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Los indiferentes

Le preguntaron a Ferdinando Camon, famoso escritor italiano, sobre tres grandes novelas precursoras de este tiempo y premonitorias de gran parte de lo que está pasando, cuál de ellas representa mejor la situación y modo de reaccionar del hombre y la mujer actuales; las tres renombradas novelas son: “La náusea” de Jean Paul Sartre; “El extranjero”, de Albert Camus; y “Los indiferentes”, de Alberto Moravia.


“La náusea”, según Ferdinando Camon, es un rechazo del mundo que estamos tejiendo, lo vomitamos. “El extranjero” representa que nos sentimos extranjeros, extraños a lo que está sucediendo en este mundo, porque no es el mundo que queremos para vivir. Nos representa más la “indiferencia”, vemos y escuchamos pero no nos afecta lo que pasa de manera que nos haga reaccionar y actuar.

No sé si estas tres novelas son las más representativas de la novelística moderna para reflejar nuestras actitudes y modo de actuar ante los sucesivos acontecimientos que nos impactan de cuanto sucede en el mundo y para nosotros además en nuestro país. Probablemente hay otras novelas no tan dramáticas y pesimistas que también nos puedan representar. Pero sí comparto la preocupación de Camon sobre el alto nivel de indiferencia con el que como colectivo estamos reaccionando.

Ante el lamentable espectáculo que nos dan muchos de nuestros políticos, unos provocándonos náuseas con su descarada y cínica corrupción robando el dinero del pueblo, enriqueciéndose con malversación de fondos, con niñeras y empleados de oro, con protección a narcotraficantes, etc., que van quedando impunes y no devuelven lo robado; otros obsesionados compulsivamente con el poder dedicándose exclusivamente a preparar y procesar campañas electorales en vez de trabajar para el bien común.

Tampoco nos faltan motivos para sentirnos extraños y decepcionados en nuestro país, porque la Administración de la justicia gravemente enferma no nos sirve, y en el Poder Legislativo los que deben diseñar y producir leyes que fijen las estructuras para el desarrollo hacia el país que soñamos, están entretenidos e interesados en el poder buscando plataformas electorales y su beneficio, el de su gente y sus partidarios.

Pero los demás ¿qué hacemos? Parecemos espectadores indiferentes que “vemos y escuchamos, pero no reaccionamos para actuar”. Hay eminentes sociólogos y psicólogos que vienen analizando esta actitud generalizada de quienes estamos descontentos con lo que sucede pero nada hacemos para mejorarlo, salvo lamentarlo y, como decimos popularmente, “plaguearnos” entre nosotros.

Entre el momento del ver y el momento del actuar hay un proceso psicológico que desemboca en la decisión para re-accionar. En ese proceso interior actualmente se está produciendo, según estos especialistas, un atasco, que es la pérdida de la sensibilidad. Cuando la sensibilidad está fresca, receptiva, fuerte, ágil, entonces la sensibilidad ilumina a la mente sobre la importancia de lo percibido y provoca inmediatamente motivación (mueve) hacia la reacción. Ese movimiento hacia la acción no se produce, porque la sensibilidad es tan débil que carece de fuerza persuasiva y motriz.

Hay muchas explicaciones sobre las causas por las cuales estamos perdiendo sensibilidad. La saturación de impactos, frecuentemente fuertes e intensos, endurece nuestra sensibilidad, la adormece, sobre todo si esos impactos son negativos y dolorosos. Los sentidos se acostumbran a recibir tantos y tan amargos impactos que consecuentemente la sensibilidad se convierte en amortiguador de sus efectos. Son tantas y diarias las noticias de corrupción, de crímenes, de asaltos, de accidentes mortales, de violaciones de menores, de homicidios y suicidios que ya perdieron su poder de impresionar. Nos acostumbramos a ver a niños y adultos en situación de pobreza y ya no nos afecta su dolor.

No se trata solo de pérdida de sensibilidad afectiva, sino también de sensibilidad social y sensibilidad ética, que acrecientan la “indiferencia”.

Si ante tanta corrupción, ante tanta injusticia, violencia, inseguridad no reaccionamos, porque hemos perdido sensibilidad afectiva, social y ética y nuestros sentidos nos acostumbraron a convivir con ellas; si esta situación nos parece normal y destacarla nos parece exagerado, preguntémonos ¿cuál es la solución?, ¿qué hay que hacer para dejarles a los hijos y nietos un país donde puedan vivir en paz y alegría para todos?, porque si no se eliminan las células corruptas, la corrupción crece contagiando y destruyendo todo el tejido social, pudre nuestro país.

Por Jesús Montero Tirado

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