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La Pasión de Dilma

Prácticamente nadie lo duda: Dilma Rousseff será destituida como presidenta de Brasil. Entre el 25 y el 29 de agosto se cumplirá la instancia final del impeachment. La voluntad política parece irreversible y los números dan: se necesitan 54 votos (2/3 de los integrantes del Senado), y fueron 59 senadores los que aprobaron ya el informe favorable a la destitución.


A la presidenta se le imputan crímenes fiscales, por maniobras en ese campo, y presupuestarios, que le aseguraron la reelección y la victoria, a ella y a su partido –el Partido de los Trabajadores (PT)–, en las últimas elecciones generales.

Dilma será la víctima, pero no es la única ni la principal responsable, ni es el objetivo mayor y definitivo de quienes la condenan. La sanción apunta a Luiz Inácio Lula Da Silva y al PT. A Dilma le ha tocado cargar con la cruz.

Será sustituida por su vicepresidente Michel Temer, quien ya ejerce interinamente la primera magistratura, hasta el final del mandato, en enero del 2019.

El proceso lleva casi diez meses de duración, y se inició cuando a fines del año pasado la denuncia fue aceptada e ingresó a la Cámara de Diputados la que en mayo del 2016 votó por amplia mayoría la destitución y el pase al Senado. También los senadores han cumplido las instancias correspondientes y los próximos días, bajo la conducción del presidente de la Suprema Corte de Justicia, tomarán la decisión final. Todo ajustado a la Constitución, las normas y a derecho y con todas las garantías.

Hablar de “golpe de Estado” o variantes similares, no se ajusta a la verdad. Es lógico, sí, que los inculpados y sancionados, y sus amigos y compañeros ideológicos, manejen todo tipo de argumentos para defenderse –son parte de las reglas políticas– e incluso que recurran a la Comisión Interamericana de DD.HH., cuerpo al que el gobierno de Dilma desautorizó y cuyas resoluciones ignoró (Brasil en represalia dejó de pagar su cuota para la CIDH, generándole a esta serios problemas económicos). Lo que no encaja es ese otro tipo de reclamos, proclamas o censuras de quienes acomodados en lo políticamente correcto repiten cosas, meras tonterías, que ponen de manifiesto su desconocimiento e ignorancia, en el mejor de los casos. Tal lo de Ernie Sanders, contrincante de Hillary Clinton en las primarias del Partido Demócrata, quien habló de un aparente golpe de Estado y recalcó que Dilma fue electa popularmente.

Parecería que a los “candidatos” de los EE.UU. les da por decir los que se les ocurra.

Dilma fue elegida popularmente igual que lo fueron su Vicepresidente y todos los diputados y senadores que actuaron en este proceso. Sin embargo, por lo que dicen algunos, entre ellos Sanders, parecería que la única electa fue la presidenta y que el resto apareció y pasaron a ocupar sus cargos por disposición de no se sabe quién. Como si fueran “okupas”. Como si cada bancada en el Poder Legislativo fuera el resultado de “asentamientos”.

El meollo del tema, y por eso se juzga a Dilma, es, precisamente, sobre cuán “legítima” fue su elección. Y eso es lo que está en juego, sin perjuicio de que también existan fundadas dudas sobre la “legitimidad” del propio Vicepresidente Temer, y de todos los ocupantes del Poder Legislativo que la condena. Decididamente ninguno podría tirar la primera piedra, pero una cosa no invalida la otra.

A Dilma no se le acusó ni se le podría acusar por corrupción o por enriquecimiento ilícito, como a otros, tanto de su partido como de los restantes. Fue además una presidenta que no impidió ni entorpeció mayormente las investigaciones sobre corrupción, que no limitó la libertad de prensa, como Lula y su partido le reclamaban, y que hasta autorizó la revisión de lo pasado en materia de DD.HH. durante la dictadura militar, cosa que Lula nunca se animó a hacer. Dilma fue leal. Fue leal a su partido y a su líder y mentor, al que intentó salvar de cualquier forma llegando a nombrarlo ministro, jefe de su gabinete, para ampararlo y salvarlo de la Justicia que iba tras él, por estar implicado en casos de corrupción y de “influencia” indebida.

Es al PT, del que varios de sus principales dirigentes y fundadores ya están en la cárcel por corrupción, al que se quiere condenar y castigar. Pero más que al PT, es una condena a Lula, por su soberbia, por haber desperdiciado irresponsablemente, y en función de su vanidad y lucimiento personal, el mejor momento para el efectivo despegue y afirmación económica de Brasil. Por haber engañado a sus conciudadanos, incluso con dádivas y despilfarros cuyo alto costo hoy están pagando. Por todos los casos de corrupción que tuvieron lugar durante su gestión –los que siempre dijo ignorar– y por haberse favorecido y enriquecido personal y familiarmente.

Son muchas las cuentas a pagar, y no parece justo que sea solo Dilma la que tenga que hacerse cargo de todas ellas.

Por Danilo Arbilla

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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Un comentario en “La Pasión de Dilma

  1. La destitución de Rousseff revela actitudes discriminatorias hacia las mujeres en Brasil
    Por SIMON ROMERO y ANNA JEAN KAISER

    En un momento crítico del juicio de destitución de Dilma Rousseff, un senador influyente que presionaba para sacar a la presidenta del poder, decidió que algunas de sus expresivas colegas en la cámara necesitaban un regaño.

    “Cálmense, niñas”, dijo el senador Cássio Cunha Lima, quien pertenece a una dinastía política del noreste del país, a las senadoras Vanessa Grazziotin y Gleisi Hoffmann, ambas defensoras de Rousseff, la primera presidenta de Brasil. Su comentario despertó críticas severas por parte de ambas mujeres.

    “Los hombres se creen dueños de este espacio, como si nosotras estuviéramos aquí solo por casualidad”, dijo Grazziotin, una importante senadora de izquierda, de 55 años y del estado de Amazonas.

    Para algunos senadores, como Grazziotin, el episodio reflejó cómo las voces conservadoras se han envalentonado después de la destitución de Rousseff, quien dijo haber sido el blanco de ataques misóginos por parte de sus oponentes. Las mujeres de Brasil dedicadas a la política aún debaten lo que significa su caída en una esfera política dominada por hombres.

    A pesar de los avances logrados por Rousseff y otras mujeres, Brasil está en un lugar notablemente bajo en cuanto a representatividad de las mujeres en la política. De los 513 miembros de la cámara de diputados, 51 son mujeres, lo que ubica al país en el puesto 155 en términos del porcentaje de mujeres elegidas para la Cámara Baja de una legislatura nacional, de acuerdo con la Unión Interparlamentaria. Está detrás de países como Arabia Saudita y Turkmenistán.

    El gobierno de Michel Temer, el sucesor de Rousseff (un antiguo aliado que salió victorioso de la lucha de poder para destituirla) está haciendo muy poco para aplacar el temor de quienes creen que las mujeres están siendo excluidas. Al asumir el puesto hace más de tres meses, Temer nombró un gabinete formado exclusivamente por hombres en un país donde solo el 48 por ciento de la población, de 206 millones de personas, pertenece al género masculino.

    Con una imagen de una vida paradisiaca en los suburbios al estilo de los cincuenta, en la que un presidente canoso es saludado por su esposa, una ama de casa mucho más joven, la portada de la edición de este mes de la revista brasileña Piauí captura el cambio cultural hacia la derecha encarnado por Temer, de 75 años, cuya esposa, Marcela, una mujer de voz suave y exparticipante de concursos de belleza, es 42 años menor.

    A lo largo del proceso de destitución, las aliadas de Rousseff en el congreso argumentaban que la manera en que se estaba conduciendo el juicio reflejaba una situación política en la que todavía se espera que las mujeres sean accesorios de los hombres poderosos. Una nueva ola de posturas mordaces en contra de figuras femeninas, como Rousseff, está alimentando estas inquietudes.

    Mientras se llevaba a cabo el juicio de destitución, por ejemplo, Jaufran Siqueira, un político del conservadurismo social de la ciudad nororiental de Natal, presentaba su nueva idea para obtener votos.

    “Esto es lo que ocurrirá con las feministas cuando elijan a Jaufran”, escribió Siqueira, de 25 años, como presentación de una fotografía que publicó en la página de Facebook de su campaña, en la que muestra una casa devorada por el fuego.

    “No puedo negar que me opongo al movimiento feminista”, dijo Siqueira, un corredor de bienes raíces que es parte de la conversación nacional desde que empezó su campaña. “Pero es absurdo decir que prenderé fuego a las mujeres”. Afirmó que la foto había sido solo “una broma”.

    A pesar de la tensión creciente, las líderes de la política brasileña siguen sin estar de acuerdo sobre las razones que llevaron a la salida de Rousseff.

    Marina Silva, ex trabajadora doméstica y quien hoy suena como candidata para las elecciones presidenciales de 2018, dijo en una entrevista que la destitución de Rousseff sucedió por su incompetencia y su manera profundamente errónea de hacer política, haciendo referencia a los cargos de haber manipulado el presupuesto federal para esconder problemas políticos.

    “Según entiendo, las maniobras presupuestales de Dilma fueron ilegales”, dijo Silva, de 58 años, una ambientalista que tenía enfrentamientos constantes con Rousseff cuando ambas eran ministras en el gabinete del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores.

    “Los conservadores están ganando voz en el ámbito mundial; solo miren a Trump en Estados Unidos”, dijo Silva, aludiendo a Donald Trump, el candidato republicano a la presidencia que, cuando se le preguntó si conocía a Rousseff, respondió: “No lo conozco. ¿Quién es?”.

    “Esto no significa que las mujeres no vayan a desempeñar un papel crucial en la política brasileña después de la destitución de Dilma”, aseveró Silva. “Por supuesto que lo haremos. Tenemos demasiado impulso para que nos detengan”.

    Mientras se intensifican las campañas para las elecciones municipales, otros líderes de distintos puntos dentro del espectro ideológico de Brasil comparten tales opiniones.

    “No considero que este momento se oponga a las aspiraciones de las brasileñas”, dijo Teresa Surita, defensora de la destitución de Rousseff, quien compite por su reelección como alcaldesa de Boa Vista, una ciudad en la amazonia brasileña.

    Surita, de 60 años, quien ha enfrentado cargos por soborno, dijo que se mantiene comprometida con mejorar la vida en su ciudad. Como integrante del Partido del Movimiento Democrático Brasileño, el partido centrista de Temer, dijo que lograr sus metas implica mantener relaciones fluidas con el gobierno federal de Brasilia.

    “Debo tener conciencia de la necesidad de apoyo por parte del gobierno federal, sin importar quién esté en el poder”, comentó.

    Aunque las mujeres solo ocupan un décimo de los lugares en la Cámara Baja del congreso, es posible que esté surgiendo un panorama más complejo en el ámbito local. Por ejemplo, en 51 ciudades solo hay mujeres candidatas para obtener la alcaldía, de acuerdo con el Tribunal Superior Electoral, y las mujeres representan casi el 33 por ciento de las candidaturas para ser integrantes de los concejos municipales este año.

    Las mujeres también están ganando puestos prominentes en el poder judicial. Cármen Lúcia Antunes Rocha, de 62 años, defensora de la discriminación positiva, los derechos de los homosexuales y menos restricciones para el aborto, se convertirá este mes en la cabeza de la justicia en Brasil.

    Aun así, otros sostienen que la destitución de Rousseff reveló las maniobras sucias de la escena política brasileña, dominada por los hombres. Mientras estallan fuertes protestas contra el gobierno de Temer, en especial en las calles de São Paulo, la ciudad más grande de Brasil, miles de mujeres expresan su oposición al nuevo gobierno.

    “Temer se deshizo de Dilma porque a los hombres no les gusta rendirle cuentas a las mujeres y, como presidenta, ella era quien les decía qué hacer”, comentó Rayra Lima de Araújo, de 14 años, estudiante de bachillerato que asistió el domingo a las manifestaciones contra el gobierno junto con su madre, Maria de Cruz Lima, de 43 años, una enfermera desempleada.

    En el estrado, durante su juicio de destitución, Rousseff argumentó que sus contrapartes masculinas no tenían que enfrentarse al mismo tipo de ataques sobre su carácter.

    “Siempre me han descrito como una mujer demasiado agresiva en medio de hombres delicados”, dijo. “Nunca he visto que se acuse a un hombre de ser agresivo, y todos sabemos que sí lo son”.

    Sin embargo, incluso el Partido de los Trabajadores, al que pertenece Rousseff y que alguna vez fue uno de los partidos políticos más poderosos de América Latina, enfrenta un debate interno sobre el sexismo mientras intenta reinventarse.

    Los líderes del partido fueron sometidos a un intenso escrutinio este año luego de que algunas grabaciones secretas revelaron una gran variedad de bromas explícitamente sexistas, incluyendo chistes groseros por parte de Lula da Silva sobre algunas de las integrantes más importantes del partido.

    Miriam Leitão, historiadora de economía y una de las columnistas con mayor influencia en Brasil, dijo que el Partido de los Trabajadores estaba usando el debate sobre las mujeres en la política para tratar de desacreditar el proceso de destitución porque al partido le costó la presidencia, que había tenido en sus manos durante más de 13 años.

    “Dilma no cayó por ser mujer”, escribió Leitão en su columna en el periódico O Globo. “Produjo un pico de inflación, una recesión de importancia histórica, y por eso perdió su trabajo”.

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    Publicado por Anónimo | 9 septiembre, 2016, 11:35

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