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Qué clase de niños están criando los que eligen apartar a los diferentes?

Sami tiene 7 años y kilómetros de energía y besos para repartir. Va de aquí para allá, ayudando-molestando en su casa, que antes no era su casa, pero que ahora lo es como si hubiera nacido allí.

Sus papotes no son sus papás. Mamá murió y papá también, poco tiempo después. Su familia de ahora, que ya lo quería desde antes, lo acogió como uno más; el hermanito se quedó con sus tías maternas. Ambos se ven de tanto en tanto y se quieren.

Sami recuerda y quiere a su madre de antes y ama a la de ahora. Sami abraza al hermano verdadero y se cuelga por los de ahora, que le pasan en edad y tamaño. Sami sueña con salir de paseo siempre con un angelito de rulos rubios al que él llama con orgullo y a viva voz: “hermano”.

Pero es muy cabezudo y tuvo problemas en la escuela. Le pegó a su compañerita porque ella lo molestaba en demasía. Quizás hasta le decía alguna cosa que le dolió mucho. A veces los niños son crueles entre ellos y se dicen verdades que lastiman. Pero los adultos somos peores. Algunas madres que conocen su historia, en lugar de apoyarlo pidieron su “cabeza”. Que lo cambien de turno, que lo echen, que le peguen en su casa para que se tranquilice de una vez…

Sami volvió cabizbajo de la entrevista con la sicóloga, y a mitad de año se vio obligado a tomar sus útiles de segundo grado e ir a otra clase, a tratar de conquistar a la nueva maestra, a buscar nuevos amigos que lo entiendan.

¿Le pegaron sus padres? No, le reprendieron por pegarle a la compañera y él dijo que sólo se defendió, que ella empezó primero con las agresiones. No hagas algo así nunca más, le dijeron sus papotes. No hubo palizas, pero con seguridad su temor es que lo saquen de sus vidas. Ellos no lo harán jamás, pero no pueden evitar que el pequeño se sienta apesadumbrado, en peligro de quedar solo, de tener una segunda pérdida.

¿Estuvo bien que el colegio lo haga abandonar su clase? No se qué diría si fuera sicólogo, pero sólo soy una contadora de historias. Si yo era la directora o, mejor, la maestra (que conoce toda su vida), hubiera peleado por ese alumnito; les hubiera hecho conversar con su compañerita para hacer las pases y entre las madres para que procuren ayudar a sus hijos. Sami es un niño afectuoso que pasó por una situación extrema en su vida, y se expresa con hiperactividad, que canaliza haciendo mil cosas –de niño– todo el día.

En cuanto a las madres que ya no lo querían cerca de sus retoños, deberían cuestionarse qué clase de niños están criando. ¿Aprenderán a compartir, disentir y convivir con los otros? ¿O estarán siempre esperando que mamá y papá les quite de enfrente a aquellos con los que no se entiende? En lugar de pedir la separación de Sami, del resto de la clase, hubieran procurado un mejoramiento en las relaciones de los niños, por el bien de aquel y del de ella.

Además del hogar, la escuela es el segundo hábitat del niño, allí donde se forma y es feliz o infeliz. Hay miles de casos como el de Sami, con niños que son expulsados, cambiados de turno, humillados por sus compañeros, golpeados, víctimas de soborno, rechazados por las maestras o padres de sus compañeros; obligados a cambiarse de clase, de escuela… o de abandonarlo para siempre.

Los tomadores de decisiones –directores, maestros y padres– deberían rever sus posturas antes de poner en el patíbulo a los niños diferentes, que seguramente son los que más necesitan ayuda para demostrar que pueden llegar a ser tan buenos o mejores que los criados en el marco de vidas normales.

 

Por Milia Gayoso-Manzur

 

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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