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Ingenuidad y ambición

En su columna habitual de “El País“, José Ignacio Torreblanca recurre a un texto del militar prusiano Carl von Clausewitz (1780-1831) para comparar el momento político actual que se está viviendo en España con motivo de la segunda vuelta de las elecciones generales, con el arte de la guerra. Clausewitz afirmaba que “tres de cada cuatro factores que se muestran decisivos en una batalla están sometidos al principio de incertidumbre”; de ahí el concepto de “niebla de guerra”.


Es absolutamente imposible adelantar lo que puede pasar después del próximo domingo 26 con cuatro partidos arañando los primeros puestos: Partido Popular (PP), Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Podemos y Ciudadanos (C’s). Ni siquiera hace falta recurrir a los ocho tomos de la obra de Clausewitz “De la guerra”. Pero mientras se vive esta incertidumbre en la que cada ciudadano tiene su propia teoría y su propio pronóstico, hay otras aventuras políticas que no necesitan de teorías filosóficas ni estudios ideológicos para predecir su derrotero. Aún más: esto ya estaba previsto desde meses atrás.

El presidente catalán, Carles Puigdemont, acaba de darle un susto a los independentistas catalanes cuando dijo en el Parlamento catalán que de haber sabido que la alianza con la CUP (Candidatura de Unidad Popular) iba a tomar este camino, no habría aceptado nunca el puesto. Después de las elecciones del pasado mes de diciembre, ante la imposibilidad de formar gobierno en Cataluña sin tener que recurrir a una alianza con otros grupos, el partido Junts pel Sí decidió pedirle su apoyo a la CUP, un partido anti sistema, anti capitalista, anti europeista, anti OTAN, anti español, anti… lo que usted quiera. Sus representantes en el Parlamento, consideraron que la hoja de ruta hacia el independentismo no lleva la dirección y la celeridad que ellos desean, y resolvieron no dar su voto de aprobación a los presupuestos autonómicos. Resultado: Cataluña tiene y no tiene gobierno, pues sin presupuesto es sencillamente como una nave que ha perdido el timón.

“Junts pel Sí” es la denominación del partido que encabezaba Artur Mas, Convergencia Democrática Catalana que se vio obligado a cambiar de nombre ante el desprestigio en que había caído mientras su número uno daba un paso al costado para dejarle el sitio a Puigdemont que ofrecía menos resistencia que él. Pero Mas no es tonto. Dio un paso al costado, pero nada más que uno mientras continúa siendo el poder atrás del trono.

¿Qué interés puede ofrecer esta historia fuera de Cataluña y de esas dos fuerzas que pugnan todos los días, a veces incluso con violencia: nacionalistas y no independentistas? Lo que está sucediendo aquí ilustra muchas cosas. La primera, y que siempre se supo, es que el aceite y el vinagre no se unirán jamás. Vale decir: un partido de extrema izquierda como es la CUP y el partido de Convergencia Democrática (CDC) de derechas. La segunda: que si bien es frecuente, muchas veces más de lo deseado, que los políticos mientan, no se puede llevar a buen término ningún tipo de proyecto con base en falsedades. La mentira que la independencia de Cataluña, que la grandeza de la nación catalana, estaban por encima de toda ideología y de las diferencias que pueden enfrentar a grupos políticos, se ha puesto en evidencia esta semana y de la que se ha declarado su primera y principal víctima su propio presidente, la marioneta de Artur Mas. Mientras más largo sea este proceso, más lejos irá quedando la amenaza de ser investigado por graves hechos de corrupción durante su gobierno, heredero del gobierno de Jordi Pujol, cuya familia entera, incluyendo esposa y siete hijos, corren el peligro de ir a parar a la cárcel.

Las imágenes de Puigdemont que trae la prensa de la sesión del Parlamento catalán en la que manifestó su decepción, son conmovedoras. Se ve a un hombre triste, cabizbajo, el ceño fruncido, mirada lejana. Acaba de descubrir que ha sido utilizado por quienes son movidos más por sus intereses particulares, por sus ambiciones de poder que por el interés de su gente. Tanto, que pedirá, pasadas las elecciones del próximo domingo 26, un voto de confianza de los parlamentarios. De no conseguirlo, se tendrá que ir provocando con ello una catástrofe más de ese proceso independentista que, desde el vamos, sumergió a toda Cataluña en el caos, la intolerancia y la incertidumbre.

Por Jesús Ruiz Nestosa

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/ingenuidad-y-ambicion-1488940.html

 

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