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El evangelio del domingo: La codicia es desorden

El Evangelio muestra que un hombre pide a Jesús para actuar como juez en una división de herencia familiar, que con frecuencia genera ganas de engañar al otro y adueñarse de su parte.


Jesús le contesta: “Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.

Saber usar el dinero y los bienes materiales es un desafío para el ser humano. Todos padecemos la inmensa atracción que la plata ejerce en nuestras vidas, ya que su posesión trae encantadoras comodidades y enormes privilegios.

Sin embargo, trae también grandes peligros. De inicio, hemos de preguntar cómo conseguimos el dinero que tenemos: ¿será con un trabajo honesto, será robando del Estado, será con el contrabando o tal vez explotando a un semejante que pasa por necesidades?

Aunque ostentando fortunas la vida en sí misma no está asegurada, pues únicamente Dios la asegura y ella es nuestro bien más importante.

Como la recibimos gratuitamente tendríamos que entender el sentido de la gratuidad y del compartir, sin dejarnos atrapar por el materialismo y el egoísmo acomodado.

Nos enseña el Catecismo: “El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales” (N° 2536)

Las expresiones son fuertes y oportunas: deseo de apropiarse sin moderación de los bienes terrenos y el apetito desordenado por tener riquezas y poder

La enseñanza bíblica, perfeccionada por la sabiduría de Jesucristo, muestra que la avaricia y la codicia pueden enceguecer al ser humano, llevándolo por caminos de hipocresía, prepotencia y hasta, homicidio.

Él cuenta una parábola declarando que la persona que vive el desorden de la codicia inmoderada es un demente, pues afirma: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. La conclusión dramática es: los bienes que amontonaste no serán para ti.

Por ello, si bien uno habrá podido disfrutar de cosas apetecibles durante su existencia, por causa de la codicia, en la hora de la verdad, dejará los bienes terrenos y correrá el riesgo de perder los eternos.

La avaricia (y codicia) están incluidas entre los siete pecados capitales, juntamente con la soberbia, envidia, ira, lujuria, gula y pereza.

Tratemos de compartir con más generosidad y seamos honestos en los medios para adquirir nuestros bienes.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann Franciscano Capuchino

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en “El evangelio del domingo: La codicia es desorden

  1. “Eviten con gran cuidado toda clase de codicia, porque, aunque uno lo tenga todo, no son sus pertenencias las que le dan vida.” (Lc 12, 15)

    Una de las grandes tentaciones que todos nosotros tenemos en la vida es el deseo de poseer. Queremos estar económicamente seguros, deseamos la comodidad, aspiramos por las cosas que nos dan placer, buscamos la diversión…
    El gran problema es que este deseo de poseer no conoce un límite natural.
    Es un deseo insaciable. Cuanto más tengamos, más queremos tener. Y si dejamos las “riendas sueltas”, nunca estaremos satisfechos. Somos nosotros los que debemos aprender a limitarlo, pues cuanto más lo alimentamos tanto más nos debilitamos, y él va entrando en todas las áreas de nuestras vidas, y las va arruinando, hasta esclavizarnos completamente.
    La codicia descompone la familia, la amistad, el ambiente de trabajo, el medio ambiente, y hasta el destino de una nación y de la humanidad. La codicia, despacito nos va dejando ciegos y destruye completamente nuestros valores. Personas buenas, pero envenenadas por la codicia, se vuelven capaces de traicionar a sus propios padres y hermanos, capaces de aprovecharse de la confianza de sus amigos, capaces de calumniar, de hacer alguna trampa, de robar, de sobornar y hasta de matar.
    Todos nosotros estamos sujetos a esto, si no escuchamos la advertencia de Jesús que dice: “eviten con gran cuidado toda clase de codicia”. Llama la atención la expresión “con gran cuidado”. Para vencer la codicia se necesita realmente de un espíritu decidido, no basta solamente un buen propósito, aún más en nuestro tiempo, pues la sociedad de consumo muy interesada en nuestra codicia, la estimula de todos los modos, con propagandas, filmes, novelas, músicas…
    ¿Pero cómo conseguir vencerla? ¿Cómo establecer un límite a mi deseo de poseer?
    Creo que puede haber distintos caminos. ¡Existen personas que partiendo únicamente de una reflexión ético-filosófico, consiguieron equilibrar sus vidas y atajar la codicia, y yo las admiro!
    Pero yo creo, como cristiano, que la auténtica experiencia de Dios nos da esta capacidad y lucidez para “evitar con gran cuidado toda clase de codicia”. La pedagogía de Dios en el desierto, cuando enseñó a su pueblo que nadie podía acumular más de lo que les serviría para sus necesidades personales, me parece una buena propuesta para todos nosotros. Lo mismo, el desafió de Jesús a la caridad auténtica y sistemática, dar de lo que tenemos, repartir de lo que ganamos con el sudor de nuestra frente. La caridad es justamente lo contrario de la codicia y por eso es el más eficaz remedio para vencerla.
    Jesucristo nos invita a descubrir la grandeza de nuestra vida en esta tierra. Nos invita a entender que la vida es mucho más que tener, que acumular, que preocuparse en defender sus posesiones.
    Por eso él nos recuerda “aunque uno tenga todo, no son sus pertenencias las que le darán la vida.”

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por jotaefeb | 31 julio, 2016, 06:25
  2. domingo 31 Julio 2016

    Decimooctavo domingo del tiempo ordinario

    Libro de Eclesiastico, de Sirac 1,2.2,21-23.
    ¡Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet. ¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!
    Porque un hombre que ha trabajado con sabiduría, con ciencia y eficacia, tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún esfuerzo. También esto es vanidad y una grave desgracia.
    ¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol?
    Porque todos sus días son penosos, y su ocupación, un sufrimiento; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad.

    Carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-5.9-11.
    Hermanos:
    Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.
    Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra.
    Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios.
    Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.
    Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría.
    Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras
    y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador.
    Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo, que es todo y está en todos.

    Evangelio según San Lucas 12,13-21.
    En aquel tiempo:
    Uno de la multitud le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.
    Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”.
    Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.
    Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho,
    y se preguntaba a sí mismo: ‘¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha’.
    Después pensó: ‘Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes,
    y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’.
    Pero Dios le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?’.
    Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Basilio (c. 330-379), monje y obispo de Cesárea en Capadocia, doctor de la Iglesia
    Homilía 6, sobre las riquezas; PG 31, 261 s.

    «Ser rico ante Dios»

    «¿Qué haré? ¿Qué comeré? ¿Con qué me vestiré?» Eso es lo que dice este rico. Sufre su corazón, la inquietud le devora, porque lo que a los demás les alegra, al avaro lo hunde. Que todos sus graneros estén llenos no le da la felicidad. Lo que atormenta a su alma es tener demasiadas riquezas al rebosar sus graneros…

    Considera bien, hombre, quién te ha llenado de sus dones. Reflexiona un poco sobre ti mismo: ¿Quién eres? ¿Qué es lo que se te ha confiado? ¿De quién has recibido ese encargo? ¿Por qué te ha preferido a muchos otros? El Dios de toda bondad ha hecho de ti su intendente; te ha encargado preocuparte de tus compañeros de servicio: ¡no vayas a creer que todo se ha preparado para tu estómago solamente! Dispón de los bienes que tienes en tus manos como si fueran de otros. El placer que te procuran dura muy poco, muy pronto van a escapársete y desaparecer, y sin embargo te pedirán cuenta rigurosa de lo que has hecho con ellos. Luego lo guardas todo, puertas y cerraduras bien cerradas; pues aunque lo hayas cerrado todo, la ansiedad no te deja dormir…

    «¿Qué haré?» Tenía una respuesta a punto: «Llenaré las almas de los hambrientos; abriré mis graneros e invitaré a todos los que pasan necesidad… Haré que oigan una palabra generosa: Venid a mí todos los que no tenéis pan, tomad la parte que os corresponde de los dones que Dios ha concedido, cada uno según su necesidad».

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    Publicado por jotaefeb | 31 julio, 2016, 06:24

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