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¿Por qué Donald Trump no conseguirá lo que consiguió Chávez?

Lo he dicho en otros artículos antes: Donald Trump tiene muchas similitudes con Chávez: es demagogo, populista, “outsider”, antipartidos, antipoder establecido, contestatario, atrevido y un máster para concitar la atención de los medios con su personalidad egocentrista y excéntrica. Pero Trump no tendrá en esta elección su misma suerte porque las estructuras políticas y sociales en los EUA no se han deteriorado al nivel que se deterioraron en Venezuela durante la crisis de los 90.

Cuando trato de explicar la fuerza que tiene Trump en esta elección muchos me acusan de ser su partidario. Todo lo contrario: la capacidad de analizar a tu contrincante de manera objetiva (dejando las simpatías o antipatías a un lado) es una cualidad estratégica.

Trump tiene fuerza y hasta ahora mucho éxito porque representa cosas reales que están presentes en la sociedad norteamericana. Muchos votantes (sobre todo blancos) están angustiados porque en los EUA están cambiando de una forma que amenaza su prevalencia (y en cierta forma privilegios sociales y económicos). El país en el que crecieron y cuya imagen tienen es un país con una amplia e incuestionable mayoría de ciudadanos blancos y un país bastante homogéneo.

Esa visión se encuentra amenazada porque ahora hay inmigrantes por todo lados, latinos, árabes y algunos de ellos están en una mejor situación económica (sobre todo con la pérdida de los empleos de las manufacturas). También en ese fin de su sociedad homogénea que añoran hay homosexuales que reclaman y ya tienen los mismos derechos. Esto les asusta, les amenaza.

Trump responde a esta amenaza diciendo lo que ellos sienten. Diciendo cosas que no estaban “permitidas” decirlas públicamente porque eran “políticamente incorrectas”: son violadores y delincuentes, se roban tus trabajos…

Si bien la crisis económica del 2008 se encuentra en un franco camino de superación, los EUA no han superado los altos niveles de injusticia y desigualdades.

El llamado Tea Party fue el grito desesperado, simplista y demagógico de la crisis del 2008. Pero Trump representa esta nueva etapa, que al igual que Sanders, denuncian que los que más se beneficiaron de la recuperación económica fue Wall Street.

El salario medio en los EUA sigue igual que desde el ’91. El 1% de la población (es más, el 0,1%) de la población concentra la mayor parte de la riqueza mundial. Pero Trump es rico!? También se convirtieron en ricos casi todos los populistas que peleaban por los pobres en América Latina: Evita, Chávez, Bucaram y los Kirchner. Porque en política a veces no importa tanto lo que eres sino de qué lado estás. O dicho en otras palabras: eres del lado que estés.

La base de esos descontentos, temores, ansiedades, frustraciones, complejos y prejuicios en los EUA esta fácilmente en un 20% la población y si muchos de ellos se vuelcan a votar, fácilmente podrían llegar a ser un 40% de los votantes.

Parte o aparte de ellos, hay muchos ciudadanos, el típico ciudadano medio norteamericano, que desprecia la sofisticación y rechaza la arrogancia intelectual que algunos líderes demócratas demuestran. Conquistar esos votos de descontentos es la apuesta de Trump: esa es la nueva ecuación electoral que los estrategas de Trump hablan y los demócratas les cuesta escuchar.

En esa nueva ecuación electoral, el voto hispano se vuelve irrelevante. O sea, Trump podría perder el 70% del voto hispano y eso lo compensa llevando a las urnas a menos de un 5% de votantes blancos descontentos.

Eso es posible y probable. Lo que no veo tan probable es que Trump logre romper las estructuras políticas como lo hicieron en su momento Chávez y Correa. Trump lo sabe y, por eso, inició su carrera a la presidencia compitiendo en la interna del Partido Republicano.

Porque sabía que sin uno de los dos grandes partidos no podría llegar a la presidencia. Porque sabía que las estructuras políticas en los EUA, si bien disminuidas y afectadas por la crisis y las consecuencias de la crisis, siguen siendo esenciales en los EUA. No nos imaginaríamos un triunfo de Chávez liderando el partido Copei o AD.

Por eso, pienso que los demócratas tienen todavía las mejores posibilidades de ganar: porque tienen estructura, recursos y saben cómo operar políticamente registrando hispanos y jóvenes, sacando a la gente a votar (sobre todo afroamericanos), sacando más votos de las mujeres y luchando con un ejercito de voluntarios en las calles en los pocos estados que definirán esta elección: sobre todo Virginia, Florida, Carolina del Norte, Pensilvania y Ohio.

No veo que Trump y su campaña no tengan la misma capacidad para conquistar esos votos y los procesos en estos estados que definirán la elección de noviembre. Los EUA no esta en los mismos niveles de crisis económica, social, política y estructural que estuvieron en su momento Venezuela y Ecuador. Por eso, Trump no tendrá el mismo resultado que Chávez o Correa; a pesar de usar los mismos recursos y tácticas electorales.

Por Roberto Izurieta

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Acerca de jotaefeb

arquitecto jubilado, hoy "hurgador" de la filosofía de vida, de las cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

Un comentario en “¿Por qué Donald Trump no conseguirá lo que consiguió Chávez?

  1. Una épica vulgar.

    A estas alturas ya no se puede discutir demasiado acerca de la vital importancia que tiene la construcción de un relato compacto e inteligente que acompañe permanentemente a la gestión de gobierno. Se sabe que los resultados efectivos de la política práctica no dependen, exclusivamente, del discurso que se logra edificar, pero es bueno asumir que sin él, es difícil darle sustentabilidad a la cotidianeidad.

    El populismo ha sido muy astuto y fue capaz de influir lo suficiente en el lenguaje como para que muchas palabras tengan ahora un significado diferente. Esas acepciones hoy son totalmente aceptadas por todos como si fueran verdades reveladas y prácticamente no admiten discusión alguna.

    Esos gobiernos demagógicos han fracasado sistemáticamente, y los que aun resisten a duras penas, solo logran destruir a sus comunidades día a día, empobreciéndolas cada vez más y llenándolas de odio indefinidamente.

    Sus políticas han sido y son nefastas, pero buena parte de su prolongada existencia tiene que ver con esa dinámica de haber convertido cada determinación en una epopeya irremplazable que transmite vivencias como si se tratara de un reto enorme con una secuencia interminable de victorias.

    Claro que todo ese engendro termina invariablemente mal, pero no porque no hayan conseguido imponer su discurso, sino porque los hechos finalmente se han precipitado desnudándose la falsedad argumental frente a lo irrefutable que plantean los propios acontecimientos.

    Es tan potente esa narración política, que buena parte de la sociedad termina concluyendo que son los protagonistas los que eventualmente decepcionan y no sus políticas. Asignan toda la culpabilidad a meros errores instrumentales y a la presencia de ciertos personajes corruptos que desdibujan todo lo positivo y arruinan el supuesto éxito de esas ideas.

    Esa visión ideológica sobrevive gracias a un giro de ese mismo relato, que convierte a los verdaderos delincuentes e ineficaces gestores en víctimas de la persecución política y héroes expulsados por los grandes poderes económicos que rigen los destinos del mundo.

    Nada de eso va a cambiar demasiado en el corto plazo. La izquierda, el socialismo en todas sus formas, se reinventará, como tantas otras veces mutando para sobrevivir eternamente y volver de nuevo a la escena.

    Lo que no es aceptable es pretender contrarrestar esa estudiada estrategia con la infantil idea de recurrir al vaciamiento ideológico, apelando siempre a esa visión tecnocrática de la política, que ha demostrado su fugacidad.

    Los gobiernos necesitan tener su propia épica, con una línea argumental sólida, con suficiente contenido, que explique pormenorizadamente los motivos por los cuales debe recorrerse el camino seleccionado.

    No se trata de edificar retorcidas miradas repletas de racionalidad sino, muy por el contrario, de darle un hilo conductor al discurso, con altísimas cuotas de emotividad, que permitan que la sociedad haga propia esas ideas y se involucre en ese proceso con compromiso y convicción.

    Deben existir allí motivos reales, razones suficientes, justificaciones contundentes que le brinden soporte. Pero esa matriz intelectual, sin contenido emotivo no tiene futuro alguno y es por ello que para ser exitoso en el proceso se deben contemplar abundantes dosis de estos ingredientes.

    El horizonte siempre es complejo. No son estas ciencias exactas. Se trata de personas, seres humanos con experiencias y percepciones anteriores que condicionan su modo de visualizar e interpretar la realidad.

    La tarea no pasa por mentir, ni tampoco por falsear los hechos. Eso no solo sería tramposo y deshonesto, sino que violaría los principios éticos elementales que solo consolidan el desprestigio de la política.

    Lo relevante es darle trascendencia superlativa pero ya no a la acción específica de un gobierno, sino a sus esperables consecuencias favorables y a los innegables impactos positivos que son el fin último de cada decisión.

    Los gobernantes no deben desarrollar acciones en la búsqueda del infaltable aplauso vacío y el elogio superficial de los aduladores de siempre. Tampoco deben intentarlo como único medio para sumar votos, sino porque comprenden, que la política brinda una excelente oportunidad para dejar un legado, para marcar una huella, esa que seguirán los que vengan atrás.

    Si realmente los que detentan el poder, creen férreamente en su visión, están convencidos de que lo que plantean es lo necesario para la sociedad, pues entonces deben nutrir de significativos contenidos a su discurso.

    No sirve de mucho gestionar bien, ni tampoco hacer lo correcto si no se logra articular complementariamente una narrativa creativa, movilizadora, desafiante que invite a la sociedad toda a sumarse de un modo responsable a esa ambiciosa labor de cimentar los pilares de un porvenir mejor.

    Algunos gobernantes parecen no haber entendido esta lógica tan esencial. Siguen confiando únicamente en sus propios talentos e ignoran deliberadamente ciertas consignas universales de la política. Están persuadidos de que “haciendo” alcanza y es por eso que insisten en su tesitura y recurren nuevamente a una épica vulgar.

    Alberto Medina Méndez

    albertomedinamendez@gmail.com

    skype: amedinamendez

    http://www.existeotrocamino.com

    +54 9 379 4602694

    Facebook: http://www.facebook.com/albertoemilianomedinamendez

    Twitter: @amedinamendez

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    Publicado por jotaefeb | 29 julio, 2016, 11:54

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Un jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes. Desde Asunción/Paraguay. laovejacien@gmail.com

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