El evangelio del domingo: Vencer la indiferencia

Lc 12,49 – 53.- El mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz de este año, que siempre celebramos el primero de enero, es: “Vence la indiferencia y conquista la paz”.
Tema que se compagina con el Evangelio de hoy, pues una de las cosas más estimadas por el ser humano es la concordia y, al menos de palabras, todos nos gloriamos de trabajar por este valor, sea en la familia, sea en la sociedad.

El verdadero autor de la unión es Jesucristo y su vida es un ejemplo de donación para que la vivamos. Él también rezó, pidiendo a Dios que nos guarde en su nombre, para que seamos uno, como Él y el Padre (Jn 17) y, además, quiere formar un solo rebaño con un solo pastor.

Por ello, el Evangelio resulta paradojal, cuando hace la pregunta: “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz en la tierra? No, les digo que he venido a traer la división”.

¿Qué clase de división Jesucristo vino a traer?

Recordemos, en primer lugar, que en su Presentación en el templo, Simeón profetizó que este niño sería causa de contradicción, para revelar la intención que cada uno tiene en su corazón.

Resulta que Jesucristo ofrece un proyecto de vida lleno de nobleza y de valores auténticos y cada uno debe tomar partido delante de este proyecto: ponerse a favor o en contra.

Seguramente, la indiferencia es estar en contra.

Ahí entra la libertad de cada ser humano, ya que el Señor no fuerza a nadie, pero da muchas condiciones para que cada cual opte por el bien y por la vida. Él desea ardientemente que aceptemos su propuesta, ya que esta construye la verdadera felicidad y legítima paz, pero hay que vencer la indiferencia.

La división nace cuando en una familia de cinco personas dos lo aceptan y tres lo rechazan. Y la conclusión a que llegamos es que realmente no es Cristo el autor de la división, pero sí aquellos que son egoístas, están cegados por la codicia y combaten a quienes quieren el compartir y la justicia. Cuando uno no sabe comportarse como hermano del otro, sino para defender sus intereses mezquinos, actúa como un lobo para su semejante.

El Señor vino a traer la división entre el mal y el bien y nosotros somos capaces de vencer al mal que se anida en nuestro corazón y daña la convivencia en sociedad. Su fuerza poderosa la encontramos en los siete Sacramentos, pues estos son actos del mismo Jesucristo.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

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3 pensamientos en “El evangelio del domingo: Vencer la indiferencia”

  1. «El fuego de Jesús nos ayuda a superar los muros y las barreras de hoy»

    14 de ago de 2016
    Palabras del Papa en el Ángelus del domingo.
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    El Evangelio de este domingo (Lc 12,49-53) forma parte de las enseñanzas de Jesús dirigidas a sus discípulos a lo largo del camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte de cruz. Para indicar el objetivo de su misión, Él se sirve de tres imágenes: el fuego, el bautismo y la división. Hoy deseo hablar de la primera imagen: el fuego.

    Jesús lo expresa con estas palabras: «Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! » (v.49). El fuego del cual habla Jesús es el fuego del Espíritu Santo, presencia viva y operante en nosotros desde el día de nuestro Bautismo. Este – el fuego – es una fuerza creadora que purifica y renueva, incendia toda humana miseria, todo egoísmo, todo pecado, nos transforma desde adentro, nos regenera y nos hace capaces de amar. Jesús desea que el Espíritu Santo arda como fuego en nuestro corazón, porque es sólo partiendo del corazón que el incendio del amor divino podrá desarrollarse y hacer progresar el Reino de Dios. No parte de la cabeza, parte del corazón. Y por esto Jesús quiere que el fuego entre en nuestro corazón. Si nos abrimos completamente a la acción de este fuego que es el Espíritu Santo, Él nos dará la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su consolador mensaje de misericordia y de salvación, navegando en alta mar, sin miedo. Pero el fuego comienza en el corazón.

    En el cumplimiento de su misión en el mundo, la Iglesia – es decir, todos nosotros Iglesia – tiene necesidad de la ayuda del Espíritu Santo para no detenerse ante el miedo, para no habituarse a caminar dentro de los confines seguros. Estas dos actitudes llevan a la Iglesia a ser una Iglesia funcional, que no arriesga jamás. En cambio, la valentía apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos impulsa a ponernos en movimiento para caminar incluso por vías inexploradas o incomodas, ofreciendo esperanza a cuantos encontramos. Con este fuego del Espíritu Santo estamos llamados a convertirnos siempre más en una comunidad de personas guiadas y transformadas, llenas de comprensión, personas con el corazón abierto y el rostro gozoso. Hoy más que nunca se necesita de sacerdotes, de consagrados y de fieles laicos, con la mirada atenta del apóstol, para conmoverse y detenerse ante las dificultades y la pobreza material y espiritual, caracterizando así el camino de la evangelización y de la misión con el ritmo restaurador de la proximidad. Es justamente el fuego del Espíritu Santo el que nos lleva a hacernos “prójimos” de los demás: de las personas que sufren, de los necesitados; de tantas miserias humanas, de tantos problemas; de los refugiados, de los prófugos, de aquellos que sufren. Este fuego que viene del corazón. Fuego.

    En este momento, pienso también con admiración sobre todo a los numerosos sacerdotes, religiosos y fieles laicos que, en todo el mundo, se dedican al anuncio del Evangelio con gran amor y fidelidad, e incluso a costa de sus vidas. Su ejemplar testimonio nos recuerda que la Iglesia no tiene necesidad de burócratas y de diligentes funcionarios, sino de misioneros apasionados, devorados por el ardor de llevar a todos la consoladora palabra de Jesús y su gracia. Este es el fuego del Espíritu Santo. Si la Iglesia no recibe este fuego o no lo deja entrar en sí, se hace una Iglesia fría o solamente tibia, incapaz de dar vida, porque está constituida por cristianos fríos y tibios. Nos hará bien, hoy, tomar cinco minutos y preguntarnos: ¿Cómo es mi corazón? ¿Es frío? ¿Es tibio? ¿Es capaz de recibir este fuego? Tomemos cinco minutos para esto. Nos hará bien a todos.

    Y pidamos a la Virgen María de orar con nosotros y por nosotros al Padre celeste, para que infunda sobre todos los creyentes el Espíritu Santo, fuego divino que enciende los corazones y nos ayuda a ser solidarios con las alegrías y los sufrimientos de nuestros hermanos. Nos sostenga en nuestro camino el ejemplo de San Maximiliano Kolbe, mártir de la caridad, de quien hoy celebramos la fiesta: él nos enseñe a vivir el fuego del amor por Dios y por el prójimo.

    fuente: Radio Vaticana

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  2. “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra.” Lc 12, 49

    Muchas veces ingenuamente se interpreta la venida de Jesús como algo sin exigencias, como si él hubiera venido sólo a poner anestesia a los problemas, sin tocarlos a fondo. Como si él hubiera venido a traer una paz inconsequente, que finge que todo está bien sólo tapando las heridas. Por eso, la imagen de fuego es muy oportuna: ilumina, seca, cocina… pero también quema, limpia, esteriliza… Jesús trae el fuego, trae la guerra, trae la división… pues sólo así podrá, de verdad, sanar las heridas, generar conversión profunda, extirpar el mal. Acojamos a Jesús con toda su fuerza y no hagamos de él un peluche inofensivo. Paz y bien.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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  3. domingo 14 Agosto 2016

    Vigésimo domingo del tiempo ordinario

    Santo(s) del día : San Maximiliano Kolbe

    Ver el comentario abajo, o clic en el título
    Dionisio: Encender en los corazones de los hombres el fuego del amor de Dios

    Libro de Jeremías 38,4-6.8-10.
    Los jefes dijeron al rey: “Que este hombre sea condenado a muerte, porque con semejantes discursos desmoraliza a los hombres de guerra que aún quedan en esta ciudad, y a todo el pueblo. No, este hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia”.
    El rey Sedecías respondió: “Ahí lo tienen en sus manos, porque el rey ya no puede nada contra ustedes”.
    Entonces ellos tomaron a Jeremías y lo arrojaron al aljibe de Malquías, hijo del rey, que estaba en el patio de la guardia, descolgándolo con cuerdas. En el aljibe no había agua sino sólo barro, y Jeremías se hundió en el barro.
    Ebed Mélec salió de la casa del rey y le dijo:
    “Rey, mi señor, esos hombres han obrado mal tratando así a Jeremías; lo han arrojado al aljibe, y allí abajo morirá de hambre, porque ya no hay pan en la ciudad”.
    El rey dio esta orden a Ebed Mélec, el cusita: “Toma de aquí a tres hombres contigo, y saca del aljibe a Jeremías, el profeta, antes de que muera”.

    Carta a los Hebreos 12,1-4.
    Hermanos:
    Ya que estamos rodeados de una verdadera nube de testigos, despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta.
    Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz sin tener en cuenta la infamia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.
    Piensen en aquel que sufrió semejante hostilidad por parte de los pecadores, y así no se dejarán abatir por el desaliento.
    Después de todo, en la lucha contra el pecado, ustedes no han resistido todavía hasta derramar su sangre.

    Evangelio según San Lucas 12,49-53.
    Jesús dijo a sus discípulos:
    “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!
    Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!
    ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división.
    De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres:
    el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Dionisio, el Cartujo (1402-1471), monje
    Comentario al evangelio de Lucas, 12, 72-74

    Encender en los corazones de los hombres el fuego del amor de Dios

    “He venido a traer fuego a la tierra”: por el misterio de mi encarnación he bajado de lo alto del cielo y me he manifestado a los hombres para encender en sus corazones humanos el fuego del amor divino. “¡Y cuánto deseo verlo encendido” – es decir, que prenda y llegue a ser una llama movida por el Espíritu Santo que haga salir de ella actos de bondad!

    Cristo anuncia, seguidamente, que sufrirá la muerte en cruz antes de que el fuego de este amor no inflame a la humanidad. En efecto, es la santísima Pasión de Cristo la que ha hecho posible un don tan grande a la humanidad y es, sobre todo, el recuerdo de su Pasión la que enciende una llama en los corazones de los fieles. “He de recibir un bautismo”, o dicho de otra manera: Es a mi que, por una disposición de Dios, me incumbe y me ha sido reservado recibir un bautismo de sangre, bañarme y sumergirme en el agua, en mi misma sangre derramada en la cruz para rescatar al mundo entero. “Y cual no es mi angustia hasta que todo se haya cumplido”, en otras palabras, hasta que se acabe mi Pasión y pueda decir: “¡Todo está cumplido!” (Jn 19,30).

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