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Por una coincidencia

Hay quienes dicen que las coincidencias no existen. A pesar de ello, pienso que ha sido una coincidencia que el pasado domingo 12, aniversario de la firma del armisticio en la Guerra del Chaco, terminé de leer un libro estremecedor: “Soldados de Salamina” de Javier Cercas, con toda seguridad el mejor escritor vivo que tenemos hoy en España. A ello le sumo lo que leí en los periódicos de Asunción. Un excombatiente de la guerra con Bolivia, refiriéndose a los festejos de la fecha, dijo: “Che kuerái de los desfiles” (“Estoy aburrido de los desfiles”, en una traducción libre y literaria).
“Soldados de Salamina” narra un episodio ocurrido durante la Guerra Civil Española. Las tropas republicanas en retirada caótica hacia la frontera francesa, huyendo de una muerte segura de caer en manos de los sublevados, deciden fusilar a un grupo de prisioneros al lado del santuario de Santa María del Collell (Girona) el 30 de enero de 1939. Eran unos cincuenta prisioneros y en el momento que comenzaron los disparos hubo una enorme confusión, lo que le permitió huir a Rafael Sánchez Mazas. Anduvo perdido por un bosque casi ciego después de haber roto sus anteojos y fue recogido por un grupo de soldados republicanos que habían desertado. Más tarde llegó hasta las filas de los sublevados, regresó a Madrid y terminó siendo ministro del gobierno de Franco.

Javier Cercas sigue paso a paso la trayectoria de quien fue uno de los fundadores de la Falange Española, el creador del grito falangista “¡Arriba España!”, colaboró con el poeta Ridruejo a escribir la letra del himno “Cara al sol” y está considerado el primer fascista español a su regreso de Roma donde cumplía el papel de corresponsal de periódicos de Madrid. Hasta aquí lo que toca a Sánchez Maza.

El relato culmina cuando el autor da con un soldado republicano, catalán, Antoni Miralles, que estuvo aquel 30 de enero en Collell y que se encuentra viviendo en una residencia de ancianos en la ciudad francesa de Dijon. No solo había peleado toda la Guerra Civil sino que además, entre el paredón de fusilamiento que le ofrecía Franco, los campos de concentración en los que los franceses encerraban a los españoles huidos, decidió marcharse a África donde se unió a las tropas comandadas por el general Philippe Leclerc, donde también figuraban muchos otros republicanos. Para abreviar: después de hacer una brillante campaña en África, la Segunda División Blindada que él comandaba fue la encargada de liberar París. El regimiento integrado por españoles fue el primero en entrar a la ciudad por la Porte d’Orleans el 25 de agosto de 1944. Llegaron al Hotel de Ville, edificio emblemático, sede del ayuntamiento, y atrás de ellos vino De Gaulle, que salió al balcón para declarar que la ciudad estaba de nuevo en manos de los franceses. Tuvieron que pasar setenta años para que se reconociera a aquellos combatientes españoles.

¿Qué tiene que ver el “che kuerái de los desfiles” con todo esto? Miralles, conversando con Cercas, le dice: “Cállese y escuche, joven. Respóndame, ¿cree que alguien me lo ha agradecido? Le respondo yo: nadie. Nunca nadie me ha dado las gracias por dejarle la juventud peleando por su mierda de país. Nadie. Ni una sola palabra. Ni un gesto. Ni una carta. Nada”. Lastimosamente, Miralles murió antes de poder ver la plaza que lleva el nombre de su regimiento y que fue inaugurada el año pasado, ¡70 años más tarde de aquel gesto heroico!

¿Es necesario que explique por qué establecí todas esas coincidencias, entre el libro, la historia, los que combatieron en nombre de un gobierno legítimamente constituido, las muertes injustas (toda muerte es injusta), las penalidades vividas en el desierto africano luchando contra las tropas de Musolini y Hitler mientras en Francia el mariscal Petain se abrazaba con las tropas de ocupación? Quizá es cierto que no hay casualidades, que los hechos están allí y solo es necesario un estímulo para que de pronto encontremos sus relaciones, sus semejanzas, sus arbitrariedades, sus crueldades, sus ingratitudes. Todas son exactamente iguales.

Por Jesús Ruiz Nestosa

 

 

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