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¿Nos alcanzará el Brexit?

Para intentar responder esa pregunta, primero habría que saber qué es el Brexit del que tanto se habla hoy en los mer­cados internacionales. El próximo jueves 23, los súbditos británicos votarán en un referéndum respondiendo un inte­rrogante con dos opciones: ¿Desea permanecer en la Unión Europea o desea abandonar la Unión Europea? Como los sondeos más recientes dan una ligera pero creciente ventaja a la segunda elección, se ha comenzado a hablar de ella con la particular inclinación que tienen los anglosajones a apo­copar su idioma: Br por British y exit por salida. Brexit. Pero salir de la Unión Europea no es desafiliarse a un club de fút­bol. Es algo mucho más complejo y con consecuencias que todavía no están muy claras para los analistas.

El directorio del Bank of England ha salido por primera vez a advertir que sin siquiera ser votado aún, el referéndum del 23 está “afectando las decisiones de las empresas, generan­do una importante caída en las ventas de propiedades co­merciales, retrasando las inversiones y las salidas a Bolsa de las compañías”, se­gún reporta el diario mexicano El Finan­ciero. Otro pronós­tico estima las pér­didas, a partir de la salida de la UE, de US$ 145.000 millo­nes y 950.000 em­pleos para el 2020.

Pero lo cierto es que nada está seguro y por importantes que parezcan los efec­tos, no hay coinci­dencias sobre sus características. Ci­tada por The Wall Street Journal, Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal –el Banco Central de EEUU- dijo que “el referendo podría tener consecuencias para las condiciones económicas y financieras de los merca­dos financieros globales”, aunque rehusó dar más precisio­nes sobre qué esperar. En Lima, el director ejecutivo de An­dino Asset Management anticipó que si los británicos votan por la salida, “invertiremos en renta fija local, un mercado subvalorado que será impactado por la votación. Los inver­sionistas globales, asustados ante la incertidumbre, sacarán su dinero de las regiones de mayor riesgo, como América La­tina, para llevarlo a lugares más seguros como EEUU” (WSJ, 17/6/16). Esta decisión formaría parte de una condición glo­bal muy propia del capital: su aversión patológica al riesgo. Así, en las ruedas financieras de fin de semana se estimaba que comienza a generarse una creciente migración de inver­sionistas hacia bonos soberanos de “países seguros” como por ejemplo, Alemania, cuyo Bund estaba dando un retor­no de -0,004%, lo cual significa, ni más ni menos, que sus compradores están dispuestos a pagar para participar de la deuda de la siempre considerada “locomotora” de la econo­mía europea.

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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19 comentarios en “¿Nos alcanzará el Brexit?

  1. Legitimidad de mandato

    Theresa May es primera ministra de Gran Bretaña después de que su antecesor y correligionario conservador David Cameron cumpliera su promesa. Cámeron había convocado a los británicos a un referéndum para preguntarles si querían o no quedarse en la Unión Europea –el ya conocido como Brexit-, prometiendo irse del cargo si los consultados optaban por el no. Por margen mínimo, ganó el no. En consecuencia, Cameron se fue. El para nosotros extraño mecanismo de sucesión británico del poder político se puso entonces en marcha. La reina Isabel II llamó a May para invitarla a formar gobierno, no porque fuera su capricho sino porque en sus usos y costumbres, el sistema inglés nominalmente encabezado por la reina debe convocar al líder con mayor representación en la Cámara de los Comunes a llenar el cargo vacante. Y esa era Theresa May, la segunda mujer en ocupar el cargo de primera ministra tras Margaret Thatcher, también conservadora, luego de que el 7 de julio de 2016, los Comunes le dieran una mayoría de 199 votos.

    Al igual que Thatcher, May pertenece al ala dura de su partido. Operó por años en el denominado shadow cabinet (gobierno en la sombra), otro invento político inglés que consiste en un gabinete alternativo al gobernante dotado del deber legal de ser oposición en lo que se llama el “sistema Westminster” de gobierno. May es inflexible respecto al control de inmigración con énfasis en la de origen musulmán, al punto de que en 2015 fue votada como la mayor islamófoba del año por la Comisión Islámica de Derechos Humanos. A despecho de todas sus credenciales de legitimidad de origen, May sorprendió a sus coterráneos y al mundo convocando a elecciones anticipadas para el 8 de junio próximo.
    Algunos analistas políticos estiman que el llamado está fundado en la división interna en el Partido Conservador causada por el Brexit y por las consecuencias económicas derivadas. “Inglaterra necesita un liderazgo seguro, fuerte y estable para afrontar el Brexit e ir más allá” había confiado
    May a los medios, sobre todo luego de entrevistarse con su colega alemana Angela Merkel quien le había advertido sobre las desastrosas consecuencias que acarrearía un anuncio de May: reducir los impuestos para hacer Gran Bretaña más competitiva para las inversiones. “Los impuestos son el precio pagado por una sociedad justa” sentenció Merkel, añadiendo que semejante amenaza británica sería un golpe letal para la Unión Europea.
    Por instinto político, la flamante primera ministra decidió que –pese a su legitimidad de origen fundada en la mayoría parlamentaria de su partido-, debían ser los ciudadanos británicos quienes le refrendaran directamente ese mandato o se lo cancelaran.
    Y es lo que los súbditos de Isabel II harán en junio próximo. May podría quedarse sin reproches en el cargo hasta julio de 2020. Pero eligió otra opción. Raros los ingleses, ¿verdad?

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    Publicado por jotaefeb | 3 mayo, 2017, 12:26
  2. Con el “brexit” el Reino Unido se abre al mundo

    El 29 de marzo fue un día histórico para el Reino Unido. La primera ministra, Theresa May, envió al presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, una carta donde notifica formalmente la intención del Reino Unido de salir de la Unión Europea: el brexit (british y exit, en español británico y salida). Así, el Gobierno británico acciona el ya famoso artículo 50 del Tratado de Lisboa, cumpliendo con un claro mandato del pueblo británico en el referéndum del año pasado. Con la notificación empieza un período de dos años de negociación. Para marzo de 2019 el Reino Unido debe estar completamente afuera de la Unión Europa.

    Esta decisión no constituye para nada un rechazo a los valores fundamentales que compartimos con nuestros socios europeos. Tampoco es un intento de perjudicar a la Unión Europea ni a ninguno de sus Estados miembros. Al contrario, el Reino Unido quiere que Europa tenga éxito y que siga siendo fuerte y próspera: como contemplaba el más grande de los estadistas británicos, Winston Churchill, hace 70 años. Hoy más que nunca el mundo necesita de los valores liberales y democráticos europeos; valores que comparte totalmente el Reino Unido. Entonces, aunque vamos a dejar las instituciones de la Unión Europea, no vamos a dejar Europa.

    El referéndum sobre el brexit es un voto a favor de restaurar nuestra autodeterminación nacional, tal y como la vemos. Como el amigo y vecino más cercano de Europa, esperamos poder mantener una profunda y especial asociación con toda la Unión Europea. Esta relación debería incluir una estrecha cooperación en asuntos económicos y de seguridad. Todos nos enfrentamos a los mismos retos, al terrorismo y al extremismo, como quedó muy patente con el reciente abominable atentado en Londres.

    Por ello, abordamos las negociaciones que vienen de manera constructiva, con respeto y con un ánimo de cooperación sincera. Hemos escuchado a nuestros socios europeos y respetamos su postura. Reconocemos que no podemos seguir siendo parte del mercado único europeo sin aceptar las “cuatro libertades” de circulación de mercancías, trabajadores, capitales y servicios. Entendemos que son indivisibles y que no es posible “elegir entre ellas”. Es por ello que vamos a negociar un nuevo acuerdo de libre comercio audaz y ambicioso con la Unión Europea.

    Desde que nos unimos a la Unión Europea, el comercio internacional del Reino Unido como porcentaje de su PIB se ha estancado de manera general. Por este motivo, ha llegado el momento de que el Reino Unido salga al mundo y redescubra su papel como una gran nación comerciante.

    Una vez afuera de la Unión Europea, el Reino Unido tendrá fabulosas oportunidades de cerrar sus propios acuerdos de libre comercio con otros países y grupos económicos; y sobre todo con los mercados de exportación más dinámicos del mundo. Entre ellos se encuentran los países latinoamericanos y, por supuesto, Paraguay. El año pasado vimos un importante repunte del 50% en el comercio bilateral entre el Reino Unido y Paraguay. No dudo que con el brexit se va a potenciar aún más. Y mientras que el Reino Unido sea miembro de la Unión Europea, vamos a continuar presionando para concretar un ambicioso acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, que beneficiará a Paraguay y a los demás miembros del grupo.

    Con el brexit, el Reino Unido está abriendo su propio camino en el escenario mundial más amplio. Como país tenemos los activos y las relaciones para hacerlo muy bien. Somos la quinta economía más grande del mundo. Contamos con la cuarta fuerza militar más grande a nivel mundial. Somos miembros permanentes del Consejo de Seguridad, del G7, del G20 (los grupos de países con las economías más grandes) y de la OTAN, y somos el único miembro de estas tres organizaciones que gasta aproximadamente el 2% del PIB en defensa y 0,7% en asistencia al desarrollo. Somos protagonistas de gran nivel y todo está programado para que siga así.

    Como embajador británico en Paraguay, voy a aprovechar esta oportunidad que es presentada con nuestra salida de la Unión Europea para continuar estrechando las relaciones bilaterales con el Paraguay.
    Por Dr. Jeremy Hobbs (*)
    Embajador británico en Paraguay.

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    Publicado por jotaefeb | 16 abril, 2017, 16:46
  3. Se viene la Europa de las dos velocidades

    La UE reflexiona sobre su futuro. No solo por el “brexit”, sino también porque los elementos en común se diluyen. Algunos países quedarán rezagados. Con razón, opina Barbara Wesel.
    “Nunca aprobaremos una división de la Unión Europea, porque es la forma más clara de debilitar a Europa”, se oyó decir en la reunión del Grupo Visegrád en Varsovia. Asombroso, ya que fueron justamente los Gobiernos de Polonia, Hungría, Chequia y en parte Eslovaquia los que desde hace algún tiempo ponen en cuestión la cooperación europea. Recordemos las diatribas antieuropeas de Viktor Orbán y la vocinglería antieuropea del Gobierno nacional-conservador de Varsovia. ¿Qué ha sucedido?

    Propuestas para el futuro de la UE
    La razón es el actual debate sobre un reordenamiento de la Unión Europea. No solo se lleva a cabo por el “brexit”, sino también por las crecientes dificultades para llegar a acuerdosLa política de refugiados es solo un ejemplo. Un grupo de países del este de Europa bloquea desde hace meses todo compromiso sensato.
    La frustración, sin embargo, tiene raíces más profundas. Movimientos populistas en muchos países ven en la UE el origen de todos los males, sin que los Gobiernos nacionales intenten siquiera contradecirlos. Muy cómodo es para estos el papel de Bruselas como chivo expiatorio. Italia es un buen ejemplo: la propia incapacidad para realizar reformas es vendida a la población como la consecuencia de una supuesta política de austeridad de la UE. Y Beppe Grillo puede afirmar, sin que nadie diga lo contrario, que Europa tiene la culpa de que la economía italiana no despegue.
    A ese lamentable estado de cosas, Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea, responde con cinco alternativas. Van desde la continuidad, pasando por una “UE light con mercado común”, hasta la “UE con coaliciones de los dispuestos”. El objetivo de esas ideas es encauzar el debate sobre el futuro de Europa y llegar próximamente a un acuerdo.
    Merkel ya se decidió
    La canciller federal alemana ha hablado ya en los últimos tiempos sobre la “Europa de las dos velocidades”. Un concepto que refleja la idea de un grupo de países que quieren cooperar más estrechamente que la suma de todos.
    En Bruselas y Berlín se niega, naturalmente, que se quiera crear una UE con dos clases de países. Angela Merkel no se cansa de subrayar que, naturalmente, todo el que quiera puede participar. De hecho, sin embargo, los países de la UE se verán confrontados con una alternativa de hierro: o cooperan más estrechamente en defensa, finanzas públicas, impuestos, etc. o deberán dar un paso atrás.
    Los alborotadores tienen miedo
    De pronto se ponen nerviosos aquellos que habían visto hasta ahora la UE sobre todo como generosa fuente de dinero. Un periódico búlgaro concluyó que en caso de que surja una “Europa núcleo”, el restos de los países se hallarían de pronto en una situación absolutamente periférica. También en medios de Varsovia se constata inquietamente que el tren europeo podría abandonar la estación sin esperar a Polonia.
    Muchos países miembros han causado los actuales problemas de la UE. Casi ninguno está libre de culpa. El aporte de algunos, sin embargo, fue particularmente destructivo. Ya a fin de mes puede marcarse el rumbo para las reformas en Europa. Algunos países podrían verse de pronto puestos de patitas en calle.

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    Publicado por jotaefeb | 9 marzo, 2017, 10:50
  4. Theresa May en su laberinto

    “Es hora de que Gran Bretaña salga al mundo y redescubra su pa­pel como potencia global y comercial. El Reino Unido está dejando la Unión Europea pero no Europa. Mi tarea es conseguir un trato correcto para Gran Bretaña. Ningún acuerdo debe desembocar en un mal trato para nosotros”. La reunión de prensa que en el me­diodía inglés de ayer dio la Primera Ministra Theresa May fue un nuevo golpe de tuerca dentro de los efectos que el Brexit –salida de Gran Bretaña de la Unión Europea- produjo el año pasado. De he­cho, May es producto del referéndum que por ligera mayoría apro­bó la salida del área común fundada mediante el tratado de Roma de 1957. La decisión final preanuncia un empinado debate en el Parlamento. Pero no es menos polémico el método que la Primera Ministra está impulsando para materializar el Brexit. Basándose en el artículo 50 del Tratado de Lisboa que regula la vía de salida del bloque, May puso en marcha las tratativas para activar el me­canismo sin pasar por el Parlamento británico. Pero la Corte Su­prema de Gran Bretaña ya ha fallado en contra de esa decisión y, en primera instancia, ha sido muy clara en su dictamen de noviem­bre pasado. Después de advertirle que “la re­gla fundamental de la constitución del Reino Unido establece que el Parlamento es sobera­no y puede hacer y des­hacer cualquier ley que elija”, añade que “el Gobierno de turno –léa­se Downing Street- no puede, por el ejercicio de prerrogativa de po­deres, anular la legisla­ción promulgada por el Parlamento”. Se refiere con esto al Parliament’s Bill de 1971 que aprobó el ingreso a la UE. Y sentencia: “Por las razones expuestas en la sentencia, decidimos que el Gobierno no tiene facultades bajo la prerrogativa de la Corona, de notificar, de conformidad con el artículo 50, que el Reino Unido se retire de la Unión Europea”.

    En el terreno jurídico, Theresa May está perdiendo la batalla, sal­vo que en segunda instancia el Tribunal cambie de opinión, cosa virtualmente imposible. Donde sí la impensada heredera de Da­vid Cámeron está siendo enérgica es en el plano político. Y este luce aún más duro. Según un sondeo citado ayer por el matutino madrileño El Mundo, 480 de los 650 diputados eran partidarios de la permanencia en la UE aunque saben que una votación con­tra el Brexit podría tener consecuencias políticas impredecibles. De todas maneras, la jugada de May no es liviana. Propone una Gran Bretaña independiente y autónoma, acuerdos bilaterales en lugar de membresía grupal, defender los derechos de los trabaja­dores británicos, control de inmigración, salir de la Corte Europea de Justicia y poner al país a la vanguardia de la investigación, la innovación y la ciencia. Como idea adicional, quiere empujar una reforma tributaria que baje los impuestos y genere un flujo de ca­pitales hacia el Reino Unido. Como resultado de estos anuncios, la libra esterlina comenzó a subir en los mercados y eso, para el or­gullo británico que se resistió tenazmente a la adopción del euro, suena a música. Eso, aunque sea el Parlamento el que tenga la úl­tima palabra en esta batalla dentro de una guerra que tiene aún muchas otras que pelear.

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    Publicado por jotaefeb | 29 enero, 2017, 17:36
  5. El Reino Unido y la Unión Europea

    El referéndum en el que los ingleses votaron en favor de que el Reino Unido de Gran Bretaña se separe de la Unión Europea, en verdad no solo ha conflictuado a Europa, sino que ha tenido un amplio efecto negativo para todos los países del mundo.

    Desde mi punto de vista, la ciudadanía inglesa ha tomado una decisión equivocada, que perjudica a todos; un error histórico que daña a Europa, por supuesto, pero sobre todo perjudicial para la propia Gran Bretaña. Se trata de una regresión hacia el pasado de un país que, como Inglaterra, tantas veces en la historia se adelantó al mundo con su visión de futuro.

    De hecho la Unión Europea ha sido, y espero que continuará siendo, el más importante avance político y económico del siglo XX, uno de los hechos más relevantes de la historia reciente, aunque solo sea porque, con la conformación primero del Mercado Común Europeo, y después de la Unión Europea, se desactivó cualquier hipótesis de conflicto armado y cambió radicalmente la relación entre los países miembros, que dejaron de ser adversarios irreconciliables para convertirse en socios y compañeros de ruta imprescindibles.

    Quienes conocen a fondo la política inglesa afirman que ni los propios impulsores del ‘Brexit’ (apócope que se traduciría “Bretaña sale”) querían en realidad romper con la Unión Europea y, por otra parte, no son pocos los comentaristas que afirman que la Unión Europea es en parte responsable de la victoria del ‘Brexit’, por su excesos burocráticos y su falta de flexibilidad ante las peculiaridades de los distintos países.

    Todas estas reflexiones tienen su parte de razón y seguramente las instituciones europeas deben hacer autocrítica y asumir su parte de responsabilidad, pero todo esto me parece poco significativo comparado con los grandes logros de la Unión Europea.

    Es un logro de enorme importancia y sin precedentes haber desterrado las guerras, durante más de sesenta años, haber restañado los resentimientos de adversarios históricos y convertido en insignificantes las fronteras, pero no es ni mucho menos la única innovación revolucionaria que supuso la Unión Europea.

    Los criterios que aplicó la Unión Europea para convertirse en lo que es son exactamente todo lo contrario que los que utilizaba la tradición imperialista: en lugar de avasallar, integrar; en lugar de esquilmar a los países más débiles, ayudarlos a fortalecerse; en lugar de aplastar la economía de los demás para fortalecer la propia, convertir a cada país en una palanca que impulse el desarrollo de todos.

    Es difícil encontrar en la historia proyectos políticos y económicos que, con una visión tan lúcida y que parten de la base de que la cooperación y la interdependencia, constituyen un proyecto político mejor que la confrontación.

    La Unión Europea es sin duda uno de ellos y esa visión obliga a los países más ricos y poderosos a ser generosos con los países menos afortunados. De hecho los países más prósperos de la Unión Europea tuvieron que hacer sacrificios económicos, a medida que se fueron integrando países menos desarrollados, para impulsar y la economía de sus nuevos socios. Esa generosidad ha sido la clave de sus éxitos.

    Cuando hablo de generosidad no estoy sugiriendo que los países europeos sean especialmente bondadosos, sino a que, arrasadas por persistentes y sangrientas guerras, esas naciones tuvieron la visión de futuro suficiente para entender que se estaban destruyendo y que el único camino para evitarlo era crear unos lazos de colaboración e interdependencia tan fuertes que hicieran imposibles las guerras.

    Han sido esa visión de futuro y esa voluntad política de crear intereses comunes más poderosos que los motivos de conflicto las que han faltado en nuestra región. La mentalidad obsoleta de unos nacionalismos malentendidos (que suman a la soberbia de menospreciar a los demás países a la aspiración imperialista de someterlos), que han mostrado Argentina y, sobre todo, Brasil han sido la causa del fracaso del Mercosur.

    Hoy por hoy ni los adversarios del “Brexit” ni sus partidarios parecen saber muy bien qué hacer con el resultado del referéndum, porque a corto plazo supone muchísimos inconvenientes económicos y sociales para Gran Bretaña. Hasta parece posible a algunos analistas que la separación nunca llegue a producirse.

    Personas mayores y sectores rurales fueron los principales votantes de la separación, los jóvenes se opusieron. Irlanda y Escocia votaron en contra y se oponen tenazmente a la ruptura con Europa. Hasta se habla de repetir el referéndum. Ningún grupo político quiere hacerse cargo de administrar las consecuencias económicas y sociales negativas del ‘Brexit’.

    En palabras del europeísta británico Chris Patten: “Muchos de los que fueron alentados a votar, presuntamente, por su ‘independencia’ hallarán que en vez de ganar libertad perdieron el empleo”. Agrega Patten, citando a Churchill: “El problema con el suicidio político es que uno queda vivo para lamentarlo”.

    No sé si será un suicidio político de los impulsores del ‘Brexit’ y de los gobiernos a los que les toque administrarlo, a medida que los votantes vayan tomando conciencia de las consecuencias de abandonar la Unión Europea. De lo que sí estoy completamente seguro es de que han cometido un gran error, porque en un mundo cada vez más conectado, cada vez más globalizado, cada vez más interdependiente, el futuro no está en el aislamiento, sino en la integración.

    Por Rolando Niella

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    Publicado por jotaefeb | 15 julio, 2016, 16:00
  6. “England your England”

    Viví muchos años en Londres y allí aprendí a admirar las virtudes inglesas: el pragmatismo que vacuna a sus ciudadanos contra los fanatismos ideológicos, su individualismo, sostén de sus excéntricos, su espíritu tolerante y democrático, su respeto por las instituciones, las leyes y las tradiciones. En los días anteriores al referéndum estuve allí y todas aquellas virtudes brillaron por su ausencia; tanto, que me pareció estar en otro país. Un país enconado, presa de la demagogia nacionalista más ridícula y xenófoba, vertida a raudales por los defensores del brexit. Estos presentaban la salida del Reino Unido de la Unión Europea como “la recuperación de la independencia de la nación”, una panacea de la que Gran Bretaña obtendría la prosperidad y el absoluto control de una inmigración que Nigel Farage, el líder del Partido por la Independencia del Reino Unido, mostraba en un cartel racista como una invasión enloquecida de subdesarrollados negros, mulatos, africanos y asiáticos, a la vez que el ex alcalde de Londres Boris Johnson expresaba su temor de que Turquía, cuya incorporación a Europa presagiaba inminente, tuviera el derecho de inundar al Reino Unido con 78 millones de turcos.

    La demagogia, el nacionalismo más chauvinista y estúpido, los prejuicios racistas, parecían haber transformado de la noche a la mañana a Gran Bretaña en un paisito tercermundista. Y esta impresión alcanzó para mí su apogeo cuando Boris Johnson, el despeinado y gárrulo líder conservador, batía el récord de todas las mentiras protestando porque, según él, los euroburócratas de Bruselas –los enemigos a abatir para devolver la libertad al Reino– se gastaban los impuestos de los esquilmados ciudadanos británicos ¡subsidiando las crueles corridas de toros en España!

    Mientras los defensores del brexit, con buen apoyo de los medios de comunicación, inundaban el país con exageraciones, falsedades, calumnias y un patrioterismo de pancarta y baja estofa, los defensores de que Gran Bretaña continuara en Europa –pienso sobre todo en el Partido Laborista– mostraban una languidez y pesimismo tales, empezando por su letárgico líder, Jeremy Corbyn (ahora cuestionado por buena parte de sus camaradas que le exigen la renuncia por no haber defendido mejor la que era política oficial del laborismo), que, se diría, se resignaban de antemano a una derrota que, algunos de ellos por lo menos, secretamente deseaban. No es de extrañar, por eso, que en las ciudadelas obreras de Inglaterra, el voto a favor de la salida de Europa arrollara al de la permanencia.

    El único que defendía esta opción con energía era el primer ministro David Cameron, es decir, el mismo que, con una precipitación innecesaria y lamentable, convocó este referéndum, sin necesidad legal alguna, por un oportunismo político de circunstancias, algo que ha pagado con el fin de su carrera política y un error que difícilmente la historia futura de Inglaterra le excusará.

    ¿Y ahora qué? Europa va a sufrir una merma considerable con el alejamiento del Reino Unido, el país, vale la pena recordarlo ahora más que nunca, que con heroísmo sin igual salvó al Viejo Continente de Hitler y los nazis. Y no solo porque Gran Bretaña es la segunda potencia industrial europea, sino porque ella era, dentro de Europa, la defensora más enérgica de las políticas de libre comercio y la integración de todos los mercados del mundo. El triunfo del brexit sienta un pésimo precedente y es una ayuda invalorable a los partidos, movimientos y grupúsculos antieuropeos y generalmente fascistoides como el Front National de Marine Le Pen, en Francia, la Alternativa para Alemania, el frente que encabeza Geert Wilders en Holanda, y quienes en Polonia, Austria, Hungría y los países escandinavos quisieran, en nombre del nacionalismo, darle el puntillazo final a la más ambiciosa empresa democrática de Occidente en los tiempos modernos.

    Pero, probablemente, como lo ha escrito Chris Patten en uno de los artículos más lúcidos que he leído sobre los resultados del referéndum británico, el daño mayor recaiga en el propio Reino Unido. Que Gran Bretaña desaparezca, con la secesión de Escocia y de la propia Irlanda del Norte –que, a consecuencia del brexit, perderá sus fronteras abiertas con la República de Irlanda–, es una perspectiva perfectamente posible, sobre todo tratándose de Escocia, donde más del 62% de los votantes defendieron la opción europea.

    Pero, más grave todavía que su posible desmembramiento, lo que amenaza ahora a Inglaterra es una lenta decadencia, víctima de un nacionalismo político y económico trasnochado, que va en contra de la tendencia dominante en el resto del mundo, y, sobre todo, en Occidente, una tendencia que precisamente el Reino Unido impulsó en los años de los gobiernos de Margaret Thatcher, John Major y Tony Blair y de la que ahora ha renegado de manera poco menos que suicida.

    Un análisis somero de los resultados del referéndum muestra una división generacional e intelectual inequívocas: los ingleses más jóvenes y mejor educados, más conscientes del riesgo para su futuro que implicaba el aislamiento, votaron por Europa; los más viejos y menos preparados, por la salida. La nostalgia por un mundo que se fue, que no va a volver, prevaleció sobre el realismo; y preferir la irrealidad y los sueños al mundo verdadero solo trae beneficios en el campo del arte y la literatura; en el de la vida política y social, por lo común genera catástrofes.

    La decepción de los triunfadores del referéndum será muy próxima y muy grande en lo que concierne a la inmigración, cuando adviertan que su victoria no va a impedir, ni a disminuir un ápice, la llegada de los temidos forasteros, porque lo que Orwell llamó irónicamente en uno de sus mejores ensayos “England your England” simplemente ya no existe, salvo en la fantasía pasadista de algunos soñadores. (En medio de la campaña se descubrió, por ejemplo, que el albiónico Boris Johnson, adalid del nacionalismo británico, tenía ancestros turcos). Y que no es la Unión Europea la que trae esas oleadas de inmigrantes a sus playas, sino la necesidad que tiene Gran Bretaña de ellas para proveer los trabajos que los ingleses ya no harían ni a la fuerza, y las leyes sociales que, con más generosidad que realismo, se dieron en épocas de bonanza para favorecer esa inmigración que parecía entonces tan necesaria. (Sigue siéndolo, más que nunca, aunque las legañas nacionalistas impidan ahora verlo, si los países desarrollados aspiran a mantener sus altos niveles de existencia).

    En El león y el unicornio Orwell habla con mucho cariño de Inglaterra, y destaca, con justicia, las virtudes de sus gentes del común, su amor a la libertad, su sobriedad, el respeto del otro, su creencia de que las leyes están hechas para favorecer el bien y lo bueno y que por lo tanto deben ser cumplidas. Y resume así sus ideas (cito de memoria): “Es un buen país, con las gentes erradas en el control”. He recordado mucho ese hermoso ensayo en estos días deprimentes. Porque si el “control” de Inglaterra va a quedar ahora en manos de los hombres del brexit como pide el pequeño führer Nigel Farage, a la tierra de Shakespeare sí que la van a transformar de manera que muy pronto ni siquiera la reconocerá la buena madre que la parió.

    Julio de 2016

    Por Mario Vargas Llosa

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    Publicado por jotaefeb | 15 julio, 2016, 16:00
  7. ¿Globalización vs. proteccionismo?
    6 julio, 2016

    Desde el triunfo del “Brexit” en Gran Bretaña, el fantasma de la disgregación recorre casi toda Europa, afectando no solo a la “Unión”, sino también a la “Comunidad Económica”. Los nazi-onalismos de todos los matices pasaron a la ofensiva proponiendo seguir el mismo camino de los británicos. Los discursos xenófobos cobraron impulso, responsabilizando de la crisis a los inmigrantes africanos y asiáticos, es decir a los que arribaron al “viejo continente” huyendo de las matanzas causadas por las guerras y las hambrunas de las cuales son corresponsables. Y en el “nuevo continente” el mismo fenómeno lo encarna Donald Trump, un mamarracho que lucró con turbios negocios inmobiliarios y las ediciones anuales de Miss Universo, ahora devenido en político. Pero lo que subyace al tembladeral que sacude a la UE y que está en la base de los discursos de las ultra derechas es la inestabilidad generada por la “globalización” en todos los campos, planteando a cambio la vuelta al Estado-Nación fuerte, al proteccionismo a ultranza, al “sálvense quien pueda”, lo cual, además de retrógrado, es una falsa disyuntiva.

    Los promotores del “Brexit” y sus acólitos en Europa y Estados Unidos tienen a su favor que, efectivamente, la llamada “globalización” de la economía no produjo buenas noticias para los pueblos, cuyos derechos se vieron cercenados de manera sostenida, como tampoco para ramas enteras de la producción, pequeñas y medianas empresas que no pudieron competir con los grandes capitales y terminaron cerrando sus puertas.

    La pregunta es si, ante estos hechos innegables de la realidad, la alternativa es la vuelta a los nacionalismos que precedieron a la segunda guerra, como muchos sostienen. Y la respuesta es rotunda: No!.

    Una primera muestra de ello es lo que aconteció en la misma Gran Bretaña, cuya moneda, la libra esterlina, se desplomó hasta profundidades sin precedentes en las últimas tres décadas, a lo que se sumó la inmediata reconsideración de las inversiones directas cruzadas entre el continente y la isla, sin contar el hecho de que los británicos perdieron de golpe y porrazo la posibilidad de vivir y trabajar en 27 países de la tambaleante “Unión”.

    Ésta, herida gravemente, verá caer su comercio exterior en el orden del 10%, cuanto menos, las expectativas de crecimiento van de malas a muy malas, lo que tendrá su repercusión en el sistema financiero, en el que se producirá un aumento inevitable de la morosidad, dado el contexto económico desfavorable en el que se desenvuelve. En consecuencia, la Comunidad Económica Europea está en serio problemas, causados por un modelo excluyente basado en la austeridad, que hoy es repudiado por amplios segmentos sociales.

    Haciendo abstracción de lo que ocurre en el poderoso Reino Unido, imaginemos que les sucedería a los países periféricos de la zona euro si del día a la noche se vieran librado a su suerte. Y para no ir tan lejos, qué pasaría con países latinoamericanos si tuvieran que enfrentar las mismas condiciones, lo cual es pertinente plantearse, tomando en consideración la decadencia en la que se encuentra el Mercosur desde hace tiempo.

    En nuestro caso, somos un país de 7 millones de personas con un PIB de US$ 35.000 millones, por lo cual sería impensable depender sola y exclusivamente de nuestro limitado mercado interno, que sin dudas debe ser potenciado. En cambio países como Argentina, Brasil y el nuevo “socio estrella” en el Mercosur, Venezuela, tienen larga tradición proteccionista, que el marco de la situación mundial no sería extraño que lo potencien.

    Ante tal escenario, corresponde que Paraguay siga ampliando sus horizontes “extra zona” y, asumiendo que la globalización es una realidad que no desaparecerá porque no es del gusto de algunos, o de muchos, lo que corresponde es que el gobierno siga bregando, con más fuerzas, por acuerdos comerciales con otros países, que sean recíprocamente constructivos y que se transformen en políticas de inclusión social, para que nuestro pueblo se beneficie al fin de los logros económicos.

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    Publicado por jotaefeb | 6 julio, 2016, 08:31
  8. Miente, miente, que algo queda

    Por Jesús Ruiz Nestosa

    Quien afirme que el Reino Unido votó para recuperar su soberanía frente a la Unión Europea, como lo hizo el tonto de Donald Trump, quiere decir que está tan despistado como el candidato republicano a la Casa Blanca. A semana escasa del histórico referéndum, sus ciudadanos comienzan a descubrir no solo las mentiras que les contaron los políticos, sino que todo fue el resultado de una pelea cainita por el poder. Una lucha ni siquiera entre los dos partidos tradicionales: conservadores (tories) y laboristas (centro izquierda), sino entre conservadores que ya se cobró sus primeras víctimas: el primer ministro David Cameron, y su posible sustituto el exalcalde de Londres Boris Johnson.

    Lo que está ocurriendo en el Reino Unido no está demasiado lejos y es posible que suframos los ramalazos económicos según lo adelantó ya el Fondo Monetario Internacional. Es importante fijarse en todo el proceso que se desarrolló hasta llegar al referéndum y sus consecuencias. El populismo –una enfermedad crónica en Latinoamérica– la falta de escrúpulos en los políticos, la mentira descarada, las promesas imposibles de cumplir y una política hecha con base en eslóganes y no a programas claros y desarrollables, son algunas de las características de esta crisis. Se ha llegado al punto de que hay gente que pide una nueva consulta mientras unos cien mil londinenses firmaron un pedido de iniciar un movimiento de independencia de Londres del resto del Reino Unido; un imposible, claro está, pero que describe el estado de ánimo de muchos.

    La campaña liderada por Nigel Farage, cabeza visible del no a Europa, se basó principalmente en la idea de que, según sus cálculos, la Unión Europea “le roba” 300 millones de libras semanales a Gran Bretaña. Después del triunfo de su campaña, cuando los periodistas le preguntaron en qué momento se iba a destinar ese dinero a la salud pública, a la educación, a crear empleos, negó rotundamente haberlo dicho nunca. Cuando le mostraron los carteles colocados incluso en el interior de los autobuses dijo que “se habían equivocado”.

    El primer ministro David Cameron, que había prometido poner en acción el corte con la Unión Europea al día siguiente del referéndum, se limitó a renunciar al cargo y dejar que su sucesor se haga cargo de la ruptura el próximo mes de octubre. La promesa de cortar el libre tránsito de personas de los países de la Unión Europea no se podrá realizar si Gran Bretaña desea seguir teniendo acceso a la circulación de bienes, un vínculo que le interesa en extremo, ya que el 49% de sus exportaciones son a los países del continente. La amenaza que millones de turcos podrían trasladarse a Gran Bretaña en el momento que Turquía ingrese a la Unión Europea es un fantasma agitado por los xenófobos antieuropeístas, ya que si bien Turquía está en la cola de espera para ingresar, al igual que otros países como Albania, Serbia, Montenegro y Macedonia, por el momento dicho ingreso no se avizora ni siquiera en lontananza.

    La promesa que se bajarán los impuestos fue desmentida puesto que al producirse el corte se perderán muchas subvenciones que el Gobierno inglés no podrá cubrir, con lo que ya se anunció que habrá un aumento de impuestos. A los pescadores, que se sentían perjudicados por la política económica europea y que votaron en masa a favor el Brexit, se les informó que el corte demandará años y años en recuperar la libertad absoluta de pescar las cantidades que quieran. Para más inri, en todo ese tiempo dejarán de percibir los subsidios que recibían de la Unión Europea. Es lo que se dice, saltar de la sartén para caer en el fuego.

    Mientras tanto, se multiplican las manifestaciones de xenofobia no ya solo contra los inmigrantes de Oriente Medio, Irán, Pakistán, sino contra todos los ciudadanos comunitarios con los polacos a la cabeza, lo que hizo que el Gobierno de Polonia le manifestara a Londres su preocupación. Y como si todas estas mentiras fueran poca cosa, los ingleses, desde la reina Isabel II para abajo, no tienen ni la más pálida idea de qué hay que hacer para producir dicho corte. Tal es el grado de improvisación que muestran los políticos. Por eso me pareció sumamente ilustrativo el cartel que sostenía un joven que protestaba contra el Brexit en pleno centro de Londres: “Los políticos son como los espermatozoides: solo uno entre un millón se convierte en ser humano”.

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    Publicado por jotaefeb | 4 julio, 2016, 05:28
  9. Cuando deciden los que no votan
    03 Jul 2016

    Ya era demasiado tarde cuando los jóvenes británicos se dieron cuenta de que habían cometido un error por no ir a votar, es decir que decidieron su futuro no votando.

    La mayoría adulta, a contramano de la historia, había decidido por ellos; no era una dictadura que tomaba la decisión, sino que dentro del espacio democrático, los jóvenes habían abandonado la cancha; no eran solamente ellos, también varias de las nacionalidades que integran la Gran Bretaña se dieron cuenta tarde de que querían seguir siendo Europa, pero que ya una mayoría “electoral” había decidido que ya no eran más Unión Europea, sino aldeas británicas.

    Las ideas de la revolución francesa que proponían la unión de los pueblos habían triunfado, pese a que los sectores de la extrema derecha y la extrema izquierda seguían empecinados en la confrontación. La Europa democrática, igualitaria y fraternal estaba triunfando.

    Las encuestas, que registran la intención del voto, pero no su materialización, es decir, el voto real, anunciaban el peligro, pero también la clara preeminencia de que los británicos, es decir, todas las naciones que componen la Gran Bretaña, estaban en contra de la salida de Europa.

    Parecía obvio. Sin embargo, ninguna decisión basada en el voto es obvia hasta que se cuentan los votos. Y, cuando se contaron los votos, Gran Bretaña estaba fuera de Europa y los jóvenes y las naciones británicas europeístas se dieron cuenta de que habían decidido, sin decidirlo, quedar fuera de Europa.

    Ahí se volcaron a las calles a protestar contra la decisión ¿contra cuál decisión? Contra la indecisión de ellos que no votaron.

    ¿Qué falló? ¿Europa? ¿El aparato burocrático de Bruselas? ¿El proceso de integración?

    Dados los resultados y las reacciones posteriores, falló el voto, ese mecanismo mágico que tanto costó a la humanidad considerar con igualdad para todos los ciudadanos: los que protestan hoy y piden rever las decisión son los que no votaron, mayoritariamente jóvenes; incluso naciones dentro de la Gran Bretaña, que prefieren salir de esa alianza y mantenerse en la Unión Europea.

    Es un proceso de decepción y desconfianza que lleva al suicidio social; ante la decepción, muchas veces por la manipulación mediática o por el maniqueísmo de los promeseros de la política mentirosa, muy enraizada en los medios de comunicación, y en las cada vez más manipulables redes sociales, se imponen minorías que representan, en las urnas, a las mayorías ausentes.

    Estamos viviendo la conflictiva circunstancia europea, pero no es un fenómeno aislado, sino de la globalidad, con la anuencia de las élites políticas que tratan de mantener su hegemonía, en vez de abrir paso a la democracia participativa. Contra menos voten, más fácil es manipular y controlar el poder.

    Lo acabamos de ver en las recientes elecciones del PLRA, en que votaron poco más del 30% de los militantes habilitados; según los dirigentes es una buena cifra para una elección “en que no están en juego cargos rentados o de poder”. Es casi una vil evaluación de la política.

    La democracia no se trata, esencialmente de cargos, sino de participación ciudadana. Si en los partidos solo se participa por cargos rentables, la democracia está degradada a una cuestión de privilegios o, incluso, de simple repartija salarial.

    La crudeza de la actual crisis europea nos muestra que la falta de participación electoral permite que, en contra del principio democrático esencial de que las mayorías gobiernen, las minorías puedan ganar elecciones e imponer políticas contrarias a las mayorías, aunque después vengan los lamentos.

    Queda una duda seria en el sistema democrático del voto que habría que reconsiderar en la estructura democrática: que en base a propaganda, como enseñó la comunicación nazi, aprendida por los poderes fácticos “democráticos”, la mayoría decepcionada da lugar a la minoría manipulada y bien entrenada y movilizada para ir a votar.

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    Publicado por jotaefeb | 3 julio, 2016, 07:37
  10. Brexit: Globalización o nacionalismo

    Por Alberto Acosta Garbarino Presidente de Dende

    En la Edad Media, la producción industrial era artesanal y el principal medio de transporte era la carreta, lo que hacía que la actividad económica fuera fundamentalmente local.

    En la Edad Moderna, aparecieron los medios de transporte de larga distancia como el ferrocarril y los barcos a vapor y brotaron las grandes industrias con la producción a gran escala. A partir de ahí, la actividad económica pasó a ser nacional e internacional.

    Esto permitió la aparición del capitalismo internacional, porque solamente llegando a nuevos mercados iba a poder ser vendida la enorme nueva producción industrial que se tenía. Esta revolución industrial tuvo su inicio en Inglaterra que era la reina de los mares y la principal potencia económica de su época.

    Debe reconocerse que este extraordinario desarrollo inglés y de otras potencias europeas, estuvo basado en la explotación; internamente a los trabajadores y externamente a sus colonias y a los países proveedores de las materias primas.

    Contra esta injusta situación y con una clara visión internacionalista nacieron los diferentes movimientos socialistas de la época. Decían que el capitalismo internacional solamente podría ser derrotado con una lucha internacional. En el tratado escrito por Marx y Engels, llamado el Manifiesto comunista, la frase fundamental era “trabajadores del mundo, uníos”. Basado en esa frase se creó la Asociación Internacional de Trabajadores que años más tarde se convirtió en la Internacional Socialista y se libraron diferentes batallas a nivel global, como la descolonización en el África y guerras de liberación en el Asia y en América Latina.

    Este enfrentamiento ideológico mundial terminó en 1989, con la caída del Muro de Berlín y el posterior desplome de la Unión Soviética. A partir de ahí vinieron los “felices años noventa”, con Estados Unidos como única superpotencia y con la aceleración de la globalización económica y cultural, gracias a la aparición de internet y de los teléfonos celulares.

    Estos años dorados terminaron abruptamente con el atentado a las Torres Gemelas y la aparición de diferentes movimientos nacionalistas, algunos religiosos como los movimientos islámicos, otros ideológicos como el socialismo del siglo XXI en América Latina y últimamente con gran fuerza en los países europeos en defensa de su autonomía y de la añoranza de una época de gloria imperial, como en Inglaterra y en Francia.

    Por todo esto, el famoso brexit, es decir, la decisión del Reino Unido de salir de la Unión Europea, es un acontecimiento de impredecibles consecuencias, primero porque se produce en un país central en el proceso de globalización que ha vivido el mundo, segundo porque va a avivar la llama de los diferentes nacionalismos y tercero porque puede producirse un efecto imitación, que haga caer toda la arquitectura internacional construida en las últimas décadas. Este resurgir del nacionalismo es preocupante, porque va a contramano de una historia de constantes avances en las comunicaciones y en el transporte, que han permitido una cada vez mayor integración de los pueblos.

    De esta crisis del brexit podemos sacar dos lecciones: una que el Estado-Nación, creado en el siglo XVIII, es absolutamente anacrónico para el mundo global del siglo XXI; y la otra, que todas las organizaciones creadas para administrar la globalización, como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional e incluso la misma Unión Europea, están cooptadas por las principales potencias económicas en perjuicio de los países menores.

    Estas organizaciones creadas décadas atrás necesitan de reformas, que permitan que la gente aproveche las oportunidades de la globalización por medio de un mayor comercio, pero al mismo tiempo pueda sentir que su identidad y sus raíces son respetadas.

    Si no encontramos ese equilibrio, los nacionalismos van a seguir creciendo, desde los brexit hasta el terrorismo islámico.

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    Publicado por jotaefeb | 3 julio, 2016, 07:31
  11. Brexit, manipulación y bregret
    Por Alfredo Boccia

    Cuando Gran Bretaña salió de la Unión Europea, hubo dos informaciones curiosas. Primero fue el dato de que en las horas posteriores a la elección se multiplicaron las consultas que los ingleses hacían a Google. Preguntaban qué era la Unión Europea y cuáles eran las consecuencias de la salida, lo que sugería el desconocimiento sobre lo que habían votado.

    Lo segundo fue la ira de los jóvenes contra sus mayores. El 75% de los menores de 24 años votó por la permanencia, mientras que los de mayor edad eligieron abandonar la Unión. La mayor abstención se dio entre los jóvenes, que comprobaron el viejo axioma de que si no votan, otros deciden por ellos. Los más viejos, temerosos de perder sus beneficios sociales y de ser invadidos por inmigrantes, morirán antes de ver las consecuencias de su voto. Pero complican el presente de miles de jóvenes que la tendrán más difícil para vivir y trabajar en 27 países europeos.

    Ahora, demasiado tarde, muchos de los que apoyaron al brexit se muestran decepcionados. Por eso se habla del fenómeno bregret, del inglés regret (arrepentimiento). Pero, ¿por qué sucede esto? La mayoría de los que votaron por salir, lo hicieron porque esperaban algo muy distinto a lo que recibirán en la realidad. Esto demuestra lo fácil que es manipular al electorado, incluso en países tan adelantados. Porque fue eso: una manipulación demagógica magníficamente ejecutada.

    La prensa devela muchos de los engaños. Los buses de Londres exhibían uno de los ejes de la campaña del brexit: el Reino Unido envía cada semana 350 millones de libras semanales al resto de Europa. Decían que si se cortaba esa hemorragia, gran parte de ese dinero se podría utilizar en la salud pública británica. Ahora hasta el propio Nigel Farage, líder del retiro, reconoce que eso es inviable.

    Otra promesa que arrastró votos era la de frenar en seco la llegada de inmigrantes. Ahora el parlamentario euroescéptico Daniel Harnan admite que no se puede tener libre acceso al mercado único comunitario sin aceptar también la libre circulación de ciudadanos y que los inmigrantes potenciales eran mucho menos de lo que dijeron en la campaña.

    Sostuvieron en su propaganda que Turquía entraría a la Unión Europea y sus ciudadanos tendrían acceso libre a la isla. La verdad es que Turquía pidió su ingreso en 1963 y nada indica que su espera tenga fin a corto plazo. Ahora aceptan que el Gobierno británico no tiene cómo compensar el fin de los subsidios europeos a sectores agrícolas, pesqueros y universitarios.

    Ganaron el populismo y la irresponsabilidad de los que azuzaron la xenofobia. Con ideas simples pero mentirosas despertaron instintos nacionalistas capaces de devorar su propio futuro. No deja de ser una lección para todos.

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    Publicado por jotaefeb | 2 julio, 2016, 07:14
  12. El Brexit o la venganza de la postmodernidad
    30 Jun 2016

    Por Mario Ramos Reyes

    Es más que llamativo y sugerente lo que está ocurriendo. La cultura, esa forma de vivir hecha de hábitos y estilos de ser ciudadano, está minando las estructuras políticas y jurídicas. Esa cultura le está diciendo a la “superestructura” normativa -para decirlo en términos jurídicos- que no le “representa”.

    Que la gran narrativa o el gran relato de los últimos cincuenta años, de hacer crecer una integración jurídica, política, administrativa, y judicial, en Europa, daba la espalda a las pequeñas historias de sus pueblos.

    Me explico: la Unión Europea ha sido la culminación de la modernidad ilustrada, la ecumene racional y racionalista, que, a través de la política y jurídica, integraba y controlaba la realidad de una miríada de pueblos diferentes, de manera ordenada hacia el progreso.

    Pero hay más. La Unión Europea superaría el concepto de estado-nación, que se ha dicho, ha sido el lugar de conflictos, y movidos hacia el estado-continente, donde la integración y los intereses comunes haría, tarde o temprano, desaparecer las rivalidades nacionales. La Unión Europea representaría así a la razón, el orden, la disciplina jurídica, la previsión política.

    El sueño de los iluministas civilizatorios desde siempre. La incertidumbre y miedos al futuro del ciudadano “civilizado” se solucionan, en el ámbito de la praxis política, con una buena planificación, esta vez desde Bruselas. La política, como lugar de la dialéctica de lo histórico, dejaría paso -habida cuenta su inseguridad- a la certidumbre del Estado-paternal integrador.

    Y vino la ruptura: el Brexit. La venganza de la realidad, la “pequeña” historia británica contra la imposición del “gran relato” integrador de Bruselas. Es el argumento político: la Unión Europea posee un “déficit” de democracia, pues las decisiones son tomadas por burócratas que, no solo desconocen la realidad, sino que no son responsables de las decisiones que toman.

    Es una élite que decide sin saber, ignorando la tradición de un pueblo hasta en los detalles mínimos, por ejemplo, como dijo un político deslenguado, el tamaño de un preservativo. Imagine el lector lo que este argumento político de soberanía significa en una nación, como Gran Bretaña, tan amante y fiel a su historia parlamentaria de más de mil años. Insisto: el argumento político ocupa el centro del Brexit: nosotros, dicen estos ingleses, queremos ser nosotros mismos y autogobernarnos.

    El Brexit no fue motivado, prioritariamente hablando, por una cuestión económica. Aunque, esa fue la mejor articulación de los “europeístas”: integración significa fortaleza y centralización económica, fortaleza en los mercados y, fuerzas negociadoras en el libre comercio. Pero, la debilidad de este relato es, justamente, su materialismo: los ciudadanos primero aman a su nación, luego ven cómo van a comer. La pertenencia afectiva, precede el orden económico.

    En el campo social, esta tendencia discurre paralela con una actitud de sospecha ante la necesidad de las construcciones económico-sociales. Esta sospecha anti-Unión Europea no sería reprochable si no fuera porque va acompañada de una disminución al humanismo cristiano europeo tradicional: la cooperación, la participación y la solidaridad con los refugiados.

    No obstante, ese reproche no tiene patas largas, pues, a lo largo de los últimos veinte años, la Unión Europea, con el control del día a día de las operaciones de control cultural, ha desparramado en los países de la unión una ola de secularismo obligado que ha borrado el origen Católico y cristiano del continente. Los valores culturales y las identidades, para usar su lenguaje acostumbrado, han devenido en plurales, variadas, dinámicas.

    Nada es permanente, y todo se ha cambiado desde el aparato centralizador de Bruselas: el matrimonio, la familia, los hijos, los crucifijos en las escuelas, el derecho a la vida. Es el caso extremo de las construcciones sistemáticas y la universalidad obligada, que caracteriza a buena parte de la modernidad ilustrada. Es la imposición de una cultura vía burocracia de lo que el historiador uruguayo Methol Ferré, llamaba: el ateísmo libertino.

    ¿Qué nos queda entonces? Volver a las raíces. Se debe recordar que la Unión Europea fue fruto de la visión de tres políticos, Robert Schuman, Alcides de Gásperi, y Konrad Adenauer, quienes, en los años de la post Segunda Guerra mundial, se integraban para evitar otra guerra y enfrentar la brutalidad de Stalin.

    Pero su integración suponía cierta integración económica y política amamantada en la tradición cristiana y democrática, que salvaguardaba lo más rico que tiene el pensamiento social de la Iglesia: el principio de subsidiariedad; esto es, el que las decisiones se lleven a cabo en los niveles más cercanos a la comunidad, y no en los cuerpos distantes e impersonales de burócratas.

    Pero, lo de subsidiariedad solo se conocerá en un pueblo que tiene conciencia de su fe histórica. Estos Padres de Europa eran ya posmodernos, siendo cristianos. Por eso, creo, el camino no es nacionalismo político de los del Brexit ni el económico y de ingeniería social de los ‘europeístas” sino una nueva evangelización como nos había advertido ese Papa europeísta y universal – católico- Karol Wojtyla: no es el ateísmo libertino el camino que integra sino el de la santidad.

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    Publicado por jotaefeb | 30 junio, 2016, 05:35
  13. (Gran) Bretaña dijo no

    Por Jesús Ruiz Nestosa

    SALAMANCA. El mismo director de “El Gladiador” y “El último samurai”, Ralph Fiennes, llevó a la pantalla “Coriolano” (1609) de William Shakespeare. No sintiéndose a gusto con la época en que transcurre la acción la trasladó a la época presente –o ligeramente futura– donde la ciudad amenazada no es Roma sino Londres, y el ejército que comanda Coriolano abunda en una simbología que alude claramente al nazismo.

    La película es impecable, pero al verla me pareció forzada la presencia nazi en un país donde nació el liberalismo, donde se firmó la Carta Magna en 1215 por la que Juan Sin Tierra aceptaba gobernar controlado por un grupo de personas que más tarde se conoció como Consejo, Senado, Congreso, Parlamento o Asamblea; un país, en fin, considerado como una de las grandes democracias contemporáneas. Pero por no pensar lo imposible me equivoqué. Los resultados del referéndum que piden que el Reino Unido se retire de la Unión Europea anuncian momentos muy difíciles para quienes viven allí y dificultades serias para los que no.

    El movimiento de separación del Reino Unido fue liderado por el UKIP (United Kingdom Independence Party) y el ultraderechista Nigel Farage, quien, además de hacer gala de su racismo y xenofobia, recurrió a la crisis humanitaria provocada por los miles de refugiados que están huyendo de las guerras de Oriente Medio. Se dejó ver durante toda la campaña del llamado Brexit (Britain Exit / Salida de Gran Bretaña) utilizando como telón de fondo una gigantesca fotografía en la que aparece un camino lleno de refugiados bajo el lema de que Europa era la culpable de la situación y que era necesario unirse todos para devolverlos a su lugar de origen.

    El fanatismo amenaza con dar al traste uno de los experimentos más notables gracias al cual Europa ha conocido un periodo de paz sin haberse registrado ninguna guerra en más de setenta años. Esto, sin contar un cúmulo de ventajas que han hecho del continente un país grande, con sus problemas, claro está, pero en el que la vida se ha hecho más fácil. John Carlin, analista político, hijo de escocés y española, indignado por esta decisión, dijo que renunciará a su ciudadanía inglesa y pedirá la española, lamentándose de que se cierren tantas oportunidades a los jóvenes europeos; entre otras varias, la de poder estudiar en cualquier universidad de la Unión y trabajar donde mejores condiciones les ofrezcan.

    Pero no está todo dicho. En Escocia, donde triunfó el no al Brexit, se amenaza ahora con pedir un nuevo referéndum para romper con el gobierno central inglés, independizarse y permanecer en la Unión Europea. Lo mismo sucede en Irlanda del Norte. A este paso Gran Bretaña terminará perdiendo su adjetivo “Gran” ya que corre el peligro de quedarse nada más que Inglaterra y Gales, además de algunas pequeñas islas de los alrededores que apenas cuentan.

    El candidato a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica Donald Trump, que se encuentra de visita en Inglaterra, ha dicho: “Acabo de llegar a Escocia. El lugar está descontrolado terminada la votación. Ellos recuperaron su país, justo como nosotros recuperaremos América. ¡No bromeo!”. En otro momento, al conocer los resultados exclamó: “¡Es una maravilla!”. Esto puede dar una idea bastante precisa de por dónde va la historia. Y la calidad de sus “héroes”.

    La indignación ante estos resultados ha estallado entre la clase dirigente, los intelectuales, los jóvenes, en el mundo universitario, en el mundo científico, en el mundo financiero que vio, esa misma mañana, cómo colapsaba la Bolsa de Londres alcanzando niveles históricos. Cerca de treinta mil españoles que trabajan en Gran Bretaña no saben qué pasará con ellos, mientras que centenares de jubilados que eligieron vivir su retiro en pueblos del sur de España donde disfrutan de un clima muy benigno deberán regresar, ya que el pago de las pensiones y la cobertura sanitaria dejarán de funcionar para ellos al no pertenecer ya a la Unión Europea.

    John Carlin, refiriéndose a Nigel Farage, lo tacha como “el líder muchas veces borracho del UKIP”. Borracho o no, se cuenta que cuando tenía 13 años y estaba en el colegio, al pasar al lado de un compañero judío le decía al oído “Hitler tenía razón” o bien “¡A los hornos, a los hornos!”. Él y sus amigos son quienes heredarán el país. O lo que quede de él.

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    Publicado por jotaefeb | 27 junio, 2016, 09:55
  14. Des-Unión a la europea
    25 junio, 2016

    Construyeron grandes imperios y también los destruyeron. Guerrearon toda la vida, colonizando y, a veces, siendo colonizados. Las peores conflagraciones bélicas tuvieron como escenario al “viejo continente”, convertido en no pocas ocasiones en gigantesco cementerio. Siempre hicieron las cosas “a lo grande”, de manera tremendista, como sucede ahora en torno a la victoria del “Brexit” en Gran Bretaña, solo que más civilizadamente, en una suerte de adaptación a las exigencias y requerimientos del Siglo que vivimos. De todas maneras, el referéndum llevado a cabo éste jueves en el Reino Unido, que arrojó como resultado su salida de la Unión Europea (UE), provocó un terremoto político y un violento sacudón en los mercados financieros. Los nacionalismos de derecha y ultraderecha de otros países miembros del bloque ya están proponiendo seguir el “ejemplo” británico. La crisis desatada es profunda y su desenlace difícil de pronosticar. Por lo pronto, se abrió la caja de Pandora y el proceso de disgregación es el fantasma que recorre toda Europa.

    En total votaron 33.5 millones de personas, en cifras redondas, de las cuales 17.4 millones (51.9%) lo hicieron por el sí y 16.1 millones (48.1%) por la permanencia, la mayoría de estos últimos han sido jóvenes que tras conocerse el veredicto de las urnas inundaron las redes sociales con mensajes tipo “nos han sacado el derecho a vivir y trabajar en 27 países”.

    Al margen de lo que vaya a suceder en los próximos meses, las primeras consecuencias ya se hicieron sentir. El primer ministro, David Cameron, considerado “el intocable” por su alto índice de popularidad, anunció su renuncia para antes de octubre, la libra esterlina se desplomó a su nivel más bajo de hace 31 años y el pánico se apoderó de las bolsas de todo el mundo, registrándose importantes pérdidas, que en algunos casos, como el de España, son las más abultadas de su historia.

    La bolsa de Madrid cayó el 12.35%, Atenas 13.42%, Milán 12.48%, París 8.04%, Frankfurt 6.82% y Londres 3.15%. El resultado del Referéndum también afectó a las bolsas del Asia, en donde las pérdidas mayores se produjeron en la de Tokio, que cayó un 7.92%, ante el fuerte desplome del euro y el dólar frente al yen; en Corea del sur la caída fue del 3.09. Y en el continente americano, Wall Street también cerró con una fuerte caída del 3.39% en este “viernes negro”.

    La Canciller alemana Ángela Merkel no pudo ocultar su frustración, señalando que la salida de Gran Bretaña representa “un punto de inflexión para el proceso de integración” y que de la respuesta que den su gobierno y los demás componentes de la Unión “dependerá que esta crisis crezca y propicie una división aún mayor”. Es que todos, gobiernos y mercados, daban por descontado que, aunque fuera por poco margen, se impondría la permanencia del Reino Unido en la UE.

    La tormenta recién comienza y nadie sabe si amainará o se convertirá en ciclón, pero no hay dudas de que dejará cuantiosos costos que deberán pagarse. Así, la des-unión amenaza seriamente por extenderse, una vez más, a lo largo y ancho del continente europeo.

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    Publicado por Anónimo | 26 junio, 2016, 09:02
  15. Brexit, la democracia y nosotros
    26 Jun 2016

    Por Enrique Vargas Peña
    La poderosa y bien financiada élite burocrática que sin participación ni control populares gobierna la Unión Europea (UE) realizó, con motivo del referéndum en el que el pasado jueves 23 de junio el pueblo británico resolvió abandonar dicha Unión, una vigorosa campaña hacer creer que la consulta británica era sobre inmigración o sobre economía, cuando en realidad fue sobre democracia.

    Las agencias noticiosas estatales de los gobiernos de la UE, por ejemplo EFE, AFP, DPA, minimizaron todo lo relativo al motivo real y legal de la consulta para magnificar todo lo relativo a inmigración y economía y tuvieron éxito pues millones de personas alrededor del mundo creen, por lo que leyeron en diarios y revistas o escucharon en radios y televisión proveído por esas agencias, que la consulta fue sobre inmigración o economía y no sobre la democracia.

    Sin embargo, la consulta fue sobre la democracia y no sobre la inmigración o la economía. El grupo ahora vencedor en el referéndum británico se aglutinó en torno al lema “#takecontrol” –tomemos el control– (http://bit.ly/1r8ZGkG) porque lo que reivindicaba era el restablecimiento de los derechos democráticos para el pueblo británico.

    De todas las instituciones que gobiernan la Unión Europea, solamente el Parlamento Europeo es elegido directamente por el pueblo.

    Pero aún esa institución elegida por el pueblo, es un Parlamento solamente de nombre: Aunque sea difícil de creer, el Parlamento Europeo no tiene iniciativa legislativa. Solamente la Comisión Europea (el poder ejecutivo de la Unión, no elegido por el pueblo) tiene la iniciativa legislativa. Es lo que establece el Tratado de Lisboa (http://bit.ly/1OLyh1C). Y es lo común en las dictaduras, es lo que proponen todos los autoritarios del mundo, solamente que como esto ocurre en Europa, entonces todos dicen “está bien”, aunque está muy mal.

    El Parlamento Europeo solamente puede proponer enmiendas a las iniciativas de la Comisión Europea (http://bit.ly/1TmU8tG).

    La Comisión Europea, el poder ejecutivo de la Unión como ya se ha dicho, dura cinco años y sus integrantes están nominados por los poderes ejecutivos de cada uno de los países miembros de la UE, que no tienen el poder de asignarles carteras ministeriales, pues estas se las asigna el presidente de la Comisión.

    El Parlamento Europeo no puede votar en contra de los integrantes de la Comisión, otro sueño de cualquier dictador que se precie, hecho realidad en la Unión Europea (http://bit.ly/28YO53x).

    La Comisión también tiene, aunque cueste creer, poderes arbitrales y judiciales, como pretendería cualquier dictador que quiera gobernar sin división de poderes.

    Estas y muchas otras razones son las que determinaron que la Corte Constitucional de la República Federal de Alemania, no los electores de Gran Bretaña, sostenga que la estructura institucional de la Unión Europea tiene un “déficit democrático estructural” y que el proceso de toma de decisiones de la Unión sea mucho más el de un organismo burocrático multinacional que el de un gobierno democrático (http://bit.ly/28TKxLi).

    Contra esa usurpación de los derechos populares es que fue convocado el referéndum británico que determinó la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

    En su artículo del pasado viernes 24 de junio, Charles Moore, biógrafo de Margaret Thatcher y periodista, recordaba que “Más gente –17.410.742 personas– votó a favor de salir de la Unión Europea que a favor de ninguna otra cuestión en la historia de Gran Bretaña… La campaña a favor de dejar la UE fue objeto de desprecio por parte de los ‘expertos’. Los expertos deben, por supuesto, ser respetados en sus campos de ‘expertise’. Pero nadie es experto en lo que concierne a la democracia. Cada uno de nosotros vale un voto. Y requirió enorme coraje a la mayoría rechazar las advertencias de banqueros y arzobispos, primeros ministros y presidentes, científicos y economistas, la BBC y CBI, Richard Branson, Peter Mandelson y David Beckham… Fue la comprensión, con el paso de los años, de lo que estábamos perdiendo. El autogobierno democrático –la democracia parlamentaria– es el fundamento sobre el que se asienta la nación británica. Esto –y no “economía vs. inmigración”– es sobre lo que esta decisión se trata. Desde los noventa, la evidencia de eventos… la secuencia de tratados sustrayéndonos cada vez más derechos legales y, más recientemente la ‘destructora de empleos’ catástrofe del euro, hicieron que al final el pueblo se diera cuenta… Desde el punto de vista de los partidarios de la Unión Europea, las élites de la UE tuvieron razón en su postura de que el pueblo jamás debe ser consultado. Ahora los electores han reconocido que la Unión Europea rechaza la modernidad porque niega derechos al pueblo…” (http://bit.ly/28Wg6IO).

    Cualquier persona que estudie los documentos que estructuran y dirigen a la Unión Europea llegará pronto a la misma conclusión a la que llegaron la Corte Constitucional de Alemania y el pueblo británico: La UE no es democrática.

    No es esta la primera vez que Europa irradie un modelo antidemocrático. En Paraguay ya tenemos la amarga experiencia del Partido Liberal y el general José Félix Estigarribia, enamorados de la eficacia de Benito Mussolini y Adolfo Hitler, para cuya emulación hicieron su Carta Política de 1940 (http://bit.ly/28VCJhr), a la que muchos quieren retornar sin decirlo, cimiento legal de la larga dictadura que recién acabó el 3 de febrero de 1989.

    Cualquier demócrata que lea el Tratado de Lisboa de la Unión Europea, no puede menos que espantarse del parecido que tiene con la Carta Política de 1940 en cuanto a la limitación de funciones del Parlamento, a la concentración de poder en el Ejecutivo, a la destrucción de la división de poderes.

    La reciente visita del ex ministro chileno de Hacienda, Felipe Larrain, quien abogó por cambiar nuestra Constitución para recortar los poderes democráticos del Congreso para depositarlos en el Poder Ejecutivo (http://bit.ly/28UCCgc), no deja mucho lugar para la duda acerca de la extensión de la influencia nefasta que en contra de la democracia ejercen élites que, como la de la Unión Europea, pretenden gobernar sin participación ni control populares.

    El triunfo de la salida de la Unión Europea del Reino Unido es una bocanada de aire fresco para todos los demócratas del mundo, que muestra que el ideal democrático del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo está vivo y vigoroso a pesar de los esfuerzos sin tregua de las élites del mundo para desdibujarlo.

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    Publicado por Anónimo | 26 junio, 2016, 08:54
  16. ¿La extremaunción de la UE?

    Por Hugo Saguier Guanes

    Luego del referendo británico que diera el triunfo al “Brexit” han corrido como reguero de pólvora en toda Europa y en el mundo entero el pesimismo, el escepticismo, la desorientación y las acuciantes interrogaciones de cómo sería el futuro de Europa luego de este descalabro político, social y financiero.

    La entonces Comunidad Económica Europea nació bajo los mejores auspicios, a través del Tratado de Roma de 1957, siendo seis los miembros originales de aquel portentoso intento de unidad bajo el signo de la democracia, a saber, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Alemania, Francia e Italia, dando un ejemplar testimonio de cooperativismo para crear una nueva estructura en el Viejo Continente, que había sido el escenario de brutales contiendas en la Primera y Segunda Guerra Mundial, donde se enfrentaron justamente tres de los países firmantes del mencionado acuerdo de Roma.

    En el año 1973 se incorporaron el Reino Unido de Gran Bretaña, Dinamarca e Irlanda y más tarde Grecia, país que fue hace un par de años el detonante de la primera estampida sociopolítica y financiera, creando un acuciante llamado de atención, que fue minimizado en sus comienzos y luego, cuando ya era demasiado tarde, se intentó esbozar un antídoto coyuntural para proteger a todo el cuerpo social de la comunidad.

    El surgimiento de la UE, último estadio del Mercado Común, hizo pensar que el polo del poder político, económico y financiero iba girando de los Estados Unidos hacia el Viejo Continente, ahora colmado de nuevas y alucinantes oportunidades para aquellos extranjeros deseosos de compartir un vasto territorio y un gigantesco mercado con centenares de millones de habitantes.

    En efecto, rápidamente el producto bruto interno de la UE superó al de la primera potencia mundial, posibilitando así que las grandes corporaciones multinacionales, así como muchas firmas de pequeña envergadura, se instalasen en su seno.

    El eslogan de la UE fue la “unidad en la diversidad”. De acuerdo a la versión de Boris Johnson que asoció a la UE con el régimen hitleriano, esta organización podría seguir las huellas del dictador germano, quien también había cimentado su posición política luego del caos emergente de la Primera Guerra mundial, haciendo alusión a la “unidad en la diversidad”.

    En este contexto, la UE logró establecer importantes mesas de negociación y de paz tanto con los israelíes como con los palestinos, lo que Estados Unidos de América jamás pudo conseguir por su radicalización en el conflicto, que le hizo perder su poder de convocatoria en la región más conflictiva del mundo.

    Sea como fuere, para muchos el “Brexit” representa una involución hacia el Estado-Nación de siglos pasados, en un mundo cada vez más globalizado, donde ya no cabrían posturas aislacionistas.

    Para otros, representa una actitud xenofóbica, delirante, paranoica, en un proceder de celosa exclusividad que, según estos críticos, va de contramano con la historia contemporánea. Estos consideran que el “Brexit” se refugia en un pasado de gloria que ha quedado sepultado en la historia y que ya no tiene visos de reversibilidad.

    Lo cierto es que el Reino Unido se encuentra afuera de la UE, que ha perdido un socio vital, una fuerza inconmensurable no solamente en el producto bruto interno, que representa un 17% del total, sino también en los aspectos político y diplomático, ya que el Reino Unido es miembro del Consejo de Seguridad y una potencia militar de alto nivel a escala mundial.

    Todos los europeos deberían hacer un “mea culpa” de lo que ha acontecido en estos días, y en especial los partidos de centroderecha y la socialdemocracia, que han sido incapaces de desactivar la crisis económica, el caos migratorio, la purulenta corrupción de los líderes políticos, el cruel flagelo del terrorismo islámico, la burocracia asfixiante de Bruselas que nació con los mejores auspicios para luego despeñarse por una pendiente declinante donde no se puede atisbar el resultado final.

    Los detractores del “Brexit” creen que la salida del Reino Unido provocaría una gigantesca crisis económica, un deterioro de los negocios de inversión extranjera, apuntando todo esto a una recesión a corto o mediano plazo.

    Esto dependerá de la negociación a la que pueda arribar el país saliente con los países que integran la UE. Pero lo que más aterra es la incertidumbre que se ha generado en todos los estamentos sociales y políticos de ese vasto conglomerado continental, que a partir de ahora se ha convertido en un gigantesco signo de interrogación para propios y extraños.

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    Publicado por Anónimo | 26 junio, 2016, 08:33
  17. A PROPOSITO DEL “BREXIT”. Por Mario Paz Castaing.
    24/Junio/2016

    Es innegable que la respuesta afirmativa que ayer dio el pueblo británico, a la salida del Reino Unido de la Unión Europea, es un fuerte golpe que impacta y debilita la construcción de este proceso de integración. Las primeras reflexiones que surgen, motivadas por esta decisión, deben orientarse en varios componentes políticos, sociales, económicos y hasta culturales, transversalmente afectados, y, que de algún modo, ayudan a explicar o entender el origen y las consecuencias de esta determinación.

    En primer lugar, es conocida por todos, la resistencia que Inglaterra opuso a su incorporación al sistema europeo de integración, y una vez ingresada se mantuvo siempre fuera de la “zona euro”. En pocas palabras, el Reino Unido, fiel a su tradición histórica y cultural, nunca fue enteramente europea, y, siempre defendió sus particularidades, dentro del ejercicio de las tareas comunitarias.

    En segundo lugar, no porque sea menos importante, se encuentra el factor migratorio, un tema candente y clave en las relaciones internacionales europeas, que afecta al “corazón de la integración europea”, como sin duda lo es la libertad de movimiento de la ciudadanía comunitaria, uno de los pilares de la integración, que impacta en miles de trabajadores europeos, y, en sus sistemas jubilatorios reconocidos como válidos en cualquier Estado Parte.

    Una consecuencia no menor, y, quizás la de mayor preocupación para los líderes de la UE, es el probable efecto de contaminación política en los países estratégicos. Es así que los movimientos de la derecha europea amenazan con referéndums del mismo tenor en Italia, Holanda, y hasta en la misma Francia, que si concluyen del mismo modo que ayer en Inglaterra, eso sí, puede producir consecuencias impredecibles para el destino de Europa.

    Es inevitable pensar que este momento que atraviesa el Reino Unido, lo aprovechen los sectores independistas. Tanto es así, que en Escocia , que votó mayoritariamente por la permanencia en la UE, ya anuncia que debido a estos resultados, que contradicen la voluntad manifiesta de escoceses, renazca el espíritu separatista y solicite un pronunciamiento electoral que arroje como consecuencia el desmembramiento de Gran Bretaña.

    En cuanto a los efectos en nuestra región, en particular el Mercosur, puede o no tener consecuencias inmediatas. Lo más probable que afecte la negociación birregional y, que el demorado acuerdo “Mercosur-Unión Europea”, sufra nuevas demoras que se sumarán a la extensa duración de este emprendimiento

    Por otra parte, cada proceso de integración tiene sus propias modalidades, iniciativas y especificidades, que lo hacen distinto en modelos apropiados y ajustados a cada caso .Que podría emerger un “efecto contagio”, no se debe descartar, pero, fueron y siguen existiendo muchos motivos y razones que exigen una actualización o reforma de nuestro Bloque, y, éste puede ser un buen momento, para avanzar en éstas ideas.

    En conclusión, la decisión inglesa reafirma y revitaliza el concepto de Estado Nación, que muchos creían equivocadamente que estaba en extinción, más esto no conlleva que la integración como modelo global de intercambio y comercialización, desaparezca. Está con problemas serios, pero, vendrán las adaptaciones y el reacomodo de los intereses convergentes, que finalmente rigen el buen o mal relacionamientos de los Estados.

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    Publicado por Anónimo | 24 junio, 2016, 13:40
  18. O soberanos o comunitarios

    Tras el grito de “Gran Bretaña primero” (Britain first) el hombre disparó, casi a quemarropa, contra la diputada laborista inglesa Jo Cox, quien salía de una reunión de carácter político en la biblioteca de Birstal, en Inglaterra. No contento con ello, luego la apuñaló para asegurarse de que estaba muerta. El ataque se produjo en medio de una campaña que tiene en un hilo no solo a Gran Bretaña sino a toda la Unión Europea. El jueves de esta semana los ingleses irán a las urnas para decir si quieren seguir o no formando parte de ella, referéndum que fue bautizado como brexit, una unión de Britain Exit (salida de Gran Bretaña). De producirse la ruptura, las consecuencias son imposibles de prever. Se ha dicho incluso que bien podría ser el comienzo del fin de la Unión Europea. En el momento de escribir estas líneas la policía inglesa no ha podido determinar aún si el atentado fue cometido por un desequilibrado mental o bien tiene relación con los partidos de extrema derecha, grupos que en los últimos años han ganado mucho espacio en varios países del continente. Además, se investiga si el grito de “Gran Bretaña primero” fue nada más que un grito espontáneo o si se trata de la frase que utilizan los extremistas como grito de batatlla.
    El periodista John Carlin, en su columna del diario español El País, incluye una imagen en su artículo en la que aparece el ultraderechista Nigel Farge, del partido UKIP, frente a una gigantesca fotografía en la que se ve un verdadero río humano compuesto por los refugiados que huyen de las guerras y la violencia de Oriente Medio. Abajo dice: “La UE nos ha fallado” y se ve a medias, tapado por el cuerpo del político, algo así como: “Tenemos que devolverlos a su lugar de origen”.

    El periodista se dedicó a investigar el pasado de Farge, a quien califica de racista y xenófobo. Habló para ello con antiguos compañeros de colegio, y uno de ellos le dijo que “Farge tenía la costumbre a los 13 años de lanzar los insultos más groseros imaginables contra niños de razas o religiones diferentes a la suya. Se cruzaba con un niño judío y le susurraba en el oído ‘¿Hitler tenía razón’ o ‘¡A las cámaras de gas!”.

    Carlin sostiene que la conjunción del racismo y la xenofobia es el mejor cultivo de las ideologías que basan su acción en la violencia y que este fue uno de los compuestos en el que Hitler basó su acción para fanatizar a todo un pueblo con las consecuencias ya conocidas. Comenzó predicando el odio a todos aquellos que venían de otras latitudes y que no respondían a lo que él pensaba eran las excelencias de la raza aria cuya pureza propugnaba. Atrás, muy de cerca, vinieron el antisemitismo, los campos de concentración y todo lo demás. ¿Será que Europa se encamina de nuevo a una situación similar? Los escépticos dicen que esto es imposible, que ya entrado el siglo XXI no se pueden repetir los errores del pasado ni que la violencia desatada entonces se instale de nuevo. Exactamente lo mismo se decía de la Alemania nazi y hasta que Eisenhower no abrió las puertas de aquellos campos de la muerte, occidente no se convenció de que sí, que aquello había pasado.

    La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea podrá tener consecuencias que por el momento no se pueden imaginar. La última de ellas es que no solo afectará a su economía (el Fondo Monetario Internacional, FMI, ya augura una grave recesión económica) sino incluso está en juego su unidad territorial pues los escoceses, que desean seguir en la Unión Europea, plantearán un nuevo referéndum para decidir si siguen o no siendo parte de Gran Bretaña.

    Otra situación paradójica: los partidos de la extrema derecha agitan el tema de la soberanía nacional, a la que debieron renunciar, en gran parte, todos los países que conforman la Unión Europea para hacer posible esta comunidad de naciones. Digo paradoja porque es la misma idea que agita la extrema izquierda. Vale decir, una vez más se demuestra que los extremos se tocan y que terminan siendo exactamente iguales a pesar de ser de signo contrario.

    Todo esto también tiene que ver con Latinoamérica, donde la paradoja toma un rumbo patético o payasesco según el humor del observador, ya que los grupos que se hacen llamar de izquierda, por un lado, agitan la bandera de la soberanía y, por el otro, promueven crear una unidad de naciones sin darse cuenta de que no se puede lograr lo uno o lo otro sin las obligatorias renuncias.

    Por Jesús Ruiz Nestosa

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    Publicado por Anónimo | 22 junio, 2016, 10:50
  19. ¿Arderá Europa?

    Gran Bretaña se prepara para abandonar la Unión Europea (UE). La conmoción ya estremece al planeta. La globalización también es esto. Lo que sucede en Europa nos afecta a todos, desde China a Costa Rica, pasando por Nigeria. Las bolsas han caído estrepitosamente. Todavía no es seguro, pero las encuestas apuntan a que un 47% de los británicos son partidarios del Brexit, de marcharse, y un 40% de permanecer. Al final, se ganará o perderá por los pelos.

    En 1975, cuando Harold Wilson, entonces jefe de gobierno en Londres, convocó el primer referéndum, más del 67% de sus compatriotas optó por quedarse. Eran tiempos de miedos absolutamente fundados. Existía la URSS y la Guerra Fría era una escalofriante realidad. Los eurófobos y los euroescépticos tenían menos peso en el panorama nacional. De alguna manera, la idea de una Europa unida brindaba cierta seguridad.

    Es una paradoja, pero contra la URSS vivíamos mejor. Era un enemigo tangible que poseía un plan de conquista planetaria. Ese peligro real se convertía en un factor aglutinante para sus adversarios. Pero en 1989 los berlineses destruyeron el Muro, poco después desaparecieron la URSS y sus satélites, y el marxismo dejó de ser un destino posible, salvo en Cuba, Corea del Norte y otros disparatados manicomios controlados por dinastías militares indiferentes a la realidad.

    Muchos de los países europeos sujetos al yugo soviético que estrenaron su libertad corrieron a refugiarse tras la cortina democrática de la Unión Europea y la OTAN. Le temían, con razón, al neoimperialismo ruso. La URSS había continuado la permanente expansión de la Rusia zarista, leit motiv de la Tercera Roma desde que en el siglo XV Iván III inició el asombroso crecimiento de Moscú hasta convertir, tres centurias más tarde, al atrasado principado moscovita en la nación más grande de la Tierra.

    Hubo, claro, condiciones mínimas formuladas por la Unión Europea a los azorados recién llegados del postsovietismo. En Copenhague se establecieron los Criterios para poder formar parte del exclusivo club: democracia, libertades, mercado, propiedad privada de los medios de producción, derechos humanos y la decisión de cumplir los compromisos con la UE. Eran pocos, pero claros, y no había ninguna referencia a factores culturales, lingüísticos o religiosos.

    Ése es exactamente el valor de la UE y el origen de su debilidad, lo que explica la posible salida del Reino Unido: se trata de una construcción artificial anclada en la razón y la ideología, dedicada a estimular la prosperidad y a cultivar la paz, y no en las emociones o en los lazos secretos e intangibles de las tribus.

    No es verdad que exista el homo europeo. Hay franceses, alemanes, griegos, españoles, italianos, ingleses y así hasta una treintena de tribus definidas, pero ninguno de ellos es o se siente europeo. Las identidades se tejen en la oscura zona de las emociones, asentadas en el sistema límbico del cerebro, mientras la Unión Europea es una expresión de la racionalidad que sucede en la zona frontal o neocórtex.

    Esto lo explicó con toda claridad el argentino Mariano Grondona apelando a un ejemplo referido al Mercosur: conocía a miles de argentinos, brasileros, uruguayos o paraguayos dispuestos a morir por sus patrias, pero ni a uno solo decidido a inmolarse por el Mercosur.

    Y, antes que a Grondona, se lo leí a José Antonio Jáuregui en Las regla del juego: las tribus, una brillante explicación de la conducta humana basada en la premisa de que somos esclavos de nuestros cerebros, verdaderas fábricas de adicciones encaminadas a la supervivencia de los grupos, origen de las pulsiones nacionalistas.

    Nuestros cerebros recompensan con sensaciones gratas la emoción de pertenecer a una tribu, castigan a los que se oponen a ella, y provocan cautela y hostilidad frente a las criaturas diferentes. Esas son las reglas y las administran, ciegamente, los neurotransmisores.

    ¿Es realmente terrible que el Reino Unido se separe de la Unión Europea? No todos lo creen. Jean-Pierre Lehmann, excelente economista francés carente de prejuicios antibritánicos, piensa que, a medio plazo, a la UE le conviene desprenderse de la influencia de un socio poderoso, incómodo con los crecientes lazos políticos entre los países miembros. Para Lehmann, precisamente, la tarea pendiente dentro de la UE es la creciente fusión de carácter político, algo que horroriza a los ingleses.

    En todo caso, con los británicos dentro o fuera de la UE, sería muy lamentable y peligroso que a medio o largo plazo se deshaga este extraordinario organismo surgido de los escombros de la Segunda Guerra Mundial. Aunque artificial, alambicada, y desesperantemente burocrática, sigue siendo un gran refugio contra la barbarie totalitaria y un disuasivo eficaz contra la guerra. Conviene que persista.

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

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    Publicado por Anónimo | 22 junio, 2016, 10:39

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