también de entre ellos tomaré sacerdotes y levitas, dice el Señor.

    Carta a los Hebreos 12,5-7.11-13.
    Ustedes se han olvidado de la exhortación que Dios les dirige como a hijos suyos: Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, y cuando te reprenda, no te desalientes.
    Porque el Señor corrige al que ama y castiga a todo aquel que recibe por hijo.
    Si ustedes tienen que sufrir es para su corrección; porque Dios los trata como a hijos, y ¿hay algún hijo que no sea corregido por su padre?
    Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella.
    Por eso, que recobren su vigor las manos que desfallecen y las rodillas que flaquean.
    Y ustedes, avancen por un camino llano, para que el rengo no caiga, sino que se cure.

    Evangelio según San Lucas 13,22-30.
    Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.
    Una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”. El respondió:
    “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.
    En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’. Y él les responderá: ‘No sé de dónde son ustedes’.
    Entonces comenzarán a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas’.
    Pero él les dirá: ‘No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!’.
    Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera.
    Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.
    Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Cesáreo de Arlés (470-543), monje y obispo
    Sermón 7; CCL 103, 37s

    “Jesús iba por las ciudades y pueblos enseñando”

    Prestad atención, hermanos muy amados: las santas Escrituras se nos han transmitido, por decirlo de alguna manera, como si fueran cartas venidas de nuestra patria. En efecto, nuestra patria es el paraíso; nuestros padres son los patriarcas, los profetas, los apóstoles y los mártires; nuestros conciudadanos son los ángeles; nuestro rey, Cristo. Cuando Adán pecó, nosotros, por así decir, fuimos echados al exilio de este mundo. Pero, puesto que nuestro rey es fiel y misericordioso mucho más de lo que se puede pensar o decir, se dignó enviarnos, por mediación de los patriarcas y profetas, las santas Escrituras, como si fueran cartas de invitación mediante las que nos invitaba a nuestra eterna y primera patria… Por su inefable bondad nos ha invitado a reinar con él.

    En estas condiciones ¿qué idea se hacen de ellos mismos los servidores que… no se dignan leer las cartas que nos invitan a la bienaventuranza del Reino?… “El que ignora será ignorado” (1C 14,38). Ciertamente, el que, por la lectura de los textos sagrados descuida negligentemente buscar a Dios en este mundo, Dios, a su vez, rehusará admitirlo en la bienaventuranza eterna. Con razón debe temer que se le cierren las puertas, que se le deje fuera con las vírgenes necias (Mt 25,10) y que merezca escuchar: “No sé quienes sois; no os conozco, alejaos de mí, todos los que habéis hecho el mal”… El que quiere ser favorablemente escuchado por Dios, debe comenzar por escuchar a Dios. ¿Cómo tendrá cara para querer que Dios le escuche favorablemente, si le hace tan poco caso y descuida leer sus preceptos?

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    Publicado por Anónimo | 21 agosto, 2016, 05:59
  5. “Cuando seas invitado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, ven más adelante” LC 14, 10

    El evangelio de este domingo toca un tema muy delicado y al mismo tiempo esencial en la vida cristiana: la humildad.
    Cristo es para todos nosotros el ejemplo supremo de humildad, pues siendo Dios no tuvo problema para rebajarse y hacerse uno de nosotros (y además en una familia pobre) asumiendo toda nuestra condición y hasta aceptando ser considerado y condenado como un criminal.
    Por esto, el bajarse es la dirección indicada para todos nosotros que queremos ser sus seguidores. Aprovecharse del cristianismo como un modo de promoverse es una gran equivocación. Jesús nos empuja para los últimos lugares. Él nos ofrece su puesto de servidor, de quien está dispuesto a lavar los pies de los demás con placer.
    Una vez más nos encontramos con el Señor que nos propone una actitud no natural en nosotros. Si seguimos nuestra naturaleza, preferimos estar en el primer puesto o ser servidos por los demás. Cada uno de nosotros siempre se siente muy importante y desea que todos reconozcan esto. Es así que nacen muchas decepciones. Cuántas personas quedan tristes y amargadas porque no se sienten valoradas, apreciadas y reconocidas en sus capacidades, o nivel, o títulos…
    Sin embargo, creo que es muy importante hacer algunas distinciones. Al menos por tres motivos una persona puede ocupar el último puesto: porque no le dejaron ir más adelante, porque vencida por la timidez no tuvo el coraje de colocarse allí, aunque lo deseaba mucho, o porque por opción se eligió aquel puesto. En cuanto al primer caso en que el último puesto viene asignado por motivos externos, este no da algún valor evangélico, al contrario, puede ser motivo de vergüenza. En cuanto al segundo, es muy importante no confundir la virtud de la humildad con la timidez. Existen personas que siempre se meten en el último puesto o se esconden porque son tímidas, pero en su interior desean ser diferentes, conviven con una amargura, y se quedan destilando veneno hacia los demás. Ciertamente este último puesto tampoco tiene un valor evangélico, de hecho, no es una actitud cristiana, a pesar de ser el mismo gesto, la motivación es totalmente distinta.
    Para que una persona pueda tranquilamente colocarse al último puesto, ella necesita estar muy segura de sí misma. Necesita ser verdaderamente dueña de sí. (Como Cristo, para él no fue un problema hacerse el último). Una persona insegura, al contrario, difícilmente conseguirá colocarse espontáneamente atrás de los demás. Esto será para ella una violencia demasiado fuerte. Tendrá miedo de ser olvidada, o de ser despreciada. Hacer la opción de ubicarse en el último puesto, y vivirlo con paz y serenidad, exige sin dudas una buena auto-estima.
    Pero ¿de dónde puede venir nuestra seguridad? Pienso que cuando nos sentimos verdaderamente amados por Dios, nos sentimos seguros. Insisto en decir “nos sentimos amados”, pues no basta saber que Dios nos ama, es necesario haber experimentado este amor, reconociéndolo sin límites e incondicionalmente. Es este sentirse importante para Dios, precioso a sus ojos y destinatario de su confianza, lo que nos libera de la necesidad de buscar los primeros puestos.
    Delante de los demás, sentir que el Señor de todas las cosas tiene una mirada cariñosa hacia nosotros nos hace relativizar cualquier desprecio por parte de los hombres. Cuando sentimos esta seguridad, sabemos que este último puesto es pasajero, no es para siempre. Sabemos que en cualquier momento el Señor, dueño de la fiesta, nos dirá: “Amigo, ven más adelante”. Por tanto, colocarse en el último puesto es una viva expresión de nuestra fe en Dios, Señor de la historia, que exalta los humildes y derrumba los soberbios.
    Señor, hazme sentir profundamente tu amor. Sana mis inseguridades. Dame la gracia de tener una profunda confianza en ti, a fin que yo sepa que no necesito promoverme, porque eres tú quien me promoverá si tengo el coraje de bajarme. Convence mi corazón de que yo no necesito defenderme, porque tú eres mi defensor.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por Anónimo | 21 agosto, 2016, 05:58

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Un arquitecto jubilado.Aprendiz de todo, oficial de nada.Un humano más.Acá, allá y acullá.Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.Desde Asunción/Paraguay.(Correo:laovejacien@gmail.com) (Twitter:@jotaefeb) (Instagram:JAVIER_FDZ_BOGADO)

Trabajo, seriedad y respeto.

Mis padres me enseñaron tres cosas fundamentales: que para poder estar orgulloso de ti mismo y ser alguien hace falta trabajar; que es preciso actuar con seriedad; y que debes respetar a los demás para recibir respeto a cambio. Trabajo, seriedad y respeto. “Si haces estas tres cosas, podrás ser alguien en la vida”, me dijeron. (Zinedine Zidane)

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