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El evangelio del domingo: Amor y gratitud

A lo largo de nuestra vida son muchas las personas que nos hacen el bien, aunque no siempre lo sepamos reconocer y, menos todavía, retribuir. Esta es una de las gracias que debemos implorar al Señor: de no ser tan ciegos, o tan autosuficientes, hacia aquellos que nos tratan con simpatía.
Una de estas personas habrá sido nuestro padre, nuestra madre, la esposa, el marido u otra persona que nos alentó de muchas maneras, aunque habrá tenido algunas fallas en este proceso, pues todo ser humano tiene limitaciones.

Sin embargo, quien más nos hace el bien es Dios mismo y, posiblemente, es a quien menos agradecemos. Parece que somos mucho más sensibles a lo que juzgamos como “olvidos” del Señor, que a sus innumerables bendiciones.

Lucas nos muestra un ejemplo de amor agradecido: la mujer pecadora va a donde está Jesús, lava sus pies con lágrimas, los enjuga con sus cabellos y los unge con exquisito perfume, es decir, son gestos de hospitalidad, es más, de recibirlo en su propio corazón.

Interesante señalar que ningún evangelista afirma que esta pecadora pública se llama María Magdalena: es una pecadora sin nombre.

Y ella merece escuchar de Jesús la frase más importante de su vida: “Tus pecados están perdonados“, y conste que el Señor había declarado que ella tenía numerosos pecados, pero estaban todos perdonados, porque ella había manifestado mucho amor.

Son tres los elementos que hemos de considerar: el arrepentimiento, el amor y el irse en paz, pues solamente así se recibe el perdón.

Un arrepentimiento sin amor puede llevar a una desesperación, ya que uno puede sentirse demasiado malo, el peso en la conciencia le aplastar y le cargar una atormentada apatía.

Por otro lado, un amor sin arrepentimiento no lleva a un cambio de vida, pues la persona no está verdaderamente dolorida por la bajeza que hizo. Y en los vericuetos que usamos para autojustificarnos, hasta se puede dudar si nuestra actitud arruinada fue verdaderamente arruinada.

El tercer punto es el mandato del Señor: “Vete en paz”, lo que significa: no sigas en esta farra de sexualidad promiscua, sino tengas decencia en tu proceder y respete el cuerpo de los otros.

Para expresar este amor agradecido ella no tuvo en cuenta las conveniencias sociales, pues fue a donde estaba Él sin ser invitada y fue fuerte para aguantar los ademanes de reproche de los demás invitados.

Procure usted realizar una buena Confesión, para agradecer el amor de Dios y para aprender a amar con más disponibilidad y más gratitud.

Paz y bien

Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

 

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

3 comentarios en “El evangelio del domingo: Amor y gratitud

  1. domingo 12 Junio 2016

    Undécimo domingo del tiempo ordinario

    Segundo Libro de Samuel 12,7-10.13.
    Entonces Natán dijo a David: “¡Ese hombre eres tú! Así habla el Señor, el Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel y te libré de las manos de Saúl;
    te entregué la casa de tu señor y puse a sus mujeres en tus brazos; te di la casa de Israel y de Judá, y por si esto fuera poco, añadiría otro tanto y aún más.
    ¿Por qué entonces has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que es malo a sus ojos? ¡Tú has matado al filo de la espada a Urías, el hitita! Has tomado por esposa a su mujer, y a él lo has hecho morir bajo la espada de los amonitas.
    Por eso, la espada nunca más se apartará de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado por esposa a la mujer de Urías, el hitita.
    David dijo a Natán: “¡He pecado contra el Señor!”. Natán le respondió: “El Señor, por su parte, ha borrado tu pecado: no morirás.

    Carta de San Pablo a los Gálatas 2,16.19-21.
    Pero como sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, hemos creído en él, para ser justificados por la fe Cristo y no por las obras de la Ley: en efecto, nadie será justificado en virtud de las obras de la Ley.
    Pero en virtud de la Ley, he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo,
    y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.
    Yo no anulo la gracia de Dios: si la justicia viene de la Ley, Cristo ha muerto inútilmente.

    Evangelio según San Lucas 7,36-50.8,1-3.
    Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa.
    Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume.
    Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.
    Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: “Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!”.
    Pero Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. “Di, Maestro!”, respondió él.
    “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta.
    Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?”.
    Simón contestó: “Pienso que aquel a quien perdonó más”. Jesús le dijo: “Has juzgado bien”.
    Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos.
    Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies.
    Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies.
    Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor”.
    Después dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados”.
    Los invitados pensaron: “¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?”.
    Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.
    Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce
    y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios;
    Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San [Padre] Pío de Pietrelcina (1887-1968), capuchino
    CE, 18.16; AD, 54

    «¿Quién es este hombre que hasta perdona los pecados?»

    Que la esperanza en la misericordia de Dios nos sostenga en el tumulto de las pasiones y contradicciones. Corramos confiadamente al sacramento de la penitencia en el que el Señor nos espera con una ternura infinita. Y una vez perdonados nuestros pecados, olvidémonos de ellos, porque el Señor ya lo ha hecho antes que nosotros. Aún admitiendo que hubieras hecho todos los pecados del mundo, el Señor te repite: «Tus muchos pecados están perdonados porque has amado mucho».

    Señor Jesús, tú eres la misma dulzura: ¿cómo podría vivir sin ti? Ven, Señor, a tomar tú solo posesión de mi corazón.

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    Publicado por Anónimo | 12 junio, 2016, 08:29
  2. “En este pueblo había una mujer conocida como pecadora. Esta, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, compró un vaso de perfume y, entrando, se puso de pie detrás de Jesús. Allí se puso a llorar junto a sus pies, los secó con sus cabellos, se los cubrió de besos y se los ungió con el perfume.” Lc 7, 37-38

    En estos domingos la Iglesia nos ofrece un aspecto de la Buena Noticia de Jesús, y nos ayuda a dar un paso más en la búsqueda de encarnar su propuesta. Nuestra fe no puede quedarse en las palabras, no debe ser solamente buenos propósitos, al contrario, debe movernos hacia una práctica coherente y virtuosa.
    El texto evangélico de hoy justamente nos habla de una mujer pecadora (era así que entonces se llamaban a las prostitutas) que manifiesta no con palabras, sino que con sus gestos todo su arrepentimiento, su dolor, su generosidad, su humildad, su capacidad de amar…
    El texto deja entender que ella ya conocía a Jesús, y ya tenía un interés en estar con él, pues cuando se entera de que él está comiendo en la casa del fariseo decide ir hasta él. Sin dudas, era una mujer con coraje, pues el fariseo podría no dejarla entrar en su casa. Las prostitutas están muy habituadas a ser despreciadas y públicamente humilladas por aquellos que se juzgan mejores, más santos, más dignos… ella, seguramente sabía que estaba corriendo un gran riesgo.
    Otro detalle interesante es que ella no va con las manos vacías, sino que compra y lleva un vaso de perfume. Seguramente el perfume fue comprado con dinero guardado de su “trabajo”, pero Jesús no se detiene en esto. Lo importante es el gesto, la generosidad, la preocupación por ofrecerle algo. Y para más, el perfume es un ofrecimiento simbólico muy interesante. El olor hace un efecto inmediato en nosotros. Un buen olor nos invita a abrirnos a la acogida, nos hace respirar profundamente como queriendo aferrar todo el mundo en nosotros. Un mal olor nos encierra, nos aleja, nos hace evitar el ambiente externo. Es por eso que las cosas buenas – la pureza, la amistad, la divinidad, el amor, lo nuevo – asociamos al buen olor, y las cosas malas – la suciedad, el pecado, lo decadente, lo pútrido – asociamos al mal olor. Dentro de este simbolismo, esta mujer es señal del mal olor pues es una pecadora, sin embargo, ella lleva un perfume para ofrecer a Jesús. Y él acoge la oferta de la pecadora. (Parece que nos dice que nadie puede ser despreciado antes de que reconozcamos su ofrecimiento, pues hasta una pecadora puede obsequiar un buen perfume.)
    Ella se coloca detrás de Jesús. No vino para “enfrentarlo”, vino a suplicar. Quien estaba de frente a Jesús era el fariseo, aquel que se creía ya puro y santo. La mujer se puso a los pies de Jesús y lloraba y con sus lágrimas los había bañado y los había secado con sus cabellos. También estos son dos gestos simbólicos, aunque materialmente difíciles de realizarlos. Lavar los pies de alguien con lágrimas exige muchas más lágrimas de lo que puede tener una persona, y secar algo con cabellos es también una misión muy difícil pues los cabellos no absorben el agua. Sin embargo, estos dos gestos indican una actitud de gran humildad, nos hacen contemplar una mujer que delante de Dios reconoce toda su pequeñez, todo su pecado, todo su dolor y sobre todo su disponibilidad completa hacia al Señor, hasta en hacer lo que es humanamente muy difícil: lavar los pies con lágrimas y secarlos con los cabellos. Y como si esto no bastase, ella aun besa los pies de Jesús. Besar es un gesto muy comunicativo, indica afecto y también veneración. Besar los pies de alguien es muestra de humillación, de sumisión y de profunda súplica. Y completando el cuadro, ella perfuma los pies del Señor con el perfume que ha llevado.
    Ella no dice nada, ni una palabra, pero todos sus gestos hablan con una fuerza extrema. Y Jesús la comprende y la perdona porque mucho amó. Los fariseos se quedaron perplejos delante de esto. Esperaban que Jesús rechazara a la mujer, y él, al contrario, la promueve, la perdona, la deja purificada.
    Oh Señor, siempre sorprendente… ¿qué quieres decirnos?

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por Anónimo | 12 junio, 2016, 08:29
  3. Contrición de los pecados

    Leemos en el Evangelio de la Misa a San Lucas 7,36-8,3. Cuando estaban a la mesa, entra una mujer y va directamente a Cristo. Era una mujer pecadora, que había en la ciudad. Hoy se ha decidido a un encuentro personal con Él. Y se desborda en muestras de arrepentimiento y contrición. Lo que pasa en su interior se sabe por las palabras posteriores del Señor: Amó mucho. Muestra que profesa a Jesús una veneración sin límites. Se ha olvidado de los demás y de sí; solo le importa Cristo.
    La paz ha sido siempre el resultado de una contrición profunda. Vete en paz: así nos despide el sacerdote después de darnos la absolución de nuestros pecados. Y dice San Gregorio Magno que «a nosotros nos representó aquella mujer cuando, después de haber pecado, nos volvemos de todo corazón al Señor y la imitamos en el llanto de penitencia.

    No podemos olvidar la realidad de nuestras faltas, ni achacarlas al ambiente, a las circunstancias que rodean nuestra vida, o admitirlas como algo inevitable, disculpándonos y eludiendo la responsabilidad. De esta manera cerraríamos las puertas al perdón y al reencuentro verdadero con el Señor, como le ocurrió a este fariseo. «Más que el pecado mismo –dice San Juan Crisóstomo–, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados». Y no puede haber dolor si nos excusamos de nuestras flaquezas. Por el contrario, hemos de examinarnos con profundidad, sin limitarnos a la aceptación genérica de que somos pecadores. Jesús conoce bien nuestro corazón y desea limpiarlo y purificarlo.

    El papa Francisco, al respecto del Evangelio de hoy dijo: “El Evangelio que hemos escuchado nos abre un camino de esperanza y de consuelo. Es bueno percibir sobre nosotros la mirada compasiva de Jesús, así como la percibió la mujer pecadora en la casa del fariseo. En este pasaje vuelven con insistencia dos palabras: amor y juicio.

    Está el amor de la mujer pecadora que se humilla ante el Señor; pero antes aún está el amor misericordioso de Jesús por ella, que la impulsa a acercarse. Su llanto de arrepentimiento y de alegría lava los pies del Maestro, y sus cabellos los secan con gratitud; los besos son expresión de su afecto puro; y el ungüento perfumado que derrama abundantemente atestigua lo valioso que es Él ante sus ojos.

    Cada gesto de esta mujer habla de amor y expresa su deseo de tener una certeza indestructible en su vida: la de haber sido perdonada. ¡Esta es una certeza hermosísima! Y Jesús le da esta certeza: acogiéndola le demuestra el amor de Dios por ella, precisamente por ella, una pecadora pública.

    El amor y el perdón son simultáneos: Dios le perdona mucho, le perdona todo, porque «ha amado mucho»; y ella adora a Jesús porque percibe que en Él hay misericordia y no condena. Siente que Jesús la comprende con amor, a ella, que es una pecadora.

    Gracias a Jesús, Dios carga sobre sí sus muchos pecados, ya no los recuerda. Porque también esto es verdad: cuando Dios perdona, olvida. ¡Es grande el perdón de Dios! Para ella ahora comienza un nuevo periodo; renace en el amor a una vida nueva”.

    Extractamos por su importancia, lo dicho por S.S. Francisco, el pasado miércoles, en la Audiencia General, que invito a leerlo in extenso: “…hoy nos centramos en el primero de los milagros de Jesús, que el evangelista Juan llama «signos», porque Jesús no los hace para suscitar admiración, sino para revelar el amor del Padre. El primero de estos signos prodigiosos lo relata precisamente Juan (2, 1-11) y se realiza en Caná de Galilea.

    Las palabras que María dirige a los sirvientes coronan el marco nupcial de Caná: «Haced lo que Él os diga» (v. 5). Es curioso, son sus últimas palabras que nos transmiten los Evangelios: es su herencia que entrega a todos nosotros. También hoy la Virgen nos dice a todos: «Lo que Él os diga –lo que Jesús os diga–, hacedlo».

    (Del libro Hablar con Dios, http://es.catholic.net y https://w2.vatican.va).

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    Publicado por Anónimo | 12 junio, 2016, 08:27

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