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TRASCENDENTE

El evangelio del domingo: Administrador fiel y previsor

No es exagerado afirmar que todos nosotros, en principio, tenemos algo de autoridad y que el trabajo que realizamos nos ofrece la oportunidad de colaborar con los otros, o de complicar su vida.
Depende del modo cómo uno actúa, si usa criterios técnicos en su ocupación y trata de ser sencillo y fraterno o si prefiere caer en los vericuetos de la politiquería, ambiciona cargos más elevados y se deja llevar por la hipocresía y agresividad.

Casi siempre entendemos que “tener autoridad” se refiere solo a las autoridades conocidas, pero no a la gente común y corriente. Sin duda, las autoridades como tal tienen una responsabilidad más grande en la sociedad, pero no es cierto que las personas comunes “no pueden hacer prácticamente nada”, ya que algo de potestad tienen.

Por ello es inquietante la pregunta que Jesús hace: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuir la ración de trigo en el momento oportuno?”.

Indica alguien que está al frente de su personal, o sea, su cargo lo lleva a tomar decisiones que afectan a mucha gente.

Enseguida, Él revela que la autoridad que debe distribuir el trigo, si lo hace de modo transparente, merece el calificativo de “feliz”. Ser “feliz” ante los ojos de Dios está muy relacionado con ser justo y observante de sus enseñanzas.

Podemos decir que esta es la finalidad más importante de nuestra vida: ser justo y ser feliz con los criterios de Dios, porque esto es algo que permanece para siempre y es el mejor recurso para construir un país con prosperidad.

Sin embargo, si el que tiene autoridad se pone a comer, emborracharse y a golpear a sus compañeros, pensando que su patrón no lo sabrá, recibirá un doloroso castigo.

Hoy día, el término evangélico “golpear a los servidores” debe ser entendido, en primer lugar, como golpear el bolsillo de los servidores, robando lo que por derecho le pertenece.

Lo que podemos quitar para nuestra existencia es que todos tenemos algo de autoridad y debemos ser como un administrador fiel y previsor, sin manipular las personas, sin aprovechar el cargo para enriquecerse ilícitamente y buscar con valentía el bien común.

Y, para terminar, recordemos que este 11 de agosto, jueves, es día de Santa Clara de Asís, Madre de los franciscanos y fundadora de las hermanas Clarisas, de vida contemplativa, que están en Villarrica: recemos por ellas y pidamos que Dios les envíe muchas vocaciones. Llamando al (0541) 432 36 podemos saludarlas.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en “El evangelio del domingo: Administrador fiel y previsor

  1. “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.” Lc 12, 34

    En la semana pasada estuvimos reflexionando sobre la desgracia que puede provocar en nuestras vidas la avaricia, el querer siempre acumular y el materialismo. Pues bien, en este domingo Jesús sigue llamando nuestra atención sobre este peligro. El nos recuerda que nuestro corazón se encuentra en aquellas cosas que nos interesamos más y con las cuales gastamos más nuestro tiempo y nuestras energías.
    Esta llamada de atención es muy oportuna porque muchas veces nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos o decimos que existen cosas que son las más importantes para nosotros, cuando en realidad, por los hechos, están en segundo o tercer plano. Por ejemplo, Dios, cuando hablamos de él, sin dificultades decimos que lo amamos sobre todas las cosas, y que él es lo más importante para nosotros, pero en la realidad muchas veces no tenemos tiempo para Dios, somos consumidos por tantas otras cosas, que de hecho él se encuentra en la periferia de nuestras vidas, y mantenemos con él una relación muy superficial. O sea, en este caso Dios no es nuestro tesoro, y no tenemos en él nuestro corazón, aunque lo digamos en la misa: “”Nuestro corazón está en Dios!”.
    Muchos dicen que la familia es la cosa más importante de sus vidas, pero en la verdad gastan mucho más sus energías con otras cosas. Están más preocupados con planes personales. O se justifican que todo lo que hacen es para los hijos, cuando en la verdad, estos hijos necesitarían mucho más del abrazo y de la presencia. En casos como este, muchas veces el bien de los hijos es sólo una máscara para disfrazar su codicia, sus ganas de tener siempre más, de acumular. Otros no consiguen renunciar a su programa de televisión, o su entretenimiento personal para estar en familia. Es claro que, si es así, aunque lo diga en palabras, en los hechos, la familia no es su tesoro, no está su corazón en la familia.
    Existe también un gran número de personas que afirman que los amigos son su tesoro. Que por un verdadero amigo sería capaz de darlo todo. Pero cuando llega el momento exacto de hacerlo, cuando encuentra a este amigo en la necesidad, acaba por descubrir su triste realidad: no es capaz de renunciar a nada de su vida para ayudar a su amigo. Entonces, lo que antes parecía su tesoro desaparece como humo, y se descubre más atado a otras cosas materiales de las cuales no es capaz de dejar.
    Jesús insiste: Donde está tu tesoro, allí tienes tu corazón. Yo ya encontré muchas personas que tienen su tesoro en cosas materiales o pasajeras, aunque no lo digan o no lo acepten. Algunas tienen su corazón depositado en el banco, otras el corazón está en una linda casa que posee, otras en su automóvil, otras en la carrera profesional o política, otras en un título de estudios, otras en una persona-pasión… Pero todas estas cosas son circunstanciales y en algún momento pueden venir a menos, y entonces las personas que tenían allí sus corazones se quedan destrozadas, deprimidas y arrasadas. Jesús nos invita hoy a preguntarnos: ¿dónde está mi tesoro? ¿dónde tengo mi corazón? Tenemos que ser sinceros con nosotros mismos: debemos descubrir cuáles son las cosas que efectivamente ocupan nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestras preocupaciones, nuestros planes y sueños, pues estos serán los mejores indicios para descubrir dónde, de hecho, tenemos nuestro corazón, sin engañarnos a nosotros mismos con lindas palabras que tergiversan nuestra realidad.
    Sólo cuando acumulamos un tesoro en el cielo, estaremos seguros de que nada lo podrá destruir, pues como dijo Jesús: en el cielo el ladrón no lo roba y ni la polilla lo consume. El modo que disponemos para acumular este tesoro en el cielo es: la caridad, el amor, el servicio a los demás, la solidaridad, el compartir… estas son las únicas cosas que nunca las perderemos y nos acompañaran hasta la vida eterna. Las otras cosas, los bienes, las posesiones, todas aquí permanecerán y tal vez, hasta serán motivo de discordia entre los que se quedarán.
    ¡Que el Señor nos dé el coraje de empezar a acumular este tesoro en el cielo!

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por Anónimo | 7 agosto, 2016, 16:34
  2. domingo 07 Agosto 2016

    Decimonoveno domingo del tiempo ordinario

    Libro de la Sabiduría 18,6-9.
    Aquella noche fue dada a conocer de antemano a nuestros padres, para que, sabiendo con seguridad en qué juramentos habían creído, se sintieran reconfortados.
    Tu pueblo esperaba, a la vez, la salvación de los justos y la perdición de sus enemigos;
    porque con el castigo que infligiste a nuestros adversarios, tú nos cubriste de gloria, llamándonos a ti.
    Por eso, los santos hijos de los justos ofrecieron sacrificios en secreto, y establecieron de común acuerdo esta ley divina: que los santos compartirían igualmente los mismos bienes y los mismos peligros; y ya entonces entonaron los cantos de los Padres.

    Carta a los Hebreos 11,1-2.8-19.
    Hermanos:
    La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven.
    Por ella nuestros antepasados fueron considerados dignos de aprobación.
    Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba.
    Por la fe, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa.
    Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.
    También por la fe, Sara recibió el poder de concebir, a pesar de su edad avanzada, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía.
    Y por eso, de un solo hombre, y de un hombre ya cercano a la muerte, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como la arena que está a la orilla del mar.
    Todos ellos murieron en la fe, sin alcanzar el cumplimiento de las promesas: las vieron y las saludaron de lejos, reconociendo que eran extranjeros y peregrinos en la tierra.
    Los que hablan así demuestran claramente que buscan una patria;
    y si hubieran pensado en aquella de la que habían salido, habrían tenido oportunidad de regresar.
    Pero aspiraban a una patria mejor, nada menos que la celestial. Por eso, Dios no se avergüenza de llamarse “su Dios” y, de hecho, les ha preparado una Ciudad.
    Por la fe, Abraham, cuando fue puesto a prueba, presentó a Isaac como ofrenda: él ofrecía a su hijo único, al heredero de las promesas,
    a aquel de quien se había anunciado: De Isaac nacerá la descendencia que llevará tu nombre.
    Y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo.

    Evangelio según San Lucas 12,32-48.
    No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.
    Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla.
    Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.
    Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas.
    Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.
    ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo.
    ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!”
    Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.
    Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.
    Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”.
    El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?
    ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo!
    Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.
    Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse,
    su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.
    El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo.
    Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.”

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Cipriano (c. 200-258), obispo de Cartago y mártir
    De la unidad, 26-27

    “Estad a punto”

    El Señor pensaba en este nuestro tiempo cuando dijo: “Cuando vendrá el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18,8). Vemos como se realiza esta profecía. El temor de Dios, la ley de la justicia, la caridad, las buenas obras, ya nadie cree en ellas…todo lo que temería nuestra conciencia, si creyera; no lo teme porque no cree. Porque si creyera, viviría vigilante; y si vigilara, se salvaría.

    Despertémonos, pues, hermanos muy amados, tanto como seamos capaces. Sacudamos el sueño de nuestra inercia. Estemos atentos a observar y practicar los preceptos del Señor. Seamos tal como él nos ha prescrito ser cuando ha dicho: “Permaneced en actitud de servicio y conservad encendidas vuestras lámparas. Sed como los que esperan la llegada de su amo a su regreso de bodas para abrirle la puerta en cuanto llegue y llame a la puerta. Dichosos los siervos que a su llegada, el amo los encontrará en vela”.

    Sí, permanezcamos en actitud de servicio, por miedo a que cuando venga el día de salida, no nos encuentre preocupados y enredados. Que nuestra luz brille y resplandezca en buenas obras, que nos conduzca de la noche del mundo a la luz de la caridad eterna. Esperemos con solicitud y prudencia la llegada repentina del Señor a fin de que, cuando llame a la puerta, nuestra fe esté despierta para recibir del Señor la recompensa de su vigilancia. Si observamos estos mandatos, si conservamos estas advertencias y estos preceptos, las astucias engañosas del Acusador no nos abatirán durante nuestro sueño. Sino que, reconocidos como siervos vigilantes, reinaremos con Cristo triunfante.

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    Publicado por Anónimo | 7 agosto, 2016, 16:34

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