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Los elefantes blancos

En la hoy llamada Tailandia había y se siguen criando los elefantes llamados blancos. Este país está ubicado al sureste del continente asiático pegadito a Laos, Camboya y Birmania. Tiene un poco más de 65 millones de habitantes que pisan una superficie de 513.000 km². Era conocido anteriormente como Siam y tuvo su primer cambio de nombre en 1939 por el nombre de Prathel Thai y luego en 1949 por el de Prathel Thai (Prathel significa país y Thai equivale a libre), lo que significa país de gente libre en idioma tailandés.
En inglés llamaron Thailand (tierra de los Thai) y al llevarse al español resultó ser Tailandia. Los Thai fue la etnia formadora de esta nación, gente que huyó de los chinos hace 2.000 años y se fortalecieron en la Tailandia actual. Es una monarquía constitucional en donde el Rey es el jefe de Estado y de las fuerzas armadas. El país se distinguió por su rápido crecimiento económico ocurrido entre los años 1985 y 1996, por la industrialización experimentada y gran exportador. Le sigue el turismo como generador de gran ingreso. Su capital es Bangkok y el 95% de su población profesa la religión budista y su gente es de origen tailandés, chino y malayo.

Durante muchos siglos en el feudo de la antigua Siam fue una costumbre considerar a los elefantes blancos como propiedad del rey. Todos los raros elefantes albinos eran declarados como pertenecientes del mandamás tailandés y que, hasta ahora, el jefe de esa nación posee el título de “Señor de los Elefantes Blancos” y solo él podía disponer de estos mastodontes, ya sea para hacerlos trabajar o montarlos simplemente.

Era muy costoso mantener a este paquidermo. Su extremado cuidado, su delicado manejo, su enorme contextura y su costoso mantenimiento hacían de este enorme mamífero, considerado sagrado, una carga muy costosa para el criador.

¿A quienes se les encargaba el cuidado de estas bestias sagradas tailandesas? A los que no congeniaban con el gobierno del rey y a los cortesanos que eran cortados por lo sano al oponerse a los manejos fraudulentos y corruptos del mandamás tailandés.

En consecuencia, el castigado recibía como regalo el elefante de ese pelaje y debía criarlos y manejarlos hasta la muerte de la bestia o del cuidador de ese “obsequio” y así siempre el corolario de esta dupla “elefante-cuidador” fue el de dejar en la ruina al casual dueño del blancuzco animal.

Esta rutina y tradición tailandesa dio origen al enunciado “elefante blanco” y que en la actualidad se usa para relatarnos y describirnos todo lo referente a las posesiones inútiles y al patrimonio inservible y oneroso del Estado que para la nada sirven.

Por Caio Scavone

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