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Nostalgia de años dorados

Los hombres pasan, las instituciones quedan, suelo escuchar a menudo. Acaso las buenas costumbres, los buenos modales, transmitidos de padres a hijos, de generación a generación, no deberían también, permanecer inmutables, pues, son valores morales y éticos, sobre los que se cimentan nuestra civilización.

“Buen día, señor…señora…”: así nos enseñaban en aquellos años, a saludar a nuestros mayores, cuando se iniciaba un nuevo día. “Con su permiso…”: era el respetuoso pedido para no avasallar el derecho del otro. “Acá tiene un asiento, señora, señor”: el respeto hacia las damas y los ancianos era ineludible, casi sagrado, en los colectivos y en los otros eventos. Hoy en día, quienes con gentileza ceden sus asientos son las jóvenes, mientras los caballeros están gua’u en brazos de Morfeo. “Vayamos caminando hasta el parque…” –abrazados, tomados de la mano o de la cintura– para platicar un poco o disfrutar de un hermoso atardecer. –“Te traje un ramo de rosas…”. “Me permite este baile señorita?”–. El súmmum de la galantería y el romanticismo de los caballeros de entonces; el kuimba’e (dueño de su lengua) y el “caballero que no tiene memoria”, son especímenes en fuga, hacia la oscuridad de los tiempos.–“Disculpe señor, yo me equivoqué… trataré de reparar el daño…”–: hoy, los paraguayos, nos volvimos casi todos infalibles. Aún con las evidencias más claras y contundentes, arremetemos unos contra otros, especialmente en los choques o roces de vehículos, tratando que coexistan dos verdades en un mismo incidente; intentando obtener con prepotencia, alguna ventaja injusta.

“¡Qué bello amanecer; que lindo atardecer; que hermosa noche! ¡Cuántas estrellas!” Felices aquellos que hoy en día elevan su vista del celular, para admirar estas maravillas perennes de la creación. “Niños, guarden silencio, es la hora de la siesta…”. “Niños, no se olviden de rezar antes de dormir”: recordaban las mamás y las abuelas de entonces, al terminar el día, para el encuentro personal con El Creador, desde temprana edad. ¡Cómo no sentir nostalgia de aquellos años!: en la Navidad, cuando en bullicioso tropel, los niños iban y venían de los pesebres, cantando; o… cuando minutos después de la medianoche del Año Nuevo, salíamos a las calles buscando el abrazo y el augurio sincero de los vecinos. Son contadas y honrosas las excepciones, que felizmente aún subsisten, de los que practican estos buenos modales .

“Todo tiempo pasado fue mejor…”, refunfuñaba de vez en cuando mi abuelo. En mi adolescencia, en respetuoso silencio, no compartía esa frase. Pero ahora, en el ocaso de mi vida, veo cuánta verdad hay en ella. Pero, estoy seguro, que cada generación tiene su tiempo feliz, de agitación y de locuras… sus años dorados. Sin embargo, las buenas costumbres, como las descritas, deberían permanecer para siempre, en todas las generaciones.

Roberto Bareiro

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Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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