Caravaggio, «La vocación de Mateo» (1601)

En un ángulo de Roma, dentro de la Iglesia nacional de los franceses de Roma, en el altar izquierdo junto al ábside esplende el cuadro de la vocación de Mateo del gran Caravaggio. Se trató de su primer encargo monumental. Un sólo punto de luz, que atraviesa dinámicamente de derecha a izquierda como si penetrara en la estancia al momento de entrar Cristo. Cinco personajes sentados vestidos con atuendos pudientes de la época. Ropajes que contrastan, sin embargo con la sencillez del vestuario de Cristo y Pedro.

 

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Caravaggio se deleita plasmando personajes que encarnan la realidad tal cual es, y lo hace tomando modelos sacados de tabernas y lugares de vicio. Ésta, parecería una escena de taberna, dividida contrastantemente entre el dinero que reúne a los cinco individuos y la irrupción de este personaje que paraliza la escena. Cristo se presenta con facciones juveniles y vigorosa complexión física .

De los que están sentados a la mesa, refleja una actitud diversa ante la misteriosa dualidad: riqueza-desprendimiento, luz-oscuridad, mundanidad-espiritualidad: el joven a la derecha de Mateo, que se señala a sí mismo como preguntándose si es él a quien Cristo llama, encarna para muchos al joven rico, cuya mirada se pierde a través del cuadro. En el ángulo contrario a Cristo, se encorva un anciano decrépito con anteojos concentrado en cúmulo de monedas sobre a mesa y en actitud como de estar aconsejando al joven de su derecha. ¿Será que el usar gafas quiere significar la ceguera causada por la avaricia y los vicios ligados al dinero? El joven que da la espalda al espectador, está en actitud de estar pronto para el litigio, el pleito, la acción. La espada ceñida, pendiente de lo que pasa del otro lado del cuadro. No mira si quiera a Cristo.

Caravaggio habla con las manos de sus personajes. Tres manos se conectan: la de Cristo, la de Mateo y la de san Pedro ubicado a un costado de Cristo. La mano de Cristo se asemeja a la que Miguel Ángel nos regaló en la capilla sixtina, en el momento en el que Dios creador está por insuflar su hálito divino en Adán, quien espera con el cuerpo en tensión, pero con la mano fláccida aguardando el toque divino. En este caso la mano de Cristo, es muy parecida a la de Adán, como simbolizando a Cristo, precisamente como nuevo Adán, quien se presenta para instaurar su pacto de amistad con los hombres. Y ahí está, podríamos decir con cierta analogía, miserando atque eligendo, invitando a un hombre a formar parte de su futura misión. El único personaje que mira a Cristo es Mateo. Interpelado por la voz de Dios se pregunta si es a él a quien está llamando: «al pasar vio Jesús un hombre llamado Mateo sentado en la mesa de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”» (Mt 9, 9)

Se ha escogido este cuadro al inicio de este caminar hacia el jubileo para encarnar en el arte el camino de la misericordia: Dios entra, irrumpe de pronto en la escena de cada vida humana, de cada historia, en medio de una actividad del todo natural y cotidiana. Lo primero que hace es mirar. La mirada de Dios que toca el alma, que habla sin hablar, que ama sin hacer más que mirar. Y sin embargo, siendo Creador y Señor, no quiere imponer. Sugiere, pregunta, pide. Respetuoso de la libertad individual, deja espacio al individuo para que tome su tiempo y decida. Es Dios el primer interesado en llevar a su creación a donde nació: el corazón de Dios. En eso consiste la misericordia divina, en atraer a su fuente lo que de la misma salió, sólo que en el caso de su creatura racional, lo haga de un modo consciente. Él sabe que en su apuesta divina también entran en juego otros intereses que atraen poderosamente las almas. No porque sean malas, sino porque a la larga si se eligen, son para rechazar a Dios, al final llegan a esclavizar y cegar. Es la luz que entra en las oscuridades de tantos espacios que esperan ser tocados por ese corazón desbordante de misericordia.

Arturo López

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