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El evangelio del domingo: Mi prójimo está próximo

“¿Maestro, qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” es la pregunta de un doctor de la Ley a Jesús, pues él sabía que es de propio de la existencia humana que todo cambie y todo termine.


Delante del carácter inexorablemente efímero de todas las cosas y personas es necesario preguntarse cómo heredar la vida eterna.

En primer lugar, brota la convicción de que existe otra vida después de esta, y que es muy diferente: es eterna; veremos a Dios cara a cara; no estaremos más sujetos al tiempo, materia y espacio, y podremos llenar el corazón de la más vibrante felicidad. En verdad, el panorama es bastante alentador.

Sin embargo, el Maestro afirma que para heredarla es necesario amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a sí mismo.

Ahí surge una dificultad, pues el doctor de la ley tenía una concepción muy restricta y nacionalista de la realidad “mi prójimo“, o sea, entendía que él estaba obligado a ayudar a sus familiares y, digamos así, solamente a personas de su clan, de tal modo que los otros no se encajaban en el criterio de “mi prójimo”.

Para terminar con esta ambigüedad Jesús le cuenta la célebre parábola del “Buen Samaritano”, situación en que, probablemente un judío, cayó en manos de asaltantes que le despojaron de todo y le golpearan bastante.

Pasó por allí un sacerdote que tenía funciones en el templo de Jerusalén, vio el hombre destrozado y no hizo nada por él. Pasó un levita, encargado del servicio del Tabernáculo del templo, notó el hombre mal herido, pero también no hizo nada. Sin embargo, un samaritano, que de cierta manera era de otro país y hacía un viaje de negocios, vio el hombre caído, se detuvo, remedió sus heridas y lo llevó a un albergue.

Jesús hace la pregunta clave: ¿cuál de los tres fue el prójimo del hombre asaltado? “El que tuvo compasión de él”, respondió el doctor.

Fácilmente el ser humano busca justificativos para no comprometerse con los demás, excepto si se trata de familiares cercanos. Casi siempre decimos que el gobierno debe resolver esto… que ando con muchos trabajos… que esta gente vive vagando de balde por ahí… además, me ataca la presión alta y ya tengo problemas con la tiroides…

La orientación final del Señor es de una actualidad perturbadora: “Ve, y procede tú de la misma manera“, es decir, sea como el samaritano: solidario con quien está cerca de usted y está necesitado.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

 

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Acerca de jotaefeb

arquitecto jubilado, hoy "hurgador" de la filosofía de vida, de las cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “El evangelio del domingo: Mi prójimo está próximo

  1. El buen samaritano

    Hoy meditamos el evangelio de San Lucas 10, 25-37. Amarás… al prójimo como a ti mismo. El doctor de la ley respondió acertadamente. Jesús lo confirma: Has respondido bien: haz esto y vivirás. Lo narra el Evangelio de la Misa de hoy.
    Jesús responderá con una bellísima parábola, que recogió San Lucas: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándole medio muerto. Este es mi prójimo: un hombre, un hombre cualquiera, alguien que tiene necesidad de mí. No hace el Señor ninguna especificación de raza, amistad o parentesco.

    El papa Francisco, sobre el buen samaritano, dijo: “Pero vayamos al centro de la parábola: el samaritano, es decir, aquel despreciado, aquel sobre quien nadie habría apostado nada, y que de todos modos también él tenía sus deberes y sus cosas por hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban relacionados con el Templo, sino “lo vio y se conmovió”. Así dice el Evangelio: “Tuvo compasión”, es decir, ¡el corazón, las vísceras, se han conmovido! Está ahí la diferencia. Los otros dos “vieron”, pero sus corazones permanecieron cerrados, fríos. En cambio, el corazón del samaritano era sintonizado con el corazón de Dios. De hecho, la “compasión” es una característica esencial de la misericordia de Dios. Dios tiene compasión de nosotros. ¿Qué cosa quiere decir? Sufre con nosotros, nuestros sufrimientos Él lo siente. Compasión: “compartir con”.

    El verbo indica que las vísceras se mueven y tiemblan a la vista del mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones del buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación.

    Es la misma compasión con la cual el Señor viene a encontrar a cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuánta necesidad tenemos de ayuda y consolación. Está cerca y no nos abandona jamás. Pero podemos, cada uno de nosotros, hacernos la pregunta y responder en el corazón: “¿Yo lo creo? ¿Yo creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con tantos problemas y tantas cosas?”. Pensar en esto y la respuesta es: “¡Sí!”. Pero cada uno debe mirar en el corazón si tiene la fe en esta compasión de Dios, de Dios bueno que se acerca, nos cura, nos acaricia. Y si nosotros lo rechazamos, Él espera, ¡es paciente! Siempre junto a nosotros.

    El samaritano se comporta con verdadera misericordia: venda las heridas de aquel hombre, lo lleva a un albergue, lo cuida personalmente, provee a su asistencia.

    Todo esto nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, sino significa cuidar al otro hasta pagar personalmente. Significa comprometerse cumpliendo todos los pasos necesarios para “acercarse” al otro hasta identificarse con él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este es el mandamiento del Señor.

    Concluida la parábola, Jesús dirige la pregunta del doctor de la Ley y le pide: “¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”. La respuesta es finalmente inequivocable: “El que tuvo compasión de él” (v. 37). Al inicio de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al final el prójimo es el samaritano que ha hecho cercano. Jesús cambia la prospectiva: no clasificar a los demás para ver quién es el prójimo y quién no lo es. Tú puedes hacerte prójimo de quien se encuentra en la necesidad, y lo serás si en tu corazón tienes compasión, es decir, tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

    ¡Esta parábola es un estupendo regalo para todos nosotros, y también un compromiso! A cada uno de nosotros Jesús repite lo que le dijo al doctor de la Ley: “Ve, y procede tú de la misma manera” (v. 37). Estamos todos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es la figura de Cristo: Jesús se inclinó sobre nosotros, se ha hecho nuestro siervo, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos amarnos como Él nos ha amado, del mismo modo”.

    (Del libro Hablar con Dios y http://www.aciprensa.coml)

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    Publicado por jotaefeb | 10 julio, 2016, 08:25
  2. Mi prójimo está próximo

    Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

    “¿Maestro, qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” es la pregunta de un doctor de la Ley a Jesús, pues él sabía que es de propio de la existencia humana que todo cambie y todo termine.

    Delante del carácter inexorablemente efímero de todas las cosas y personas es necesario preguntarse cómo heredar la vida eterna.

    En primer lugar, brota la convicción de que existe otra vida después de esta, y que es muy diferente: es eterna; veremos a Dios cara a cara; no estaremos más sujetos al tiempo, materia y espacio, y podremos llenar el corazón de la más vibrante felicidad. En verdad, el panorama es bastante alentador.

    Sin embargo, el Maestro afirma que para heredarla es necesario amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a sí mismo.

    Ahí surge una dificultad, pues el doctor de la ley tenía una concepción muy restricta y nacionalista de la realidad “mi prójimo“, o sea, entendía que él estaba obligado a ayudar a sus familiares y, digamos así, solamente a personas de su clan, de tal modo que los otros no se encajaban en el criterio de “mi prójimo”.

    Para terminar con esta ambigüedad Jesús le cuenta la célebre parábola del “Buen Samaritano”, situación en que, probablemente un judío, cayó en manos de asaltantes que le despojaron de todo y le golpearan bastante.

    Pasó por allí un sacerdote que tenía funciones en el templo de Jerusalén, vio el hombre destrozado y no hizo nada por él. Pasó un levita, encargado del servicio del Tabernáculo del templo, notó el hombre mal herido, pero también no hizo nada. Sin embargo, un samaritano, que de cierta manera era de otro país y hacía un viaje de negocios, vio el hombre caído, se detuvo, remedió sus heridas y lo llevó a un albergue.

    Jesús hace la pregunta clave: ¿cuál de los tres fue el prójimo del hombre asaltado? “El que tuvo compasión de él”, respondió el doctor.

    Fácilmente el ser humano busca justificativos para no comprometerse con los demás, excepto si se trata de familiares cercanos. Casi siempre decimos que el gobierno debe resolver esto… que ando con muchos trabajos… que esta gente vive vagando de balde por ahí… además, me ataca la presión alta y ya tengo problemas con la tiroides…

    La orientación final del Señor es de una actualidad perturbadora: “Ve, y procede tú de la misma manera“, es decir, sea como el samaritano: solidario con quien está cerca de usted y está necesitado.

    Paz y bien.

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    Publicado por jotaefeb | 10 julio, 2016, 07:50
  3. domingo 10 Julio 2016

    Decimoquinto domingo del tiempo ordinario

    Deuteronomio 30,10-14.
    Todo esto te sucederá porque habrás escuchado la voz del Señor, tu Dios, y observado sus mandamientos y sus leyes, que están escritas en este libro de la Ley, después de haberte convertido al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma.
    Este mandamiento que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance.
    No está en el cielo, para que digas: “¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?”.
    Ni tampoco está más allá del mar, para que digas: “¿Quién cruzará por nosotros a la otra orilla y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?”
    No, la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques.

    Carta de San Pablo a los Colosenses 1,15-20.
    El es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación,
    porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra los seres visibles y los invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo fue creado por medio de él y para él.
    El existe antes que todas las cosas y todo subsiste en él.
    El es también la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia. El es el Principio, el Primero que resucitó de entre los muertos, a fin de que él tuviera la primacía en todo,
    porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud.
    Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz.

    Evangelio según San Lucas 10,25-37.
    Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”.
    Jesús le preguntó a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”.
    El le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”.
    “Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida”.
    Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”.
    Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto.
    Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.
    También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino.
    Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió.
    Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.
    Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: ‘Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver’.
    ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”.
    “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: “Ve, y procede tú de la misma manera”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Severo de Antioquia (c. 465-538), obispo
    Homilía 89

    Cristo cura la humanidad herida

    Al fin pasó un samaritano… Cristo se da adrede el nombre de samaritano…, él, de quien se había dicho, para ultrajarle: “Eres un samaritano y estás poseído de un demonio” (Jn 8,48)… El samaritano viajero, que era Cristo –porque verdaderamente viajaba – vio a la humanidad que yacía en tierra. Y no hizo caso omiso, porque el fin de su viaje era “visitarnos” (Lc 1,68.78) a nosotros por quienes bajó a la tierra y se alojó en ella. Porque no solamente “apareció, sino que conversó con los hombres” en verdad (Ba 3,38)…

    Sobre nuestras llagas derramó vino, el vino de la Palabra, y como la gravedad de las heridas no soportaba toda su fuerza, lo mezcló con el aceite de su dulzura y su “amor por los hombres” (Tt 3,4)… Seguidamente condujo al hombre al hostal. Da a la Iglesia este nombre de hostal, por llegar a ser el lugar donde habitan y se refugian todos los pueblos… Y, una vez llegados al hostal, el buen samaritano mostró al que había salvado una solicitud todavía mayor: Cristo mismo estaba en la Iglesia, concediendo toda gracia… Y al jefe del hostal, símbolo de los apóstoles, y pastores y doctores que le han sucedido, les da al marchar, es decir, al subir al cielo, dos monedas de plata para que tengan gran cuidado del enfermo. Podemos entender que estas dos monedas son los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, el de la Ley y los profetas, y el que nos ha sido dado con los evangelios y los escritos de los apóstoles. Los dos son del mismo Dios y llevan en sí la única imagen del único Dios de lo alto, igual que las monedas de plata llevan la imagen del rey, e imprimen en nuestros corazones, por medio de sus santas palabras, la misma imagen del rey, puesto que es uno sólo y el mismo Espíritu el que las ha pronunciado… Son las dos monedas de un solo rey, dadas por Cristo al mismo tiempo y con el mismo título al jefe del hostal…

    En el último día, los pastores de las santas iglesias dirán al Amo del hostal, a su regreso: “Señor, me diste dos monedas de plata, he aquí que, empleándolas, he ganado otras dos” con las que he engrandecido el rebaño. Y el Señor responderá: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante. Pasa al banquete de tu Señor” (Mt 25, 21).

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    Publicado por jotaefeb | 10 julio, 2016, 07:16
  4. “¿Quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29)

    Generalmente todos nosotros sabemos cuáles son los mandamientos. Sabemos que el más importante es amar a Dios y amar al prójimo. Pero muchas veces, también nosotros, al igual que el Maestro de la Ley del Evangelio, queremos justificarnos diciendo que no sabemos exactamente quien es nuestro prójimo.
    Es en estas condiciones que Jesús cuenta la parábola del Buen Samaritano, para hacernos entender que nuestro prójimo es quien encontramos caído en nuestro camino. Y, en este imperativo de amarlo, no importa quién sea la persona que está caída, ni tampoco quienes somos nosotros. Jesús aclara también que no existe ley en el mundo que pueda justificar la falta de solidaridad.
    Voy a intentar explicar esto que estoy diciendo a partir del texto.
    Un hombre fue robado, fue abandonado y muy golpeado, en el camino. No podía valerse por sí mismo y solamente con la ayuda de alguien podría recuperarse. En este camino, viene un sacerdote, hombre que conoce las escrituras y los mandamientos, que sabe del precepto de amar al prójimo, pero también conocía otra ley, que afirmaba que aquellos que tocasen sangre se quedaban impuros y no podrían ejercer el ministerio sacerdotal, antes de ser purificado. Así él, tiene un justificativo para no hacer nada y dejarlo, pasando por el otro lado del camino. Tal vez él debería preguntarse: ¿cuál es la ley más importante?
    También pasa un Levita, lo mismo que dijimos para el sacerdote puede ser dicho para el Levita, que es un miembro de la tribu sacerdotal. Pero, podremos acrecentar que tal vez por su status, él podría creer que este no era un servicio para él, y que ciertamente pasarían otras personas que lo ayudarían. El hecho es que, en medio a sus raciocinios él creyó que podría pasar ante el, de largo.
    Al final viene un samaritano, hombre despreciado por los judíos, porque lo consideraban impuro, infiel a los preceptos de Dios. Pero este hombre “vio y se compadeció” por el hermano que estaba allí caído (los otros dos solamente lo vieron, pero no se compadecieron). Él fue capaz de no pensar solamente en sí mismo. Ciertamente, esta parada iba a retrasar su viaje. Seguramente, ayudarlo iba a darle perjuicio, pero él sabía que un hombre caído al borde de su camino y que lo necesitaba, era lo más importante en aquel momento.
    De aquí podemos concluir que no es importante quien sea la persona caída. No tiene sentido hacer primero una evaluación moral de ella, para saber si merece o no ser ayudada. El hecho de estar caída y lastimada al borde del camino, basta como motivo, para la obligación cristiana de ayudarla.
    Por otro lado, nadie puede esquivarse en sus títulos o en sus funciones. Todos tenemos la obligación de socorrer a los necesitados: padres, obispos, laicos, ricos, pobres… Este mandamiento es anterior a cualquier otro ministerio. Tampoco es legítima ninguna otra ley que justifique el hecho de pasar de largo.
    En la vida debemos saber discernir cuales son las prioridades. Pienso que este buen samaritano, nos tiene mucho a enseñar. En primer lugar, debemos aprender de él que es lo que significa tener compasión. Muchas veces también nosotros ya tenemos el corazón frío. Estamos tan ensimismados que hasta vemos, pero ya no nos conmueve. Ya nos habituamos a ver personas caídas, y nos justificamos diciendo que yo no puedo salvar a todos (y con esta excusa no salvamos a nadie).
    El buen samaritano nos enseña aun, que quien ayuda, siempre pierde alguna cosa: tiempo, dinero, se ensucia, se cansa… y a veces hasta se complica… Pero él sabe, que son estas cosas que dan sabor a la vida.
    Solamente consigue asumir las perdidas por ayudar a los demás, quien ya descubrió que la vida tiene un sentido, una dirección. Aquí vale la pena recordar la frase que comentamos hace tres domingos: “El que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que pierde su vida por causa mía, la asegurará.”
    O Jesús, buen samaritano de toda la humanidad, ayúdanos a sentir compasión de aquellos que vemos caídos en nuestros caminos.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por jotaefeb | 10 julio, 2016, 07:15

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