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Cubilla y Maturana: El búmeran vocacional

Veintisiete años después, Atlético Nacional de Colombia es campeón de la Copa Libertadores. El miércoles pasado, en el Atanasio Girardot estaba Francisco Maturana, técnico de aquella primera vez de 1989.

En enero de 1983, Pacho colgó los botines y volvió a su consultorio odontológico. Mientras Maturana dejaba el deporte, llegaba a Medellín Luis Cubilla para ser técnico de Atlético Nacional. Se habían conocido en 1982, cuando Maturana era un recio defensor central del Deportes Tolima que enfrentó a Olimpia en la Libertadores. Al principio, el uruguayo le pidió al colombiano que volviera a jugar. Este respondió: “No. Nunca las segundas partes fueron buenas, y yo quiero que los hinchas me recuerden como fui. Esto se acabó”. Entonces, ese zorro terco que era Cubilla le propuso que le ayudara a manejar las inferiores. “Cuando te decidas –le dijo–, el día que sea, a la hora que sea, cuando pases frente al apartamento y veas la luz encendida, pita, entra… y empezamos”.

A Maturana la idea lo sedujo de inmediato. Volvió a dejar de lado las pinzas de curación y se refugió en una cancha. Al lado de Luis Cubilla. Acudió al llamado de la luz encendida. “Muchas veces fui de madrugada, cuando regresaba de alguna fiesta o algo así. Siempre me decía: ‘Sigue, Pacho, sigue’, y hablábamos de fútbol, aunque solo fueran cinco o diez minutos. Me daba artículos para leer y comentar al día siguiente y siempre me decía lo mismo: ‘No puedes ser un mediocre. Habla con todo el mundo, porque el fútbol se aprende cada día, y mantén siempre un papel y lápiz para anotarlo todo'”, contó.

Cubilla no duró mucho y terminó marchándose de Medellín. Tres años después de que Cubilla le inoculara el virus de la dirección técnica, se convirtió por fin en el estratega de Atlético Nacional, sucediendo a Aníbal Maño Ruiz. Maturana formó un equipo compuesto totalmente por colombianos, y en 1989 llegó a la final de la Libertadores. En el banco de enfrente estaba Luis Cubilla, con Olimpia.

En las calurosas noches de Medellín solían tomar whisky, mientras hablaban de fútbol. “Tomemos un amarillo”, le decía el uruguayo al colombiano. Pero en una de las finales más volcánicas de la historia de la Libertadores, no habría oportunidad para escenas de camaradería. El 31 de mayo de 1989, Luis Cubilla habría de recordar, con una extraña sensación de iniquidad cósmica, la noche remota en que había convertido a Francisco Maturana en técnico de fútbol. En su verdugo.

Por Blas Brítez

 

 

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