Trump y sus “genes autoritarios”

Una de las cosas que más me llamaron la atención cuando entrevisté recientemente al expresidente mexicano Vicente Fox fue que parecía más preocupado por el autoritarismo de Donald Trump que por los constantes insultos a México del posible candidato del Partido Republicano.


En gran parte del mundo, Trump es visto como un tirano en potencia, y es frecuentemente comparado —injustamente, por ahora— con Adolfo Hitler o Benito Mussolini. Muchos críticos dicen que también Hitler y Mussolini eran vistos al principio como políticos excéntricos cuyas declaraciones racistas no debían ser tomadas demasiado en serio, hasta que fue demasiado tarde.

La respetada revista británica The Economist describió recientemente una potencial presidencia de Trump como “uno de los 10 mayores peligros globales”. La revista más influyente de Alemania, Der Spiegel, publicó un artículo de portada titulado Donald Trump es el hombre más peligroso del mundo.

Fox destacó repetidas veces durante nuestra entrevista que Trump muestra un flagrante desprecio por la independencia del Congreso, el sistema judicial, los medios de prensa y el Estado de derecho en general.

Fox mencionó el llamado de Trump a descalificar al juez Gonzalo Curiel, nacido en Estados Unidos, por su ascendencia mexicana, así como la prohibición de cubrir su campaña a los periodistas que no le gustan, como hizo esta semana con The Washington Post, y sus propuestas de deportar a 11 millones de indocumentados, confiscar remesas familiares de los mexicanos en Estados Unidos, y muchas otras medidas drásticas, que en muchos casos requerirían la aprobación del Congreso.

Estos son apenas algunos de muchos ejemplos que prueban que Trump tiene “genes autoritarios”, dijo Fox.

“En América Latina, hemos aprendido por la vía difícil lo que son estos líderes mesiánicos. Tenemos la capacidad de ver los genes de una persona que no va a poder cambiar, porque eso lo trae adentro”, continuó. “Si alguien camina como un pato, suena como un pato y parece un pato, lo más probable es que sea un pato”.

Agregó que él mismo –en gran medida igual que Trump– fue un hombre de negocios antes de hacerse político, y que los mundos de los negocios y de la política son muy distintos.

“Pasé de empresario a político, y me tomó un buen par de años ver que no es nada parecida una situación con la otra”, continuó. “Este hombre está acostumbrado a dar órdenes autoritarias, verticales. En política no existe eso: o negocias, o buscas la conciliación, o buscas la mayoría que te respalde”.

Cuando Trump anunció esta semana que prohibiría a los reporteros del Washington Post que cubrieran su campaña, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) sonó una alarma similar. Claudio Paolillo, presidente de la Comisión de Libertad de Prensa de la SIP, dijo: “Por momentos, Trump se parece a Hugo Chávez, pero hablando en inglés”.

Muchas figuras importantes del propio Partido Republicano de Trump comparten sus mismos temores, como dijimos en esta columna la semana pasada. Y, tras las temerarias declaraciones de Trump a propósito de la masacre de Orlando en que murieron 50 personas, en las que reiteró su sugerencia de prohibir a todos los musulmanes la entrada a Estados Unidos, los temores sobre la política exterior de Trump han aumentado.

La influyente revista Foreign Policy dijo en un titular en internet del 13 de junio que “La respuesta de Donald Trump a la masacre de Orlando le hace el juego a los terroristas”.

El artículo de David Rothkopf señaló que “es difícil imaginar un aliado más efectivo del extremismo que Trump”. Agregó: “Sus palabras parecen estar diseñadas para respaldar el argumento del Estado Islámico de que Estados Unidos es intolerante, racista, y está en guerra con los pueblos del Islam”.

Mi opinión: No es correcto comparar a Trump con Hitler o Mussolini. Esas comparaciones son extremadamente especulativas, y trivializan los horrores del Holocausto de la Alemania nazi.

Pero, habiendo entrevistado a Chávez y a muchos otros líderes mesiánicos latinoamericanos, así como a Trump, estoy de acuerdo en que el aspirante presidencial republicano es —para expresarlo en las palabras de Fox— genéticamente autoritario.

Trump no va a cambiar su manera de ser a los 70 años, después de pasarse la vida mandoneando a la gente y jactándose de ello. Si camina como un pato y parece un pato, lo más probable es que sea un pato.

Por Andrés Oppenheimer

 

Anuncios

3 pensamientos en “Trump y sus “genes autoritarios””

  1. ¿Progresistas o regresistas? La confusión del Siglo XXI

    Aunque parezca paradójico, entre los radicales protestatarios contra el G20 y su declarado peor enemigo en esta nueva protesta de lo que podríamos llamar un turismo protestatario, Donald Trump, hay importantes coincidencias: la principal en la coyuntura actual que vive el mundo, y conflictúa al planeta, es que sus posiciones están en contra de la globalización; la segunda y no menos importante, es que ambos están a favor de la violencia para imponer sus criterios, es decir, que creen ser los poseedores de la verdad y por lo tanto desprecian a quienes no aceptan esa verdad absoluta que ellos proclaman.
    Pese a la cacareada protesta contra el presidente norteamericano, los antiglobalización coinciden con él en puntos esenciales: son los dueños de la verdad y quieren imponérsela al resto del mundo, no buscan dialogar con la contraparte. Trump pretende hacer un muro para distanciar a los mexicanos y que los mexicanos lo paguen. Los protestatarios hacen destrozos y, desde luego, dejan que el gasto corra por cuenta del anfitrión del encuentro G20.
    Llegados a ese punto, cabe hacer una distinción sobre las banderas de ambos fraternales contendientes; los antiG20 hablan en nombre del progresismo, mientras que Trump habla en nombre del, podríamos denominarlo así, regresismo, ya que quiere romper los avances importantes realizados por EEUU en su integración en el mundo con valores democráticos, tanto en lo político, como en lo comercial, como en los Derechos Humanos, es decir, quiere regresar al pasado y ha ganado las elecciones arrastrando a sus votantes tras la promesa de “volver al pasado”, con una proclama del pasado que bien podrían enarbolar los antiG20, ya que sus reclamos son bastante coincidentes; llegado a este punto cabe hacerse una pregunta clave: ¿Trump es progresista o los protestantes del G20 son regresistas?
    Se supone que un progresista debe estar en la línea de progresar en ese avance, con todos sus defectos, que ha implicado abrir fronteras en intentos de integración de la humanidad, acabando con las fronteras y las guerras desatadas durante siglos por aferrarse a las diferencias contra las semejanzas, sobre la base de que todos los habitantes somos iguales.
    Es decir, que la globalización tiende, y debe tender cada vez con mayor intensidad y éxito, a cumplir con los principios de igualdad y fraternidad que todavía le debemos a la Revolución Francesa.
    Podríamos incluir en el combo de regresistas disfrazados de progresistas o progresistas disfrazados de regresistas, a los radicales ejércitos del radicalismo islámico, que sólo proponen la violencia irracional sin mirar a quién, es decir el terror radicalizado, regresionista empresa que renace con unos cuantos siglos de atraso.
    ¿Progresistas o regresistas? ¿Hacia atrás o hacia adelante…?
    ¿Anti capitalistas, antiglobalización y anti-Trump? ¿O aliados en la irracionalidad y en la imposición de la violencia contra la negociación y el diálogo?
    Nos pasa también a nivel nacional. Tenemos ahora progresistas que en nombre de la democracia, proponen la violencia y la destrucción del país, en vez del diálogo.
    Parece que es un fenómeno del siglo que vivimos en que las proclamas democráticas se hacen con discursos virulentos y se tiñen de sangre.
    En fin, un progresismo que cada vez se parece más al pasado de las guerras mundiales.

    Me gusta

  2. REX TILLERSON, EL HOMBRE INVISIBLE

    ¡Qué bueno! El secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, ha venido a Miami para reunirse con altos funcionarios de Centroamérica y México en un inusual momento de atención a América Latina por parte del gobierno del presidente Trump. Ahora, hay varias cosas que debería hacer Tillerson para disipar la idea generalizada de que Trump no tiene más que desprecio por la región.
    No será nada fácil para Tillerson cambiar esa percepción, considerando los insultos repetidos de Trump a los latinoamericanos.

    En febrero, Trump calificó a los indocumentados mexicanos de “bad hombres” en una conversación con el presidente mexicano Enrique Peña Nieto que fue filtrada a la prensa. Durante la campaña, Trump dijo que la mayoría de los 5,7 millones de inmigrantes indocumentados mexicanos son “violadores” y “criminales”.

    Además, Trump sigue prometiendo construir un muro en la frontera sur, y se retiró del Acuerdo de Asociación Transpacífica, el acuerdo comercial de Estados Unidos que incluía a México, Perú, Chile y varios países asiáticos.

    Lo primero que debería hacer Tillerson es hacerse visible. Hasta ahora, él ha sido el hombre invisible. Rara vez da entrevistas, mucho menos a periodistas latinoamericanos, y ha estado prácticamente ausente de América Latina.

    Ha realizado 14 viajes al extranjero como secretario de Estado hasta el momento –incluyendo a Italia, Arabia Saudita, Israel, Reino Unido, Turquía, Bélgica, Japón, Corea, China y Alemania–, pero solo uno a un país latinoamericano: México.

    Para peor, hay una creencia generalizada en muchas capitales de que Tillerson tiene poco poder en Washington. Muchos líderes extranjeros se ponen en contacto con Trump a través de los hijos del Presidente y de su yerno, Jared Kushner, en lugar del Departamento de Estado.

    Tillerson ha estado ausente de importantes reuniones hemisféricas, como el encuentro de cancilleres de la Organización de Estados Americanos el 31 de mayo para discutir la crisis en Venezuela. Esa reunión no produjo una resolución contundente contra el régimen de Venezuela por la resistencia de varias islas del Caribe.

    “Venezuela es la crisis más grave que enfrenta la región, y realmente hace falta mucha presión diplomática de alto nivel de Estados Unidos. Creo que eso no ha estado sucediendo”, dice Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano en Washington, DC.

    Si Tillerson hubiera asistido a esa reunión, quizás pudiera haber influido para que los países del Caribe apoyaran la resolución de la OEA. El Departamento de Estado anunció que Tillerson no asistirá a la reunión anual de cancilleres de la OEA en Cancún, México, del 19 al 20 de junio.

    En segundo lugar, Tillerson debería nombrar cuanto antes a los encargados de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, cuyos puestos aún están en manos de funcionarios interinos.

    Ya sea por desorganización o ineptitud, el gobierno de Trump no ha nombrado aún a los jefes del Departamento de Estado de la mayoría de las regiones. En las Américas todavía no ha nombrado al subsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos, ni al embajador ante la OEA, ni –entre varios otros– a los embajadores en Argentina y Canadá.

    En tercer lugar, Tillerson debe poner en marcha una agenda positiva para América Latina para demostrar que Estados Unidos no solo está pensando en construir un muro, perseguir a inmigrantes indocumentados y desmantelar acuerdos comerciales. Trump le ha pedido a Tillerson que reduzca el presupuesto del Departamento de Estado y ayuda externa en un 32 por ciento, pero todavía hay cosas que podría hacer.

    Tillerson podría ejercer presión dentro del gobierno de Trump para mantener fondos de ayuda clave para la capacitación de jueces y programas anticorrupción en América Latina. Y podría promover programas educativos y de intercambio cultural –como el plan para llegar a 100.000 intercambios estudiantiles por año en la región– que requieren principalmente fondos privados. Esos programas funcionan cuando hay voluntad política y son promovidos por el propio presidente.

    Mi opinión: Aunque ninguna administración reciente de Estados Unidos le ha prestado mucha atención a América Latina, Trump ha hecho más que ignorar la región: la ha insultado repetidamente. Es hora de que Tillerson y sus pares en el gabinete le propongan a su jefe que haga algo constructivo con América Latina.

    Por Andrés Oppenheimer

    Me gusta

  3. Trump se rodeará de aduladores

    Si Donald Trump se convierte en el próximo presidente de Estados Unidos, le costará trabajo juntar un equipo de expertos en América Latina: muchos de los más conocidos especialistas en la región de su partido están alejándose de él a toda carrera.

    Esa es la impresión que tuve tras hablar con varios exfuncionarios de política exterior que trabajaron para recientes administraciones del Partido Republicano. Muchos me dijeron que no podrían trabajar para alguien que ha insultado a México y a los latinos, y que no escucha a los expertos.

    Por ejemplo, está el caso de Roger Noriega, exdirector del departamento de América Latina del Departamento de Estado durante la administración de George W. Bush. Noriega es un conservador de línea dura que ha ejercido cargos en todas las administraciones republicanas desde la de Ronald Reagan.

    Cuando me encontré con él en una conferencia y le pregunté si se sumaría a la campaña presidencial de Trump, me miró como si lo hubiera insultado y dijo: “¡Ni modo!”. Lo que es más, me dijo que, aunque no va a votar por Hillary Clinton, tampoco va a votar por Trump.

    Dos semanas más tarde, le pregunté a Noriega si había cambiado de opinión, como tantos otros republicanos que –tras haber tildado de defraudador a Trump, como lo hizo el senador Marco Rubio– están dando marcha atrás de sus posiciones anteriores, borrando sus anteriores mensajes de Twitter contra Trump, y diciendo que van a respaldar al candidato republicano. Noriega respondió: “Ni pensarlo!”.

    La declaraciones de Trump de que la mayoría de los mexicanos son “criminales” y “violadores”, y que hay que deportar a 11 millones de indocumentados e imponer una tarifa aduanera del 35 por ciento a los productos mexicanos, “muestran ignorancia, falta de honestidad intelectual y un desprecio absoluto por la seriedad en la diplomacia”, me dijo Noriega.

    “Al hablar de la manera en que lo hace, está devaluando las relaciones más importantes que tenemos en el mundo, tanto en materia económica como de seguridad nacional”, agregó. “México no es solamente nuestro segundo socio comercial más importante, sino que además es nuestra primera línea de defensa contra el narcotráfico, el terrorismo y la inmigración ilegal”, agregó. “Las declaraciones de Trump harán mucho más difícil que México continúe cooperando con nosotros”.

    Cuando le pregunté si los insultos de Trump a México no podrían ser retórica de campaña, que podría cambiar si Trump se rodeara de asesores experimentados, Noriega respondió: “Cualquiera que tenga un televisor sabe que él no escucha consejos de los que saben. El solo quiere aduladores. Va a terminar con gente muy inexperta”.

    Si Trump gana, “los diplomáticos estadounidenses van a ser como el hombre que está barriendo detrás del desfile de elefantes”, concluyó Noriega.

    Muchos otros expertos en política exterior republicanos piensan como él. Les preocupan las irresponsables propuestas de Trump –a veces reformuladas en cuestión de horas, pero solo a medias– de prohibir temporalmente la entrada de musulmanes al país, comenzar una guerra comercial con China, desmantelar la OTAN, asumir una posición “neutral” en el conflicto palestino-israelí y muchos otros temas.

    En marzo, 121 exfuncionarios de política exterior en administraciones republicanas –incluidos el exjefe del Departamento de Seguridad Nacional Michael Chertoff y el exsubsecretario de Estado Robert Zoellick– firmaron una carta de advertencia sobre los peligros de la posible presidencia de Trump para la seguridad nacional de Estados Unidos.

    Otto Reich, que trabajó como jefe de América Latina del Departamento de Estado en varias administraciones republicanas, pero que no estuvo entre los que firmaron la carta, me dijo cuando le pregunté si trabajaría para un gobierno de Trump: “No estoy buscando trabajo”. Cuando le pregunté por qué, no quiso hacer comentarios públicos al respecto.

    Mi opinión: Los exfuncionarios de política exterior republicanos están horrorizados por las posturas de Trump. La mayoría de ellos considera, y con razón, que Trump es un demagogo racista que ha insultado a casi todos los países con los cuales EE.UU. debería tratar de tener mejores relaciones, y que cree que lo sabe todo mejor que nadie.

    Si Trump ganara, haría lo que siempre ha hecho: rodearse de aduladores. Y eso ya se está viendo ahora.

    Por Andrés Oppenheimer

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s