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El evangelio del domingo: No mirar hacia atrás

Cuando analizamos nuestro pasado sentimos que es fácil tener apegos, que pueden ser de dos categorías: los recuerdos agradables, que no queremos abandonar, aunque la vida nos señale que hay que proponerse nuevas metas.
Por otro lado, las experiencias amargas, que tal vez nos han lastimado y decepcionado, no sabemos bien como integrarlas en nuestra personalidad, no sabemos superarlas, las vamos llevando como una espina en la garganta, que molesta y no podemos dejarlas en el pasado.

Esta gracia debemos pedir constantemente al Señor, que es saber apaciguar adecuadamente nuestro pasado, sin apegos inmaduros y sin traumas que mortifiquen nuestro presente.

El Evangelio muestra estas palabras de un hombre a Jesucristo: “Otro le dijo: ‘Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos’. Jesús le respondió: ‘El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”.

En la vida cristiana hay que servir para el Reino de Dios, hay que ser un constructor activo de este reino, que establece relaciones frescas y justas entre los seres humanos.

“Despedirse de los suyos” para dedicarse a los hermanos más necesitados es una decisión que mueve las fibras más íntimas y cuesta dar este paso de generosidad.

Sin embargo, esta “despedida” no tiene nada de triste fatalidad, pero si de valor, para no dejarse atar a ciertos lazos familiares, que son obstáculos para el compromiso con el Señor.

A veces, los hermosamente llamados “lazos familiares” son más bien costumbres egoístas, que inducen uno a pasar buena parte de la vida adorando a su propio ombligo y a gastar su tiempo en cosas mezquinas.

Poner la mano en el arado es tener disponibilidad de servicio a los demás, sea en una vida totalmente consagrada a eso, como la vida religiosa o sacerdotal; sea en un estilo de vida que lleve, por ejemplo, a hacer parte de un voluntariado, donde se considera más la dedicación al semejante desamparado, que las diferencias de color, opción política, cultura y otras.

Un cristiano valeroso, que pone la mano en el arado y no mira hacia atrás, debe cultivar asiduamente la fortaleza espiritual, pues es notable la tentación de no perseverar y volver al, supuestamente, dulce estuche de la egolatría.

Además, san Pablo afirma que debemos educarnos en la libertad que Cristo nos concedió, sin usarla como pretexto para satisfacer los deseos carnales, haciéndonos más bien servidores los unos de los otros.

Libres y contentos, no miremos hacia atrás, pero edifiquemos un futuro más digno para todos.

Paz y bien.

Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

 

 

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en “El evangelio del domingo: No mirar hacia atrás

  1. “Te seguiré adondequiera que vayas.” (Lc 9, 57)

    La eucaristía de este domingo nos lleva a reflexionar y rezar sobre nuestra relación con Jesucristo. La pregunta es ¿cómo somos delante de él? Somos indiferentes, simpatizantes, aprovechadores, admiradores, o seguidores de él.
    Para muchos Jesús no cuenta nada. No les importa lo que él dijo o lo que hizo. Para otros, son interesantes algunas de sus palabras, o tal vez es bonito llevar una cruz en el cuello, o participar alguna vez de una celebración. Pero, hasta ahí y nada más.
    A otros aun, les interesa solamente el título de cristianos. Corren por las ventajas políticas o sociales por ser amigos del sacerdote, o por tener una foto con el obispo, o con el Papa, o por dar una buena limosna. Pero en cuanto a Jesús y sus propuestas, piensan que son cosas del pasado. O entonces están solamente interesados en algún milagro, o en salir de un problema.
    No faltan tampoco los admiradores. Que hasta se emocionan y lloran en el Vía Crucis, pero que no consiguen salir del sentimentalismo y asumir en la vida concreta un modo nuevo de actuar.
    La propuesta de Jesús va más allá de todo esto. Jesús nos desafía y nos dice: “Sígueme.” Seguir a una persona significa colocarse en su mismo camino. Acompañar sus pasos. No es un hecho intelectual, es vivencial. No basta estudiar y conocer lo que hizo, es mucho más. Es repetir concretamente en la vida actual lo que hizo él. (Ciertamente es fundamental conocer, pero no se puede parar allí, pues sería inútil.)
    No puedo decir que soy un seguidor de alguien, cuando mi recorrido es otro, cuando mis pasos van en otra dirección. Hay una diferencia muy grande entre seguir a Cristo y llevarlo conmigo en mi camino. Pienso que muchos de nosotros confundimos esto. No es muy difícil encontrar personas disponibles que lleven a Jesús con ellas. A querer que Jesús esté donde ellas están y bendiga sus planes, sus trabajos, sus quehaceres.
    Sin embargo, tenemos una fuerte resistencia en asumir radicalmente una vida de seguidores. Esto es de caminar en el camino de él. De seguir sus pasos. Esta resistencia no es gratuita. El propio evangelio nos habla de las dificultades que acarrea seguir a Cristo.
    En primer lugar, el evangelio de este domingo nos habla que Jesús decidió caminar “resueltamente” hacia Jerusalén. Jesús sabía que caminaba en dirección de la resurrección, pero sabía que esto significaba pasar por la cruz. Jesús sabía que la trayectoria que estaba tomando no era de la buena vida, de los aplausos y de los placeres. Pero él caminaba “resueltamente”. También sus seguidores deben, descubriendo sus motivaciones tomar el mismo camino, la misma dirección. Es señal de madurez asumir los dolores del camino, cuando se tiene claro a donde se quiere llegar.
    En segundo lugar, el evangelio nos alerta para la experiencia del rechazo. Los samaritanos no quisieron recibir a Jesús porque él iba a Jerusalén. También a nosotros muchos nos rechazarán cuando saben que estamos yendo hacia “Jerusalén” (cuando saben que queremos ser cristianos de verdad y no solamente en las apariencias o en las palabras). Pero es muy interesante la reacción delante de estos rechazos. Algunos discípulos dijeron a Jesús: ¿”quieres que mandemos bajar fuego del cielo que consuma a los samaritanos? Pero Jesús los reprendió.” Seguramente también nosotros tendremos la misma tentación de destruir a nuestros opositores. Cuantas veces ya hicimos “bajar fuego del cielo” con nuestras palabras, gestos, deseos y venganzas. Pero si somos seguidores de Jesús, estas cosas no van bien. Delante de las oposiciones o rechazos, debemos continuar siempre en frente, sin desviar nuestro camino.
    En tercer lugar, Jesús nos advierte que seguirlo no significa tener todo en la mano. Al contrario, muchas veces faltará la comodidad (“el Hijo del hombre no tiene donde descansar la cabeza”). El que sigue debe estar dispuesto a correr el riesgo de que le falte hasta mismo cosas que al principio le parecen importantes, pero que después descubre que no eran tan necesarias y que se puede pasar sin ellas.
    En cuarto lugar, la experiencia del seguimiento implica dejar algo. Seguir es caminar hacia… y cuando se va…, en la medida en que se avanza, se deja otras cosas por detrás. Es imposible avanzar sin dejar. Existen muchos que en la vida son estáticos porque tienen miedo de despedirse, de dejar. Jesús nos desafía: “deja que los muertos entierren a sus muertos”.
    Y, en quinto lugar, Jesús nos habla de la dirección de la mirada. Quien le sigue debe tener la mirada puesta en él, pues solo así no perderá el sendero. Quien camina mirando hacia atrás sale del camino. (“Todo el que pone la mano en el arado y mira para atrás, no sirve para el reino de Dios”). El pasado no es capaz de indicarnos un rumbo, una dirección. El pasado nos hace solamente girar en torno a nosotros mismos y nos mata en el cansancio. También es importante tener conciencia que los lados pueden ser una tentación y pueden hacernos perder el equilibrio y caer o quitarnos del camino. Aun se puede decir que tener los ojos cerrados no es propio de quien sigue. Mirar hacia adelante, cuando estamos yendo por detrás de Jesús, significa verlo constantemente, y esta es la única garantía de que llegaremos a ser como él: personas plenas, realizadas y felices.
    ¡OH Jesús danos la gracia de hacer una verdadera experiencia de seguimiento!

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por Anónimo | 26 junio, 2016, 08:29
  2. No mirar atrás
    Hoy meditamos el evangelio de San Lucas 9, 51-62. Las lecturas de la misa nos ayudan a meditar las exigencias que la propia vocación lleva consigo en el servicio a Dios y a los hombres.
    La misión de Cristo es un ir y venir constante, predicando el Evangelio y dando la salvación a todos, y no tiene dónde reclinar la cabeza. Así ha de ser la vida de los que le sigan: han de estar desprendidos de las cosas y su disponibilidad ha de ser completa.
    Dilatar la entrega ante Jesús que pasa a nuestro lado puede significar que más tarde, cuando intentemos de nuevo darle alcance, ya no lo encontramos. El Señor sigue su camino. Es grave ceder a la “tentación de las dilaciones” ante la entrega que pide Cristo.
    “Te daré un medio seguro para superar esos temores –tentaciones del diablo o de tu falta de generosidad!–: ‘desprécialos’, quita de tu memoria esos recuerdos. Ya lo predicó de modo tajante el Maestro hace veinte siglos: ‘¡no vuelvas la cara atrás!’”. Por el contrario, en esas situaciones, que pueden cargarse de añoranzas, hemos de mirar a Cristo que nos dice: Sé fiel, sigue adelante. “No existe jamás razón suficiente para volver la cara atrás”.
    El papa Francisco, en el Angelus en la Plaza de San Pedro, dijo: “El Evangelio de este domingo (Lc 9, 51-62) muestra un paso muy importante en la vida de Cristo: el momento en el que —como escribe san Lucas— ‘Jesús tomó la firme decisión de caminar a Jerusalén’ (9, 51). Jerusalén es la meta final, donde Jesús, en su última Pascua, debe morir y resucitar, y así llevar a cumplimiento su misión de salvación. Desde ese momento, después de esa ‘firme decisión’, Jesús se dirige a la meta, y también a las personas que encuentra y que le piden seguirle les dice claramente cuáles son las condiciones: no tener una morada estable; saberse desprender de los afectos humanos; no ceder a la nostalgia del pasado.
    Pero Jesús dice también a sus discípulos, encargados de precederle en el camino hacia Jerusalén para anunciar su paso, que no impongan nada: si no hallan disponibilidad para acogerle, que se prosiga, que se vaya adelante. Jesús no impone nunca, Jesús es humilde, Jesús invita. Si quieres, ven. La humildad de Jesús es así. Él invita siempre, no impone.
    Por ello debemos aprender a oír más nuestra conciencia. Pero ¡cuidado! Esto no significa seguir al propio yo, hacer lo que me interesa, lo que me conviene, lo que me apetece… ¡No es esto! La conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios; es el lugar interior de mi relación con Él, que habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo recorrer, y una vez tomada la decisión, a seguir adelante, a permanecer fiel”.
    Asimismo, se extracta lo dicho por el papa Francisco, en la Audiencia del pasado miércoles: “Señor, si quieres, puedes purificarme!” (Lc 5, 12): Es la petición que hemos escuchado dirigir a Jesús por un leproso. Este hombre no pide solamente ser sanado, sino ser “purificado”, es decir, resanado integralmente, en el cuerpo y en el corazón. De hecho, la lepra era considerada una forma de maldición de Dios, de impureza profunda.
    La súplica del leproso muestra que cuando nos presentamos a Jesús no es necesario hacer largos discursos. Bastan pocas palabras, siempre y cuando estén acompañadas por la plena confianza en su omnipotencia y en su bondad. Confiarse a la voluntad de Dios significa de hecho entrar en su infinita misericordia.
    Aquí hago una confidencia personal: por la noche, antes de ir a la cama, rezo esta breve oración: “Señor, si quieres puedes purificarme” y rezo cinco Padre Nuestro, uno por cada llaga de Jesús, porque Jesús nos ha purificado con las llagas. Esto lo hago yo, y lo pueden hacer también todos en su casa. Y decir: “Señor, si quieres puedes purificarme”. Pensar en las llagas de Jesús y decir un Padre Nuestro por cada una. Y Jesús nos escucha siempre.
    (Frases extractadas del libro Hablar con Dios, https://w2.vatican.va y https://es.zenit.org)

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    Publicado por Anónimo | 26 junio, 2016, 08:28

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