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El poder y las ideologías

Durante mucho tiempo se habló de que la división clásica y fácil de la política era entre derecha e izquierda y que en esa batalla, que dominó gran parte del discurso político, el estar del lado de la siniestra daba una especie de legitimidad social en un continente dominado por la injusticia y los graves desajustes de oportunidades. La diestra era el egoísmo capitalista en su máxima expresión. La Guerra Fría, con la confrontación del capitalismo y el comunismo, le dio el sustrato político a una relación mucho más allá de la semántica. Hoy que las fronteras no se establecen en relación a esos conceptos y el ser de izquierda o de derecha resulta casi intrascendente, el debate es sobre la capacidad de gestionar en favor de las mayorías políticas que sirvan para brindar oportunidades a la gente. Ser de derechas o de izquierdas no representa nada si el sistema de distribución y, fundamentalmente, de gestión del Estado no cambia como debiera.

En estos días le pregunté a un chileno de “izquierda” sobre Camila Vallejo, la activista juvenil que puso de rodillas al gobierno de Bachelet con la famosa “revolución de los pingüinos” y que fuera electa diputada en los últimos comicios, y su respuesta me dejó pensando: “la comió el sistema”. No entendí muy bien sobre si el sistema político chileno era uno que representaba las variables de las posturas políticas en el sentido más pragmático posible y que había pulverizado los extremos al punto que demócrata cristianos y socialistas eran una misma cosa o si fue la realidad la que se impuso sobre esas definiciones de conveniencia política que dominaron nuestro lenguaje a lo largo de casi un siglo.

Hoy no importa dónde estás, lo que importa es que hagas las cosas. El fin de las ideologías se convirtió en un mantra y los partidos están más desconcertados que la realidad que deben alterar. No queda nada de la revolución bolivariana y menos de los cambios en el sandinismo nicaragüense. Ortega se parece tanto a los Somoza como los Castro a la dictadura de derecha militar que derrocaron. Dominados están todos por el poder y recubiertos en un discurso insostenible por una realidad que los desnuda en términos de hechos concretos.

Los cubanos en el poder por tanto tiempo como los de las “derechas” que cuestionaron hoy se quejan de las ventajas que supone a sus miles de ciudadanos el atractivo de tocar suelo norteamericano y convertirse automáticamente en asilados. Culpan al Gobierno de Washington, incapaces de cuestionarse el porqué miles de sus compatriotas desafían a los tiburones con tal de salir de un país convertido en una gran prisión.

El poder es lo único egoísta y rapaz que domina varios regímenes, el discurso entre derecha e izquierda sobredistrae a los tontos. Hay que ver quién gana y quién pierde con un gobierno para saber del lado de quiénes están los gobernantes en realidad.

 

Benjamín Fernández Bogado

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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Un comentario en “El poder y las ideologías

  1. El retrato de Beethoven y los derechos humanos

    En El tambor de hojalata (1959), la novela de Günter Grass, Oskar es un niño que a los tres años decide unilateralmente dejar de crecer, asqueado del mundo adulto. Se dedicará de ahora en más a enjuiciarlo, al ritmo de su tambor y de su voz vitricida. Su presunto padre es Matzerath, un anodino tendero que se afilia al Partido Nazi en su ciudad, la entonces polaca (como hoy) Danzig, anexionada por Adolf Hitler en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. Matzerath ama la música vital y libertaria de Beethoven. Tiene un retrato del compositor colgado en un lugar preferencial de la casa. No es casual que el habitante de esa pared sea Beethoven, quien al enterarse de la autocoronación de Napoleón como emperador en 1804, al publicarse la partitura dos años después le extrajo su dedicatoria de la Sinfonía Nº 3, la llamada Heroica.
    Pero aun así, en medio de la fiebre etílica del orgullo fascista cebado del miedo al comunismo y del desprecio a los judíos, seducido por la doctrina de la “seguridad” interna por sobre cualquier derecho humano universal, Matzerath reemplaza su fervor beethoveniano por la promesa hitleriana. En una escena cargada de simbolismo, descuelga el retrato de Beethoven y lo reemplaza por uno del Führer. Es la imagen de las clases ilustradas empeñando su preciado patrimonio artístico por la tentadora oferta mesiánica de Hitler.
    Cada tanto, la deriva fascista —que no es otra cosa que el capitalismo en crisis y amenazado— ofrece esas monedas de cambio que anulan el legado de su propia Ilustración —crítica e ironía— por la vía del miedo. La tambaleante herencia de la democracia liberal post Segunda Guerra Mundial que se llama derechos humanos suele ser la moneda preferida que el acechante fascismo eterno exige como sacrificio por más seguridad, para contrarrestar la inseguridad social que ella misma ha creado y alimentado. En su radicalización represiva —cuya alienación permea no solo ya a las clases altas e ilustradas, sino también a la de los trabajadores—, esta oferta confunde a veces hasta al más informado, al más formado. Siempre por la vía del miedo.
    El temor y la estigmatización del comunista que se operó en la Alemania hitleriana (y en las dictaduras del Cono Sur) tienen en el siglo XXI, y en Paraguay, su continuación en el temor y la estigmatización del pobre. El pobre organizado: el peor de todos. Así de genérico es el miedo contemporáneo azuzado por los medios de comunicación y promovido por las dirigencias políticas conservadoras.
    Esas dirigencias suelen insistir, con testadurez reaccionaria, en el reemplazo del retrato de Beethoven por otro que promete protección a base de conculcación de derechos civiles. Sepamos, como Oskar, que cuando esto sucede estamos ante una señal de la amenaza histórica de la barbarie totalitaria.

    Por Blas Brítez

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    Publicado por Anónimo | 8 octubre, 2016, 10:46

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