El evangelio del domingo: Construir nueva sociedad

Lc 10,1-12.17-20.- Jesucristo es el especial enviado del Padre para anunciar e inaugurar el Reino de Dios en este mundo. Su vida entera fue una gran dedicación a esta tarea y no reservó nada de sí mismo, por eso en la cruz exclamó: “Todo está cumplido”: Él hizo bien su parte.


El Reino de Dios es la instauración de nuevas relaciones entre los seres humanos, sea de persona a persona, de grupo a grupo y de nación a nación. Es el modo de comportarse donde Dios es el rey, es decir, es el único Señor y sus criterios son puestos en primer lugar.

Jesucristo sabe cuánto necesitamos de este nuevo estilo de resolver nuestros desafíos y administrar nuestros conflictos, y por eso llamó a los Doce apóstoles para ayudarlo. En seguida, convocó a más setenta y dos y los mandó adonde Él debía ir.

En el tercer milenio nos toca a nosotros poner un grano de arena eficaz en la edificación de este ámbito, donde se quede evidente que Dios es el soberano.

Para un bautizado no es opcional trabajar o no en la construcción de una nueva sociedad, pues es misión que no se puede delegar a otro: es obligación personal y urgente.

Tal vez algunos piensen que las cosas de Dios, como suena cosa religiosa, sean solamente para los religiosos “oficiales”, y considerar que “es cosa de ellos, pero no es cosa mía…”. Por supuesto, es lamentable equivocación esta irresponsabilidad.

Consideremos que no es solamente “una cosa religiosa” la que está en juego, ya que la vida nueva del Reino toca la humildad de corazón, la disposición de reconciliarse, pero también toca las estructuras sociales, la justicia, la solidaridad con los marginados y un empeño honesto hacia el bien común.

Vemos en el Evangelio que el Señor da varias instrucciones para sus discípulos sobre cómo deben anunciar y edificar esta nueva sociedad. En primer lugar, hay que pedir a Dios más obreros, que se dediquen de cuerpo y alma a la mies abundante, que ésta corre el riesgo de ser atrapada por el materialismo, por la falta de ideales nobles y, finalmente, por la apatía.

Afirma que sus amigos serán como ovejas entre lobos, situación apremiante que no deben temer, pues él, que es el Señor de todo, les protegerá y les dará sorpresivas gracias para seguir construyendo ese estupendo mundo nuevo.

Para anunciar esta soberanía de Dios hay que ser liviano de equipaje y estar convencido de que las cosas de la sociedad pueden mejorar.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

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4 pensamientos en “El evangelio del domingo: Construir nueva sociedad”

  1. Testimonios de la paz y ternura de Cristo en el mundo, alienta el Papa antes del rezo del Ángelus

    03 de jul de 2016
    En las palabras antes del Angelus de este domingo el Papa reiteró la misión de los cristianos en el mundo, que es la de llevar a todos la Buena Noticia, como nos pide Jesús, que es «un mensaje de esperanza y de consolación, de paz y de caridad».
    «Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

    La página evangélica de hoy, tomada del décimo capítulo del Evangelio de Lucas (1-12 17-20), nos hace comprender cuán necesario es invocar a Dios «el Señor de la mies, para que envíe obreros para su mies» (2). Los ‘obreros’ de los que habla Jesús son los misioneros del Reino de Dios, a los que Él mismo llamaba y enviaba «de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir». (1) Su tarea es anunciar un mensaje de salvación dirigido a todos los misioneros, que anuncian siempre un mensaje de salvación a todos, no sólo a los misioneros que van lejos, también nosotros misioneros cristianos que decimos una palabra buena de salvación. Y éste es el don que nos da Jesús con el Espíritu Santo. Y este anuncio es el de decir: «El Reino de Dios está cerca de ustedes». (9). En efecto, Jesús ha «acercado» a Dios a nosotros; en Jesús, Dios reina en medio de nosotros, su amor misericordioso vence el pecado y la miseria humana.

    Y ésta es la Buena Noticia que los «obreros» deben llevar a todos: un mensaje de esperanza y de consolación, de paz y de caridad. Jesús, cuando envía a sus discípulos para que lo precedan en las aldeas, les recomienda: «Digan primero: «¡Que descienda la paz sobre esta casa!»… «Curen a sus enfermos» (5 y 9) Todo ello quiere decir que el Reino de Dios se construye día a día y ofrece ya en esta tierra sus frutos de conversión, de purificación, de amor y de consolación entre los hombres. Es una cosa linda ¡eh! Construir día tras día este Reino de Dios que se va haciendo. No destruir, construir.

    ¿Con qué espíritu el discípulo de Jesús deberá desarrollar esta misión? Ante todo, deberá tener conciencia de la realidad difícil y a veces hostil que le espera. Pero Jesús no ahorra palabras sobre esto ¡eh! Jesús dice: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos» (3), clarísimo. La hostilidad que está desde siempre, desde el comienzo de las persecuciones de los cristianos, porque Jesús sabe que la misión está obstaculizada por la obra del maligno. Por ello, el obrero del Evangelio se esforzará en estar libre de condicionamientos humanos de todo tipo, no llevando ni dinero, ni alforja, ni calzado (cfr 4), como ha recomendado Jesús, para confiar sólo en el poder de la Cruz de Cristo. Ello significa abandonar todo motivo de vanagloria personal, de arribismo, de fama, de poder, y ser instrumentos humildes de la salvación obrada por el sacrificio de Jesús, muerto y resucitado por nosotros».

    La misión del cristiano en el mundo es una misión estupenda, es una misión destinada a todos, una misión de servicio sin excluir a nadie; requiere tanta generosidad y sobre todo elevar la mirada y el corazón, para invocar la ayuda del Señor. Hay tanta necesidad de cristianos que testimonien con alegría el Evangelio en la vida de cada día. Los discípulos enviados por Jesús «volvieron llenos de alegría (17). Cuando hacemos esto, el corazón se llena de alegría. Y esta expresión me hace pensar en cómo se alegra la Iglesia, se alegra cuando sus hijos reciben la Buena Noticia gracias a la dedicación de tantos hombres y mujeres que cotidianamente anuncian el Evangelio: sacerdotes, esos párrocos buenos que todos conocemos, religiosas, consagradas, misioneras, misioneros, y me pregunto, escuchen la pregunta: ¿cuántos de ustedes jóvenes, que ahora están presentes, hoy, en la plaza, perciben la llamada del Señor a seguirlo? ¡No tengan miedo! Sean valientes y lleven a los otros esta antorcha del celo apostólico que nos ha sido dada por estos ejemplares discípulos.

    Roguemos al Señor, por intercesión de la Virgen María, para que no falten nunca a la Iglesia corazones generosos, que trabajen para llevar a todos el amor y la ternura del Padre celeste».

    fuente: News Va

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  2. Como un río de paz

    Hoy meditamos el evangelio de San Lucas 10, 1-12. 17-20. El Evangelio de la Misa, relata el envío de los discípulos anunciando la llegada del Reino de Dios. A su paso se repiten los milagros: ciegos que recuperan la vista, leprosos que quedan limpios, pecadores que se mueven a penitencia, y por todas partes van llevando la paz de Cristo.
    El mismo Señor, antes de partir para esta misión apostólica, les había encargado: Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si hay allí gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz… Este mensaje lo repetirá la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

    Después de tantos años vemos, sin embargo, que el mundo no está en paz; la ansía y clama por ella, pero no la encuentra. En pocas ocasiones se ha nombrado tanto la palabra paz, y quizá pocas veces la paz ha estado más lejos del mundo. Incluso «dentro de cada país, y en no pocas naciones, el estado habitual tampoco tiene nada que ver con la paz. No que haya guerra, lo que generalmente se entiende por guerra, pero sí falta de paz. Lucha de razas, lucha de clases, lucha entre ideologías, lucha de partidos. Terrorismo, guerrillas, secuestros, atentados, inseguridad, motines, conflictos, violencia. Odios, resentimientos, acusaciones, recriminaciones». Paz, paz, dicen. Y no hay paz. No hay paz en la sociedad, ni en las familias, ni en las almas. ¿Qué ocurre para que no haya paz? ¿Por qué tanta crispación y tanta violencia, por qué tanta inquietud y tristeza en las almas, si todos desean la paz?

    Quizá el mundo esté buscando la paz donde no la puede encontrar; quizá se la confunde con la tranquilidad, es posible que se haga depender de circunstancias externas y ajenas al hombre mismo. La paz viene de Dios y es un don divino que sobrepuja todo entendimiento, y se otorga solo a los hombres de buena voluntad, a quienes procuran con todas sus fuerzas acomodar su vida al querer divino.

    «La paz, que lleva consigo la alegría, el mundo no puede darla». Siempre están los hombres haciendo paces, y siempre andan enzarzados con guerras, porque han olvidado el consejo de luchar por dentro, de acudir al auxilio de Dios, para que él venza, y conseguir así la paz en el propio yo, en el propio hogar, en la sociedad y en el mundo». Si nos conducimos de este modo, la alegría será tuya y mía, porque es propiedad de los que vencen; y con la gracia de Dios –que no pierde batallas– nos llamaremos vencedores, si somos humildes».

    Entonces seremos portadores de la paz verdadera, y la llevaremos como un tesoro inapreciable allí donde nos encontremos: a la familia, al lugar de trabajo, a los amigos…, al mundo entero.

    El papa Francisco, al respecto del evangelio de hoy dijo: “Estos setenta y dos discípulos, que Jesús envía delante de él, ¿Quiénes son? ¿A quién representan?

    Si los doce son los Apóstoles, y por lo tanto representan también a los obispos, sus sucesores, estos 72 pueden representar a los demás ministros ordenados, presbíteros y diáconos; pero en sentido más amplio podemos pensar en los demás ministerios en la Iglesia, en los catequistas, los fieles laicos que se comprometen en las misiones parroquiales, en quien trabaja con los enfermos, con las diversas formas de necesidad y de marginación; pero siempre como misioneros del evangelio, con la urgencia del Reino que está cerca. Todos deben ser misioneros, todos pueden escuchar la llamada de Jesús y seguir adelante y anunciar el Reino”.

    El papa Francisco en la audiencia jubilar del jueves, dijo: “Es bueno, de hecho, no olvidar nunca que la misericordia no es una palabra abstracta, sino un estilo de vida. Una persona puede ser misericordiosa o no. Es un estilo de vida, yo elijo vivir como misericordioso o elijo vivir como no misericordioso. Una cosa es hablar de misericordia, otra es vivirla”. El Santo Padre explicó que “la misericordia sin las obras está muerta en sí misma. ¡Propiamente! Lo que hace viva la misericordia es su constante dinamismo para ir hacia el encuentro de las necesidades de aquellos que están en dificultad espiritual y material”.

    (Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.catholic.net/www.aciprensa.com/).

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  3. “Después de esto, el Señor eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos, delante de él, a todas las ciudades y lugares a donde él debía ir. (…) En toda ciudad que entren y los acojan, coman lo que les sirvan, sanen sus enfermos y digan a ese pueblo: El Reino de Dios ha llegado a ustedes.” (Lc 10, 1.8-9)

    En la semana pasada hemos reflexionado sobre el seguimiento de Cristo, en este domingo la Iglesia nos presenta el ideal de la misión. Uno es consecuencia del otro. Las palabras discípulo y apóstol pueden ayudarnos a comprender mejor. Discípulo significa aquel que aprende, aquel que sigue. Apóstol significa aquel que es enviado. Así: un discípulo de Cristo es un alumno (seguidor) de él, y un Apóstol de Cristo, es un enviado de él.
    Si en la semana pasada hablamos de algunos aspectos del ser discípulo, hoy el evangelio nos habla de las características del Apóstol. En primer lugar, el enviado no puede, él mismo, darse este encargo, necesita ser enviado por alguien. Es Dios quien elige, de entre sus discípulos, a aquellos que él desea enviar. Por eso ningún misionero lo es en nombre propio, sino que lo hace en nombre de quien lo ha enviado. Es muy importante que el misionero sepa que no debe anunciarse a sí mismo, que él es un instrumento, un portavoz y por eso debe estar muy atento para mantener la pureza del mensaje, sin contaminarlo con sus prejuicios o con sus ideas personales. Ser un Apóstol es muy exigente, pues requiere mucha humildad y docilidad a la voluntad de quien envía y un cuidado muy grande para no usurparle el puesto.
    En un cierto modo, el Apóstol es llamado a no perder jamás la actitud de discípulo. Para evitar los peligros, el Señor los envía de dos en dos. El ideal cristiano del Apostolado no es solitario. Para la misión es muy importante la presencia del otro. Él será apoyo y compañía, pero también fuente de discernimiento y de confrontación, ambas cosas necesarias para no salir del camino. Los dos se completarán para el bien de la misión.
    El misionero es llamado a ir a la frontera del cristianismo, esto es a los lugares donde el Señor aún no ha llegado. Estos pueden ser lugares muy distantes, pero también gente muy cercana, que aún no ha aceptado la presencia de Cristo. Cada uno debe estar atento a descubrir donde es “su tierra de misión”: la propia familia, el lugar de trabajo, la comunidad parroquial, otras regiones del país, u otros países y hasta otros continentes.
    Después, Jesús da algunas instrucciones: estar atentos con los lobos, no llevar nada, no buscar a conocidos… “comer de lo que les sirvan”. El misionario debe ser consciente de que quien lo envió no lo dejará solo, y la prueba de esta confianza es abandonarse a su providencia. Un Apóstol que se preocupa con lo que irá a comer en la misión, o cómo va a defenderse, o con otras cosas de este género, aun no entendió lo que significa ser un misionero cristiano.
    También en esto “coman de lo que les sirvan” podemos encontrar un buen principio de intercambio cultural. El misionero debe estar dispuesto a vivir la vida de donde él va, sin exigencias. Debe entrar con las costumbres de su nueva casa. Esta es la llave para llegar al corazón de quien le acoge. Jesucristo prometió que acompañaría la predicación de sus apóstoles con signos para que la gente crea. Por eso, una de las misiones del Apóstol es “sanar a los enfermos”, señal de la compañía de Cristo. Es claro que este sanar puede tener muchos sentidos: como sanar la ceguera de la gente que no ve sus pecados, o que no reconoce la gracia y el amor de Dios. Pero sin dudas será también sanar físicamente a las personas. El Señor no deja jamás que la Palabra sea proclamada, sin que él realice maravillas en su pueblo.
    Al final Jesús indica el contenido de la predicación: “digan a ese pueblo: El Reino de Dios ha llegado a ustedes.” La presencia del misionero, la buena noticia de Jesús predicada, las sanaciones intervenidas por Dios, serán todas señales de que el Reino de Dios se hace presente allí.
    Hermanos recemos por los misioneros, para que sean fieles a quien les envió, pero también pidamos que el Señor envíe muchos más, pues la “cosecha es mucha, y los obreros son pocos”.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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  4. domingo 03 Julio 2016

    Decimocuarto domingo del tiempo ordinario

    Libro de Isaías 66,10-14.
    ¡Alégrense con Jerusalén y regocíjense a causa de ella, todos los que la aman! ¡Compartan su mismo gozo los que estaban de duelo por ella,
    para ser amamantados y saciarse en sus pechos consoladores, para gustar las delicias de sus senos gloriosos!
    Porque así habla el Señor: Yo haré correr hacia ella la prosperidad como un río, y la riqueza de las naciones como un torrente que se desborda. Sus niños de pecho serán llevados en brazos y acariciados sobre las rodillas.
    Como un hombre es consolado por su madre, así yo los consolaré a ustedes, y ustedes serán consolados en Jerusalén.
    Al ver esto, se llenarán de gozo, y sus huesos florecerán como la hierba. La mano del Señor se manifestará a sus servidores, y a sus enemigos, su indignación.

    Carta de San Pablo a los Gálatas 6,14-18.
    Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.
    Estar circuncidado o no estarlo, no tiene ninguna importancia: lo que importa es ser una nueva criatura.
    Que todos los que practican esta norma tengan paz y misericordia, lo mismo que el Israel de Dios.
    Que nadie me moleste en adelante: yo llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús.
    Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo permanezca con ustedes. Amén.

    Evangelio según San Lucas 10,1-12.17-20.
    El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.
    Y les dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
    ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.
    No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
    Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’.
    Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.
    Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
    En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan;
    curen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’.”
    Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan:
    ‘¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca’.
    Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.
    Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”.
    El les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.
    Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos.
    No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Juan Pablo II (1920-2005), papa
    Mensaje para la 38 Jornada de oración por las vocaciones, 6 de mayo 2001

    “Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”

    Padre santo, fuente inagotable de la existencia y del amor,
    que en el hombre viviente das a conocer el esplendor de tu gloria,
    y que pones en su corazón la semilla de tu llamada,
    haz que nadie, por nuestra negligencia, ignore o pierda este don,
    sino que todos puedan caminar con generosidad
    hacia la realización de tu Amor.

    Señor Jesús, que a lo largo de tu peregrinaje por los caminos de Palestina,
    has escogido y llamado a los apóstoles
    y les has confiado el encargo de predicar el Evangelio,
    de apacentar a los fieles, de celebrar el culto divino,
    haz que, tampoco hoy, falten en tu Iglesia
    sacerdotes santos que lleven a todos
    los frutos de tu muerte y de tu resurrección.

    Espíritu Santo, tú que santificas a la Iglesia
    con la constante efusión de tus dones,
    mete en el corazón de los llamado(a)s a la vida consagrada
    una íntima y fuerte pasión por el Reino,
    a fin de que con un “sí” generoso e incondicional
    pongan su existencia al servicio del Evangelio.

    Virgen Santísima, tú que sin dudar
    tú misma te has ofrecido al Todopoderoso
    para la realización de su designio de salvación,
    suscita en el corazón de los jóvenes la confianza
    a fin de que haya siempre pastores celosos
    que guíen al pueblo cristiano por el camino de la vida,
    y almas consagradas capaces de dar testimonio,
    a través de la castidad, la pobreza y la obediencia,
    de la presencia liberadora de tu Hijo resucitado.
    Amén.

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