Daniel ha optado por la violencia

Es tremendo y desconcertante. En pocos días el panorama político de Nicaragua ha cambiado radicalmente. Daniel Ortega ha sacado las uñas y ha dejado más clara que nunca su agenda política: desaparición de las elecciones libres y honestas. Aplastamiento total de las verdaderas fuerzas opositoras.


Control absoluto de todos los poderes del Estado. No sometimiento del gobernante a la legalidad. Cero institucionalidad democrática.

Tratará, evidentemente, de hacer compatible su modelo de control con una economía de mercado, un poco al estilo de los comunistas chinos. Pero siempre tendrá en su puño al sector privado. Sus miembros podrán hacer riales mientras no se entrometan en política y no osen competir con las empresas de su familia, socios o amigos. Los empresarios podrán contar, como protección o apoyo, la buena voluntad de Ortega, pero no con un marco jurídico y judicial digno de confianza por su independencia y profesionalismo.

Ese es el modelo que tenemos planteado y que debe hacer reflexionar seriamente a toda la sociedad nicaragüense y al sector privado en particular.

Es un modelo leninista o de monarquía absoluta, donde el gobernante no está sujeto a limitación institucional alguna ni a ninguna constitución, aunque a la hora de recibir la banda presidencial jure, con una sonrisa irónica, respetarla.

Evidentemente, es un modelo que invita a la corrupción y a la degeneración del poder público. Porque cuando no hay límites jurídicos que constriñan al gobernante, tiene las manos libres para hacer lo que quiera; aplastar a quien quiera, robar cuanto quiera. Es inmune. Es casi omnipotente.

La democracia representativa moderna surgió precisamente para evitar el peligro de la tiranía que siempre está presente cuando alguien, por bueno que pueda ser, acumula mucho poder. Lord Acton lo captó en su famosa frase: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El trasfondo de esta visión es un sano entendimiento de la naturaleza humana cuyas raíces están en la doctrina cristiana del pecado original; este causó que se debilitase la voluntad del hombre hacia el bien y el dominio de sus pasiones.

En consecuencia, los padres de la democracia, conscientes de que el hombre no es ángel, sino un ser frágil, propenso al abuso, diseñaron un sistema político que sujetara al gobernante a límites bien definidos: el imperio de la ley, la división del poder en tres ramas independientes y, fundamentalmente, el del pueblo a elegir, poner y quitar, sus gobernantes, a través del voto.

Sin ser perfecto, este sistema ha contribuido al surgimiento de los regímenes más estables, prósperos y pacíficos de la historia humana.

Ortega no cree en esto. Él más bien admira estados marxistas, como el de Cuba, Corea del Norte o China, que piensan que una vanguardia, la del partido comunista, tiene el derecho de concentrar sin límites el poder en sus manos para dirigir la sociedad. No es una mera hipótesis u opinión. Ortega lo ha demostrado recientemente sin ninguna ambigüedad.

Pésima noticia para Nicaragua. La democracia y la institucionalidad del país han sufrido un golpe severo. También las perspectivas de paz. Porque este tipo de regímenes solo sobrevive por la fuerza. Es lógico: cuando a un pueblo se le niegan los mecanismos pacíficos para expresar sus preferencias, ¿qué camino le queda?: Las balas o la calle.

No es casualidad, entonces, que Ortega camine con 400 o más policías de escolta, y que cada vez más rodee las manzanas que circundan su casa con más retenes y hombres armados. El mensaje que le ha dado a Nicaragua es claro: “A mí solo me sacan a balazos”.

Por Humberto Belli (*)

*Sociólogo y exministro de Educación de Nicaragua.

 

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