Quejarse sin acción no vale nada

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar el centro Hope of Life, una institución humanitaria de servicio social, que trabaja en beneficio de niños, ancianos y personas de escasos recursos en Guatemala. Tuvimos una agenda bastante apretada e inesperada. Una de las actividades fue viajar por tres horas hasta llegar a una aldea en las montañas, caminamos y nos metimos en el barro para rescatar a una niña con un estado de salud crítico. Creí que sería algo fácil y de poco impacto, por haber visto situaciones similares en Paraguay, pero me equivoqué. Lo que vi y presencié me quebró emocionalmente, no solo al observar la precaria vivienda, sino el estado de salud de una niña a la que si no hubiésemos rescatado, hubiera muerto. Pusimos a la niña y a su madre en la ambulancia, mientras que los demás hijos estallaban en llanto.

Durante todo el trayecto de regreso no deje de pensar en la labor que desempeña un líder. Carlos Vargas es un buen ejemplo de ello, un empresario que hace treinta años tuvo la visión de transformar comunidades enteras en su país al iniciar tan loable trabajo social. Carlos enseña lo que vive, y eso es liderazgo.

La transformación sucede cuando un líder decide tomar acción e inspira a otros con su ejemplo. Es aquel que crea algo significativo. En el libro “vivir intencionalmente” el autor pregunta qué es lo que nos hace llorar, en mi caso ver tanta injusticia, tanta falta de amor, misericordia y compromiso con los demás. Paraguay no está lejos de la situación que viví, seguimos sintiendo una gran ausencia de liderazgo.

El desafío está en construir una sociedad basada en valores. En la actualidad padecemos una crisis de valores, y esa es la peor crisis que podríamos atravesar. Ahí nacen los problemas de corrupción, ahí es cuando empiezan a no importarnos los demás. No respetamos, no somos éticos, no somos honestos, no estamos comprometidos… solo pensamos en el YO, en el propio bienestar, éxito y enriquecimiento destruyendo todo lo que está a nuestro alrededor.

Una persona con valores es grande por dentro, de ahí viene la grandeza del interior de uno. Muchas veces pensamos que la grandeza es exterior, nos sentimos con autoridad y poder al ocupar grandes cargos, y reconocemos que existen muchas personas que solo tienen eso “cargo y no son buenos líderes”. Nos engañamos y engañamos a través de títulos y posiciones. Y la pregunta es la siguiente: ¿Eso es todo lo que podemos lograr en la vida? UN CARGO… ¿Ser político, presidente o gerente de alguna empresa?… ¿Eso me hace GRANDE? Porque si eso fuera “grandeza”, el Paraguay estaría mejor de lo que está, Guatemala estaría mejor de lo que está, Latinoamérica estaría mucho mejor de lo que está.

Los verdaderos líderes de transformación no hablan de liderazgo o títulos, lo demuestran, se vuelven intencionales, son coherentes con sus valores, hacen que las cosas sucedan, generan cambios, ven lo que otros no ven y hacen aquello que otros no se animan a hacer. Son aquellos que deciden convertirse en héroes cotidianos y hacen historia.

Todos deberíamos convertirnos en líderes de transformación, en agentes de cambio y así asegurarnos de seguir viviendo después de haber partido de este mundo. No es difícil, se trata de tomar una decisión, no podemos permitir la injusticia, la corrupción, la desidia, porque si lo hacemos seremos cómplices de lo que no está bien. Trabajemos en ser grandes por dentro, porque finalmente eso se proyectará por fuera y nos llevará a lograr resultados positivos.

Construyamos como líderes una familia modelo, empresas exitosas, una sociedad inclusiva, un gran país. Involucrémonos todos, seamos conscientes de las necesidades que tenemos como seres humanos, como sociedad, y tomemos acción. La diferencia está en el hacer, si yo no hubiera llegado a las montañas de Guatemala, esa niñita no se hubiera salvado… esa es una manera de hacer la diferencia en la vida de los demás. HOY es lo único que tenemos, hagamos algo significativo.

Y vos ¿qué hiciste hoy para marcar la diferencia en el lugar que te toca vivir?

Por Gabriela Teasdale

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