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laoveja100

14 de julio sangriento

Cuando estaba en la secundaria me enseñaron que el atentado de Sarajevo de 1914 fue la causa de la Primera Guerra Mundial. Con mis limitadas nociones de historia me preguntaba cómo fue posible que unos pocos terroristas (alrededor de una docena) pudieran haber provocado un conflicto de nivel mundial en el que murieron millones de personas. Ahora veo que la realidad era más compleja pero, con todo, sigo con la impresión de que el daño que puede hacer un grupo, e incluso un solo terrorista, va mucho más allá del daño causado directamente a los afectados por la acción criminal (muertos, heridos, familiares). Aunque la pérdida de vidas humanas siempre sea un hecho lamentable, las provocadas por un atentado criminal son más funestas que las provocadas por un accidente.

La incalificable masacre del 14 de julio en Niza ha tenido repercusiones mundiales. En Francia, ha hecho disminuir la popularidad del presidente François Hollande, acusado de no haber tomado todas las medidas de seguridad necesarias. Sin embargo, Niza es una de las ciudades francesas con mayor seguridad, porque allí se celebra uno de los mayores carnavales del mundo, y sus habitantes no quieren perder esa tradición. Por otra parte, los servicios de seguridad franceses, alertados por el atentado de noviembre pasado en París, no tenían un prontuario sobre el conductor del camión que causó la muerte a más de ochenta personas y dejó a otras más en un estado de mucha gravedad.

El asesino, Mohamed Lahouaiej Bouhlel, había tenido un problema con la Justicia por agresión personal, pero se trataba de un delito común, y no del tipo terrorista. Para los investigadores, no está claro si el atentado fue una operación del Estado Islámico o se trató de la acción personal de un hombre seducido por la propaganda extremista. No está confirmado, como han afirmado algunos políticos, que Bouhlel hubiera sido un agente del Estado Islámico. Sin embargo, muchas veces se prefieren las explicaciones más fáciles, para obtener un beneficio político. Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional, partido de derecha francés, acusó a Hollande de no haber sido firme en su lucha contra el terrorismo islámico; de no haber emprendido una “guerra ideológica” contra el fundamentalismo. Lo de guerra ideológica me suena a cacería de brujas, sin negar por eso que el Estado deba castigar las acciones criminales.

En los Estados Unidos, Donald Trump aprovechó el atentado de Niza para atribuírselo al Estado Islámico, decir que existe una guerra mundial, y que él usará la OTAN si llega al poder. Más sensata fue la opinión de Hillary Clinton: para anticipar e impedir atentados terroristas se debe mejorar y compartir la información de inteligencia.

Plenamente de acuerdo. Con mejor inteligencia, la policía hubiera detenido a tiempo al terrorista de Niza, al que terminó abatiendo. Sin inteligencia, la militarización de la lucha contra el terrorismo conducirá a la muerte de inocentes; precisamente lo que se debe evitar. El empleo del ejército, y mucho más el de la OTAN, no pecará por falta, sino por exceso de fuerza, agravando el conflicto ya existente en Oriente Medio y más bien favoreciendo su prolongación por varios años más.

Por Guido Rodríguez Alcalá

 

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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3 comentarios en “14 de julio sangriento

  1. Niza y los números sobre la mesa

    Por Carlos Alberto Montaner

    Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el llamado “tunecino” que atropelló y mató a 85 personas en Niza, era un delincuente menor conocido por la policía. Eligió el 14 de julio para perpetrar la masacre. Esa fecha marca el inicio oficial de la Revolución Francesa. ¿Escogió el día para subrayar su odio a la república y su desprecio al relato de la gesta revolucionaria, porque había muchas personas en las calles, o acaso por una combinación de ambos factores?

    Lo precario del crimen (un camión alquilado, armas y explosivos simulados) apunta a un “lobo solitario” o, a lo sumo, a un pequeño grupo sin grandes relaciones. Antes de morir gritó en árabe, dicen, “Alá es grande”. Ese tipo de matanzas ha sido cruelmente ensayado en Israel, hasta ahora por medio de automóviles. Es probable que el ejemplo se propague. Sucedió con los asesinatos en las escuelas en Estados Unidos. Los fanáticos del Califato lo recomiendan ardientemente. “Maten como puedan, con cualquier cosa que tengan a su alcance, pero maten y griten Allahu Akbar antes de morir”.

    Objetivamente, la masacre terrorista hace más daño psicológico que físico. El asesino mató 84 personas. El promedio diario de muertes en Francia es de 1627. Todos los años desaparecen del censo 594.000 personas y se agregan algunas más. Incluso, el saldo migratorio –los que llegan menos de los que se van– es positivo. En el 2015 se quedaron 71.940 nuevos residentes.

    No obstante, estos horrendos crímenes conllevan un enorme peso subjetivo. Al margen del inmenso dolor de las víctimas, por unos días, caen las Bolsas, se retraen las inversiones y mucha gente tiene miedo. El miedo es un pésimo consejero político. Les hace pensar a numerosos electores que el país requiere una mano fuerte que los proteja y combata a los malvados. En Francia ese hombre se llama Le Pen (o su hija, que heredó el caudillaje). En Estados Unidos piensan en Trump, que promete erradicar a los malos.

    Según sus vecinos, el asesino de Niza no era un tipo especialmente piadoso, así que, probablemente, trató de darle alguna significación a su vidita miserable y espesa cambiándola por la gloria eterna del paraíso coránico, rodeado de vírgenes complacientes y los abundantes placeres que les esperan a los mártires de acuerdo con esa epicúrea visión celestial.

    Son muchas las personas que no practican la religión, pero creen en un “más allá” donde hay un dios que premia o castiga, y entre los musulmanes prevalece la ilusión de que existe un paraíso lleno de sensualidad al que puede accederse rápidamente matando infieles e inmolándose durante la comisión del crimen.

    No sé si este sujeto había nacido en Túnez, o si pertenecía a una generación de franceses cuyos padres o abuelos eran originarios de ese país norteafricano. El dato es importante. Ratificaría lo que parece ser una tendencia. Algunos de los asesinos de las anteriores masacres francesas –esta es la tercera en 18 meses– eran franceses cuyos padres inmigraron a París o a Marsella, procedentes de naciones islámicas. El 72% de los musulmanes nacieron en Francia y a estas alturas debían haberse asimilado, pero en muchos casos eso no ha sucedido.

    ¿Por qué? Francia es el país del occidente europeo con mayor número de musulmanes. Tal vez el 9% de su población profesa esa religión. ¿Son demasiados para asimilarse? De 66 millones de habitantes, unos 5 son mahometanos. En algunas ciudades constituyen guetos. En Estados Unidos, en cambio, es solo el 1%. Apenas 3,3 en medio de 323 millones, y de ellos unos 825.000 son norteamericanos convertidos al islam, casi todos de remoto origen africano.

    Pero la gran diferencia tal vez radique en la intensidad de la integración. Los estadounidenses que profesan la religión islámica, árabes y no árabes, en su mayoría forman parte del melting-pot.

    Viven en los mismos barrios, van a las mismas escuelas y tienen un desempeño económico y académico mejor que la media norteamericana, mientras encuentran en esta peculiar sociedad la posibilidad de mejorar paulatinamente mediante el estudio, el trabajo y el ahorro. Sigue siendo, realmente, una sociedad de oportunidades.

    Es verdad que en Estados Unidos, como en todas partes, hay violencia racial, pero como demuestra la elección y reelección de Barack Hussein Obama, la tendencia del país es a la reducción de este flagelo y a la disminución progresiva del racismo. Contrario a la percepción popular, entre 1981 y 2014 las muertes de afroamericanos a manos de la policía ha disminuido a la mitad: de 0,41 por cien mil habitantes a 0,24. (La de los blancos, en cambio, se ha duplicado: de 0,08 a 0,14).

    El episodio de Niza provoca, claro, furia, pero esa emoción es pésima para tomar decisiones. Es la hora de ver la situación con frialdad y poner los números sobre la mesa.

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    Publicado por jotaefeb | 19 julio, 2016, 05:31
  2. Un mundo inseguro

    Por Jesús Ruiz Nestosa

    En el momento de escribir este artículo la lista oficial de víctimas es de 84, cifra provisional según el Ministerio del Interior francés. Hay decenas de heridos graves con pronóstico “reservado”. Es decir, de extrema gravedad. Esto sucedió en Niza el jueves por la noche, mientras la gente se encontraba reunida en la playa para ver los fuegos artificiales programados para festejar el 14 de julio, fecha patria que recuerda el comienzo de la Revolución Francesa con la toma de la Bastilla en 1789.

    La reunión de toda esta gente fue aprovechada por Mohamed Lahouaieh Bouhlel, ciudadano tunecino de 31 años de edad, para lanzar su mortal ataque. Alquiló un camión de gran porte con el que entró a gran velocidad al Paseo de los Ingleses, que bordea la playa, y en un recorrido de casi dos kilómetros de largo condujo a gran velocidad en zigzag para poder atropellar a la mayor cantidad posible de personas matándolas, hasta que fue abatido a tiros por la policía.

    A poco de ocurrir el atentado los periodistas le preguntaron al ministro francés del Interior, Bernard Cazeneuve, si podía confirmar que el autor de la matanza tuviera relaciones con el extremismo religioso y respondió que no. Pero horas más tarde el primer ministro Manuel Valls dijo que “de un modo u otro” el terrorista estaba vinculado a círculos islamistas radicales. De este modo Francia se convierte en el país europeo más castigado por el radicalismo islámico cuyos atentados han costado centenares de víctimas inocentes. Pocos meses atrás, en París, fundamentalistas islámicos dispararon sus armas de guerra contra pacíficos ciudadanos que se encontraban sentados a la mesa de populares bares de la capital.

    Cazeneuve, ante los periodistas, reconoció que esta lucha contra el terrorismo internacional será necesariamente larga, difícil de encarar por sus especiales características y que hay que esperar que se lleven a cabo otros atentados a pesar de que se está poniendo todo el esfuerzo necesario para poder evitarlos.

    Ante una situación como esta, antes que alentar una reacción violenta contra todos los extraños, como lo ha hecho la ultraderechista francesa Marie LePen, se debe reflexionar sobre los caminos que se han seguido para llegar a tal situación. Uno de los principales es el modo en que se han desestabilizado diferentes regiones del mundo queriendo exportar a ellas conceptos de la democracia occidental pero sin tener ningún plan concreto para el día después. Se terminó con gobiernos atroces como los de Libia e Irak, se tendió un velo de permisividad sobre Siria, pero nadie sabía qué debía hacerse para reorganizar esos países de acuerdo a los nuevos principios políticos que se querían trasplantar.

    Esos regímenes autoritarios, en lugar de ser sustituidos por sistemas democráticos, fueron suplantados por la anarquía y el caos sin que nadie pudiera introducir un mínimo de orden. La situación fue aprovechada por grupos fundamentalistas que buscaron hacerse de un sitio, de un territorio desde donde exportar sus propias ideas. Occidente hizo poco caso a lo que estaba ocurriendo, hasta que la misma violencia que se está viviendo cotidianamente en Siria, en extensas regiones de Irak, en casi toda Libia y muchas regiones de África golpeó a las puertas mismas de un mundo que se creía muy seguro y lejano de todo aquello.

    Es frecuente oír que no tenemos nada que ver con ese problema, que los conflictos tienen lugar muy lejos, que no tenemos por qué preocuparnos. En este mundo globalizado, una frase hecha repetida hasta lo revulsivo, nada está lo suficientemente lejos ni nada debería resultarnos lo suficientemente extraño porque se ha vuelto realidad aquel viejo dicho de que “si todos los chinos patearan el suelo al mismo tiempo, todos saltaríamos en el otro extremo del globo”. El agravante es que no son los chinos los que están pateando el suelo, sino un grupo muy numeroso, imposible de saber hasta dónde se encuentran sus miembros, ha resuelto hacernos saltar, pero por los aires, a todos aquellos que no compartimos su fanatismo religioso. Es inútil que nos empeñemos en mirar hacia otro lado en presencia de estos problemas porque, más temprano que tarde, alguien vendrá a echarnos en cara nuestro cómodo desinterés.

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    Publicado por jotaefeb | 18 julio, 2016, 05:48
  3. Europa, epicentro de un conflicto mundial

    Por Alberto Acosta Garbarino

    Desde hace más de quinientos años Europa viene siendo el epicentro de grandes acontecimientos mundiales. Es que de su vientre nacieron los grandes Imperios que dominaron al mundo –el español primero y el Imperio británico después– y que imponían su voluntad a sus colonias esparcidas por todo el mundo.

    En el siglo XX las dos grandes guerras mundiales se iniciaron en la vieja Europa, justamente por disputas entre los Imperios dominantes de Inglaterra y Francia y el Imperio desafiante de Alemania. Justamente para evitar que vuelvan a repetirse guerras como las del siglo pasado, se dio inicio al más ambicioso proceso de integración de la historia de la humanidad: la Unión Europea.

    Cuando en 1989 se produjo la caída del muro de Berlín y el posterior desplome de la Unión Soviética, parecía que Europa y el mundo iban a vivir un periodo extraordinario de unión, de paz y de prosperidad. Rápidamente la realidad nos hizo despertar de ese sueño con el terrible conflicto en Yugoslavia, donde tres sectores bien diferentes, los serbios que son cristianos ortodoxos, los croatas que son católicos y los bosnios que son musulmanes, se enfrentaron en una sangrienta guerra civil, que terminó con la división de Yugoslavia.

    El problema de Yugoslavia hizo que nos demos cuenta de que por debajo del conflicto político entre el comunismo y el capitalismo, se escondía uno aún mayor, el de las religiones y los nacionalismos radicalizados. Estos dos conflictos –nacionalismos y religiones– se han ido agravando en la medida que avanzaba el proceso de integración europea y que los flujos migratorios desde el África y el Asia musulmana se hacían cada vez mayores.

    Al impacto de la gran migración musulmana debe agregarse que Europa tiene un enorme desequilibrio demográfico, con una tasa de natalidad por debajo del 2,1 que es el mínimo necesario para mantener la población actual, mientras que la población musulmana tiene una tasa de natalidad cuatro veces mayor. En Francia la tasa de natalidad de los franceses es de 1,8 mientras que la de los musulmanes que viven en dicho país es de 8,1. Una situación similar se repite en casi todos los países europeos, lo cual hace proyectar que en 20 o 30 años, la mayoría de la población europea será musulmana.

    A través de los siglos hubo intentos musulmanes de conquistar Europa por la fuerza, pero parece que esta vez, pacíficamente, esa meta va a hacerse realidad. Ya hace muchos años, el líder libio Muammar Al-Gaddafi predecía: “sin espadas, sin pistolas y sin conquista, Europa será musulmana y lo será gracias al vientre de nuestras mujeres”. Si a este grave problema de origen racial y de fundamentalismo religioso le sumamos el creciente nacionalismo independentista, como el de Cataluña en España, o el de Escocia en el Reino Unido, y le agregamos el prolongado estancamiento económico y de alta deuda de la Eurozona, tenemos un cóctel explosivo que puede hacer añicos al proceso de integración europea.

    Esta realidad de nacionalismo extremista e intolerante si bien tiene su epicentro en la vieja Europa, es también una realidad en las grandes potencias nucleares de este siglo XXI. Si no, veamos al nacionalismo norteamericano encarnado por Trump o al nacionalismo ruso encarnado por Putin o al nacionalismo chino encarnado por Xi Jinping.

    Así como en el siglo XX el conflicto mundial fue entre el capitalismo y el comunismo, en el siglo XXI el conflicto mundial será entre el internacionalismo y el nacionalismo y tendrá como telón de fondo “la guerra de civilizaciones”, como decía Samuel Huntington. Pero como antes en la historia universal, Europa es otra vez el epicentro de este nuevo conflicto.

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    Publicado por jotaefeb | 17 julio, 2016, 07:08

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"Una de las alegrías de la amistad es saber en quien confiar".29/05/17
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