Ante un nuevo aniversario del natalicio de Artigas

Rememorar la figura de José Artigas en un nuevo aniversario de su nacimiento representa siempre un enorme compromiso, un desafío intelectual mayúsculo y una convocatoria a los sentimientos más profundos de nuestras raíces históricas. No existe en la historia uruguaya un personaje que haya sido el destinatario de tantas obras, honores, investigaciones y libros, ni un personaje que haya despertado tantas pasiones, exaltaciones y traiciones.


A 252 años de su nacimiento, ¿cómo valoramos la figura de Artigas los uruguayos y el pueblo latinoamericano?, ¿de qué manera la historiografía se aproximó a su vida, ideario, sueños federalistas, proyectos de integración, desventuras? ¿cómo se fue construyendo el relato sobre el más grande de todos los Orientales?

Pocas figuras como las de Artigas han atravesado tantos intentos de construcción o reconstrucción de su vida y obra. Y en ese ejercicio han emergido varias leyendas sobre Artigas.

La primera de todas, la que más nos duele, la “leyenda negra de Artigas” perpetrada por el centralismo y oligarquía porteña. Desde aquí surgen las plumas agraviantes de Cavia, Sarratea, Alvear, Rivadavia, Posadas, Pueyrredón, todos los cuales dieron inicio a la construcción de una leyenda infame que terminaron por consolidar –ya muerto Artigas– Mitre y Sarmiento para justificar su teoría de la “Civilización y barbarie”.

A esta leyenda negra, la sucedió la “leyenda de bronce” inaugurada a fines del siglo XIX por los primeros historiadores uruguayos como una necesaria e ineludible revisión de la anterior. Esta nueva postura reivindicaba la figura del prócer oriental en un proceso de construcción de símbolos para un Uruguay que Artigas seguramente nunca pudo ni siquiera intuir. El General Artigas emergía como elemento de orgullo y religión nacional. Era el “padre nuestro Artigas” –como nos cuentan Ovidio Fernández Ríos y Santos Retali–, “señor de nuestra tierra, verbo de la gloria, para la historia un genio, para la patria… un dios”.

Pero desde la segunda mitad del siglo XX se abre paso la leyenda del hombre, del ser humano, del Artigas de carne y hueso, evidenciándose una creciente hostilidad hacia el bronce legendario de un Artigas sobrehumano y limitado a sus dotes políticas y militares. La historiografía más dinámica de los agitados años 60 sentaba las bases de una nueva visión del artiguismo que acentuó los atributos humanos del caudillo, sus preocupaciones sociales y económicas, su inclinación por los más infelices. Y es en esta dimensión donde me quiero detener.

Desde hace décadas los uruguayos hemos comenzado a dimensionar con mayor profundidad la figura de Artigas desde toda su dimensión política, integracionista, federalista, y desde su más genuina sensibilidad social y humana.

Quizás para algunos Artigas haya sido una figura construida que se convirtió en prócer, en héroe nacional como resultado de una construcción colectiva. Y cuando se construye colectivamente el mito Artigas, el legado mayor es que sea un símbolo de unidad para todos los uruguayos. Y eso es lo que representa Artigas para todos los orientales que conformamos el Uruguay de hoy: un símbolo de unidad. Los uruguayos abrazamos el pensamiento profundamente republicano de Artigas; la administración de nuestro país como República en contraposición a la Monarquía; la convicción de que el Estado debe estar construido en base a la división de poderes; que la libertad civil y religiosa debe ser asegurada “en toda su extensión imaginable”; que el despotismo militar debe ser aniquilado con trabas constitucionales que aseguren la inviolable soberanía de los pueblos; y el principio superior de que en el reparto de las tierras “los más infelices sean los más privilegiados”. A 252 años del nacimiento del mayor intérprete de la orientalidad, ese Artigas prócer y humano surge con cada vez más convicción. Uruguay se siente “artiguista”, se define como “la patria de Artigas” y probablemente ese sea el mayor de sus legados.

Por Lic. Federico Perazza (*)

(*) Embajador del Uruguay en Paraguay.

 

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