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Hábitos malditos

Los chinos producen cigarrillos chinos, los franceses, franceses; y así sucesivamente. Aquí podemos producir cigarrillos brasileños, argentinos, mexicanos. Versatilidad, que le dicen. En nuestro país hay gente que se hizo muy rica fabricando cigarrillos y poniéndolos en la puerta de su casa para quien quisiera comprarlos. Pero contemos también que hay gente muy valiosa para el país, como Maneco Galeano, que murió joven por fumar en exceso. El tabaco, pues, tiene bastante que ver con nuestra historia.


Este debe ser uno de los dos o tres productos más vilipendiados en las últimas tres décadas, cuando menos. Subsiste en forma de cigarros y cigarrillos, mientras que la pipa prácticamente desapareció, y el râpé, que, pese a popularizarse en francés, fue inventado por brasileños, lo cual no tiene nada de extraño si se considera que la variedad “hawaian pizza” se inventó en Canadá, que la milanesa “a la napolitana” no se conoce en Milán ni en Nápoles, y que ciertos libros argentinos aseguran que el ílex paraguariensis es una planta argentina. Y así, en muchos casos.

El fumar tabaco era práctica común entre los chamanes americanos, apreciándose rápidamente en Europa, adonde llegó en las bolsas de los misioneros, porque monjes católicos fueron también quienes inventaron licores, cervezas, quesos, digestivos, mermeladas, confites, conservas y tantas delicatessen maravillosas que nos dejaron para mayor felicidad terrena y gloria de la Creación.

Al tabaco, según Demersay, se lo llamó alternativamente “hierba del embajador”, “nicotina”, “hierba santa”, “hierba de la reina”, hierba del señor Le Prieur”, y más. Sin embargo, su etimología se asocia a la isla antillana Tabago, tanto como a la localidad mexicana Tabasco. Pero este viajero inglés cree que proviene simplemente de tabacco, nombre que los habitantes de Dominicana daban a una pipa primitiva.

El râpé es ya hoy una antigualla del siglo XVIII; solo quedan en las colecciones las primorosas cajas de oro, plata o nácar, maderas preciosas o marfil que las contenían y que las damas aristocráticas portaban en sus delicadas faltriqueras. Hoy son habanos los que gozan de gran estima, símbolo de poder y posición social, contrastados con los cigarrillos comunes, expresión prosaica de hábito vulgar y molesto.

La publicidad disuasiva del tabaco está plenamente justificada, coinciden los médicos. Es causa, refieren, de muchas enfermedades, la mayoría mortales, así como de discapacidades severas. Mejor lo explicó la hermosa actriz Brooke Shields, quien participó en una ronda de entrevistas sobre una campaña antitabaco, donde declaró terminantemente: “Fumar mata. Y si mueres, pierdes una parte muy importante de tu vida”. Con lo cual, sin duda, a los médicos no les quedó ya nada importante que agregar.

Además, este hábito irroga a los habitués gastos ingentes que bien podrían estar destinados a otros entretenimientos inocuos, como el póker, el truco o la generala. En fin, lo cierto es que, aunque la publicidad negativa y la represión se incrementan sin cesar, el hábito progresa.

Serbia, Bulgaria, Grecia, Rusia, Moldova, Ucrania, Bosnia y Herzegovina, Bielorrusia, Eslovenia y República Checa son, en ese orden, los diez mayores consumidores de cigarrillos, según informes oficiales. Consumen entre 2.860 y 2.125 cigarrillos al año, per cápita. La producción, sin embargo, lidera holgadamente China, seguida de India y Brasil. La producción mundial pasó de 4,2 millones de toneladas en 1971, a 6,9 millones de toneladas en 2000 y a 7,1 millones de toneladas en 2010, pese a toda la contra. O sea, los seres humanos y las seres humanas andamos fumando más de 7.200.000 toneladas de tabaco en peso seco, por año, actualmente.

También, muchos dejan de fumar y, por algún tiempo, son héroes. Aunque, más bien –decía alguien– los héroes somos los demás, que tenemos que escuchar cien veces cómo fue que lo lograron. Finalmente, “el tabaco es mucho más tóxico que la marihuana”, sostienen todos los especialistas; vale decir, lo peor es legal y lo menos malo, es ilegal. Pero hay un detalle: mientras el tabaco hace presidentes, la marihuana hace presidiarios.

Por Gustavo Laterza Rivarola

 

 

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