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Privatizar la naturaleza

Una cuestión muy importante se plantea ahora en los tribunales argentinos, donde se le ha negado a Monsanto el derecho a patentar una metodología para hacer organismos genéticamente modificados (OGM). En noviembre de 2015, un juez de primera instancia le reconoció a la empresa ese derecho. Sin embargo, el 5 de mayo de 2016 la Cámara de Apelaciones Civil y Comercial Federal dejó sin efecto la resolución de primera instancia, alegando que una planta es creación de la naturaleza y del trabajo del campesino, y que modificarla no da derecho a patentarla; o sea a privatizarla.

Dice la Cámara: “Debe hacerse hincapié en que el material que es objeto de la mejora proviene de la naturaleza y tiene propiedades y funciones –las más importantes– totalmente ajenas a la labor del innovador (v. gr. En los genes, la codificación de una proteína determinada; en las células, la aptitud de reproducirse de un determinado modo; en las semillas, la fuerza generativa, etc.). Es discutible que el obtentor pueda patentar todo el material por el solo hecho de haberlo modificado; como es discutible que el autor de una obra literaria no deviene en propietario del lenguaje empleado en ella por haberla registrado”.

Ahora la Corte Suprema debe confirmar o revocar la decisión de la Cámara. Si la confirma, ¿dejará sin efecto todas las patentes de todos los OGM? En tal caso, la Argentina podría pasar a integrar el grupo de los países que restringen el uso de OGM en su territorio.

Al margen de la futura decisión de la Corte, el fallo recuerda la inquietud acerca de la privatización de la naturaleza por un número reducido de empresas multinacionales, que pueden convertirnos en sus clientes forzados. Quien controla la alimentación controla a la gente, dijo Henry Kissinger; en esto, podemos estar de acuerdo él.

No se trata de un temor injustificado, sino provocado por un proyecto político y empresarial definido. El 23 de mayo de 2003, el presidente George Bush demandó a la Unión Europea ante la Organización Mundial del Comercio por las trabas que ponía a los OGM. Diez días después, Bush propuso aliviar el hambre en África enviándole OGM; la propuesta no tuvo la recepción esperada. Bush representaba a grandes empresas biotecnológicas de su país, que deseaban imponer sus productos en el mundo.

Dice el periodista investigativo Jeffrey Smith en su libro Seeds of Deception (Semillas de decepción): en enero de 1999 hubo una conferencia de empresas biotecnológicas, donde se presentó el proyecto de copar el mercado internacional con semillas OGM en un plazo de quince a veinte años; para eso, se pretendía apoderarse del 95% del mercado en cinco años, de modo que la reacción fuera imposible. Aunque las OGM han acaparado mucho, no han podido imponer su hegemonía.

Por Guido Rodríguez Alcalá

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en “Privatizar la naturaleza

  1. Reconectar con la naturaleza

    Visitar Hawái es recibir, desde el primer encuentro, un abrazo con el espíritu “aloha”, una filosofía local con varios significados, entre ellos “paz” y “bienaventurado seas”. Así te da la bienvenida Maui, una de las islas de este fabuloso archipiélago.

    Miles de personas de todo el mundo recorren estas tierras volcánicas, de tan diversos paisajes, donde hay mucho que ver y hacer. En Maui participé en un taller para escritores, y la verdad es que este tipo de viajes funciona a la perfección para quienes escribimos, pero también para cualquiera que desee reconectarse con la madre naturaleza. No necesariamente tiene que ser en Hawái. Bastaría cualquier pueblo cercano a tu ciudad. O en las montañas que ves desde tu apartamento, pero que no te has decidido a conocer.

    Como afirmaba Albert Einstein: “Mira profundamente en la naturaleza y entonces comprenderás todo mejor”.

    A veces seguimos encorvándonos frente a la computadora. Nuestros ojos se conforman con las cuatro paredes de un gimnasio, pudiendo ir más allá, para insuflarnos de esa fuerza vital que solo la naturaleza es capaz de ofrecernos.

    Por ejemplo, disfrutar la salida del sol se ha convertido en un hábito raro, dada la dinámica de nuestras vidas. En Maui visité Haleakala National Park, la montaña más alta de Hawái, y aprecié uno de los amaneceres más espectaculares de mi vida. Allí las nubes parecen una cama, porque se deslizan por debajo de ti.

    Hawái también conserva el sistema Ho’oponopono, compuesto de cuatro palabras mágicas que todos deberíamos incorporar permanentemente a nuestras vidas: “lo siento”, “te amo”, “perdóname” y “gracias”. En la lengua local, Ho’oponopono significa “arreglar un error”. Me encantó constatar que la gente de Maui es sencilla y transparente, lo que ayuda a que uno pase un tiempo totalmente desestresado.

    Las personas con las que interactué me recomendaron seguir estudiando el Ho’oponopono, porque en su opinión es la mejor medicina para cuando estamos tristes o preocupados. A todos agradezco su hospitalidad y cercanía, en especial a Netty y Andrea. Resulta gratificante investigar antiguas filosofías de vida, de las cuales todavía tenemos mucho que aprender.

    Honrar a la naturaleza es para mi una prioridad. Sea visitando lugares cercanos a mi propia casa, como los Everglades, en Miami; a miles de kilómetros de distancia, como en Hawái; u organizando eventos de integración en la India, la Riviera Maya o Costa Rica, donde los seres humanos volvemos a conectarnos con nuestro espíritu.

    POR ISMAEL CALA

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    Publicado por jotaefeb | 5 julio, 2017, 10:43
  2. Actitudes compartidas

    Si hay una economía de la que poco se habla seriamente es la de cuidar y economizar los recursos naturales. No estamos demostrando esa actitud positiva e inteligente que tanto pregonamos. La crisis de agua irá empeorando. Cuidar el agua no es una opción; es una obligación, una materia tan urgente como ausente en nuestra realidad diaria. El incentivo y el orden a nivel agua-país es inexistente, e imposible mientras impere la corrupción en todos sus estratos y formas. No nos queda más que apelar al individuo sin individualismo. El verano trae una ola de calor anunciada, sofocante, mucha humedad y poca lluvia. En estas adversas condiciones, es momento de demostrar, muchos de los que entendemos pero no hacemos, un mínimo de conciencia ecológica y comunitaria. Una que otra vez, alguien instala la charla de la falta de agua, generalmente porque en ese momento le falta o porque leyó algo sobre la futura escasez.
    Es verdad que, sin políticas distributivas, lo que hagamos por nuestra cuenta no corrige el problema, pero la actitud personal es pilar fundamental para las nuevas generaciones y es lo que van a vivir los que vendrán. Cuántos “a vos qué te importa si derramo el agua, vos no pagás mi consumo” es una respuesta que los vecinos “metidos” escuchamos con frecuencia. Además de los hogares, en los hospitales y escuelas, centros de todo tipo, tanto públicos como privados, el agua se despilfarra. Ni qué decir en las zonas vulnerables, con las conexiones clandestinas. Lo peor de plantear el problema de desperdicio es que siempre “gana” el que malgasta el recurso, pero perdemos todos. Desde las instituciones de administración de los servicios básicos –pasa exactamente lo mismo con la energía eléctrica– aconsejan que se regule el uso, mal que mal cumplen con este pedido formal en época estival. Pero si realmente fueran autoridades competentes, del pedido pasarían al férreo control, y de ahí a la sanción sin importar quién fuera. Tantas personas juegan con el agua y la luz porque saben que no hay castigo. Se pide a la ciudadanía que denuncie casos sospechosos, pero tardan una eterna burocracia en hacer correr el reclamo. En este caos en que vivimos y que va aumentar a medida que avanza la deforestación y el crecimiento urbano sin planificación, hay que batallar por los dos frentes: organizándonos en comisiones barriales por el buen uso de los recursos y sin banderías políticas, y, por otro lado, revisar en nosotros mismos la convicción. A los azotes del calor, lo lógico sería no querer salvarse solo, sino darnos cuenta de que debemos hacer coincidir actitudes. Lo grande que puede tener una sociedad es nivel de conciencia sobre el bien común. En Paraguay todavía tenemos un largo camino de sufrimiento y entendimiento en este sentido, el orgullo que expresamos por las riquezas naturales (el acuífero, las represas), cuando nadie nos mira ni escucha, no coincide con el uso irresponsable y el egoísmo.

    Por más sabido que sea, hay que insistir en las recomendaciones básicas: no sobrecargar las instalaciones eléctricas, controlar si las canillas y todas las demás conexiones están en buen estado, tomar duchas cortas, regar las plantas de noche, juntar agua de lluvia, etc. Fácilmente, se encuentran consejos e instrucciones viables en Internet; no cuesta nada buscarlos; entusiasma aprenderlos y engrandece aplicarlos.

    Por Lourdes Peralta

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    Publicado por jotaefeb | 9 enero, 2017, 17:05

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